Vi fallecer a mis padres en un accidente en ese mismo instante comprendí que sin familiares cercanos, mi mañana tenía un solo destino ese hogar de acogida que habíamos visitado tantas veces.
Ese hogar de acogida donde mis padres buscaban un hermano para mi, se volvió una realidad. Tendría que esperar hasta que llegara una familia a quien quizás no le importara mi edad.
El trámite fue rápido y casi no hubo tiempo de ceremonias, despedidas ni duelo. Me encontraba allí en ese edificio que tanto me repugnaba.
Todo lo que hasta allí había sido mi vida se desvaneció al llegar a esa institución
El silencio espeso de los pasillos se perpetuaba por todos los rincones del edificio, transformándose en un ruido ensordecedor dentro muy dentro del alma.
Las imágenes que me impactaban la vista se coloreaban de esa eterna monotonía, pintando de tristeza en la mirada de recién llegado.
Los olores nauseabundos a mugre, a orín o comida maloliente se apoderaban de todo hasta pegarse en la piel.
Muchas veces a lo largo de mi estadía se habían presentado unos personajes casi fantasmagóricos, nunca supe si eran auditores o benefactores.
Nosotros nos formábamos paseando nuestra desnudez afectiva. Sentíamos las miradas escrutadoras, dirigiendo la vista al piso como era lo estipulado.
Nunca fui el elegido, ni para el albergue de una familia ni como destinatario de caricias impropias.
A la noche los sollozos de muchos niños levantaban un eco ahogado por la almohada. Un solo pensamiento asaltaba mi cabeza y atontaba mis emociones: Salir de allí.
Estudiaría como querían mis padres, sería abogado. Enfrentaría esas injusticias con la ley.
Llegó el día.Tenía que buscar un trabajo, un vecino me recomendó entrar en la policía, me permitiría estudiar. Fue fácil, luego de la instrucción fui destinado a una comisaría.
Durante mucho tiempo mis fosas nasales recordaban los olores a miedo de los días de inspección, también los que exudaban el cuerpo de los depredadores.
Aprendí rápido los gajes del oficio, los atajos de la labor policial y el submundo que lo rodeaba. El equilibrio que realizaba entre lo permitido y lo prohibido, me dispensó una protección especial del comisario.
Una tarde al salir del trabajo, en la puerta estaba el comisario tratando de dar arranque a su auto, una y otra vez.
Tenía una expresión rara en su rostro, arrebatada, supuse que era por el tema del auto.
Al notar mi presencia, me pidió que lo alcanzara a un lugar. No podía negarme.
Subió al auto policial, me dio una dirección que reconocí al instante.
Todos mis sentidos se pusieron en alerta, se exacerbaron. Un olor antiguo impactando en mi cavidad nasal, mezclado con alcohol detonó mi ira.
El camino sinuoso trazó un plan en mi mente, acelere tanto como los latidos de mi corazón.
El auto término impactando contra un árbol del lado del acompañante, murió al instante.
Uno menos pensé, mientras preparaba la escena, agradecí sus enseñanzas.
Un escalofrio recorrio mi cuerpo y salte de la cama, solo había sido una pesadilla…




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