El impacto de “Poltergeist” en mi adolescencia  

Recuerdo con nitidez la primera vez que vi Poltergeist. Tenía unos 14 años, y aunque ya había visto otras películas de terror, ninguna me había sacudido como esta. No fue solo el miedo, fue algo más profundo: una sensación de vulnerabilidad, de que lo cotidiano podía volverse siniestro en cualquier momento. Esa idea me acompañó durante años.

La historia de la familia Freeling, aparentemente común, viviendo en una casa suburbana, me resultó inquietantemente familiar. Yo también vivía en una zona residencial, con vecinos amables, árboles en la acera y una rutina tranquila. Ver cómo esa normalidad se desmoronaba por fuerzas invisibles me hizo cuestionar la seguridad de mi propio entorno. ¿Y si mi casa también escondía algo? ¿Y si lo que parecía seguro era solo una ilusión?

Lo que más me impactó fue la manera en que Poltergeist mezclaba lo sobrenatural con lo emocional. La desaparición de Carol Anne, la niña pequeña, me afectó profundamente. No era solo un susto, era el dolor de una familia que no entendía lo que estaba pasando. Como adolescente, empecé a pensar en el miedo no solo como algo que se siente, sino como algo que transforma. Me hizo reflexionar sobre la fragilidad de los vínculos familiares, sobre cómo el amor puede ser puesto a prueba por lo inexplicable.

Durante semanas después de verla, tuve pesadillas. No eran escenas específicas de la película, sino sensaciones: voces que salían del televisor, sombras que se movían en mi habitación, la idea de que algo podía arrastrarme a otra dimensión sin que nadie lo notara. Pero más allá del miedo, Poltergeist despertó en mí una curiosidad por lo oculto. Empecé a leer sobre fenómenos paranormales, sobre casas embrujadas, sobre dimensiones paralelas. La película fue una puerta a un mundo que antes me parecía lejano, casi ficticio, y que ahora quería explorar.

También me hizo pensar en el poder del cine. Cómo una historia bien contada puede alterar tu percepción de la realidad. Poltergeist no necesitó monstruos grotescos ni litros de sangre para inquietarme. Usó lo cotidiano: una televisión encendida, una silla que se mueve sola, una tormenta. Esa sutileza me enseñó que el terror más efectivo es el que se insinúa, el que se esconde en los rincones de lo familiar.

Con el tiempo, entendí que lo que me había impactado no era solo el contenido de la película, sino el momento en que la vi. La adolescencia es una etapa de transición, de descubrimientos, de miedos nuevos. Poltergeist se cruzó en mi camino justo cuando empezaba a cuestionar el mundo, y dejó una huella que aún hoy reconozco. No fue solo una película de terror. Fue una experiencia que me hizo más consciente, más sensible, más curioso.

Hoy, cuando la vuelvo a ver, ya no siento el mismo miedo. Pero sí una especie de nostalgia. Recuerdo al adolescente que fui, temblando frente al televisor, y agradezco que una película haya podido tocarme de esa manera. Porque al final, eso es lo que hace el buen cine: nos transforma, nos acompaña, nos deja marcas invisibles que duran toda la vida.

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