Siempre que volvíamos de vacaciones pasaba lo mismo: la casa apestaba a Ray y se veían cucarachas muertas por todos lados. Pero esta vez sucedió algo nuevo: entre algunas muertas, se abrían paso cucas vivas de a montones por los bordes de la cámara séptica, como un ejército decidido a conquistar la superficie. Sus ataques eran de una violencia invasiva incomparable: ocupaban todos los lugares de la casa que podían. Lo hacían en tres niveles: suelo, paredes y todo tipo de objetos. Incapaces de picar o mordernos, su arma letal era el simple contacto físico.
Mi hermana se había parado en la mesa a gritar, mi hermanito no hacía más que sonreír y festejar, yo les daba con una paleta a las que volaban. De pronto, mi hermana agarró coraje con un sartén en la mano y dijo: ¡miren, una cuca blanca, debe ser la reina, si la mato quizá mueran todas o se vayan a otra parte! Estaba equivocada.
Mi mamá enloqueció cuando una de ellas se posó en la boca de mi hermanito. Él ni se inmutó al contacto con la cuca, más bien, pareció agradarle. No me sorprende, le encanta jugar con insectos. En cambio, mamá comenzó con los chancletazos, los escobazos, los disparos de Ray…Mi hermanito dejaba de sonreír, parecía preocupado. Papá tiraba kerosén en donde podía, les prendía fuego y luego manguereaba las cenizas. Fue el más efectivo con su método, mató de a cientos, pero también, el que más secuelas dejó: cortinas quemadas, paredes negras y mamá con cara de culo.
El problema, más allá de que siempre aparecía alguna que otra cuca viva (sobre todo en la pieza de mi hermanito que está cerca del baño), eran los cadáveres. Papá quería usar la aspiradora, mamá lo frenó diciéndole que la iba a arruinar, como hizo con la licuadora cuando trató de picar una bolsa de hielos.
Nos íbamos a resignar a barrer y embolsar las cucarachas muertas hasta que mi hermana dijo: el compost. Al principio creímos que era una gran idea y la tomamos. De esa forma, nos ahorrábamos las bolsas de residuo y la tierra se encargaría del trabajo sucio de digerir esa cantidad de cucas.
Con el tiempo, el compost empezó a largar un olor insoportable, como a podrido: mezcla de bicho, insecticida y humedad.
Pasa que el compost - explicó mi hermana - funciona si sus niveles de humedad y sequedad están equilibrados, lo mismo que la cantidad de cada deshecho que lo compone (verduras, carne, papel, cucarachas, etc.) Ella - que es la ambientalista de la familia y se encarga de éstas cosas - probó equilibrarlo con cítricos, yerba mate y algo de papel. Lo único que logró, fue que el olor comenzara a concentrarse en una sustancia barrosa rojinegra que se hacía más y más grande con el correr de los días.
Si bien, cada tanto mi hermanito se aparecía riendo por la mesa con alguna cuca entre sus manos, los bichos y sus residuos desaparecían de a poco. El compost, en cambio, parecía tener vida propia, crecía como una planta a la que nosotros alimentábamos.
A mí me daba asco salir al patio. Mi hermanito era el único que lo seguía haciendo, gateaba hasta el fondo, atraído por el perfume del compost y, cada tanto, jugaba con alguna cuca semimuerta. Al notar esto, mi mamá se lo cercó con unas maderas que trajo mi papá de la carpintería, pero el cerco cada vez se hundía más y más. Entonces me acerqué para acomodar el cerco y me pareció escuchar el aleteo de las cucas en el centro del compost, confieso que me dio un poquito de miedo.
Esta mañana, el vecino que está en la esquina tocó el timbre; era para preguntar si sabíamos de dónde venía el olor nauseabundo que se siente por la zona.
A la tarde agarro la pala y tapo el compost, dijo mi papá luego de enterarse del comentario del vecino.
Te ayudo, le dije yo, haciéndome el valiente. Mi hermana nos miró resignada.
A la siesta, cuando estuve solo con mi hermanito en el patio, lo vi que estaba hundiendo el cerco del compost. Estaba todo embarrado y una cuca bebé le recorría la panza. Cuando me acerqué para alzarlo, me pareció escuchar de nuevo el aleteo que venía del centro del compost, pero más fuerte que antes. Mi hermanito lloraba, no había manera de alejarlo de ahí; iba a despertar a mamá que tiene un sueño re liviano y cuando escucha algún ruido se levanta con un humor…Lo que hice fue reacomodar el cerco, pero no logré sacar a mi hermanito del patio. Lo dejé ahí y me fui al living a ver televisión.
Al rato, volvió mi hermana de la escuela y me preguntó por el Peque (así le dice ella al Comecucarachas), le dije que estaba jugando en el patio.
Como lo vas a dejar solo en el patio, no ves que es un bebé, dijo retándome.
No hay manera de alejarlo de ese compost, se pone a llorar como loco y la iba a despertar a la Má; total, está el cerco, contesté, enojado.
Sí, pero se está hundiendo cada vez más, así que vamos a buscarlo y de paso me ayudas a poner bien las maderas, ordenó mi hermana.
Del cerco, solo quedaban las puntitas triangulares que se veían como un emoticón sonriente desde arriba, el resto se había hundido por completo. Mi hermana llamaba a mi hermanito que no estaba ni se lo sentía por ningún lado. Yo me incliné hacia el compost para ver si escuchaba algo otra vez. Justo en el medio y como desde lo profundo, sentí el cuchicheo de las cucas con los balbuceos de mi hermanito, mientras, en la otra punta de la casa, mi hermana corría y despertaba a los gritos a mamá y papá.




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