Terry McCaleb (Clint Eastwood) es una especie de celebridad policial. En el comienzo de Deuda de sangre (2002), dos compañeros de la policía lo esperan mientras llega en su automóvil, desciende con el ceño fruncido y el gesto adusto, y aguardan su llegada en la escena del crimen. El aire solemne del trabajo policial se corta con los chistes inoportunos de uno de los investigadores, que deja entrever cierto aire de envidia y recelo que McCaleb despierta entre sus colegas. Al subir al primer piso de la casa donde ocurrió una espeluznante masacre, entre paredes pintadas de sangre y huellas de unas zapatillas impregnadas en una escalera alfombrada, McCaleb descubre un mensaje dirigido a él: “McCaleb, atrápame”, parece haberle dejado escrito el Asesino del Código como un desafío a cumplir. Debajo, su firma, una serie de números aparentemente indescifrables.
McCaleb sale al exterior de la casa, comienza a dar declaraciones ante los micrófonos de la prensa, y entre la multitud de curiosos descubre a un encapuchado con las zapatillas ensangrentadas. Lo persigue hasta cansarse frente a un alambrado en un callejón, mientras el sospechoso se acerca con curiosidad al verlo caído. McCaleb saca su revolver y realiza algunos disparos y alguno de ellos da en el blanco; mientras el asesino corre, el corazón de McCaleb parece decir basta. Una elipsis nos traslada dos años después: McCaleb tiene un nuevo corazón y una deuda con quien se lo ha dado.
Deuda de sangre es una adaptación de una de las novelas de Michael Connelly, adaptada por Brian Helgeland, quien gestaría junto a Clint Eastwood la más famosa Río místico, apenas un año después. Todavía en esta etapa, Eastwood combinaba algunos thrillers de apariencia menor con películas más prestigiosas, importantes. Entre los primeros se encuentran el thriller político Poder absoluto (1997), Crímenes verdaderos (1999) sobre la pena de muerte, y Deuda de sangre; entre las segundas, la mencionada Río místico, Millon Dollar Baby (2004) y el díptico sobre la Segunda Guerra Mundial que integran La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima, ambas de 2006. En el medio se encuentran algunas películas personales como Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997) -una especie de gótico sureño sobre Savannah y su aristrocracia decadente- y Jinetes del espacio (2000), oportunidad para juntarse con amigos y reflexionar sobre el paso del tiempo y la vejez. Luego de ese arco que une las décadas de los 90 y los 2000, el cine de Eastwood abandonó esa bifurcación, quizás impuesta por el peso de los géneros en los 90, quizás por un capricho de la prensa que dividía sus películas en categorías algo arbitrarias.

De hecho, Deuda de sangre es más de lo que parece a simple vista. Cuando reencontramos a McCaleb con su corazón nuevo, una mujer de origen hispano viene a visitarlo al embarcadero donde tiene su residencia permanente. Le cuenta de la muerte de su hermana, de la coincidencia del tipo de sangre entre la fallecida y él, y le pide que tome el caso como una forma indirecta de pagar esa deuda pendiente. McCaleb duda pero acepta, y decide regresar a visitar a sus viejos colegas, soportar sus inoportunos chistes, ahora sin la magia de su perdida celebridad. Ya no es miembro del FBI, ni siquiera tiene licencia como “private eye”, es un jubilado con una operación reciente, que se hace estudios periódicos, toma pastillas y se mide la temperatura todos los días. Un hombre retirado que debe volver al ruedo para cumplir con una promesa tácita. Para pagarle con la verdad sobre su crimen a quien le dio su corazón.
La tensión entre justicia y legalidad es uno de los tópicos recurrentes en la obra de Eastwood, incluso hasta su última película estrenada, Jurado N°2 (2024). En sus westerns como La venganza del muerto (1973) o El jinete pálido (1985) se imponía la ley del rifle en una tierra sin justicia, y eran sus antihéroes, a menudo con rasgos cuestionables en lo moral, quienes asumían un orden posible, aún imperfecto. Esa tensión llega a su máxima expresión en Los imperdonables (1992), mirada crepuscular sobre un género que hizo de la frontera el mayor mito de la historia de los Estados Unidos, y se desplegó luego en historias contemporáneas, donde la venganza, la justicia, la legalidad y la verdad a menudo no encuentran su correspondencia. Y quienes asumen esa cruzada, quienes por lo menos se preguntan qué está bien y qué mal, que es lo justo y lo verdadero, si se hace justicia cuando se cumple la ley, no son personajes intachables, héroes impolutos, hombre probos, sino personajes en crisis, fronterizos, a menudo más cerca de la caída y la claudicación que de la gloria y la posteridad.

Así es también Terry McCaleb. Un hombre cansado y enfermo, ya entrado en años, al costado de la institución, que invoca favores, lealtades y donas para conseguir que funcionarios y ex colegas le abran las puertas del caso que se ha decidido a investigar. Lo vemos viajar de un lado a otro en taxi, con un bolsito de mano, vestido de colores ocres, con paso tranquilo y gesto vacilante. Sin embrago, todos los que desfilan a su alrededor, pretendidos sagaces o cínicos, avezados profesionales, entrenados en la academia o la calle, miran el mundo con desdén, sin importarles nada de esa mujer que dejó su sangre en una tienda de comestibles y su corazón latiendo en el pecho de McCaleb. Gloria Torres, se llamaba. Y su caso parece menor al comienzo: un ladrón enmascarado ingresa en un supermercado, la toma desde atrás y le dispara a sangre fría. Hace lo mismo con el cajero, recoge los cartuchos y antes de irse mira hacia la cámara de seguridad que lo registra. En el agujero de su pasamontaña asoma un guiño, algo que nadie había visto y solo McCaleb detecta.
“Un accidente es suerte, un asesinato es maldad”, le dirá el paciente a su cardióloga (Anjelica Huston) cuando ella le recrimine que está comprometiendo su trasplante al estresarse con la investigación. Pero él no tendría el corazón si alguien no hubiera cometido ese acto aberrante. Hay algo en ese “regalo” que le salvó la vida que está maldito y él tiene que repararlo. Todos los personajes de Eastwood se meten en esos caminos donde no hay una alternativa perfecta, no hay una opción que los deje inmunes. En el camino de la posible reparación a menudo hay dolor, sufrimiento, incluso la muerte. Pero no pueden hacer otra cosa: no podía Bill Munny en Los imperdonables, quien cargaba con un pasado manchado pero intentaba esgrimir el honor como un valor recuperado; no podía tampoco el fugitivo que interpreta Kevin Costner en Un mundo perfecto (1993), cuando sabe que él está perdido pero que el niño sin padre que lo acompaña puede tener una vida mejor con su sacrificio.

McCaleb comienza a investigar con lo poco que tiene: el video del robo y asesinato, la pista de que el asesino puede haber cometido otros dos hechos similares, una pistola cara y difícil de adquirir, una frase dicha a cámara, y no mucho más. Quien lo acompaña como improvisado partenaire es Buddy (Jeff Daniels), un vecino holgazán del embarcadero que no hace nada en todo el día porque lo mantiene su familia adinerada. La pista que encuentran es la de un ex convicto de origen ruso que trabaja en una fábrica cerca de uno de los robos y de donde desapareció un arma como la utilizada en los crímenes. Terry lo increpa y lo hace huir, generando un conflicto con la oficial del FBI que le había hecho favores en nombre del pasado que los une, laboral y presumiblemente amoroso.
Lo que sigue es la pesquisa para unir los cabos sueltos y descubrir quién está detrás del asesinato de Gloria Torres y porqué. Sin embargo, a medida que McCaleb se involucra en la investigación su salud se deteriora, le sube la fiebre, se agita, deben hacerle nuevos estudios para ver si su organismo está rechazando el órgano transplantado. Lo que subyace a ese artilugio narrativo -llegar a la verdad aún a costa de su vida- es la dimensión moral que sostiene todo el andamiaje autoral de Eastwood: McCaleb no puede abandonar su deuda con Gloria, encontrar a su asesino es honrar el corazón que ella le donó. Y eso se hace más evidente cuando es el propio McCaleb el que quizás esté enredado en la motivación, cuando es ese extraño tipo de sangre que comparten el que determina la muerte de Gloria y su propia resurrección.
Es cierto que todo el argumento está presente en la novela de Connelly (un escritor de best-sellers afecto al policial del procedimiento antes que a la serie negra), pero es el propio Eastwood quien en esta etapa de su carrera decide impregnar a sus películas “de género” de una dimensión moral que aborda con más énfasis y autoconciencia en sus películas “importantes”. Y el corazón de McCaleb está en el caso que debe investigar porque es su integridad la que está en juego, no como ex miembro del FBI ni como hombre de la ley, sino por un compromiso personal que ofrece la sangre compartida, la muerte ofrendada aún sin saberlo.




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