Mis hermanos y yo nacimos en un pueblo pequeño y acogedor. Cuando aún éramos muy pequeños, nos mudamos a la gran ciudad en busca de nuevas oportunidades. La realidad es que, en un lugar chico, las posibilidades son limitadas; sin embargo, mis padres nunca permitieron que olvidáramos de dónde veníamos ni que dejáramos de visitar nuestro pueblo.
Vivir en la ciudad me hizo pensar que los únicos miedos posibles eran aquellos tangibles y reales, los que aceptamos como verdades absolutas. Pero con el tiempo comprendí que también existen otros temores, más sutiles e invisibles.
Allá, lejos de la ciudad, en los pueblos rurales donde aún se vive del campo, con sus costumbres, creencias y misterios, las cosas son distintas. No olvidan. Y siempre tienen presente que “ellos” aún caminan.
Era verano, y como casi todos los veranos de mi infancia, viajé al pequeño y acogedor pueblo de mis padres para pasar una temporada. En la casa vivían mis abuelos y mi tía Rosa, la más joven, que se quedaba a cuidarlos y de paso, cuidarnos a nosotros cuando íbamos. Mis padres regresaban a la ciudad después de una semana, y es entonces cuando comenzaban las verdaderas vacaciones.
A falta de mis padres, ella era quien mandaba. Pero lo hacía con una paciencia de santa y una sonrisa tan tranquila que parecía que nada malo podía pasar.
El pueblo era callado, amable, aunque algunos lugareños se notaban más cerrados que otros. Todos dormían temprano, apenas el sol se ocultaba, y si salían de noche, lo hacían con una cruz en la mano y un rezo en los labios. Nunca entendí bien por qué… o tal vez sí, pero preferí pensar que eran supersticiones de pueblo.
En aquel tiempo todavía no llegaba la electricidad. Las noches se alumbraban con lámparas de aceite o queroseno, de esas que aguantan viento y lluvia mientras se mantengan derechas. Mi padre compraba varias en la ciudad; a mi abuelo le gustaba regalarlas a sus amigos, así que siempre dejaba cada verano unas nuevas, todas llenas de combustible, y un galón extra por si acaso.
Dormía con mis hermanos menores en una habitación bastante grande: dos camas, una mesa y mucho espacio para jugar. Había una lámpara encendida en la mesita de noche, entre las dos camas, y una cajita de fósforos sobre la mesa, por si se apagaba. Todo era alegría y risas… hasta que dejó de serlo.
Aquella noche hablábamos animados sobre las travesuras del día y lo que haríamos al siguiente, cuando, de repente, la lámpara se apagó. No fue normal: no chispeó, no vaciló… simplemente puf, como si alguien hubiera soplado una vela. Y entonces lo vi, o al menos eso creo: una mano rápida que se llevó los fósforos.
Busqué a tientas sobre la mesa, parte por parte, con miedo de tirar algo, pero no estaban. Volví a buscar, más despacio, y no encontré nada. Recorrí la mesa de lado a lado y ni siquiera la lámpara pude palpar. Fue entonces cuando recordé esa mano. Ya no la asociaba con mi imaginación, sino con algo real.
No dije nada. Mi corazón se aceleró. Respiraba agitado. El aire se volvió pesado, denso, como si la oscuridad misma respirara con nosotros.
Mis hermanos dejaron de hablar. Nos abrazamos los tres. Nadie se movía. Solo se escuchaban nuestros corazones, golpeando fuerte, descompasados.
Quise gritar, pero la voz no me salía. Era como si algo invisible me apretara el pecho. Hasta que, con todas mis fuerzas, logré gritar: —¡Tíaaa!
Mis hermanos también gritaron, una y otra vez, hasta que la puerta se abrió de golpe. Entró mi tía Rosa con una lámpara en la mano, medio dormida, preguntando tranquila: —¿Qué pasa, muchachos?
Le dijimos que la lámpara se había apagado y que los fósforos no estaban. Ella los tomó de la mesa —del mismo sitio donde yo había buscado sin éxito—, encendió uno y nos dijo sonriendo: —Tontos, ahí están y así se prende una lampara.
Con su cálida sonrisa, burlona y tierna nos trato de miedosos.
Le conté e insistí en lo que había pasado: la mano, la oscuridad, la búsqueda inútil. Ella rió. —Eso imaginas por ver películas de miedo —dijo.
Casi me convenció, pero su mirada no tenía la misma ternura de siempre. Había algo que no quería decir.
Salió a dar las buenas noches a mis abuelos y regresó. Esa noche, por insistencia suya, durmió con nosotros. Yo lo agradecí. Los tres nos apretamos en una cama, y ella ocupó la otra.
Después del susto, no sé a qué hora me dormí, ni cuándo apagaron la lámpara.
Ya de madrugada me desperté. El cuarto no estaba del todo oscuro; una claridad pálida se colaba por la ventana. Me giré… y lo vi.
En el rincón, en cuclillas, estaba él: una sombra con sombrero ancho, de esos viejos y gastados que caen hacia adelante, cubriéndole el rostro. No se movía. No respiraba. Solo estaba ahí, quieto, solo esperando.
Con el cuerpo erizado y el escalofrío recorriéndome la piel, quise gritar, o al menos gemir hacer algun ruido, pero nada salía. El miedo me tenía paralizado. Casi no respiraba, temiendo que pudiera oírme. Y cuando por fin reuní valor y estaba apunto de hablar, levantó la cabeza, ni muy lento ni muy rápido, a su ritmo, un segundo? no lo se. Pero se hizo eterno.
Me miró. Sentí que lo hacía. No tenía cara. Solo dos ojos… si es que eran ojos: profundos, vacíos, como si devoraran la luz. Me miraban fijo, hondo, como si quisieran leerme el alma.
Intenté gritar con desesperación, pero el miedo me amarró la lengua. La sombra levantó un dedo hacia donde debía tener la boca. Un gesto lento, innegable: silencio. Luego volvió a agacharse.
Me tapé hasta la cabeza con la frazada, apretando los dientes, como si el tejido pudiera protegerme. Sentía el corazón saltar, la sangre fría corriéndome por el cuerpo.Cerré los ojos. Esperé lo inevitable, temblando, rezando y maldiciendo mi suerte… hasta que cantó el gallo.
Entonces escuché un roce, un desliz suave sobre el suelo, como si algo se arrastrara fuera del cuarto. Pensé que mi tía se había levantado y me asomé lentamente, animado por las primeras luces del amanecer… pero al mirar, mi tía seguía dormida. Mis hermanos también.
Giré la cabeza rápido hacia el rincón, queriendo confirmarlo. El rincón estaba vacío. Y entonces lo vi: la lámpara encendida. Y la caja de fósforos… abierta, con uno usado a un costado, aún tibio, aún humeante.
El día no fue normal. Sentía que la amabilidad de la gente había desaparecido. Me miraban distinto, como si supieran que yo había visto algo que no debía.
Le conté a mi abuelo. Él, mascando su coca, escupió al suelo, me miró un momento, se apoyó en su bastón y dijo: —No te preocupes, hijo. Eres de la ciudad. No tienes por qué temer. Si no crees, no hay por qué tener miedo. Esas son cosas de viejos… supersticiones de los que aún vivimos acá. Luego sonrió y agregó: —Anda, diviértete. En el viejo árbol ya está el columpio que tanto pedías.
Lo intenté. Jugué todo el día, pero cada sombra, cada rincón me parecía más oscuro. Esperaba la noche con un miedo silencioso, un miedo que se me instaló en el cuerpo.
Y cuando llegó, supe que no dormiría. Me quedé con la lámpara encendida, el fósforo en la mano, sin soltarlo. Y en algún momento me dormí.
Entre sueños escuché ladridos… muchos ladridos. Desperté, y la lámpara aún encendida me dio calma y valor. Me levanté.
Me asomé a la ventana, vencido por la curiosidad. A lo lejos, bajo la luz de la luna llena, vi a un hombre al que varios perros perseguían. Él no corría: caminaba despacio, firme, arrogante. Y cuando los animales se acercaban, sacaba un látigo de la cintura y lo hacía chasquear en el aire. Los perros retrocedían, aullando, como si los golpeara el mismo trueno.
Pero lo que me heló la sangre fue que sus pies… no tocaban el suelo. Ni una mota de polvo se levantaba. El agua del canal, que cruzó en dos pasos largos, no se agitó. La luna lo iluminaba de lleno, y aun así, su sombra no caía en ninguna parte.
Me restregué los ojos, pero seguía igual. Los perros se detuvieron frente al canal y se quedaron ladrando hacia la oscuridad en la que el hombre había desaparecido. Pero desde esa oscuridad sentí su mirada…
El miedo me subió por la espalda como hielo líquido. Corrí a esconderme bajo la frazada, temblando. Mi valentía se esfumó.
Al amanecer, me sentía agotado, con el cuerpo liviano y la cabeza hueca. Cada rincón me daba miedo.
Esa tarde, mientras estaba sentado en el huerto, llegó un hombre muy anciano. Después supe que era un “cantor”, de esos que velan a los muertos y acompañan las almas. Habló en voz baja con mi abuelo, y aunque no entendí todo, lo que alcancé a oír fue esto: —Esta será la última noche. En otras casas ya pasó.
Mi tía nos llevó al pueblo, al mercado, para distraernos. Cuando volvimos, el ambiente olía distinto: a flores, a perfume fuerte, a vela derretida. El miedo volvió a apretarme el pecho.
La noche cayó como una manta húmeda. Sabían que estaba asustado, lo reconocían, pero no decían nada. Esa noche mis abuelos saldrían a casa de un amigo a despedirlo, según me dijo mi tía Rosa.
Intenté dormir. Mi tía Rosa durmió en el cuarto de al lado, el que usaban mis padres cuando venían. Eso me dio algo de seguridad. El cansancio me ganó, y en algún momento me dormí.
Pero algo me despertó otra vez: un susurro. No quería levantarme ni mirar, pero el silencio era tan profundo que oía la respiración de algo… o de alguien. Hasta los insectos habían dejado de hacer ruido. Solo silencio y susurro. Silencio y susurro.
No aguanté más. Me levanté, temblando, abrí y me asomé por la ventana. A la distancia, junto al canal de riego, alguien estaba arrodillado frente a una cruz vieja de madera, una de esas que marcan el sitio de un accidente. Oraba. Y lloraba. Su llanto era tan hondo que dolía escucharlo.
Lo miré casi hipnotizado, negándome a creer. Quise despertar a mis hermanos para que me dijeran que lo que veía era mentira, fruto de mi imaginación, pero no podía. Mi vista estaba fija en esa figura, en su rezo, en su llanto. Me quedé ahí, como testigo.
De entre los matorrales empezaron a salir gatos. Primero uno gris ceniza, luego otro anaranjado, otro manchado… hasta que el suelo parecía moverse de tantos ojos que brillaban. Todos lo miraban.
El hombre siguió rezando, con la cabeza baja, sin moverse. Yo no podía apartar la vista. Sentía las piernas heladas, la respiración cortada.
Y entonces, en un solo instante, los gatos se abalanzaron sobre él. Lo cubrieron como una sombra viva. Se oyeron gruñidos, chillidos, un grito que no parecía humano… y todo fue arrastrado hacia la oscuridad de los plantíos. Su grito se fue apagando, cada vez más lejos, hasta perderse.
Me quedé helado, con el alma atrapada en el pecho. Retrocedí, me eché en la cama y me cubrí. No recuerdo cuándo caí dormido .
Solo sé que, al amanecer, aún temblando, salí apresurado a revisar aquel lugar. La cruz estaba sola. Y a su alrededor… ni huellas, ni agua movida, ni señales de nada. Solo una lámpara encendida, justo al borde del canal. Y una caja de fósforos abierta, con uno usado al lado… aún tibio, aún humeante.
Desde ese verano entendí algo: Las historias del pueblo no son cuentos. Son advertencias. Y aunque ahora viva en la ciudad, sé que ellos… aún caminan.


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