La religión se ha engranado con la humanidad por milenios, casi una obsesión nuestra desde el surgimiento de las primeras civilizaciones. Junto a dioses a los cuales venerar, también llegan historias de seres más oscuros. Sombras en esquinas, brisas heladas y criaturas que acosan humanos inocentes, siempre acechando y esperando al momento perfecto para atacar.
Por los últimos siglos, en occidente la religión principal ha sido el catolicismo y el cristianismo, y las figuras malignas a las que debemos temer dentro de estas son muy bien conocidas.
Cuando leí sobre el caso del exorcismo de Emma Schmidt, tenía solo trece años. Estaba sola en mi cuarto y aunque no recuerdo cómo hallé la historia en primer lugar, estaba paralizada. Aunque no soy tan religiosa, leer sobre lo que tuvo que pasar esa mujer no me dejaba moverme lejos de la pantalla, y peor fué tras encontrar el caso de Anneliese Michel. Si alguien que lee esta pieza quiere buscarlos por su cuenta, por favor sepa que pueden resultar perturbadores.
Una niña en un país muy católico, quedé aterrada frente a estos casos. Debatiendo en si los terrores contra los que previene la iglesia eran reales, preferí esconderme detrás de las teorías de que ambas mujeres sufrían de trastornos psicológicos, y sufrieron bajo la ignorancia de aquellos quienes las cuidan. Una perspectiva mucho más sobria y escéptica, pero terrorífica igualmente, teniendo en cuenta los eventos de los que trataban.
Aunque nada nuevo, esta es la ansiedad que marcó una época entera, desde mediados hasta finales del siglo XX.
En 1973 llega a Estados Unidos una película que definirá el escenario de películas de terror por venir, aterrando su público hasta el punto del desmayo, y requiriendo de algunos teatros la presencia de sacerdotes que bendijesen el lugar antes de cada proyección: El Exorcista, de William Friedkin.

Basado en su libro homónimo y presuntamente basado en hechos reales, narra la historia de una niña sufriendo por una infestación demoníaca, que necesita de la ayuda de dos sacerdotes para salvar su vida y su alma, exorcizando al ente maligno.
Lanzada a inicios de los 70s, incentivó lo que se conoció como el Pánico Satánico que, a pesar de estar centrado en el Heavy Metal y la música de los jóvenes, no se limitó a esto.

Fué el pánico moral de la sociedad del momento. Los noticieros y los padres se obsesionaban buscando pruebas de la presencia de un “enemigo” de la iglesia y de Dios en la sociedad suburbana, tocando discos en reversa para escuchar mensajes escondidos, sancionando juegos de mesa y videojuegos para jóvenes, y buscando pruebas de abuso y sacrificio ritual en crímenes violentos, mientras que otros se orientaban más al misticismo, a lo esotérico como rechazo a esta nueva neurosis generalizada.
Aquí, a pesar de que el abuso ritual ha sido reconocido con el tiempo como una forma de abuso real, la veracidad de los casos de la época ha sido muy cuestionada. Sus persecuciones no se limitaban solo a posibles crímenes, sino también al arte.
El Pánico Satánico definió gran parte de los sentimentalismos de la época. No es de extrañar entonces que en una sociedad tan centrada en lo religioso y en amenazas del mismo orden como lo era la estadounidense del siglo XX, quedara tan fuertemente afectada por una película como El Exorcista.

Espectadores encontraron en lo sobrenatural y religioso un nuevo y reforzado refugio, igual que un enemigo en común en la figura de lo demoníaco. Este es un enemigo que surgía desde adentro de la sociedad suburbana de bien, de buen estrato socioeconómico, puramente por la corrupción de sus miembros más jóvenes. La sociedad estadounidense se despegaba del enemigo ajeno de las guerras mundiales para centrarse en el enemigo interior, reflejando su misma era de Guerra Fría, descontento político y rebeldía juvenil.
La esfera de la religión cristiana y católica se sublimaba a la sociedad suburbana, mientras que, similar a la amenaza interior en el Slasher, el enemigo interior de la sociedad se igualaba con la entidad demoníaca.
La veracidad de los casos de exorcismos y embrujos decididos como reales es muy debatida, pero su influencia en el arte y comentario social es indiscutible, y así como lo ha sido incluso antes de la llegada del cine hablado. Imagino una experiencia compartida el miedo intenso que se siente cuando al iniciar o finalizar una película de terror leemos “Basado en hechos reales”. Es como si la seguridad de ver estas cosas en una pantalla apartada de nosotros, de repente se derrumba, y trae el terror justo frente a nosotros.
La religión ha sido un punto casi omnipresente en nuestras vidas desde siglos; su influencia se siente en la política, en los comentarios pasivos de las abuelas, en el contenido y entretenimiento que consumimos, tanto para el sujeto más religioso como para el más ateo.
Incluso antes de la llegada de El Exorcista y El Bebé de Rosemary (también adjudicada como pionera para la popularidad del cine de terror religioso), las películas francesas mudas y el expresionismo alemán ya se adelantaban a la representación de historias religiosas de terror, con exponentes como el pionero Georges Méliès con La Mansión del Diablo (1896), e historias como Vampyr, la bruja vampiro (1932) y Häxan (1922).

Estas últimas, algunas de las primeras películas de terror hechas, impresionan no como el intento de validación para las ansiedades cristianas, sino como impresionantes registros de creatividad y amor por las posibilidades que el séptimo arte tenía que ofrecer. Los efectos especiales en Häxan son impactantes, y lejos de la censura posterior de la sociedad estadounidense y de Hollywood, su libertad creativa es refrescante incluso hoy en día.
Estos siendo los orígenes del género, enmarcan más todavía su desarrollo entre las décadas de los 70s y 80s como reacción al temor de una amenaza interna suburbana, y su subsiguiente crítica en terror basado en las limitaciones de un entorno religioso autoritario.
Las décadas de los 90s y 2000 ven el desarrollo de películas de terror religioso, pero esta vez es alrededor de la convicción religiosa como una prisión para su expresión personal. Inicia la era de películas como La Bruja (2015), Saint Maud (2019) y más.

Con lanzamientos más recientes como el remake de Nosferatu del 2024, las películas de Ari Aster, Barbaro (2022), La Tristeza (2021), y las futuras adaptaciones de clásicos góticos como Frankenstein a la pantalla grande, nos señalan un retorno al origen más creativo de inicios del siglo pasado, adaptado al comentario social adquirido en su segunda mitad.
El arte y el terror siempre han sido sobre expresar nuestros miedos y ansiedades, pero también sobre una hermosa creatividad para representar los mismos. Desde películas sobre terror folk de mitos tradicionales, hasta nuestros propios miedos de entidades oscuras acosando familias inocentes, intentado tomar control de mujeres y niños, hacia el Slasher más irónico y sangriento, en el presente del género de terror vemos el reflejo de nuestras propias creencias.
Finalmente, respecto al arte, es la presentación de nuestros propios miedos algo con lo que todos nos podemos relacionar. Humanos que somos, siempre encontraremos primero una forma de expresar lo que tememos.



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