I. Donde los sueños respiran
El pueblo apareció entre la neblina justo cuando el bus se detuvo.
Había leído que Sillapata era tranquilo, turístico, perfecto para desconectarse.
Salvador me lo había recomendado antes de irse a Canada para terminar su postgrado.
“Te hará bien respirar otro aire”, me dijo por llamada, con esa voz cálida que amo de él.
El pueblo era conocido por su turismo y misticismo, chamanes que se conectaban con el mas alla y alejaban las malas energias. Al principio me parecia surrealista… una abogada como yo llendo a un lugar repleto de ficcion. JA, pero en realidad si me hacia falta unas vacaciones para poder despejarme de todo a mi alrededor
El aire olía a tierra húmeda y hojas frías.
Apenas bajé, vi el cartel oxidado en la entrada:
“Sillapata: Donde los sueños respiran.”
No pensé mucho en ello.
A esas alturas, todo lo que quería era silencio.
El hostal quedaba al borde del bosque, atendido por una mujer de rostro amable, Doña Celia.
Su voz era suave, demasiado pausada.
Me pidió que anotara mi nombre tres veces en un cuaderno viejo. Dijo que era una costumbre oriunda de ahi hacia los visitantes para ampliar la experiencia… sonrei nerviosa
Esa noche salí a caminar por la plaza.
Todo estaba quieto.
Las farolas parpadeaban débilmente, y una figura se recortaba al final de la calle: alta, inmóvil, como si me mirara.
Cuando parpadeé, había desaparecido.
Volví al hostal.
El reloj del pasillo marcaba 5:47.
Parecía detenido.
II. Nada es lo que parece
Los días siguientes comenzaron a sentirse idénticos.
Despertaba con el mismo canto de gallo, el mismo aroma a café, las mismas palabras de Doña Celia:
—Descanse, señorita Alma. Hoy será un buen día.
Cada vez iguales.
Incluso las pausas eran las mismas.
Por la tarde llamé a Salvador.
La conexión se entrecortaba; su voz sonaba distante.
—Te estás agotando, Alma. Solo descansa. Lo que ves no es real.
—¿Qué cosa?
La conexion se habia cortado.Me sentia desorientada. Estaba segura que no le habia hablado de esa figura extraña.
Esa noche, mientras caminaba por el bosque, lo vi:
un ave inmóvil, suspendida a mitad del vuelo.
Las alas vibraban levemente, pero el cuerpo no avanzaba.
Era como si el aire lo mantuviera preso.
El sonido del bosque desapareció.
No había viento, ni grillos, ni hojas. Solo mi respiración agitada.
Intenté tocarlo, sentí una presión fuerte en el pecho.
Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que el ruido tapó todo lo demás.
Entre mas cerca estaba por tocarlo, mas fuerte latia mi corazon. Mis piernas se entumecian, mis manos temblaban al mismo tiempo que el cuerpo entero estaba invadido por sudor y justo cuando mis dedos rozaron el aire alrededor del ave…
Desperté.
El reloj marcaba 5:47.
Otra vez.
III. HUYE
Intenté irme del pueblo.
Cada camino me llevaba de regreso a la misma calle, a la misma tienda, al mismo perro durmiendo en la esquina.
Era como moverse dentro de una repetición que no terminaba.
Decidí subir la colina.
Desde allí podía ver la neblina extenderse como un mar espeso.
Y al final del sendero, el aire cambiaba de densidad.
Había una barrera invisible, un velo que temblaba con el viento.
Saqué el celular. Llamé a Salvador.
La voz al otro lado no sonaba como la suya. Era más grave, como filtrada por estática.
—No cruces ese límite —dijo la voz.
—¿Salvador?
—Las sombras no estarán contentas.
El teléfono se llenó de un ruido agudo, casi metálico.
Y luego, entre interferencias, escuché risas.
Varias, al mismo tiempo, como si hablasen desde dentro de la llamada.
Algo se movió detrás del velo.
Eran sombras con ojos que brillaban como faros, cuerpos oscuros, vibrantes, que emanaban temor y distorsionaban el aire. Pero lo mas impactante era que… parecian familiares esas figuras como si las habia visto antes.
Cada vez que murmuraban entre sí, un pitido insoportable me atravesaba la cabeza.
Una de ellas se detuvo.
Parecía observarme.
Su forma se alargó, retorcida, y se inclinó hacia mí como un reflejo deformado.
Dí un paso atrás.
El suelo se hundió.
El aire comenzó a succionarme hacia la barrera.
Sentí que la piel se estiraba, que los huesos crujían, que mi cuerpo era arrastrado hacia la nada. Algo humedo recorria por mis orejas. Sangre. Mis ojos comenzaron a quebrarse como vidrios cayendo. La vista se me habia nublado. Mi forma ya no era humana. Cada vez estaba mas cerca del otro lado de la barrera. El dolor era tan agudo que no pude gritar.
Las sombras se rieron.
Y entre todas sus voces, escuché la de Salvador, distorsionada, repitiendo algo que no quise entender:
—Despierta.
Y entonces… todo se apagó.
IV. Despertar
Desperté.
El corazón me dolía.
No recordaba cómo había llegado a la cama ni por qué mis manos estaban llenas de pequeños cortes.
El reloj marcaba 5:47.
Otra vez.
El aire olía a madera húmeda y al mismo polvo antiguo del hostal.
Aun así, todo parecía distinto, más… nítido.
El sonido de los pájaros, el roce de mis pies contra el suelo, el silencio entre respiraciones.
Doña Celial me sonrió.
—Durmió bien, señorita Solís.
—Sí —mentí—. Creo que sí.
Mientras tomaba el café, algo en la textura del líquido me hipnotizaba: reflejaba mi rostro, pero mi boca no se movía igual que la mía.
Cerré los ojos un segundo y la imagen desapareció.
Quise creer que solo era cansancio.
Salí a caminar.
El pueblo se veía normal: turistas, risas, niños corriendo.
Aunque sus movimientos parecían demasiado lentos, como si alguien los hubiera puesto a repetir la misma escena una y otra vez.
Pasé frente a una tienda con una vitrina enorme.
Y ahí estaba.
Mi reflejo.
Pero no era yo.
Tenía los ojos muy abiertos, completamente blancos, y una sonrisa inmóvil que no se parecía a ninguna expresión humana.
Cuando levanté la mano, me imitó, pero con un leve retraso.
Como si esperara ver primero qué iba a hacer.
Me congelé.
El aire se llenó de un zumbido eléctrico.
Mi cuerpo quería retroceder, pero mis pies no respondían.
El reflejo inclinó la cabeza, despacio, curioso.
Y sus labios se movieron sin sonido.
Pero pude entender lo que decía.
> “Despierta otra vez.”
La voz resonó dentro de mi cabeza, no en mis oídos.
Sentí un ardor intenso en las sienes, y por un instante, creí escuchar risas detrás del vidrio… no una, sino muchas.
Di un paso atrás.
El reflejo se acercó.
La superficie se onduló, como si el cristal respirara.
—Basta —susurré—, esto no es real.
El zumbido se volvió insoportable.
El reloj del celular vibró solo.
La pantalla encendida mostró palabras que no escribí:
> “No mires más allá.”
Cerré los ojos, temblando.
Y justo entonces, sentí algo… extraño.
Como si el aire mismo me observara.
Una sensación punzante, detrás del cuello, como una mirada.
Una presencia que no estaba en el texto, ni en el espejo.
Estaba afuera.
Y por primera vez, lo supe con certeza:
alguien estaba leyendo mis pensamientos.
Por instinto, giré hacia donde debería estar esa presencia.
Pero no había nadie.
Solo tú.


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