Crónica de Sangre y Nieve.

🕯️ Prólogo: Bajo la Nieve, el Silencio
En los confines del norte, donde el sol apenas roza el horizonte y el invierno parece eterno, existía una aldea sin nombre. No lo necesitaba. Quienes vivían allí sabían que nombrar algo era invitar a los dioses —o a los monstruos— a reclamarlo. Era una tierra de susurros, de ramas quebradas en la noche, de pasos que no dejaban huella.
Los vikingos la llamaban Skjult Blod, “la sangre oculta”, porque cada vez que intentaban conquistarla, sus guerreros desaparecían entre la niebla. Pero no era magia lo que los devoraba. Era el frío. Era el bosque. Eran las criaturas que allí moraban.
Y fue allí donde comenzó la leyenda del último lobo.
🌲 Capítulo I: La Abuela y el Invierno
El viento aullaba como un animal herido mientras la nieve caía en espirales lentas. Dentro de una cabaña de madera ennegrecida por el hollín, dos niños temblaban junto al fuego. Eran hermanos: Eirik, el mayor, de ojos grises como la ceniza, y Kael, el menor, de mirada oscura y profunda como un pozo sin fondo.
Su abuela, una mujer encorvada con manos como ramas secas, los observaba con ojos que habían visto demasiadas lunas. Su nombre era Yrsa, y en su juventud había sido cazadora, partera y guardiana de secretos. Ahora, era todo lo que quedaba entre los niños y la muerte.
—Escuchen bien, mis lobeznos —dijo mientras arrojaba un puñado de hierbas al fuego—. Esta aldea está condenada. Los hombres vendrán con fuego y acero, pero no serán ellos quienes nos maten. Será el hambre. Será el frío. Será el bosque si no aprenden a respetarlo.
Esa noche, mientras los gritos de los vikingos se acercaban, Yrsa los llevó al bosque. No huyeron. Se desvanecieron entre los árboles como humo. Allí, en una cueva oculta entre las raíces de un roble milenario, comenzó su verdadero aprendizaje.
Durante semanas, Yrsa les enseñó a leer las huellas en la nieve, a distinguir los aullidos de los lobos de los lamentos de los skuggor —criaturas sin forma que imitaban voces humanas—. Les enseñó a hacer trampas, a curar heridas con musgo, a dormir con un ojo abierto.
Pero el invierno era largo, y el cuerpo de Yrsa era viejo. Una mañana, los niños despertaron y la encontraron sentada junto al fuego, con una sonrisa tranquila y los ojos cerrados para siempre.
No lloraron. No podían. El bosque no permitía debilidad.
Enterraron a su abuela bajo un círculo de piedras y marcaron el lugar con un colmillo de lobo. Era su promesa: sobrevivirían.
Por Aneudy valdez R.




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