La criatura que me drenaba la vida (Íncubo) 

La Criatura que Drenaba la Vida

Hace unos años mi cuerpo empezó a fallar de la forma más insidiosa. No era una enfermedad; era un drenaje constante.

Literalmente, estaba débil, el sueño no me ofrecía el más mínimo descanso y, despierta, sentía que la energía se me desvanecía. Me volvía transparente. Lo más desesperante era que a las pocas personas a las que les contaba lo que sentía, me miraban con escepticismo. No podían creer que la causa de mi agotamiento no era médica, sino una criatura que me estaba atacando: lo que después descubrí que se llama íncubo.

Los Primeros Signos

Pero esta posesión no sucedió de golpe. Fue un lento y metódico asedio. Todo comenzó con eventos escalofriantes en mi casa. Al principio, era una sombra que se movía, fugaz, por el rabillo del ojo, siempre en los pasillos, sin dejar de caminar. Después vino el evento del espejo, algo que rompió mi escepticismo. De pronto, el cristal se quebró sin un motivo aparente, con un sonido brutal, sordo, como si le hubieran dado un martillazo directo. Lo que me aterrorizó de verdad no fue la rotura, sino que, en el silencio que siguió, los vidrios rotos se movían solos en el suelo, como si una mano invisible estuviera escarbando entre ellos.

El terror se intensificó con el desorden. Otro día, conseguí la puerta de mi cuarto abierta de par en par, y todas mis cosas del chifonier (cómoda) estaban esparcidas en el suelo. No era un robo; era un mensaje. Era como si alguien, o algo, hubiera estado buscando algo específico, o simplemente deleitándose en el caos.

El miedo me hizo mudarme rápidamente. Pensé que la entidad estaba anclada a esa casa, a esa dirección. Ingenua de mí. Tristemente, el calvario no terminó allí. Esa cosa me encontró. Tardó meses, una especie de periodo de latencia, pero finalmente el ataque comenzó de nuevo, con mayor intensidad.

Esta vez, se manifestó a través de la parálisis del sueño, una opresión física que me inmovilizaba. Llegué a verlo: una figura que, a decir verdad, no era grotescamente horrible, pero emanaba una actitud extraña e indecente. Había en él una necesidad silenciosa de someterme, algo que rozaba lo aterrador y lo perverso.

Cuando me mudé a vivir con mi pareja, las cosas se calmaron temporalmente, pero el íncubo no se había ido. Una noche, lo peor sucedió. Mi pareja despertó y comenzó a hablar en una voz gutural. El sonido era áspero, profundo, incomprensible. No era él; era como si alguien, sin lengua ni voz propia, estuviera intentando comunicarse o rugir a través de su cuerpo. El pánico me congeló.

Sé que todo esto suena realmente extraño. Créeme, yo tampoco lo creería si me lo contaran. ¿Quién aceptaría que una criatura está cerca, y se está alimentando de ti?.

El elemento más confuso y destructivo de todo era la dualidad. Cada vez que se materializaba y me atacaba, la experiencia resultaba, paradójicamente, más intensa y gratificante que cualquier intimidad que hubiera experimentado antes con parejas reales. Y ese es el verdadero horror: era capaz de hacerme sentir bien mientras me drenaba la vida. Ese placer fugaz y aterrador creaba una especie de dependencia, una adicción tóxica, que hacía que el rechazo fuese casi imposible, a pesar del agotamiento físico monstruoso que venía después.

Fue entonces cuando hablé con una amiga. Ella me dijo que, en su pueblito rural de Mérida, a estas criaturas se les conocía coloquialmente como "zánganos". Me comentó que debía buscar ayuda para quitármelo de encima. Son entidades que se "pegan" y se alimentan de la energía vital de la persona.

Fue un proceso difícil y largo, pero finalmente logré despegarme de esa entidad. Lentamente, mi fuerza regresó. Lo peor es que yo nunca creí en nada de esto, era la persona más escéptica. Pero cuando te sucede algo así, cuando lo experimentas en tu propia carne y ves los efectos en tu vida, realmente no puedes negarlo. Las cosas paranormales no tienen explicación. Simplemente, son.

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