Cine tunecino en femenino: reinventar la representación 

Desde sus inicios, el cine tunecino ha mostrado una sensibilidad particular hacia la representación de las mujeres. Este rasgo distintivo no es casual, sino que responde tanto a las reformas pioneras que, desde la independencia en 1956, otorgaron a las mujeres tunecinas un estatus jurídico singular en el Mundo Árabe, como al rol protagónico que distintas cineastas y productoras han asumido en el campo cultural. De esta manera, s través de obras que abordan tabúes sociales, tensiones políticas y reivindicaciones feministas, el cine tunecino ha sabido interrogar su tiempo desde una mirada en clave de género.

Este artículo propone un recorrido por las trayectorias de varias cineastas tunecinas de distintas generaciones y contextos para reflexionar sobre los desafíos, conquistas y transformaciones del campo cinematográfico en Túnez, especialmente desde la revolución de 2011.

El marco jurídico que posibilitó un avance significativo en los derechos de las mujeres tunecinas tiene sus raíces en la obra de Tahar Haddad y en la política modernizadora del primer presidente del país, Habib Bourguiba. La aprobación del Código de Estatuto Personal en 1957 (que, entre otras cosas, abolió la poligamia e instauró el matrimonio por consentimiento mutuo) marcó un antes y un después en la región. Esta temprana afirmación de derechos abrió el camino para que las tunecinas ocuparan un lugar central no solo en el discurso político, sino también en la producción cultural.

Desde películas como Sejnane (1974) de Abdellatif Ben Amar hasta La belle et la meute (2017) de Kaouther Ben Hania, pasando por Satin Rouge (2002) de Raja Amari, el cuerpo, la voz y la subjetividad de las mujeres han sido ejes temáticos recurrentes. Pero más allá de los personajes, lo notable es la presencia sostenida de mujeres detrás de cámara. Cineastas como Salma Baccar, Moufida Tlatli, Raja Amari o Sonia Chamkhi han producido obras que no se limitan a narrar, sino que interrogan el lugar de las mujeres en la sociedad tunecina.

El campo cinematográfico en Túnez ha conocido transformaciones profundas a partir de la revolución de 2011. El levantamiento popular no solo sacudió al régimen autoritario, sino que también desató una explosión creativa en el ámbito cultural. Las condiciones de producción se flexibilizaron, se multiplicaron las propuestas independientes y emergieron nuevas voces, muchas de ellas femeninas. Esta apertura coincidió con la democratización de las herramientas digitales, lo que permitió a muchas directoras sortear las barreras industriales y encontrar vías propias de producción y difusión.

En este contexto, podemos identificar a grandes rasgos dos generaciones de cineastas. Por un lado, la generación previa a la revolución, representada por figuras como Khedija Lemkecher, Raja Amari y Sonia Chamkhi, que comenzaron su carrera en los años 90 y consolidaron su trayectoria en medio de la censura y la vigilancia del régimen de Ben Ali. Por otro lado, la generación surgida tras la revolución, a la que pertenecen cineastas como Kaouther Ben Hania, Leyla Bouzid o Erige Sehiri, cuyas obras se inscriben en un contexto de mayor libertad y experimentación formal.

Una constante en las obras de estas realizadoras es la voluntad de cuestionar los estereotipos sobre las mujeres árabes y magrebíes. Raja Amari, por ejemplo, construye antiheroínas que desafían el mandato de la virtud materna. Su emblemática Satin Rouge narra la transformación de una viuda en bailarina de danza oriental, y con ello, la reapropiación de su cuerpo, su deseo y su sexualidad. La película, producida por Dorra Bouchoucha, una de las referentes de la producción feminista en Túnez, generó fuertes reacciones por subvertir la imagen tradicional de la madre como garante del orden moral.

En otra línea, Kaouther Ben Hania desarrolla una mirada mordaz y política que articula documental y ficción. En Le Challat de Tunis (2015) retoma un hecho real, un hombre que atacaba a mujeres con un cuchillo, para construir un retrato colectivo del machismo estructural de la sociedad. Y en La belle et la meute (2017), inspirada en un caso real de violación policial sucedido en 2013, despliega una narración en tiempo real donde el cuerpo agredido de la protagonista se vuelve el campo de batalla entre impunidad e institucionalidad. Ambas obras interpelan la idea de justicia y colocan en el centro el cuerpo femenino como sitio de violencia, pero también de resistencia.

En diversas entrevistas a medios, las cineastas mencionadas coinciden en reconocer que la revolución de 2011 marcó un punto de inflexión. Por un lado, significó una apertura del campo cultural: caída de la censura, facilidad para obtener permisos de rodaje, acceso a equipos livianos. Por otro lado, activó un proceso de descentralización del cine, permitiendo que nuevas voces, especialmente de mujeres jóvenes, irrumpieran en el panorama nacional.

El acceso a las redes sociales, el surgimiento de nuevas plataformas de difusión, y la emergencia de iniciativas como el CNCI (Centro Nacional de Cinematografía e Imagen) potenciaron esta transformación. Películas como A peine j’ouvre les yeux (2015) de Leyla Bouzid, centrada en una joven cantante que denuncia la represión en tiempos de Ben Ali, serían impensables antes de 2011.

Sin embargo, como señala Sonia Chamkhi, esta apertura convive con múltiples obstáculos: la falta de mercado interno, la precariedad laboral, la discriminación institucional y la persistencia de imaginarios coloniales y patriarcales tanto en Túnez como en Europa. La realizadora denuncia, por ejemplo, que el estatus de cineasta no garantiza acceso al crédito, seguridad social ni legitimidad profesional para las mujeres.

Otro aspecto central es la centralidad de Francia en la formación, coproducción y difusión del cine tunecino. Muchas de las cineastas se formaron en escuelas francesas como La Fémis o ESRA, y algunas como Erige Sehiri construyen su carrera entre ambos territorios. Sehiri, por ejemplo, regresó a Túnez tras la revolución con una fuerte impronta del periodismo documental, y desde entonces ha producido películas que dialogan con su doble pertenencia cultural.

Este vínculo con Francia, sin embargo, no está exento de tensiones. Como recuerda la productora Dorra Bouchoucha, los estereotipos sobre las mujeres magrebíes persisten en el imaginario europeo, condicionando la recepción de las obras. En ocasiones, se espera que las cineastas “representen a todas las mujeres árabes” o que respondan a una imagen “reconocible” de víctima del patriarcado, dejando poco margen para narrativas más complejas, lúdicas o desestabilizadoras.

Lo que este recorrido permite visibilizar es que el cine tunecino realizado por mujeres no constituye un fenómeno reciente ni periférico. Se trata, más bien, de una tradición crítica y disidente que ha sabido renovarse en cada generación. Las cineastas no sólo representan el cambio social sino que lo provocan. Sus películas interrogan los límites entre lo íntimo y lo político, lo local y lo global, lo personal y lo estructural.

Aunque las condiciones materiales y simbólicas siguen siendo desiguales, el auge del cine dirigido por mujeres en Túnez evidencia una transformación más amplia: la de una sociedad que, con sus tensiones y contradicciones, sigue abriendo espacios para que las mujeres tomen la palabra, cuestionen los relatos dominantes y construyan nuevas imágenes de sí mismas.

El desafío sigue siendo doble: conquistar autonomía material y simbólica dentro del campo audiovisual y resistir la tentación de la domesticación

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 2
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.