El Exorcista, el eterno retorno del horror y la supremacía del bien sobre el mal 

El Exorcista no solo es la película que más me aterrorizó la primera vez que la vi, sino que sigue generándome una sensación de incomodidad, repulsa y sí, temor, cada vez que la veo. Y me da un poco de vergüenza confesar que, a pesar de que ya peino canas, procuro verla de día y si estoy acompañada, mejor.

Esta película de culto está basada en la fascinante novela de William Peter Blatty, quien utilizó como fuente una posible posesión demoníaca y un exorcismo realizado en Washington en 1949 y también se colaboró en la adaptación y en el guion y la producción.

Dirigida por William Friedkin y estrenada en 1973, es la primer obra de arte cinematográfica que aterrorizó masivamente a toda una generación y aún sigue vigente, incluso continúa activa su franquicia.

La historia: Regan (Linda Blair), una tierna niña de doce años, se vuelve abstraída, comienza a manifestar comentarios y comportamientos obscenos, afirma que escucha ruidos y que su cama se mueve. La abrupta transformación de una niña dulce en una criatura hosca, con aparentes trastornos de personalidad que exceden las peculiaridades de la más conflictiva de las pubertades, espantan a su madre, una reconocida artista atea y liberal, que la lleva a realizarse una serie interminable de invasivos estudios médicos que determinan que Reagan no tiene ningún problema físico.

Sin embargo, la condición de Reagan empeora cada vez más, espasmos violentos la sacuden, posee una fuerza desproporcionada para su tamaño, su alienación es manifiesta, a tal punto que el cuerpo médico sugiere un exorcismo, como terapia de choque y posible cura por sugestión, en vista de que la niña cree estar poseída por un ente desconocido.

En este momento la madre recurre al sacerdote y psiquiatra Damien Karras, escéptico, que atraviesa una crisis de fe y cuya evolución a lo largo de la obra es impactante, puesto que luego de interactuar con Reagan, a pesar de su formación científica y sus dudas, termina convencido de que la niña no sufre ninguna enfermedad física ni mental sino que se trata de de una posesión demoníaca y acude a las autoridades de la Iglesia para requerir un exorcismo. A cago de dicho rito, el arzobispo pone a cargo al filósofo, antropólogo y eminente exorcista Lankaster Merrin, que ya había librado una batalla con el atormenta que posee a Reagan, y había salido victorioso. En este caso particular, sin embargo, el padre Merrin pierde la vida en medio de la lucha encarnizada contra el monstruo, y el padre Karras, se da muerte al ofrecer ser poseído a cambio de la liberación de Reagan.

¿Qué es lo que más me gustó de esta película?

Como el aire de esa casa se va volviendo asfixiante, a pesar de los intentos de Cris, la solícita asistente Sharon (Kitty Winn), del matrimonio que se encarga del mantenimiento de la casa y del propio padre Karras, de convertir ese hogar otrora bohemio y confortable en una lugar menos invivible. La magia de lo cotidiano, los simples placeres y muestras de cariño de Reagan se convierten en el horror de lo cotidiano, en continuos sobresaltos y una tensión que va in crescendo, de manera sutil, gracias a las magníficas actuaciones de los protagonistas, al guión impecable y el movimiento de cámara. A propósito de esto último, no se utilizaron efectos especiales generados por computadora sino trucos de efectos especiales prácticos, por ejemplo, arneses, cables, y un maniquí controlado en forma mecánica para la famosa escena de la rotación de la cabeza. Todas las escenas de la habitación de Reagan se filman en una cámara frigorífica.

En cuanto a la composición del guión, es destacable el hecho de que no es lineal, sino que por momentos se disloca y nos presenta a un padre Merrin más joven, encontrando en Irak –como si fuera un vaticinio de la batalla que deberá enfrentar en el futuro- la estatua de Pazuzu, el demonio que está destruyendo la vida de Reagan y la de todos. Estas escenas abren el círculo del horror que nunca termina de cerrarse de modo definitivo, pues una vez terminado el exorcismo que la liberó del demonio pero cobró las vidas de los dos sacerdotes, la madre comenta que la niña no recuerda nada de lo sucedido, pero su expresión y la forma en que se acerca al sacerdote que va a despedirlas, dice lo contrario. ¿Cómo es posible salir entera de una experiencia imposible como esa?

Mi escena favorita

El padre Merrin está parado frente a la casa de Reagan, sabiendo que la hora de pelear contra todo lo que es inhumano y maligno ha llegado. Y tiene que dar ese paso, entrar a la casa donde el aire se ha vuelto irrespirable, haciendo acopio de todas sus fuerzas.

Está a punto de entrar y los espectadores estamos en estado de alerta; esa imagen tan realista, un hombre a punto de cruzar un umbral en la brumosa noche es espeluznante porque sabemos, y el hombre de Dios también lo sabe, e incluso el demonio lo sabe, que está por comenzar un combate real, no una pesadilla. Lo extraordinario es que elementos naturales como el vaho, el frío, la bruma se convierten en sobrenaturales, gracias a los efectos especiales prácticos que ya mencionamos.

Otra imagen inolvidable es la de la escalera envuelta en la niebla. La mezcla de realismo con lo sobrenatural es tan potente que debería existir un nombre para ello, para la presencia del horror en lo cotidiano.

La supremacía del Bien

En el libro, lógicamente, Blatti tuvo la oportunidad de explayarse sobre el debate ontológico, así como los conflictos de los personajes. Hay un diálogo que el padre Merrin sostiene con el padre Karras de una profundidad inigualable:

“Y sin embargo, incluso de esto, del mal, vendrá el bien. De algún modo. De algún modo que nunca podremos entender, ni siquiera ver.

(…) Quizá el mal será el crisol de la bondad –caviló-. Y tal vez, aún Satán, a pesar de sí mismo, de alguna manera sirve para realizar la voluntad de Dios”.

Aunque en la película no se formula esta alocución, tal vez, el sacrificio de ambos hombres de Dios y el hecho de que el padre Karras haya recuperado la fe y decidido someterse al martirio por ella, ejemplifican de alguna manera la filosofía del padre Merrin y son las pruebas de que el Bien siempre ha de prevalecer sobre el mal para que el mundo tenga sentido.

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