Siempre que aparece una adaptación cinematográfica a alguna de las novelas del reconocido y querido escritor Stephen King, da que hablar. Inevitablemente, por su éxito, su fracaso o sus modificaciones, incluso el mismo escritor tiene un veredicto para compartir con sus queridos y fieles lectores. En este caso, quien estuvo al mando de la saga de Los Juegos Del Hambre, Francis Lawrence, nos entrega la adaptación en cines de una de las novelas más atrapantes de King, La Larga Marcha.

Publicada en 1979 por Richard Bachman, fue la primera novela que King compartía al público con este seudónimo, a partir de la masiva popularidad que había tenido con sus libros previos y que su editorial le sugiriera no publicar más de un libro por año. El oriundo de Maine, Estados Unidos, tiene una prolífica y vasta obra, contando con una imaginación sin límites, aunque siempre rondando sobre el terror, la oscuridad de lo humano y las incertidumbres que su pueblo y otras zonas esconden.

Este libro en particular resulta muy complejo de adaptar a imágenes en movimiento por su premisa misma, porque la acción se entrega de forma dosificada, y la estructura narrativa contiene mínimas variaciones. Allí reside su encanto también, en sostener una escena prolongada con vaivenes de tensión que oscilan con pequeñeces. De esta forma, King bajo su propia sombra en nombre de Bachman, nos remite a un presente distópico, aunque hoy día no lo es tanto. Se trata de un presente donde los jóvenes varones del pueblo de Maine pueden anotarse en una carrera anual donde sólo 100 competidores pueden participar. Ellos son elegidos al azar y anunciados en la lotería luego de anotarse para concursar en esta carrera que no es sino una caminata, caminata que finaliza cuando uno sólo queda vivo, caminando hasta donde sus piernas puedan llegar. Cada uno de ellos tiene un número por el que serán llamados hasta su muerte. Los acompañan, desde la línea de salida, un conjunto de soldados que se subordinan a la figura del Comandante, creador intelectual de este tipo de juego macabro. Todos ellos vigilan que la Larga Marcha se lleve a cabo correctamente. Las reglas son claras: todos deben caminar a 6.5 kilómetros por hora, si disminuyen la velocidad reciben una advertencia. A la tercera advertencia, son fusilados y, por tanto, quedan eliminados de la competencia a través de la muerte, llamado “pasaporte”. Cada uno irá conociendo su ritmo y tratando de encontrarle los puntos grises a las reglas para poder llegar a la línea final, línea que ellos mismos determinan con su vida.

Esta realidad nos ubica en un mundo estadounidense totalitario, vacío, sin razón, pero quizás muy cercano a las realidades que vivimos. Una competencia de este calibre sólo existe en una realidad de vulnerabilidad alta, de carencias múltiples, donde los jovencitos encuentran en esta propuesta una oportunidad de mejorar la calidad de vida de su familia, ya que el premio implica muchísimo dinero y un deseo cumplido, que cada uno puede elegir. La excepción es manifiesta, pueden desear lo que quieran, menos que La Larga Marcha deje de existir. Así, se aseguran su existencia y éxito año tras año, perpetuando los estratos económicos y situando una subordinación ante el poder militar de una forma inigualable.

5 días de caminata encuentra a 2 Caminantes codo a codo, casi ya sin competición alguna, simplemente íntimos, cercanos y dolientes, intentando sobrevivir o dejarse morir. La historia es contada en primera persona, a través de los ojos de Garraty, un joven de 17 años que obtiene el número 47 en la caminata. Un chico dulce, alto, de buen aspecto, criado por su afectuosa madre y con una noviecita en mente que intentará olvidar durante la Marcha para no sumar elementos sentimentales a la competencia. Sin embargo, él y los amigos Mosqueteros que se hace durante esta cruel caminata, se dejan llevar por la afectuosidad constantemente, salvándose las papas entre ellos, no dejándose caer en momentos donde las piernas flaquean o el llanto invade, sin darse cuenta que en realidad compiten entre ellos y es un arma de doble filo. Antagonistas hay algunos, unos más histriónicos que otros; también personajes inciertos que mostrarán sus verdaderas intenciones en los últimos pasos de la ruta. Todos esos condimentos la componen como una obra llena de matices.

Con estos datos y el clima literario que Stephen King construye en cada una de sus historias, esta en particular que está pronto a cumplir 50 años, es una de las más perturbadoras y fascinantes por igual. Frank Darabont, uno de los más fieles lectores de King y quien supo adaptar mejor sus obras –en palabras del escritor– quería hacerse con los derechos para adaptar esta particular historia. Sin embargo, fue Lawrence el que tomó la posta y hoy por hoy podemos ver en los cines de nuestra región una adaptación fiel, aunque con marcados cambios.

La brutalidad de la historia se mantiene como tono principal de la adaptación de Lawrence, con una temporalidad enlentecida que nos permite ir conociendo a los personajes principales –algunos quedan necesariamente fuera del foco de la película–, entender la crueldad propuesta en este tipo de competencias y encariñarnos con algunos de los Caminantes. Sin embargo, algunos aspectos emotivos que la novela ubica aquí son soslayados, e incluso, si quiere pensarse de esta manera, reemplazados por otros elementos. Sin spoilear, el personaje de Garraty, aquí interpretado por el magnífico Cooper Hoffman, tiene en cuenta figuras cercanas que la novela no señala, y omite otras que en la novela sí tienen un lugar pregnante, aquí sólo mencionados. Ese aspecto que nos hacía emocionarnos y sentirnos preocupados en la lectura tiene otro rostro en el largometraje de Lawrence. Los recuerdos de años previos se conjugan con motivos de venganza que harán de esta Caminata una lucha y un acto de reivindicación por parte del joven Garraty. Quizás esto resonaba mejor con la dinámica y temporalidad de las imágenes en movimiento, temporalidad mucho más vertiginosa y efusiva que la parsimonia de la escritura en un libro.

Con una violencia imaginada en la lectura, vemos escenas crueles y radicales en esos momentos donde los Caminantes reciben los Pasaportes, sin descomplejizar las instancias ni subestimarnos como espectadores. Allí, también nos anoticiamos de que el personaje del Comandante se encuentra llevado a la pantalla por nada más ni nada menos que el gran Mark Hamill, luciendo casi irreconocible en un papel desafiante. Cuando siempre lo vemos del lado del bien o estamos acostumbrados a ello, aquí bordea la perversión fría, una perversión propia de los tiempos que corren.
Las escenas incómodas como los momentos de ir al baño o los calambres que los diferentes participantes sufren, son transmitidos con mucha naturalidad y también fidelidad con respecto a la adaptación. Obviamente, no siempre se espera o es necesario que sea una copia fiel, pero algunos elementos de esta novela que le son tan característicos y los más detallados en la historia aquí se mantienen y se amalgaman armónicamente con el resto de las modificaciones que el director junto con el guionista JT Mollner construyen. La frescura de Cooper Hoffman trae consigo una emotividad agregada si registramos estas modificaciones que transforman la historia del personaje, historia que no está presente en la novela. Nos hace, en algún punto, recordar a su fallecido padre, el gran Phillip Seymour Hoffman, y agradecer la transmisión de un legado. En este caso, el legado de Garraty es otro, pero las equivalencias son aquí posibles. Un tanto diferente a lo que la novela retrata, el perfil físico de Garraty es, sin embargo, armonioso, junto con el resto de los personajes que lo acompañan. De tanto en tanto alguna escena intenta provocar lágrimas o, aunque sea, una sensación de misericordia.

Esos puntos sensibles mezclados con los momentos más violentos, hacen que los puntos altos no sean necesariamente los de mayor acción, sino que se desplazan sobre este vaivén de sensaciones transmitidas al espectador.

El final es necesariamente modificado y creo, en algún punto, que tiene tanto que ver con el sello que Lawrence le impone desde su estructura como director, como con la realidad social y política que vivimos hoy día. El final abierto y existencial de la novela se troca por un final con un mensaje evidente, incluso dejando lugar para la crueldad. Un tanto agridulce, nos hace pensar los finales justos e injustos, en los personajes con los que nos encariñamos y dejamos ir, y en los duelos que debemos hacer cuando una novela, historia, cuento, que nos conmueve, es llevado a la pantalla grande.
De todos modos y sin duda alguna, La Larga Marcha de Francis Lawrence se adiciona a las entregas de Frank Darabont, con el visto bueno del viejo King.




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