“El eco del monte” 

Eso fue en el 2016, cuando yo servía en el batallón contraguerrilla Nº XX, en el Caquetá, por la vereda El Encanto.
Zona roja. Pura selva. Allá no hay caminos, solo trochas y ríos.

Llevábamos cuatro días de patrulla buscando un campamento de las FARC que inteligencia había detectado. Nos habían dicho que era pequeño, pero cuando uno está allá, sin apoyo, todo se siente grande: el monte, el silencio, y sobre todo, el miedo.

El primer contacto fue al amanecer del quinto día.
Los escuchamos antes de verlos: un disparo, luego otro, y después la selva entera se encendió con fuego cruzado. Las balas reventaban hojas, los fusiles tronaban como truenos, y el humo del plomo se mezclaba con el olor a tierra húmeda y sangre.
Nos cubrimos como pudimos, y el combate duró casi una hora.

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Cuando todo se calmó, quedaron tres de los nuestros en el suelo, y silencio. Ese silencio denso, irreal, que queda cuando los gritos se apagan.

El sargento ordenó asegurar el perímetro.
Ahí fue cuando empezó lo raro.

Uno de los muchachos, Páez, dijo que veía movimiento más adelante, entre los árboles. Pensamos que quedaban guerrilleros heridos. Avanzamos en formación, despacio, con el fusil al pecho.
Y entonces escuchamos susurros.
No gritos, no voces fuertes. Susurros.
Como si alguien rezara.
El problema era que las voces venían de todos lados.

De pronto, Páez gritó:
—¡Allí, mi sargento, se mueve uno!

Disparamos en esa dirección. El monte se iluminó por los fogonazos. Pero cuando fuimos a ver, no había nadie. Ni sangre, ni huellas, ni nada. Solo el olor del humo y un pedazo de uniforme viejo, podrido por la humedad, colgado en una rama.

Esa noche montamos campamento en una zona despejada. Nadie hablaba. Algunos limpiaban el fusil sin mirar a nadie, otros se quedaban mirando al vacío. Yo estaba de centinela con el cabo.
A eso de las tres —la hora maldita—, escuchamos pasos detrás del puesto.

Pensamos que era un soldado que se levantó, pero cuando miramos, el que caminaba no tenía botas. Los pies desnudos dejaban huellas en el barro, pero no se veía el cuerpo. Solo el sonido de los pasos.

El cabo, con el fusil temblando, dijo en voz baja:
—No dispare… eso no es humano.

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Y en ese instante, el aire se llenó de un murmullo. Como si cientos de personas hablaran entre dientes. Era imposible entender las palabras, pero el tono era de lamento.
El monte se movía, te lo juro. Como si respirara.
Y entre los árboles vi sombras, muchas, moviéndose sin hacer ruido. Algunas tenían el uniforme viejo del Ejército; otras, el camuflado guerrillero. Ninguna tenía rostro.

El cabo empezó a rezar bajito.
—Dios te salve María… —decía, una y otra vez.

Las sombras se acercaban. Yo cerré los ojos y disparé una ráfaga al aire.
Cuando los abrí, ya no había nada.
Solo el humo del disparo flotando en el aire.

Al amanecer, encontramos en el suelo, justo frente al puesto, una chapa oxidada con un número y el nombre de un soldado desaparecido en 2002. El cabo se quedó pálido.
Buscamos el registro en la base, y sí: ese nombre pertenecía a una escuadra que había sido emboscada y de la que nunca se recuperaron los cuerpos. En esa misma vereda.

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Después de eso, pedimos extracción.
Pero antes de irnos, uno de los nuevos, Espinosa, se apartó a mear cerca del río. Pasaron cinco minutos y no volvió. Lo encontramos muerto, sin un rasguño, con los ojos abiertos y la piel helada. En su pecho, con el barro, alguien había dibujado una cruz.

El médico dijo que fue un infarto

Pero nosotros sabíamos que no.

Esa noche, en el helicóptero, mientras nos sacaban del monte, miré hacia abajo.
Entre los árboles, en el claro del combate, vi las luces de fogatas. Pequeñas, rojas, parpadeantes.
Y justo antes de que la selva desapareciera bajo la neblina, juraría que vi figuras caminando alrededor de las llamas. Soldados, guerrilleros… todos iguales.
Todos en silencio.

Desde entonces, cada vez que oigo un disparo en sueños, no sé si lo escucho desde la memoria o desde el otro lado del monte.

Pero lo que nunca conté fue cómo terminó todo realmente.

Cuando llegó el helicóptero, el sargento dijo que él se quedaba hasta que todos estuviéramos arriba. “Primero los muchachos”, fueron sus palabras.
Insistimos en que subiera, pero no hubo manera.

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Tenía la chapa del soldado desaparecido en la mano, la que encontramos esa noche. Dijo que no iba a dejar eso tirado, que alguien debía cerrar la historia.

Subimos bajo fuego. El aire olía a gasolina y pólvora. Mientras el helicóptero despegaba, el sargento se alejó corriendo hacia el claro, gritando que aseguraría la retirada.
Desde arriba lo vimos rodeado. No sé si eran hombres o sombras. Pero estaban ahí, saliendo de entre los árboles.

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El sargento levantó el fusil y empezó a disparar. Ráfaga tras ráfaga. El fogonazo de su M4 se veía como una señal en la niebla.
Y luego… una explosión.El helicóptero vibró por la onda expansiva. Nadie dijo una palabra. Solo se escuchaba el rotor y el corazón reventando en el pecho.
Él no volvió. Nunca encontraron su cuerpo, ni su arma, ni nada.

Meses después, una escuadra que pasó por esa misma vereda reportó haber visto luces en el claro, como fogatas. Dijeron que en medio del humo se distinguía una figura con uniforme pixelado, de pie, con el fusil colgado al pecho, mirando hacia el monte.
Cuando se acercaron, no había nadie.

Dicen que a veces, cuando patrullan por esa zona, se escuchan pasos entre los árboles. No enemigos. Pasos firmes, como de guardia.
Y los más viejos aseguran que es él.
El sargento.
El que se quedó para que los muertos no volvieran a tocar a los vivos.

Por eso, cuando paso cerca del Caquetá y el monte se pone callado, hago silencio, me quito el casco y saludo hacia la selva.
Porque allá, entre los árboles, todavía hay alguien cuidando el puesto.

¡Gracias por leer el artículo!

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