Han tenido que pasar cinco años para que Koldo Almandoz (Donostia, 1973) recupere a la inspectora Nerea Garcia y volvamos a asomarnos a un nuevo caso, ahora con esta fuera de la Ertzaintza. De la mano de Txintxua Films, Zeru ahoak (2025) llega a las plataformas Primeran y RTVE Play en abierto, con una estrategia de emisión capitular semanal. A falta de tres días para que se estrene su última entrega –el cuarto capítulo y final de la serie—, en el artículo de hoy os traigo una producción vasca que ha marcado un precedente en la ficción noir en euskera.

Tras una exitosa primera temporada, la segunda parte de Hondar ahoak (2020) se presentó en la 73ª edición del Festival de Cine de San Sebastián como parte de las proyecciones especiales de la Sección Oficial fuera de concurso. Nagore Aramburu vuelve a brillar desde la sombra, como ya lo hizo junto a Eneko Sagardoy en esa primera temporada de la que hablaremos más adelante. Ahora junto a Joxean Bengoetxea, la pareja se consolida como el binomio policial de la serie, y se enfrentan a un nuevo caso cuatro años después de que Nerea fuera expulsada de la Ertzaintza.

Con Hondar Ahoak (2020) y Zeru Ahoak (2025), Almandoz firma un díptico moral que va más allá del thriller y convierte el noir en una herramienta de exploración existencial. De forma similar a lo que sucede en The White Lotus, con la cadena de hotel como centro y unión de las temporadas, el eje central de la serie es en este caso Nerea, su protagonista, quien vuelve en esta segunda entrega desde un lugar muy diferente.
Hondar Ahoak (2020), primera parte del díptico
Al igual que sucede al inicio de la segunda temporada, la serie de Almandoz comienza con la aparición de un cadáver, en este caso en la playa del pueblo costero de Ondarroa. En su primera entrega, la serie toma el camino del thriller y se presenta con un argumento policiaco en el que lo más importante es la investigación del crimen.

La inspectora Nerea García vuelve al lugar de su infancia para dirigir la investigación, y la tierra se revela poco a poco como un personaje más del relato —elemento que vuelve a repetirse en la segunda entrega—. La memoria y el pasado resurgen en el cuerpo de Nerea y confirman, ahora con la llegada de la nueva temporada, que el universo espacial es una de las claves del trabajo de Almandoz.

A diferencia del mundo urbano que se presenta en Zeru ahoak (2025), la costa es la protagonista en este primer trabajo. El mar, la arena, las casas oxidadas y las calles vacías estructuran el plano visual, dan sentido a su primer título y ambientan el tono de la serie.
Ondarroa se presenta llena de arena, una arena que engulle, borra, sepulta, del mismo modo que las mentiras y los remordimientos. Y es así como la estética se superpone en muchas ocasiones el hilo argumental, haciendo que el suspense no provenga de la trama, sino de la densidad del aire, de la imagen, de la bruma.
La investigación policial conduce a Nerea en ese regreso a casa, pero sirve de mera excusa para presentar los conflictos internos de la protagonista. Algo que se potencia en la segunda temporada y es aún más evidente. Ambas temporadas presentan un caso policiaco similar, poniendo el relieve el foco crítico de su director y apuntando en las dos historias por las redes de poderes corruptas que se gestan en las altas esferas —entre políticos, empresarios, pescadores y policías—.

Si en esta segunda temporada Nerea descubre su lado más pasional e íntimo, algo a lo que le cuesta asomarse, en la primera entrega la inspectora se adentraba en los secretos familiares. En ellos, la presencia de un relato encubierto complicaba la parte más personal de la serie, algo que la lleva a la destrucción y a la ruptura de sí misma a partes iguales. Donde el mar se suele presentar como una ventana de aire, aquí viene cargado de bruma y viento pesado. El horizonte, siempre presente, y la tierra de la infancia, se aleja de ser una salida.
Zeru ahoak (2025), el noir como geografía emocional
Almandoz juega con la luz y la sombra en una partida llena de interrogantes, en los que el espectador se enfrenta a dos focos de interés. Por una parte, la propia investigación del caso, y por otra, la vida de Nerea. ¿Qué ha pasado desde que fue expulsada del cuerpo policial? ¿Quién es ahora y qué esconde?
«El estreno de Zeru Ahoak en el Festival de San Sebastián pone en evidencia la ambición de la producción y el interés que ha generado desde su desarrollo» (RTVE).
Zeru ahoak (2025) hace un salto de la arena al cielo —la simbología de los títulos de la serie representa el universo de Almandoz a partir de sus personajes—. Pero marca sobre todo un salto de espacio: del pueblo costero a la ciudad de Bilbao. La atmósfera industrial de la ciudad, la niebla y la oscuridad de sus calles acompañan a Nerea en la duda constante del deber, de la moral y del deseo. El ruido urbano se acompasa con la reclusión de la protagonista en un piso del que es incapaz de salir. Ahora sobrevive gracias a comida rápida a domicilio y ansiolíticos.

Bilbao no se deja reconocer por su Gran Vía, ni por el Guggenheim. Tampoco por ninguno de los puntos turísticos de la ciudad. Aparece filmada como una ciudad sin cielo real, en la que Nerea es incapaz de respirar. Bilbao es ahora un laberinto de hormigón, túneles y reflejos metálicos. La verdad y la mentira conviven en la protagonista como arma autodestructiva. El cuerpo de Nerea y su casa funcionan como fuerte y trinchera, el único lugar en el que a ratos se permite aceptar el deseo.
La fotografía y el diseño de luces de la serie permite dibujar a este fantasma que la persigue hasta convertirse casi en él. La amenaza rodea la vivienda y esto se amplifica gracias a las cámaras que ella misma ha colocado en el rellano. Zeru ahoak (2025) se adentra así en un juego de dobles imágenes y videovigilancia que controla desde la trama policial hasta la vida de Nerea, los videos de contenido sexual de las scorts, el seguimiento que le hace la policía en secreto y las grabaciones de su hermana.

Tras ser expulsada de la Ertzaintza, es el propio cuerpo policial quien la llama esta vez para solicitar su ayuda. La aparición del cuerpo asesinado de una mujer levanta todas las sospechas de que un asesino sádico sigue suelto. Las pistas hablan de un ritual violento, bajo nombres simbólicos y de una complejidad elevada a las altas esferas de Bilbao.

Pero Nerea trata de huir de un pasado en el que cae y recae constantemente. La investigación deja de ser importante para ella, y por tanto también para la ficción. Almandoz deja a un lado el lado más policial de la serie y se adentra en una temporada algo más introspectiva, personal, existencial. Nerea sabe qué sucede, tiene las claves para cerrar el caso pero ahora ya, quizás, eso no es lo importante.

La dirección de fotografía de Gaizka Bourgeaud es fundamental en la creación de la ficción noir, y se construye principalmente a través del espacio y de la meteorología vasca. La humedad parece entrar en los cuerpos de los personajes y cada gota pesa. La paleta de colores es fría —grises, verdes apagados, azules metálicos— y convive con escasas luces naturales, de forma que predominan los reflejos y las sombras.
La interpretación de Nagore Aranburu , impecable en su corrección y medida, se une a un guión que no rebosa por ninguna parte. La información es justa y cada plano significativo hace su función. El espacio, el universo sonoro y la luz acompañan el trabajo del equipo artístico y Zeru ahoak (2025) se presenta como una postal visual en cada uno de sus fotogramas.

Con esta segunda temporada, Koldo Almandoz cierra un díptico geográfico que se estructura gracias a un mismo eje, el de la inspectora Nerea García. Con esta premisa, la serie se presenta con un amplio horizonte de posibilidades para futuras temporadas, y su éxito le augura un futuro prometedor.
Nahia Sillero.



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