Una noche todo parecía normal. Había terminado mis tareas, y el silencio de mi casa en Lambayeque era tan profundo que solo se escuchaba el zumbido leve de los focos. Eran cerca de las once, y la brisa fría se colaba por la ventana entreabierta. No sé por qué, pero sentía una incomodidad extraña, como si algo me observara desde algún rincón.
Apagué la luz para dormir, pero apenas cerré los ojos escuché un leve golpeteo… toc, toc, toc. Venía desde la puerta del patio. Pensé que era el viento, hasta que el sonido se repitió, esta vez más fuerte. Me incorporé en la cama y presté atención. Tres golpes, luego silencio. Después, un susurro, casi imperceptible, que decía mi nombre: Jenifer…
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. No tenía hermanos pequeños ni nadie más en casa. Encendí mi linterna y salí del cuarto con cautela. El pasillo estaba oscuro, el aire se sentía pesado, y cada paso hacía crujir el piso. Cuando llegué al patio, la puerta estaba entreabierta, moviéndose apenas con el viento. Me acerqué lentamente y vi algo que me heló la sangre: una figura parada frente al portón, vestida con algo blanco, inmóvil, mirando hacia mí.
Di un paso atrás y parpadeé, pero la figura seguía allí. No tenía rostro, solo una sombra borrosa donde deberían estar los ojos. Corrí a cerrar la puerta, pero al tocarla, escuché un lamento profundo, como el de una mujer llorando con dolor. El sonido venía de todos lados, del suelo, de las paredes, de mi mente. Cerré los ojos y recé, temblando.
Cuando los abrí, la figura ya no estaba. Cerré la puerta con seguro y me encerré en mi habitación. Sin embargo, el ambiente no cambió. Se sentía un olor fuerte a humedad, y las paredes parecían respirar conmigo. Me metí bajo las sábanas, tratando de convencerme de que todo era producto del cansancio.
A las tres de la mañana, el celular vibró sobre mi mesa. Era un mensaje desconocido: “Ya abriste la puerta. Ahora puedo entrar.”
El miedo me paralizó. Tiré el celular al suelo y apagué la luz. El silencio volvió… hasta que escuché pasos dentro de mi cuarto. Lentamente, el colchón se hundió a mi lado, como si alguien se hubiera sentado. No quise mirar. Sentí un aliento frío en la nuca y una voz susurró: “No cierres los ojos.”
No sé cuánto tiempo pasó después de eso. Cuando amaneció, estaba en el piso, con la puerta abierta de nuevo y el celular encendido. El mensaje había desaparecido, pero la huella de una mano mojada marcaba mi pared.
Desde esa noche, cada vez que apago la luz, el mismo olor a humedad vuelve… y a veces, en el reflejo del espejo, juro ver una silueta blanca parada detrás de mí.
Dicen que en Lambayeque los muertos caminan con el viento. . Yo no sé si fue un sueño o realidad, pero desde entonces rezo al dormir
¿Quieres que la adapte un poco más al ambiente de


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