En el paraje de Los Cacaos, allá arriba entre los montes de San Cristóbal, la oscuridad cae de golpe, como si el cielo cerrara los ojos. No hay faroles, solo la luna y el canto de los grillos que suenan como si avisaran algo. En ese pueblo, los viejos todavía rezan tres credos antes de dormir y nadie se atreve a cruzar el río después de las nueve. No por miedo a ladrones. Sino por miedo al galipote. La gente decía que el galipote no era un fantasma cualquiera. Era un hombre que había hecho pacto con el diablo, y que podía cambiar de forma: perro, puerco, gato o sombra. Nadie sabía bien cómo era, porque quien lo veía de verdad… no lo contaba. Joan, sin embargo, se burlaba de esas cosas. Había vivido unos años en Santo Domingo, y volvió al campo con la arrogancia de quien cree saberlo todo. —“Eso es pura cháchara pa’ asustar muchachos,” —decía cada vez que los viejos hablaban de los espíritus del monte—. “Yo lo que tengo es linterna y datos en el celular; con eso espanto cualquier cosa.” Doña Milagros, la curandera del pueblo, lo miraba con pena. “El monte no se respeta con linterna, hijo. Aquí lo que vale es fe.” Pero Joan solo se reía. Una noche de octubre, después de jugar dominó en el colmado y beber más ron del que debía, decidió acortar camino hacia su casa por la vereda del cacao, un sendero angosto que cruzaba el río y subía por el bosque. Todos sabían que ese camino se evitaba de noche. Hasta los perros se negaban a pasar por ahí después de las ocho. El viento soplaba caliente, y las nubes tapaban la luna. Joan caminaba tambaleando, con el celular alumbrando apenas unos metros al frente. De pronto, escuchó algo moverse entre los arbustos. Un roce, un crujido leve. —¿Quién anda ahí? —dijo, medio riéndose—. ¡Sal, que te vi! Nada. Solo el ruido de las hojas. Siguió caminando, pero el aire se volvió pesado, como si el monte respirara con él. Entonces oyó tres pasos detrás. Se detuvo. Los pasos se detuvieron. Avanzó de nuevo, rápido, y los pasos también. “Debe ser un perro,” pensó, pero el sonido era demasiado fuerte. Giró la linterna y la luz cayó sobre algo: dos ojos rojos, suspendidos entre los árboles, como brasas encendidas. El celular se le resbaló de las manos. Cayó al suelo, la luz girando, y por un instante vio una figura negra, grande, con piernas torcidas y piel brillante como si estuviera cubierta de grasa. El olor era insoportable, mezcla de azufre y carne podrida. Corrió. Corrió sin mirar atrás, sintiendo que algo lo seguía, respirándole en la nuca. Los pasos detrás de él no eran humanos: eran golpes pesados, húmedos, y cada vez más cerca. Al llegar al río, quiso saltar las piedras, pero resbaló. Se levantó empapado, jadeando, y al mirar al otro lado vio la silueta esperándolo. El galipote no cruzó el agua. Solo se quedó ahí, inmóvil, mirando. Joan aprovechó y corrió cuesta arriba hasta su casa. Cerró la puerta de golpe y se tiró en la cama, temblando. Afuera, el viento soplaba con fuerza, y entre el silbido del aire escuchó algo más: un golpe en la ventana, tres veces. Toque… toque… toque… Al amanecer, Doña Milagros lo encontró con fiebre y los ojos perdidos, murmurando sin sentido. —Me habló, doña —dijo con voz débil—. Me dijo que le diera mi sombra. Que si no, me la iba a quitar él mismo… La curandera rezó sobre él, lo bañó con agua bendita y lo amarró con una cinta roja en la muñeca. Pero ya era tarde. Esa noche, Joan desapareció. Solo encontraron su ropa tirada junto al río y unas huellas grandes, de pezuñas, hundidas en el barro. Desde entonces, los que pasan por la vereda del cacao aseguran que a veces se ve una sombra sin cuerpo caminando entre los árboles. Y si uno anda solo, escucha un silbido ronco que se acerca, junto con tres pasos en el barro. Doña Milagros dice que el galipote no mató a Joan. Que solo se lo llevó pa’ hacerlo parte del monte. Por eso, cuando el viento sopla entre los árboles, los hombres del pueblo se persignan y dicen bajito:
“No silbes, ni hables solo. Que en este monte hay uno más… que antes fue gente.”
Y el río, como si confirmara la historia, sigue sonando igual cada noche, arrastrando entre sus aguas el eco de un silbido y una risa ahogada.


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