LA CAMA 13 

Dicen que en el hospital viejo de San Rafael hay una cama maldita.
La número 13.
Y claro, en Dominicana nadie quiere dormir ahí —no porque crean en fantasmas— sino porque “por si acaso”.
Tú sabes… uno no reta al diablo, ni aunque sea ateo.

Esa noche, la enfermera Claribel estaba de turno.
Tenía sueño, hambre y una fe que se encendía y apagaba como el bombillo del pasillo.
En el pabellón solo quedaban tres pacientes:
una señora que hablaba dormida, un muchacho con yeso hasta el cuello, y don Pascual, el nuevo ingresado…
en la cama 13.

—Mire, doña, ¿no me puede cambiar pa’ otra camita? —le dijo él nervioso, agarrando el rosario—.
Dicen que en esa cama se oyen pasos de noche.
Claribel, con la cara de quien ya escuchó eso mil veces, le contestó:
—Ay, don Pascual, los pasos que usted oye son de la enfermera corriendo, porque aquí ni los muertos descansan.

A medianoche, Claribel se quedó sola revisando los sueros.
Todo estaba tranquilo, hasta que escuchó “clac… clac…”.
Unos pasos lentos, arrastrados.
Ella se viró con calma, pero el pasillo estaba vacío.
—Seguro es el viento —dijo, aunque no había ni abanico.

De repente, se oyó una voz grave, como salida de una bocina vieja:
—¿Quién está ocupando mi camaaaa?
Claribel se quedó fría, tiesa, muda.
El suero de don Pascual empezó a gotear más rápido, como si también se asustara.
El hombre temblaba.
—¡Ay, Virgen Santa, me vine a morir por segunda vez! —gritó.

Claribel, en modo supervivencia, agarró el rosario del paciente y empezó a rezar…
pero con un ojo abierto, porque el miedo era grande pero la curiosidad más.
De repente, la sábana de la cama 13 se levantó sola.
¡Sola!
Y una sombra se sentó sobre el colchón.
Tenía forma humana, pero sin rostro.

El yesoso del fondo, que estaba viendo de reojo, empezó a gritar:
—¡Yo lo dije, esa cama tiene dueño!
—¡Cállese, hombre, que se me sube la presión! —gritó la señora que hablaba dormida.

El fantasma suspiró, como cansado de tanto show.
—¿Ustedes pueden hacer menos bulla? En este hospital ni los muertos pueden descansar.
Claribel se le quedó mirando y, sin saber cómo, le salió la parte más dominicana del alma:
—Mire, señor espíritu, si quiere dormir tranquilo, traiga su sábana, porque aquí no hay ni fundas limpias.

El fantasma se quedó callado.
Luego soltó una risa ronca.
—¿Tú sabes qué? Tienes razón. Yo ni muerto pago ARS.
Y desapareció entre una nube de polvo y olor a alcohol.

Desde entonces, la cama 13 quedó tranquila.
Nadie volvió a escuchar voces, ni pasos, ni nada raro.
Pero cada noche, cuando Claribel pasa lista, ve que la sábana de la cama 13 está estirada y tibia,
como si alguien invisible acabara de acostarse.

Ella ya no se asusta.
Solo deja un vaso de agua y murmura:
—Descanse, mi alma. Y si puede, cuide el pasillo, que aquí roban hasta los sueros.

Y aunque nadie lo crea, desde que el fantasma “trabaja” ahí,
en ese hospital no se pierde ni un termómetro.
Porque sí, los vivos roban… pero los muertos vigilan

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