Almodóvar, tan auténtico como lo que siempre soñó de sí mismo 

Pedro Almodóvar es considerado una piedra angular de la posmodernidad cinematográfica. Su obra ha movido la perspectiva femenina en la cultura universal a través de las mujeres que retrata en sus filmes. Ha dado voz a una gama inesperada y antes invisible de personajes que reconfiguran las posibilidades de leer a un género que parece conocer mejor que ellas mismas. Nos ha regalado un desfile de mujeres que desafían sus propios límites construyendo, deconstruyendo, demoliendo y rediseñándose a sí mismas a través y a pesar de sus propios clichés, de sus inesperadas existencias en un mundo que a simple vista parece masculino, pero que nos hace ver que en el fondo tiene engranajes, entrañas y maquillaje de mujer.

A lo largo de su prolífera cinematografía, hemos visto personajes femeninos de toda índole: una monja embarazada agonizante, una maquillista madura que se niega a dejar de ser ella misma, una estrella ególatra cuya única redención es encubrir a su hija asesina, una exactriz porno con fama de junkie que aprende a amar a su secuestrador, una lesbiana que ha preferido dejar que su hermano subnormal la viole para salvar al resto del pueblo, una muerta que revive de entre las sombras para aprender a ser madre a través de su hija, una portera testiga de Jehová que se lamenta por no poder mentir, una modelo enamorada de un terrorista, una acriz de doblaje cansada de callar…

La narrativa almodovariana comenzó cuando la marcha española era un modo de desafiar al régimen franquista, donde dibujar a mujeres con libertad sexual era un modo de protesta, un modo de liberación. Las minorías de la diversidad sexual fueron también un reflejo de esta rebeldía artística, en especial la visibilización de la mujer trans en una época en la que la sociedad negaba su existencia. El cineasta convirtió en chicas Almodóvar a Miguel Bosé y Gael García y a lo largo de los años siguió siendo un fuerte aliado del movimiento trans, que hasta ahora es que ha tenido el foco y la atención que merece en nuestra sociedad y en la cultura a nivel mundial.

En medio de una carrera sólida y congruente a sus propios principios, Almodóvar escribió el que probablemente sea su mejor personaje, “La Agrado” de Todo sobre mi madre, una mujer trans que después de prostituirse por muchos años, se reencuentra con una gran amiga que vuelve a Barcelona tras una enorme tragedia. En ese reencuentro, Agrado vive a su vez una enorme renacimiento que la lleva a asistir a una gran actriz de teatro y a su pareja lésbica, en una puesta de Un tranvía llamado deseo. En este contexto, tiene que salir a avisar al público que no habrá función, por “problemas personales de las protagonistas” pero que a quien quiera quedarse, ella está dispuesta a contarles la historia de su vida. Esta escena, la que a mi parecer define por completo la obra de Almodóvar está llena de las propias contradicciones que enriquecen y personalizan el cine almodovariano: Una actriz cis género reepresenta a una mujer trans que sube al escenario y abre su corazón contando algunos pormenores de su transición, su vocación generosa, su aparente (pero muy dolorosa) inmunidad a la discriminación y una frase que parece decirnos Pedro Almodovar en toda su carrera, a través de todos sus personajes, de toda una vida revolucionando al cine, a la cultura, a la equidad de género y a la libertad de optar por la individualidad: “Una es más auténtica, mientras más se parece a lo que a soñado de sí misma”.

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