Tron: auge, apogeo y caída de la Red Spoilers

La realidad virtual, tantas veces manifestada en el cine (The Matrix, Johnny Mnemonic, Piso 13), no tenía una visión tan icónica y definida cuando salió Tron (1982). No casualmente, se estrenó en el mismo mes que Blade Runner (1982) y, de alguna forma, juntos, contienen las dos caras de un futuro cyberpunk: por un lado, el entorno de una megalópolis de enormes rascacielos, circundados por autos voladores, carteles de neón y grandes pantallas digitales; por otro lado, un paisaje virtual hecho de bits, en donde los programas están representados por avatares y en donde el protagonista se ve inmerso en una aventura con el sello de Disney. Algo estaba sucediendo en el zeitgeist de la época, que se vio reflejado en el subgénero de la ciencia ficción que terminaría por solidificar la novela Neuromante en 1984. Y aquella película inició una particular franquicia de películas separadas entre sí casi por décadas: una sólida Tron: Legacy (2010) y una fallida y reciente Tron: Ares (2025).

Algo extraño me ocurre con Tron (1982), y es que más que su narrativa lo que me termina de cautivar es su estética, aquella visión de un futuro informático. Su guion no es tan llamativo o fascinante como sus paisajes siderales, de motos de luz, grillas incandescentes y espacios infinitos, sin horizonte. Y es que la inspiración inicial de la obra fue netamente visual y digital: los videojuegos de la época, especialmente el Pong. El arte conceptual, a cargo de Syd Mead (quien también diseñó el futuro de Blade Runner), Peter Lloyd y Moebius (que inspiró muchos futuros audiovisuales), compuso un espacio paralelo al humano, en donde los programas están representados por personajes como Tron, Ram o Yori.

En este plano virtual gobierna un programa dictatorial denominado Master Control, una IA tan salida de control (antes de Terminator o de The Matrix), que hasta amenaza a Ed Dillinger (David Warner), el corrupto director ejecutivo de ENCOM, con sacar a la luz su plagio a los videojuegos creados por el empleado Kevin Flynn (Jeff Bridges). A aquel espacio digital conocido como la Red ("grid", en inglés) es enviado él, tras ser escaneado por un láser. En su aventura por los paisajes computaciones, es ayudado principalmente por el programa creado por él mismo (Tron), Ram (Bruce Boxleitner, que también interpreta al colega y amigo de Flynn, Alan Bradley) y Yuri (Cindy Morgan, que también interpreta al interés amoroso de Flynn, Lora Baines). Hasta que finalmente logra salir de allí, sin antes desmantelar los planes de plagio de Dillinger.

Aquel primer experimento iba a ser el proyecto que insuflara vida en una Disney moribunda. Todos los recursos estaban direccionados para ofrecer el producto más innovador posible. Tres empresas diferentes, ajenas al cine, desarrollaron efectos digitales que, antes de cualquier tipo de sistema de lectura de movimiento o de pantalla azul, fueron sincronizados con los actores con la técnica de rotoscopía. Pero, a pesar de todos los esfuerzos, y tal como sucedió con la otra película de ciencia ficción estrenada en aquel mismo mes, Blade Runner, fue un fracaso en taquilla, algo que se repetiría también con sus posteriores secuelas. Así, lo que pretendía ser una franquicia como Star Wars, fue encajonada por años.

Sin embargo, eso no impidió que un extenso cúmulo de fans creciera con el tiempo a la par que la película se tornara de culto. Y, de alguna forma, se fue construyendo un legado que combinó tropos de los videojuegos con los de realidad virtual, cuyo linaje se puede observar hasta en obras recientes como Ready Player One o la serie Pantheon. Y hasta, colateralmente, fue la semilla que hizo nacer Pixar: John Lasseter estuvo presente en el set de Tron, y confesó que esa fue la inspiración para hacer películas hechas puramente de CGI, como lo fue más tarde Toy Story.

Un legado sólido

Un proyecto de secuela de Tron se estuvo craneando por años, hasta que el director Joseph Kosinski se sumó al proyecto, cuyo guion fue escrito por Adam Horowitz y Edward Kitsis, proclamados fans de la película original. Y así como el background de Steven Lisberger como desarrollador de efectos especiales contribuyó al foco en dicho aspecto en la primera película, el trabajo previo de Kosinski como arquitecto y diseñador fue fundamental a la hora de crear todo un mundo compuesto de materia digital.

La película es una continuidad orgánica de los conceptos presentados en su antecesora, y a su vez es una evolución y actualización de su estética y narrativa. En esta obra, Sam Flynn es el heredero legítimo de la empresa, pero que se encuentra apartado de su rol, viviendo al margen. Hasta que sigue una señal, que lo lleva a ser escaneado y materializado en la Red. El guion presenta ideas interesantes, como la de una especie entera nacida allí, cuyo última sobreviviente es Quorra (Olivia Wilde) o el concepto del doppelgänger de Flynn, un programa creado por este, Clu (presentado ya brevemente en la obra original), que se le rebeló y que tomó el control de su mundo, con el fin de invadir también el humano.

A su vez, se aprovecha el adelanto que la tecnología tuvo en los casi 30 años desde su antecesora para otorgar una mayor vida y dinamismo al plano virtual (que incluye, sin embargo, el que menos bien envejeció, el rejuvenecimiento digital de Jeff Bridges). Un elemento central en la construcción de este mundo es la música de Daft Punk. Si Wendy Carlos era una de las mayores exponentes y pioneras de la música electrónica en los ochenta, Daft Punk hereda este legado con altura, en lo que es una de las bandas sonoras más vibrantes de los últimos años.

La película fue también una continuación del fracaso en taquilla, que no fue tan rotundo (una ganancia de $400.1 milliones vs. el costo de $170 millones), sí fue modesto. Junto a este hecho, el fracaso de otras películas live-action de Disney del momento, como John Carter of Mars o Tomorrowland, terminaron de dilapidar cualquier posibilidad de secuelas, al menos en el corto plazo. Sin embargo, los planes para una estuvieron vigentes, en forma de una película llamada Tron: Ascension, también dirigida por Kosinski.

Lo poco que se pudo entrever de los detalles de la trama fue una continuación directa de lo presentado en Tron: Legacy, con un Sam Flynn intentando recuperar el mando de la compañía y con una Quorra adaptándose al mundo humano. Aparentemente, una reescritura del guion a manos de Jesse Wigutow situaría como villano a un tal Ares, interpretado por Jared Leto. Pronto, aquel papel creció hasta mutar toda la estructura del film que, luego de varios años de “hell development”, pasó a ser dirigido por Joachim Rønning y protagonizado por el mismo Leto.

Una entrega fallida

Luego de los 15 años desde Tron: Legacy, Tron: Ares se estrenó el pasado 9 de octubre. Al contrario de su predecesora, lejos de establecer una continuidad directa con las narrativas anteriores, presenta una multitud de personajes nuevos, en cuyo telón de fondo apenas sobresalen unos pocos nombres vinculados de una u otra manera con el universo previo. La empresa rival de ENCOM, Dillinger Systems, fundada por el villano homónimo de la primera película, está liderada por su nieto Julian (Evan Peters), el cual desplazó de la presidencia a su madre (Gillian Anderson). En dicho escenario, en donde casi ni se hace mención a Sam Flynn o a Quorra, los héroes de la película son insertados de golpe, como si siempre hubieran tenido importancia, en la figura de la nueva presidenta de ENCOM, Eve Kim (Greta Lee), y de su hermana ya fallecida, Tess Kim (Selene Yun). Mientras, en la Red, los roles protagónicos recaen en los programas Ares (Jared Leto) y Athena (Jodie Turner-Smith).

Si bien la película continúa temas como la corrupción empresarial o la fricción entre la tecnología y lo humano, la forma en la que se desarrolla la historia y sus tropos es de una torpeza y explicitud que contrastan más que nada con la sutileza y la elegancia de Tron: Legacy. La ausencia del personaje que da nombre a la saga (y de su intérprete, Bruce Boxleitner) bien podría ser una metáfora de la falta de brillo e identidad que conlleva esta entrega. La trama se sostiene más que nada por un endeble McGuffin, el código de permanencia, capaz de sostener por tiempo indeterminado a las entidades virtuales en el mundo humano. Tras él se encuentran persiguiéndolo tanto Dillinger, como Eve Kim, con el fin de lograr éxito en sus respectivas empresas, así como Ares, con el único objetivo de usarlo para él mismo. En ese trayecto, cobra autoconciencia (de manera poco gradual, casi rotunda), algo que apenas sobresale en la expresividad acotada de Jared Leto.

La idea de una continuación en el mundo físico humano más que en el virtual digital es acertada y es el curso natural de la franquicia, pero la ejecución de ese concepto se torna reiterativo y falto de inventiva, con planos y contraplanos de comunicación entre Dillinger y sus programas cautivos, y planos y contraplanos de lásers componiendo por un breve lapso de tiempo (cuya tensión temporizada no se termina de plasmar en la pantalla), seres digitales en el plano humano.

Tron: Ares' Mid-Credits Scene Explained

La acción logra ser por momentos de un dinamismo y de una espectacularidad logradas, pero sin un núcleo narrativo fuerte que los cohesione y sostenga no terminan de funcionar. Que el director sea Joachim Rønning (Maléfica 2, Piratas del Caribe 5), es un reflejo del poco riesgo e inventiva puestos en un producto hecho de una carcasa de neón brillante, pero al fin y al cabo, hueca. El vacío de la Red actual, aunque entendible en una obra cuyo foco se encuentra más en el plano humano que en el virtual, coincide también con la desolación de la vieja Red, en cuya aparición hasta Flynn se encuentra desdibujado, con un Jeff Bridges tan desperdiciado como Gillian Anderson.

Porque eso sí: los recursos técnicos inyectados en la película son precisos y voluminosos. Se siente el filo de las estelas de los light cycles dejados en las autopistas, se oye el giro de los discos sobre su propio eje, se escucha una banda sonora que intenta tapar aquí y allá las falencias narrativas con un maquillaje sonoro rotundo e implacable. Nine Inch Niles continúa el único aspecto realmente identitario y exitoso en las tres entregas, con melodías y ritmos sintetizados pulsantes y envolvente, tal vez la permanencia más nítida en toda la película (y no aquel código buscado). Aquel juego sincrónico potente entre imágen y sonido, presente también en Tron: Legacy, es la única vida auténtica de toda la obra.

Tron: Ares está siendo víctima de lo que ya es tradicional en la franquicia: una pérdida de taquilla, que ya se está reflejando en los presuntos planes de cancelar la secuela que se deja entrever tanto en el final abierto como en la escena post-créditos. Habrá que ver si el otro costado tradicional de la saga se repite también: un culto a la película. En mi opinión personal, las falencias de esta obra y el poco corazón puestos pierden en contraste al aura que siguió emanando Tron: Legacy años posteriores. El tiempo lo dirá.


Nota por Alex Dan Leibovich | Periodista | Redactor en Peliplat y Erramundos.


Publicado el 17 de octubre del 2025, 6.10 PM | UTC-GMT -3.


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