EL PERFUME, HISTORIA DE UN ASESINO: EL PROBLEMA DE LA ESTETIZACIÓN DEL HORROR Y EL DELIRIO INVEROSÍMIL. 

Drama de coproducción germano-hispano-francesa del 2006, adaptación del libro de Patrick Suskind, dirigido por Tom Tykwer, producido por Bernd Eichinger, coescrito por estos dos y por Andrew Birkin.

El perfume es un drama de suspenso psicológico que atrapa desde el inicio, muy bellamente fotografiado, con contrastes de luces y sombras y fortísimos colores vibrantes, musicalizado armoniosamente por una banda sonora clásica (una hermosura para los oídos), velozmente editado con eficacia y muy bien actuado, fundamentalmente por el talento de los 3 actores principales: Ben Whishaw, Dustin Hoffman y Alan Rickman (qepd). La narración es del gran John Hurt (qepd también), quien con suficiente paciencia y sosiego nos describe las peores atrocidades sin perder la calma, pero en una profunda disonancia con el contenido de la trama misma y acá nace el primer problema.

El suspenso y la tensión son elementos manejados con un nivel de audacia extremedamante cautelosa, pero entonces cuál es el problema mayor de la obra si hasta esta instancia todo parece y es perfecto? La crudeza de las imágenes colabora a que nos adentremos en una atmósfera del siglo XVIII (plena Modernidad) sórdida, terriblemente empobrecida, llena de pestilancia, con una enorme y condenable indiferencia de los ricos poderosos hacia la caída en desgracia de Francia, hasta acá todo joya. No obstante, el director se dedica a hacer lo que algunos llaman, muy inteligentemente, una repugnante masturbación audiovisual para presumir espantosamente el talento por medio de planos detalles nítidos y cámaras lentas, así como de una música anempática que nada tiene que ver con las imágenes. Los artificios son desnudados para generar placer en el espectador a costa de que este se desconecte éticamente de lo que está viendo, lo cual es imperdonable. Todo se trata de un extrañamiento absolutamente fuera de lugar: los crímenes del protagonista son estilizados como si fueran actos artísticos, como si en vez de tener un asesino en serie tuviéramos en la pantalla a Nicolas Poussin o a William Bougereau.

Dirán que nadie en su sano juicio puede hacer apología de los ahora llamados femicidios, sin embargo, aunque no sean actos voluntarios de parte de quienes adaptaron la novela haciendo esta película, de todos modos la manipulación es inconsciente. El libro es en esencia (de acuerdo a varios críticos) mucho más cruel que este film y construye debidamente un distanciamiento crítico-moral respecto de Jean Baptiste Grenouille (un asesino ficticio, vale aclarar). Lo peor de todo es que el nivel del realismo balzaciano o incluso mejor, el naturalismo de Zolá, cuya filosofía literaria determinista y fatalista encaja muy acertadamente con este guion, se diluye irrespetuosamente, al instalar abruptamente una fantasía totalmente inverosímil, que no produce más que un delirio horroroso para la vista. Vale sostener que una cosa es afirmar “horroroso” cuando miramos una obra maestra del terror, pero esto es una pesadilla que se lleva a la diegésis de la trama secuestrada como rehén, como si fuera posible que ocurra lo que se nos exhibe. Es como que una obra de Disney, acostumbradamente fantástica e infantil, se transformara de golpe en un drama realista o naturalista y erótico, engañando a los niños y dañando así su psiquis.

En este caso no es tan grave como lo que acabo de escribir, pero el paralelismo es válido porque el engaño es el mismo, solo que impartido contra los adultos, al menos yo esperaba lo que seguramente todos pensaban que debía ocurrir: que Grenouille muera condenado, con previo sufrimiento a manos del gobierno francés, para vengar a las pobres doncellas, vírgenes e ingenuas ninfas. En vez de eso, somos testigos de un plot twist embaucador, de un espectáculo nefasto por culpa de un capricho del director, quien quiso dar un giro hacia el género fantástico de la peor manera posible.

Me quedé boquiabierto en el peor sentido, pensando que todo era una gran idealización mental del criminal (lo que él hubiese querido que ocurra), y si bien la justicia llega finalmente, para ese momento El perfume ya perdió la cordura (dicho sin ánimo de broma) tanto como Grenouille cuando acabó con la vida de su primera víctima.

Estetizar el horror y caer en el delirio caprichoso son dos de los peores defectos que puede cometer un cineasta, porque se banaliza el sufrimiento de las víctimas con tal de demostrar las habilidades formales, una seducción de pura cáscara pero sin solidez de mensaje o fábula. Incluso sabiendo que cierto público puede sentirse a gusto viendo y oyendo delirios inverosímiles como este, reflexionar sobre esto es fundamental. Podemos culpar de esta cuestión al modernismo esteticista, una forma de ver el arte que separó la belleza de la moral y en cambio apeló a un formalismo vacío: la idea tonta de que el arte es un fin en sí mismo en vez de un medio para emitir juicios y generar emociones mediante valores universales o ética atractivas. Esta separación va de la mano de un relativismo cultural que niega los universales.

Del esteticismo bebe El perfume, una valiosa pérdida de tiempo, tiempo que pudo haber sido excelentemente aprovechado si no la hubiesen cagado tan pornográficamente.

Prime Video: El perfume

El perfume: Historia de un asesino | Frasco y esencia | Crítica de FilaSiete
Prime Video: Perfume: The Story of a Murderer


Johnny Klimek
Tom Tykwer

Fotografía

Frank Griebe

Montaje

Alexander Berner

Vestuario

Piérre Yves Gayraud

Narrador

John Hurt

Protagonistas

Ben Whishaw
Dustin Hoffman
Alan Rickman
Rachel Hurd-Wood
Corinna Harfouch
Carlos Gramaje
Birgit Minichmayr
Karoline Herfurth
Jessica Schwarz
Joanna Griffiths
Otto Sander

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