FICVALDIVIA 2025 - Un panorama político y poético mundial desde Magreb 

El festival de cine de Valdivia es un espacio de resistencia política desde hace muchos años. Ya llegar a la región implica un cambio completo de panorama, incluso con la idea misma de Chile. Apenas una aterriza en el aeropuerto las señalizaciones son bilingües: en castellano y en Mapuche. Valdivia queda en Wallmapu, y eso se nota. Ir a las aperturas y discursos oficiales nos retrotrae a los argentinos a épocas mejores, en las que la cultura, la educación y la diversidad estaban en el centro de la discusión y de las políticas públicas. Caminando por Valdivia una se sorprende de no encontrar algún cartel de “El amor vence al odio”. De todas formas, Chile está cerca de las elecciones, y las conversaciones con los locales gravitan alrededor de eso: el peligro inminente del gobierno de ultraderecha. Los chilenos ven en nosotros el futuro cercano, y se aceleran a producir todo tipo de políticas públicas para cuidar sus recursos culturales.

La programación del festival hace años que viene girando alrededor de repensar la historia del cine, sobre todo desde Latinoamérica, y desde Latinoamérica hacia el mundo. Las dos retrospectivas centrales fueron muy curiosas. Una de ellas, Fulgores del Magreb, curada por Lea Morín, partía del 140 aniversario del funesto tratado según el cual Europa se dividía legalmente sus colonias, y Francia se apoderaba de Al-Magrib, la zona norte de África, mayormente musulmana, y fabricaba así una serie de fronteras artificiales que al día de hoy continúan como Tunez, Argelia y Marruecos. Este programa tenía tres funciones de películas y una performance de Morin llamada Basta. Films that don't exist do exist. La forma de trabajar de Lea Morin es rigurosa y emocionante. El formato también es muy singular: en una mesa Lea dispone una serie de archivos, fotos, objetos que una cámara registra desde arriba y proyecta en la pantalla. Así, Morín va ensamblando un collage de la historia del cine del norte de África y las colonias francesas, recorriendo a fragmentos ese relato que está desperdigado, descentralizado, hecho de pedazos sueltos, perdidos, quemados, hundidos en el agua, asesinados, secuestrados por el Estado. Una historia collage porque se va contando en vivo, uno a uno, y se va modificando con cada elemento minúsculo que ingresa. Una historia hecha de registros orales, conversaciones, documentos poco tradicionales. Una historia hecha de películas sin terminar, películas perdidas, hechas por estudiantes y luego abandonadas por décadas. Una historia fundamental y poco circulada.

Lea recupera en su charla-performance una historia de las publicaciones sobre cine y las escuelas alineadas con la izquierda internacional, como la revista Cinema 3, una publicación hecha en el espíritu de las luchas decoloniales tricontinentales; el manifiesto Mujer árabe y… cineasta de Heiny Srour; el manifiesto de Med Hondo, ¿Qué es el cine para nosotros?, y otros elementos centrales de la historia del cine decolonial. Todo esto Morín lo hace con una perspectiva fundamental: nadie descubre nada. No hay descubrimientos. En el cine y en la cinefilia la idea de “descubrimiento” está muy popularizada, cargada de buenas intenciones pero profundamente colonial, y ciega a las lógicas coloniales detrás de las lógicas de circulación de los trabajos. Su idea es que nunca “descubrimos” la historia del cine, sino que la somos, simplemente. Ese evento, esa performance, ese encuentro entre las cosas fue un momento de historia del cine.

Las películas del programa fueron una maravilla detrás de otra. Todas se concentraban en la diáspora magrebí en Francia, sobre todo después de la independencia de Argelia. Las cuatro traían mensajes contundentes del pasado para el presente, sobre todo sobre los peligros del neocolonialismo. Ganada la independencia, comienza una nueva dependencia económica, sistemáticamente planificada y ejecutada. En Nationalité immigré (1970), de Sidney Sokhona, un grupo de inmigrantes desde distintos lugares de África, e incluso de países europeos en dictadura entonces como España y Portugal, intentan sobrevivir al racismo y la violencia económica. Viven en albergues de inmigrantes, unos edificios ruinosos y terribles, con habitaciones multitudinarias, pocos baños, lejos de la ciudad y caros. La película es una ficción que mezcla un estilo directo y realista con una serie de momentos más cómicos y ácidos, a modo de sketch, como por ejemplo un grupo de inmigrantes que se acerca arrodillado a una oficina francesa a pedir asilo y les dan carteles que dicen cosas como “pocilga” o “ciudad dormitorio”, o un encuentro con un taxista que según quien viaje dice que odia a los negros o a los argelinos. En la película los protagonistas intentan todo el tiempo conseguir trabajo, y todo lo que encuentran es siempre en la construcción. Los inmigrantes precarizados de las ex colonias literalmente construyen Francia, y a cambio reciben puro maltrato. El director, Sokhona, era un migrante de Mauritania que fue a Francia a estudiar, comenzó a trabajar ilegalmente y luego conoció la escuela de cine radical en la que trabajaban Med Hondo y Jean Rouch. El vivía en uno de estos albergues, y desde ahí hizo su película, una de las primeras filmadas verdaderamente desde adentro.

Nationalité immigré y sus obreros de la construcción aterrorizados está muy cerca de Alí en el país de las maravillas (1976), de Djouhra Abouda, Alain Bonnamy, una francesa y un argelino que hicieron pocas películas. Esta es un retrato de un trabajador de la construcción de una manera muy experimental: imágenes veloces de la construcción de la ciudad por los imigrantes, de los lugares en los que viven y las diferencias entre las casas y caminos que hacen con sus mano sy esos en los que les toca vivir, montados de una manera intermitente, flickeante. El sonido de la película está casi todo hecho del testimonio de Alí, que habla y habla sin parar de su trabajo, su vida, su relación con Francia. Una belleza temprana. La película se proyectó con Mes voisins, de Med Hondo, el cineasta mauritano más militante, más famoso, más repleto de imaginación. La película de Hondo también está filmada en los albergues de migrantes y piensa directamente en las relaciones coloniales que traen a estos hombres a vivir y trabajar así. Cercana a un cine directo y militante.

Mi película favorita de todo el ciclo fue Voyage en Capital (1978) de Ali Akika, Anne-Marie Autissier, también hombre argelino y mujer francesa. Voyage… comienza en un aeropuerto. Una mujer argelina nacida en Francia y un hombre argelino se despiden. Ella vuelve de visitar a su familia ahí, él viene a Francia a trabajar. Ella lo ayuda con la llegada y se despiden. A partir de ahí vemos la vida de cada uno, completamente diferente. Ella vive con su familia argelina tradicional, mientras estudia y milita en un espacio de alfabetización de migrantes. Él es obrero, y tiene que lidiar con los problemas habitacionales y laborales en Francia. Así, dos espectros de la vida de los argelinos en Francia, desde los problemas y las búsquedas colectivas de soluciones. Hay un personaje, un amigo que hizo la mujer en sus clases de alfabetización, que en un momento le dice: así es el imperialismo, te vuelve extranjero en tu propio país. La película explora estas cuestiones complejas de la identidad diaspírica y migrante, la de no sentirse en casa en ningún lugar, siempre desplazados, siempre ligeramente desorganizados. Pero, en esta película, siempre organizados.


LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.