No sé por qué estoy escribiendo esto. Quizá para dejar constancia. O quizá solo para ordenar los hechos y convencerme de que no me estoy volviendo loca.
Empezó hace cuatro días.
Vivo en este edificio desde hace dos años. Piso 14. La seguridad es buena, el portero, cámaras en el lobby. Me siento segura aquí. O me sentía.
Hace cuatro días, llegué del trabajo, cansada como siempre. Revisé el buzón. Cuentas, publicidad, y un sobre.
Era un sobre grueso, de color crema, sin remitente. Mi nombre y mi número de departamento (14B) estaban escritos en él. Pero no con una impresora. Estaba escrito a mano, con una caligrafía hermosa, elegante, con tinta negra.
"Lina". (O tu nombre real). "14B".
Pensé que era una invitación a una boda.
Lo abrí en el ascensor. Dentro no había una invitación. Había una sola tarjeta, del mismo material del sobre. Y pegado en el centro, con un punto de pegamento, había un botón.
Un botón azul marino, pequeño. Como el de una camisa de hombre.
Me pareció extraño. Una broma, tal vez. Lo guardé en el bolsillo de mi abrigo y me olvidé.
Esa noche, mientras me preparaba para dormir, descolgué el abrigo para guardarlo. El botón se cayó al suelo. Lo recogí. Y entonces lo vi.
Mi abrigo. Un abrigo largo de lana gris que amo y que uso casi todos los días. Le faltaba un botón.
Miré el botón azul en mi mano y luego el hilo suelto en mi abrigo. No era de mi abrigo. El que se me había caído a mí era gris, grande.
Me encogí de hombros. Qué coincidencia. Pero... ¿quién sabía que se me había caído un botón? Lo había perdido ese mismo día.
A la mañana siguiente, había otro sobre en mi felpudo.
Misma caligrafía. "Para mi".
Se me heló la sangre. El título no era mi nombre. Era... una dedicatoria.
Lo abrí allí mismo, en el pasillo.
Esta vez era una fotografía. Una foto instantánea, tipo Polaroid.
La foto era de mi taza de café. La que uso todas las mañanas. La azul con el borde desconchado. Estaba en el escurridor de mi cocina, donde la había dejado la noche anterior. La luz de la foto era gris, como el amanecer.
Alguien había estado en mi apartamento esa mañana, antes de que yo despertara, o mientras yo estaba en la ducha.
Corrí adentro. Cerré la puerta con el cerrojo, la cadena. Revisé todo. Las ventanas estaban cerradas. La puerta de servicio, cerrada por dentro. No había nada fuera de lugar. Excepto la taza.
Ya no estaba en el escurridor. Estaba en la mesa de la cocina. Limpia. Seca.
Llamé al administrador. Le dije que alguien debía tener una copia de mi llave. Me aseguró que era imposible, que las cerraduras se cambiaron cuando me mudé. “¿Quiere que llame a la policía, señorita?”
¿Y qué les digo? ¿Que alguien entró a mi casa a secar una taza y dejarme una foto de ella? Me sentiría estúpida.
Cambié la cerradura esa misma tarde. Pagué extra por una de alta seguridad. Esa noche, apenas dormí. Puse una silla bloqueando la puerta de mi cuarto.
No pasó nada. Ni al día siguiente. Empecé a respirar. Pensé que quienquiera que fuese, se había asustado al ver al cerrajero.
Hasta esta noche.
Llegué hace una hora. El nuevo cerrojo estaba puesto, tal como lo dejé. La silla seguía tras la puerta de mi cuarto. Todo estaba en orden.
Me preparé un té. Intenté ver una serie. Pero estaba inquieta. No podía dejar de mirar la puerta principal.
Entonces oí un ruido.
No venía del pasillo. Venía del clóset del pasillo. El que está dentro del apartamento. Donde guardo la aspiradora y los abrigos viejos.
Fue un sonido suave. Un clic.
Contuve la respiración.
Silencio.
Me armé de valor. Caminé lentamente hacia el clóset. La puerta estaba cerrada. Puse la oreja contra la madera.
Nada.
"Estoy paranoica", pensé.
Y entonces, vi algo. Por el pequeño espacio entre la puerta y el suelo, se filtró un sobre color crema.
Alguien lo deslizó desde adentro del clóset.
Grité. Retrocedí y tropecé con la alfombra. Caí al suelo.
Me quedé mirando la puerta del clóset. El sobre estaba ahí, en el suelo del pasillo.
Tenía mi nombre. "Para mi".
No me he movido. Llevo una hora en el suelo de la sala. El sobre sigue ahí. La puerta del clóset sigue cerrada.
No puedo llamar a la policía. No puedo moverme. Porque si el sobre salió, es que hay alguien ahí dentro. Esperando.
Y si llevan ahí desde que cambié la cerradura... significa que nunca se fueron.
El pomo del clóset acaba de girar. Lentamente.
(El cursor titila. No hay más texto).Este es un borrador. Léelo en voz alta. Imagina que es una nota de voz que estás grabando, o un correo que estás escribiendo y que no sabes si te atreverás a enviar.
Título: Para mi
(La pantalla parpadea. Es un archivo de texto abierto. El cursor titila).
No sé por qué estoy escribiendo esto. Quizá para dejar constancia. O quizá solo para ordenar los hechos y convencerme de que no me estoy volviendo loca.
Empezó hace cuatro días.
Vivo en este edificio desde hace dos años. Piso 14. La seguridad es buena, el portero, cámaras en el lobby. Me siento segura aquí. O me sentía.
Hace cuatro días, llegué del trabajo, cansada como siempre. Revisé el buzón. Cuentas, publicidad, y un sobre.
Era un sobre grueso, de color crema, sin remitente. Mi nombre y mi número de departamento (14B) estaban escritos en él. Pero no con una impresora. Estaba escrito a mano, con una caligrafía hermosa, elegante, con tinta negra.
"Lina". (O tu nombre real). "14B".
Pensé que era una invitación a una boda.
Lo abrí en el ascensor. Dentro no había una invitación. Había una sola tarjeta, del mismo material del sobre. Y pegado en el centro, con un punto de pegamento, había un botón.
Un botón azul marino, pequeño. Como el de una camisa de hombre.
Me pareció extraño. Una broma, tal vez. Lo guardé en el bolsillo de mi abrigo y me olvidé.
Esa noche, mientras me preparaba para dormir, descolgué el abrigo para guardarlo. El botón se cayó al suelo. Lo recogí. Y entonces lo vi.
Mi abrigo. Un abrigo largo de lana gris que amo y que uso casi todos los días. Le faltaba un botón.
Miré el botón azul en mi mano y luego el hilo suelto en mi abrigo. No era de mi abrigo. El que se me había caído a mí era gris, grande.
Me encogí de hombros. Qué coincidencia. Pero... ¿quién sabía que se me había caído un botón? Lo había perdido ese mismo día.
A la mañana siguiente, había otro sobre en mi felpudo.
Misma caligrafía. "Para mi".
Se me heló la sangre. El título no era mi nombre. Era... una dedicatoria.
Lo abrí allí mismo, en el pasillo.
Esta vez era una fotografía. Una foto instantánea, tipo Polaroid.
La foto era de mi taza de café. La que uso todas las mañanas. La azul con el borde desconchado. Estaba en el escurridor de mi cocina, donde la había dejado la noche anterior. La luz de la foto era gris, como el amanecer.
Alguien había estado en mi apartamento esa mañana, antes de que yo despertara, o mientras yo estaba en la ducha.
Corrí adentro. Cerré la puerta con el cerrojo, la cadena. Revisé todo. Las ventanas estaban cerradas. La puerta de servicio, cerrada por dentro. No había nada fuera de lugar. Excepto la taza.
Ya no estaba en el escurridor. Estaba en la mesa de la cocina. Limpia. Seca.
Llamé al administrador. Le dije que alguien debía tener una copia de mi llave. Me aseguró que era imposible, que las cerraduras se cambiaron cuando me mudé. “¿Quiere que llame a la policía, señorita?”
¿Y qué les digo? ¿Que alguien entró a mi casa a secar una taza y dejarme una foto de ella? Me sentiría estúpida.
Cambié la cerradura esa misma tarde. Pagué extra por una de alta seguridad. Esa noche, apenas dormí. Puse una silla bloqueando la puerta de mi cuarto.
No pasó nada. Ni al día siguiente. Empecé a respirar. Pensé que quienquiera que fuese, se había asustado al ver al cerrajero.
Hasta esta noche.
Llegué hace una hora. El nuevo cerrojo estaba puesto, tal como lo dejé. La silla seguía tras la puerta de mi cuarto. Todo estaba en orden.
Me preparé un té. Intenté ver una serie. Pero estaba inquieta. No podía dejar de mirar la puerta principal.
Entonces oí un ruido.
No venía del pasillo. Venía del clóset del pasillo. El que está dentro del apartamento. Donde guardo la aspiradora y los abrigos viejos.
Fue un sonido suave. Un clic.
Contuve la respiración.
Silencio.
Me armé de valor. Caminé lentamente hacia el clóset. La puerta estaba cerrada. Puse la oreja contra la madera.
Nada.
"Estoy paranoica", pensé.
Y entonces, vi algo. Por el pequeño espacio entre la puerta y el suelo, se filtró un sobre color crema.
Alguien lo deslizó desde adentro del clóset.
Grité. Retrocedí y tropecé con la alfombra. Caí al suelo.
Me quedé mirando la puerta del clóset. El sobre estaba ahí, en el suelo del pasillo.
Tenía mi nombre. "Para mi".
No me he movido. Llevo una hora en el suelo de la sala. El sobre sigue ahí. La puerta del clóset sigue cerrada.
No puedo llamar a la policía. No puedo moverme. Porque si el sobre salió, es que hay alguien ahí dentro. Esperando.
Y si llevan ahí desde que cambié la cerradura... significa que nunca se fueron.



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