Introducción
Fue en la preparatoria cuando comencé a interesarme en el terror. Tanto el cine como la literatura con influencias góticas, con atmósferas atrapantes o tramas macabras se volvieron la dieta habitual de mis intereses intelectuales y de mi entretenimiento. La mayoría de los autores que cayeron en mis manos gracias a colecciones populares y económicas de relatos de terror son del siglo XIX y comparten varias características. Estoy hablando de autores como Edgar Allan Poe obviamente (autor que Mike Flanagan adaptó de manera increíble en La Caída de la Casa Usher, de la cual escribiré posteriormente) con relatos como El Corazón Delator, poemas como El Cuervo, o historias de misterio como las de su genial August Dupin. También hablamos de Guy de Maupassant con sus relatos más cercanos a sus años de demencia provocada por la sífilis como puede ser El Horla, La Mano, o el primero que leí de el, La Cabellera. Quizá podamos incluir a M.R. James y sus relatos sobrenaturales como el fabuloso El Aguatinta en Tinta Azul o también conocido como El Grabado, cuya trama tiene ecos en El escalofriante primer acto de Las Brujas de Nicolas Roeg y obviamente en su fuente original, el relato de Roald Dahl, adaptado por Allan Scott, con ese momento en que una niña queda atrapada en un cuadro. En el caso de M. R. James, la historia detrás del fenómeno sobrenatural detrás del Aguatinta es aún más espeluznante, incluso cruel. Y como no mencionar a Hector Hugh Munro, mejor conocido como Saki, a John William Polidori, a Sheridan Le Fanu, entre tantos otros. En este siglo se gestaron las bases del cuento y la novela en su concepción moderna, y en sus tramas se veían reflejados el asombro y a su vez el desconcierto ante la expansión del mundo gracias a las múltiples expediciones que combinaron motivos coloniales con investigación científica y antropológica y que no solo ampliaron los márgenes de la imaginación sino que también abrieron la oportunidad de nuevos temores materializados por la existencia de “el otro”, ese extranjero en cultura, cuerpo y alma que resultaba tan atractivo como aterrador. Para los escritores de la época, el relato de terror les permitió explorar esa sensación de estar mirando directamente hacia el abismo. Es por ello también que muchos de sus relatos están escritos con el formato de un diario de viaje. Ese formato permitió generar un vínculo con el lector que quedaba enganchado desde el principio al ir descubriendo poco a poco junto al protagonista los sucesos, hasta llegar a ese climax donde sobrepasado por la experiencia como lectores somos testigos de su descenso a la locura. Es el intersticio entre el torbellino emocional del romanticismo y la metódica racionalidad del positivismo, un choque de visiones filosóficas del cual quizá sea Poe su máximo exponente pero que en realidad nace en el gracias a la admiración que sentía por otra autora, una con la capacidad narrativa para transformar con una novela, nacida de un reto creativo entre escritores, la manera de hacer ficción, volviéndose piedra angular para la ciencia ficción moderna. Se trata de Mary Shelley, hija de la filosofa feminista Mary Wollstonecraft y del filósofo y novelista William Godwin, quien junto a su pareja sentimental Percy Bysshe Shelley se volverían iconos póstumos de una generación de la cual también formarían parte el antes mencionado John Polidori y Lord Byron.
El título de su obra máxima sería Frankenstein o El Moderno Prometeo, lo cual ya nos deja entrever la alquimia narrativa entre mito y ciencia. Influenciada por los descubrimientos anatómicos de la época, que tuvieron un avance fundamental con el descubrimiento del galvanismo que transformó por completo nuestra idea sobre el cerebro y su función rectora de los cuerpos, lo cual posteriormente sería explicado por científicos como Hermann von Helmholtz o Charles Sherrington y que sería el descubrimiento de los reflejos y el funcionamiento del sistema nervioso.

Ya en la obra de Shelley podemos encontrar el debate entre el vitalismo y el mecanicismo como posibles explicaciones de la vida ¿Somos acaso el resultado de una fuerza vital que nos proporciona no solo movilidad sino propósito en el mundo, o solo acaso el resultado de fuerzas físicas con leyes determinísticas, por lo cual estamos condenados a al libre andar sin propósito o a la ausencia de voluntad, al ser solo el predecible resultado de dichas leyes? ¿Somos seres superiores y diferentes del resto de los que habitan este planeta, o simplemente el continuo de esos seres vivos, apenas distintos y quizá para peor?
En su obra, Shelley no toma propiamente partido ni brinda respuestas sencillas al dilema. Lo que hace es crear personajes cuyas motivaciones y decisiones encarnan la dualidad filosófica y retratan a la humanidad como producto de esas contradicciones. No es su resolución lo que nos hace humanos, sino la búsqueda constante. Sin embargo, esa búsqueda no puede darse viéndonos como objetos tras un microscopio, sino que precisa de algo más, una conexión superior y más trascendente.
Autora leída y referenciada hasta el cansancio, es poco conocida como persona, habiendo sido presentada en pantalla en algunas ocasiones, la más reciente quizá en la película que lleva su nombre, dirigida por Haifaa Al-Mansour y protagonizada por Elle Fanning, la cual es una agradable representación de sus dramas personales pero que hace poco esfuerzo por conectarlos con su obra en general y su filosofía personal. Por ello es que aún en la actualidad sigue siendo nuestro punto de contacto con ella su máxima obra, esa que transformó junto con Drácula de Bram Stoker el género del terror y que serían clave para consolidar lo que un siglo más tarde se forjaría como el fenómeno de la cultura popular, para lo cual el cine fue el motor fundamental.
Frankenstein en el cine
Mi contacto con el terror no fue propiamente en la preparatoria. Allí se dió mi vínculo más intelectual, sin embargo, para mí como para muchos otros, el terror llegó a mi vida a través del cine. Un placer tortuoso que me estimulaba a la vez que me arrebataba el sueño y el cual alimentaba a costa de noches de pesadilla. Películas como La Profecía de Richard Donner, La Noche del Vampiro de Tobe Hooper, Aullido de Joe Dante, Chucky el Muñeco Diabólico de Tom Holland, Halloween de John Carpenter o Pesadilla en la Calle del Infierno de Wes Craven, todas ellas acompañadas de multiplicidad de secuelas de dudosa calidad, las cuales colmaban las programaciones de fin de semana en la televisión pública mexicana en orden aleatorio y con infinitas pausas comerciales que a veces les obligaban a cortar partes fundamentales de la película. A estas les acompañaban sagas prolíficas como El Amo de las Marionetas, iniciada por David Schmoeller, Critters de Stephen Herek, Troll de John Carl Buechler o cualquier otra locura, entre más secuelas tuviera mejor.
Entre tantos monstruos pesadillescos se encontraba por supuesto, El, la criatura sin nombre que en la cultura popular en un acto de justicia literaria, arrebataría el apellido de su creador y se convertiría con el en un símbolo de la crueldad humana, y todo ello comenzaría con un cortometraje de 1910 a cargo de J. Searle Dawley, producido por Thomas A. Edison, donde Augustus Phillips interpretaría al Doctor Víctor Frankenstein, Mary Fuller a Elizabeth y Charles Stanton representaría a una criatura que privilegiaría su cualidad monstruosa y deforme y que cobra vida en una secuencia maravillosa que debió de haber aterrado a las audiencias en su estreno en 1910. En el guión escrito por el mismo director, se deja entrever de manera muy sutil y apresurada la idea de que bestia y humano son parte de una misma identidad. Creída perdida, es posible verla en línea restaurada.
Sin embargo, será la adaptación de James Whale en donde se presentaría por primera vez la encarnación de la criatura de Boris Karloff la que marcaría para siempre nuestra forma de percibir no solo a la creación del Doctor Víctor Frankenstein, sino al mismo doctor, interpretado en este caso por Colin Clive, así como sus motivaciones, sus manierismos y manías y las de sus acompañantes; también marcaría la percepción del público acerca de la relación de la criatura con el mundo que la rodea.
Por primera vez en la pantalla, tras sus previas adaptaciones, dos de las cuales están aún perdidas, se mostraba a la creación como un personaje complejo que cuestiona nuestra idea acerca de la humanidad y la muestra como un espejo en el cual podemos reflejar nuestros peores temores. Es ya clásica la escena en la cual en un acto inocente la criatura provoca el ahogamiento de una niña, condenándole a la persecución y el odio. Basada no solo en el libro sino en su adaptación teatral a cargo de John L. Balderston, quien también participaría en la adaptación de Drácula que daría pie a la película de Tod Browning con Bela Lugosi, la historia de Garrett Fort y Francis Edward Faragoh es directa y sencilla pero no por eso vacía de significado y cierta profundidad. Sin embargo, el éxito de la película llevaría a qué la criatura se convirtiera en una caricatura que podía pasar de la ternura a la destrucción a voluntad de los intereses de los diversos directores que buscaron sacar provecho de su popularidad. La criatura dejo de ser un ser sin nombre y fue nombrada desde entonces con el apellido de su creador, Frankenstein.

Teniendo infinidad de adaptaciones cinematográficas y televisivas, recuerdo haber tenido mi primer encuentro con ella en El Escuadrón Anti-Monstruos de Fred Dekker donde un grupo de adolescentes son perseguidos por monstruos clásicos, entre ellos, Frankenstein, interpretado por Tom Noonan. Casi al mismo tiempo, descubrí El Joven Frankenstein de Mel Brooks, donde uno de mis comediantes favoritos, Gene Wilder, interpretaba al doctor, mientras que Peter Boyle daba vida a la criatura en una hilarante parodia de los clásicos de Universal. Es decir, al llegar a mi, el mito de Frankenstein había sido ya filtrado, modificado y transformado a partir de cientos de representaciones variopintas con versiones dedicadas a todo público. El motivo original de la autora quedaba muy distante.
Sin embargo, habiendo crecido entre los 80's y 90's, fue la versión de Kenneth Branagh donde el mismo interpreta al doctor mientras se hace acompañar por Robert De Niro como la criatura y por Helena Bonham Carter como Elizabeth, la cual pretendió regresar el tono solemne y la profundidad a la historia y, aunque falla en ese intento, si logró transmitir nuevamente la complejidad del personaje. Sin ser tal cual un fracaso en taquilla, si fue una película que no fue tan celebrada pero que logró cierto éxito en su formato casero en VHS y en sus transmisiones televisivas.

Desde entonces múltiples adaptaciones de han realizado, ninguna exitosa. Y es por ello que, después de tanto relato, llegamos a la película que nos interesa, el proyecto más personal de Guillermo del Toro que durante décadas había estado revoloteando en su cabeza y que por fin logró ver la luz gracias a Netflix.
La versión de Guillermo Del Toro
Guillermo del Toro es uno de los directores más importantes de la historia del cine mexicano contemporáneo y se ha convertido en un referente del cine internacional. Pese a tener altibajos en su filmografía, como la sobrevalorada El Callejón de las Almas Perdidas, basada en la novela William Lindsay Gresham, o la no tan sorprendente La Cumbre Escarlata, escrita por el propio Guillermo y Matthew Robbins, a diferencia de otros directores icónicos con estéticas personales, como es el caso de Tim Burton, quienes han dejado atrás la innovación y la experimentación para acomodarse en sus éxitos pasados y creando versiones vacías y autorreferenciales, Guillermo ha sabido dejar un buen sabor de boca aún en sus películas más comerciales y simplonas como es el caso de Pacific Rim o Blade II. Y es que las raíces de su estilo se encuentran en una interpretación de la historia, tanto personal como global, en donde la maldad y la bondad son capaces de encarnarse en seres fantásticos que nos permiten entenderlos de manera más clara y comprender desde sus arcos narrativos aquello que nos conecta y nos distancia. Con este estilo, Guillermo no solo se inspira en las obras clásicas sino que crea como esos autores y autoras y trae al presente reflexiones atemporales como las que se gestan en los cuentos clásicos de los Hermanos Grimm o Hans Christian Andersen, en las obras de Shelley, Poe o Conan Doyle, en las aventuras de Stevenson o Salgari. En sus películas las referencias son más que artilugios para endulcorar una historia, se trata de reflexiones profundas y experiencias emocionales que pretenden ser trascendentales. Y esto queda claro en sus dos últimas obras: Pinocho, donde recupera la reflexión ética y filosófica natural de los relatos infantiles de otros tiempos, y, por supuesto, Frankenstein.
Siendo un proyecto personal que ha ido maquinando desde hace décadas y en el cual ha admitido ha puesto no solo todo su esfuerzo creativo sino también mucha exploración autobiográfica, está nueva versión a su cargo es una aventura visualmente impresionante, narrativamente asombrosa y emocionalmente compleja. Sin pretender intelectualizar de más la obra de Shelley, si logra imponer sus propias reflexiones de manera orgánica, dándole una identidad que difícilmente se encontrará en ninguna otra de sus adaptaciones.

Lejana a las historias de monstruos de la Universal, este Frankenstein es enorme, tanto en su diseño de producción como en las dimensiones del actor que interpreta a la criatura. Jacob Elordi demuestra haber sido una elección perfecta para el papel, y nos presenta a una criatura que es al mismo tiempo terrible y hermosa, aterradora y atractiva, una especie de infante con fuerza de bestia que es presa de su propia grandeza física y víctima en un mundo que no está preparado para aceptarle.
Desde el principio Guillermo te embelesa la vista con la fotografía de Dan Laustsen, quien ya ha colaborado con él desde Mimic, y que nos brinda una secuencia de acción ambientada en el polo norte, haciendo referencia a esa época de exploración que anteriormente mencionábamos, en donde el fabuloso Lars Mikkelsen encarna al Capitán Anderson, cuya expedición ha quedado varada en el poderoso hielo ártico. En el marco de esa calamidad encuentra al Doctor Víctor Frankenstein que es perseguido por una entidad terrible. A pesar del rechazo de su tripulación, en Capitán decide escuchar la historia del hombre para ver si con ella descubre que es lo que acecha en el hielo.
El diseño de producción y los efectos especiales son para volar la cabeza de cualquiera. Interiores hermosos, caóticos, churriguerescos, con centenares de objetos y detalles que podrías pasar horas deleitá dore con ellos. El diseño de los cuerpos que resucita con procesos galvánicos es una recreación sumamente creativa de los modelos de cera que solían hacerse para estudiar medicina en los siglos posteriores al renacimiento, y cuyos ejemplares del siglo XIX aún pueden ser vistos en museos, en el caso de México, en el Museo del Palacio Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Los sets fueron desarrollados por Tamara Deverell y en ellos encontramos ecos de pinturas clásicas como la hermosa La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp de Rembrandt van Rijn. Los vestuarios de Kate Hawley se desplazan por los escenarios y les brindan un color y vida que le permiten a cada personaje resaltar espectacularmente. Por hacer una comparación con otra reinterpretación de un clásico, a pesar de lo mucho que disfrute la grandiosa Nosferartu de Robert Eggers, aún con sus cinco mil ratas en el set, de ninguna manera logra la personalidad y autenticidad que se ve en el diseño artesanal que Del Toro desarrolla en su Frankenstein. Eso incluye la reinvención del monstruo a cargo de Mike Hill, colaborador habitual de Del Toro desde La Forma del Agua, quien transforma a Jacob Elordi en una estatua viviente, con todo lo hermoso y aterrador que eso representa, como el David de Miguel Ángel de pronto cobrará vida y torpemente se lanzará al público atónito en el museo.

En esta versión no solo nos enfocamos en una dimensión de la historia como es común ver en las adaptaciones previas. Si bien el romance tiene su papel y la locura tiene el suyo, es un relato sobre el balance de poderes que controlan el mundo y como la empatía es el único remedio ante la frialdad del devenir histórico. Tenemos por un lado al poder económico representado perfectamente por el Harlander de Christoph Waltz, quien hace una fortuna comerciando armamento en una época caracterizada por conflictos internacionales, revoluciones, guerras de independencia. Sin hacer referencia a alguno en particular, se trata de un hombre siempre informado que gana sin importar quien venza en el campo de batalla. Por otro lado tenemos el poder de la ciencia que se cree por encima de la ética, representada, claro está, por el Doctor Frankenstein, a quien le da vida Oscar Isaac, y que ofrece un personaje que usa el conocimiento como una herramienta para afrontar el dolor, no en busca de superarlo, sino de dominarlo hasta erradicarlo a partir de su intelecto. Su aproximación fría a la vida y la muerte le impide pensar en la grandeza de los fenómenos que intervienen en ambas y solo le alcanza para ver sus variables y como controlarlas. Pese a considerarse distinto al inescrupuloso comerciante, resulta igual de egoísta y calculador, pese a buscar matizar sus desvaríos con avances indiscutibles para la humanidad como resultado de sus empeños. Por su parte Charles Dance nos mostrará los orígenes del dolor detrás de la obsesión de Víctor, al interpretar a Leopoldo Frankenstein, y con tan solo unos minutos en pantalla nos entrega a un ser brutal que será el único ejemplo de paternidad exigente, juiciosa y violenta que Víctor tendrá en su vida.
A diferencia de la mujer pura y calma que es la Elizabeth de Shelley, la de Del Toro, interpretada por Mia Goth, es una mujer fuerte, atractiva no solo por su belleza sino por una personalidad que nace de su actitud sin complejos que es acompañada de una sensibilidad que le brinda un interés en la vida tanto a nivel científico como poético. La Elizabeth de esta nueva versión es más cercana a la Shelley de la vida real que a la creación que ésta plasmó en su obra.
Finalmente tenemos al mundo externo, el cual tendrá la oportunidad de recibir a la criatura y decidir si lo hace desde la empatía o desde el rechazo, desde el temor a lo otro, a lo desconocido. Será David Bradley, quien interpretando a un aldeano anciano y ciego, nos mostrará el poder del cariño y la escucha más allá de los prejuicios.
La película es una exploración cargada de diálogos bien escritos y con cierta poesía que pese a llegar a ser canciones en algunos momentos, no por ello pierden su creatividad y lírica. Los momentos de mayor tensión se dan gracias a la alquimia lograda entre los diálogos emocionantes con escenarios cautivadores y efectos prácticos que nos conectan con las épocas del cine épico. El defecto más grande de esta versión es su interés por darle oportunidad a tantos personajes a aportar su mirada, sin embargo es esto también lo que la hace necesaria. Del Toro nos entrega otro relato marcadamente anti tiránico. Si bien su Pinocho era abiertamente antifascista, su Frankenstein es un llamado al diálogo y al reconocimiento del otro como un interlocutor no solo válido, sino necesario. Cuestionando el paternalismo del autoritarismo que desea resolverlo todo desde el control y el dominio, la criatura nos muestra que nada de eso es necesario cuando el trato parte del reconocimiento de la diferencia. Nos relata que los monstruos se hacen a partir de la intolerancia y el desprecio. Todo ello acompañado por la monumental música de Alexandre Desplat, colaborador habitual de Del Toro, Wes Anderson, entre muchos otros y que compuso una banda sonora cargada de matices que conectan lo clásico con lo moderno, dando un sentido de conexión estética con lo que aparece en la pantalla y nuestra realidad presente.

Si bien no es la mejor obra de Del Toro, que para mí sigue siendo El Laberinto del Fauno, está entre sus mejores películas, cuya ambición por si misma es digna de celebrar y admirar y que nos trae un mensaje necesario para nuevas generaciones que por desgracias se han visto envueltas en conflictos y desgracias en manos de sociópatas con egos que superan por millones al de Víctor Frankenstein y que hacen de la deshumanización de poblaciones e identidades su negocio. Hoy más que nunca es necesario dejar de ver al otro como una simple criatura, una aberración, para darle la voz y dejarle tomar su lugar en el mundo.
P. D. Dentro de la trama el sistema linfático tiene gran relevancia, lo cual hace una conexión extraña con El Engendro del Diablo, o The Brood de David Cronenberg, donde también tiene un papel importante.
P. D. 2: Solo comparando el diseño real de la película con los bodrios creados por IA en las redes te puedes dar cuenta de que está herramienta no tiene el alcance que se presume. Y eso me da gusto.




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