Existen ciertas buenas películas marcadas por la mala suerte, muchas veces el momento de un estreno no coincide con la preconfiguración de un público al cual estuvo destinada, también puede darse una coincidencia temática con algún título reciente que la relegue. Este último caso es el de Cenizas de guerra (In Country, 1989) del canadiense Norman Jewison, una de las últimas películas del período Vietnam, en el cual Hollywood hizo una lectura crítica sobre el conflicto. Durante la década de 1980 es cuando esa revisión se tornó más oscura porque algunas representaciones se posaron sobre los excesos y no sobre el heroísmo de los soldados, el caso emblemático es el de Pecados de Guerra (Casualties of War, 1989). Un relato basado en hechos reales acerca de un pelotón de jóvenes soldados, liderados por un sargento de la misma edad de ellos, que secuestra a una aldeana para someterla sexualmente (ante la frustración de no poder encontrar un lugar en un prostíbulo), además les ordena a sus hombres a hacer lo mismo. Uno de ellos se niega rotundamente y amenaza al superior con llevarlo a una corte marcial.
También en 1989 se estrena la segunda película de la trilogía de Vietnam dirigida por Oliver Stone (veterano de esa guerra). Después de Pelotón (Platoon, 1986) direcciono su interés en el trato que recibieron los soldados al regresar a Estados Unidos, su fuente fue la historia de Ron Kovic, el autor del libro homónimo de la película. Si Pelotón tuvo una aceptación popular y coronada en los premios Oscar con varias estatuillas, Nacido el 4 de julio generó una recepción más tibia por su carácter sombrío recargado de críticas al gobierno y a la sociedad de entonces, que en una gran porción acusó a los soldados por perder la guerra. El espíritu derrotista se agregó, como problema, a una serie de implosiones sufridas en Estados Unidos a partir de la lucha por los derechos civiles, el despertar feminista y la violencia enraizada en las grandes ciudades (algunas de ellas al borde la quiebra como Nueva York). En síntesis, se trataba de un panorama opuesto al del final de la Segunda Guerra Mundial, que dio lugar a un “estado de bienestar” sumado a un engrosamiento de la creencia de un poder armamentista.

¿Qué sucedió con Cenizas de guerra? Si bien se estrenó entre medio de las dos películas mencionadas, el gran escollo que tuvo por delante fue la erosión del tema Vietnam en un público ya saturado, el cual no parecía estar preparado para deslizar el foco hacia una revisión más introspectiva. La película de Jewison es una transposición de una novela escrita por Bobbie Ann Mason sobre una joven de 17 años llamada Sam Hughes (Emily Lloyd) recién egresada del secundario cuyo motor es averiguar sobre su padre, quien falleció en Vietnam antes de que ella naciera. Todos aquellos que lo conocieron evitan hablarle de él, principalmente Emmett (Bruce Willis), su tío con quien vive, a pesar de tener un vínculo positivo con su madre (Joan Allen). La relación entre Sam y Emmett empieza a sufrir fricciones a medida en que ella pretende profundizar la pesquisa sobre quién fue su padre. Desde el punto de vista de Emmett, un veterano de guerra con estrés postraumático, relatar algo de lo vivido en la guerra es un padecimiento. Si sumamos que el contexto es el de un pequeño pueblo rural de Kentucky en una década como la de los 80 atravesada por una recesión económica, hay que señalar que las compuertas de hierro que cierran la posibilidad de una conversación sobre el pasado se hacen más fuertes.
Al mismo tiempo, Sam, es una joven parada en la frontera de la adolescencia y la adultez. En sus intereses más terrenales está las ganas de comprar un auto, más por una necesidad de salir del pueblo -y del estancamiento en el que se encuentra su vida- y también poder tener una vida sexual plena. Su novio no le escapa a la frivolidad y es por ello que, más allá de su objetivo primario, el espacio de ocio está con los amigos veteranos de su padre y de Emmett. La pulsión por salir a correr la mantiene en un eje, mientras lleva en sus oídos “I’m on Fire” de Bruce Springsteen, que en cada escucha parece crecer como leitmotiv de su estado anímico. Más allá de esta rutina, Sam sabe que el auto no es solo un medio de transporte, sino que es, también, la posibilidad de trasladarse a una etapa de su vida.

Como le señalan en una oportunidad, hay un grado de extrañeza en que viva en la misma casa con su tío y no con su madre, y que frecuente a estos hombres que le doblan la edad. Su espíritu es fresco y luminoso, mientras que en estos hombres hay un carácter espectral, algunos ellos pretenden ocultarlo con un dejo extrovertido, a modo de disfraz.
Sam avanza sobre uno de los veteranos del grupo, Tom un mecánico de las afueras, la conexión crece luego de la posibilidad de comprarle un tan ansiado auto. La relación entre ellos llega hasta lo sexual, aunque esa faceta expone su trastorno particular al momento de consumar por mostrarse impotente. Ella lo abraza e intenta comprenderlo, pero Tom queda atrapado por el reencuentro con el terror vivido y decide alejarse de ella, luego de venderle el auto.
En simultáneo la rispidez con su tío se hace cada vez más visible, el apoyo de su abuela y su madre, con ella tiene pendiente una decisión sobre mudarse a su casa y empezar juntas a estudiar psicología. Por supuesto, el impedimento para hacer este movimiento está supeditado a que Emmett pueda hablar y contarle sus experiencias con su padre. La cocción lenta del relato hace que la historia tenga sus columnas en los personajes, especialmente Sam y Emmett, y más aún en el vínculo entre ambos.
Se conoció que la relación entre Emily Lloyd y Bruce Willis fue complicada, aunque en pantalla la química es perfecta. En el caso del actor es su primera película después de Duro de matar (Die Hard, 1988), considerada al día de hoy, con una filmografía acabada, su éxito más grande. También es el primer estreno desde el final de Luz de luna (Moonlighting, 1985-1989), la serie de la cadena ABC que le dio la primera oportunidad en un papel coprotagónico. En más de una entrevista Willis señaló que Cenizas de guerra es una de sus películas favoritas, a la distancia se advierte el compromiso en la composición de un Emmett completamente roto, deambulando de manera fantasmagórica en un presente que le es ajeno. El punto álgido del dramatismo se da en la escena en que Sam se enfrenta a una verdad que no esperaba encontrar, sin que se trate de un secreto puntual es, en realidad, comprender el infierno vivido por un joven de su edad, que resultó ser su padre. Sam queda ubicada frente a un espejo al pasado, su presente es otro, su generación es otra y lo que despierta todo ello -al menos en una primera instancia- es un dolor punzante, conducente hacia un rechazo por todo aquello que anhelaba en la teoría por conocer a su padre.

Cenizas de guerra fue indiferente para el público de su estreno, también para uno posterior que podía encontrarla en otros formatos como el VHS o la televisión. En tiempos de una accesibilidad desbordada podemos encontrarnos con estos títulos perdidos en una nebulosa que nunca encontraron un tiempo para tener una puesta en valor. Si pasaron por Vietnam y visitaron los lugares comunes, esta película podría resultar un hallazgo en el afán por sumar una pieza más a un tema enorme y tratado muchas veces.



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