La inauguración oficial de un movimiento de mujeres organizado en Palestina ocurrió tras los incidentes del Muro de los Lamentos en 1929. Las repercusiones de aquella violencia, que resultó en la muerte de 133 judíos y al menos 116 palestinos, el arresto de 1.300 personas (en su mayoría palestinos) y la ejecución de tres palestinos— tuvieron un profundo efecto en la sociedad nativa. El movimiento nacional, que inicialmente había dirigido sus esfuerzos hacia el gobierno británico y la opinión pública internacional mediante delegaciones y cartas enviadas a Londres, hacia mediados de los años 30 recurrió a tácticas más militantes que desembocaron en la Revuelta Árabe de 1936-39.
Fue en este contexto de crisis creciente que las mujeres palestinas, respondiendo al llamado del Comité Ejecutivo Árabe -la dirigencia del movimiento nacionalista en aquel momento-, decidieron actuar organizando formalmente su propio movimiento político. Desde 1910 existían asociaciones benéficas de mujeres, fundadas y dirigidas por ellas mismas, que cumplían funciones socioeconómicas importantes, especialmente tras la devastación que siguió a la Primera Guerra Mundial. Las mujeres palestinas también habían participado tempranamente en protestas contra las políticas británicas, aunque de manera menos organizada. En 1920, por ejemplo, 29 mujeres del norte de Palestina protestaron contra la Declaración Balfour en una carta dirigida al administrador jefe de la región: “Nosotras, damas musulmanas y cristianas que representamos a las mujeres de Palestina, protestamos enérgicamente.” También participaron en los disturbios violentos de Jaffa en 1921, formaron comités, recaudaron fondos y confrontaron directamente al gobierno en asambleas reclamando independencia y el fin de la inmigración judía.
Sin embargo, lo que ocurrió el 26 de octubre de 1929 fue distinto: por primera vez, las mujeres palestinas lanzaron deliberadamente un movimiento organizado, cuyo evento inaugural fue el Congreso de Mujeres Árabes de Palestina, celebrado en Jerusalén. Más de 200 mujeres de todo el país asistieron al congreso, que aprobó resoluciones relacionadas con la cuestión nacional y se comprometió a “apoyar todas las resoluciones y demandas del Comité Ejecutivo Árabe”. Una delegación presentó las resoluciones al alto comisionado británico y, al regresar, las participantes realizaron una manifestación en caravana de automóviles: recorrieron Jerusalén tocando bocinas, visitaron consulados extranjeros y cerraron el congreso con la elección de un Comité Ejecutivo de Mujeres Árabes (AWE, por sus siglas en inglés), encargado de ejecutar las decisiones del encuentro.
Las actividades fueron cuidadosamente planificadas, mostrando la sofisticación política de sus organizadoras. La prensa fue informada con anticipación, y el AWE, que aparentemente “se eligió” en el congreso, ya existía en reuniones previas donde se habían redactado las resoluciones. La manifestación, tampoco espontánea, había sido anunciada una semana antes. Ante la amenaza del alto comisionado de prohibirla, los líderes musulmanes intervinieron para permitir su realización bajo condiciones: en automóviles, sin discursos, con escolta policial y un itinerario fijado.
Aunque las resoluciones del congreso se centraron principalmente en la cuestión nacional, el movimiento situó el género en el primer plano de la conciencia política palestina. Uno de sus objetivos explícitos fue impulsar un “despertar nacional de las mujeres árabes [nahda] como en otros países”, estableciendo contacto con organizaciones femeninas de Egipto, Irak y Siria, y unificando el movimiento mediante la creación de asociaciones árabes de mujeres. También propuso fomentar la economía nacional y difundir la cultura árabe en Palestina.
Esta conciencia de género fue discreta, a menudo subversiva más que abiertamente feminista en el sentido contemporáneo del término. Las mujeres no se definían como “feministas” sino como actoras políticas en el seno del movimiento nacional, pero su acción transformó profundamente el espacio público. Al llamarse a sí mismas “el movimiento de mujeres”, las fundadoras del AWE adoptaron una posición política inédita: afirmaban su capacidad de representación y decisión colectiva en un ámbito dominado por estructuras patriarcales, coloniales y religiosas.
El AWE se constituyó como órgano ejecutivo de la Asociación de Mujeres Árabes de alcance nacional, fundada en el congreso de 1929. Sus estatutos declaraban el propósito de “elevar el estatus de las mujeres” mediante el desarrollo económico y educativo y de apoyar las instituciones nacionales. Pronto surgieron filiales en Acre, Gaza, Haifa, Jaffa, Nablus, Nazaret y Ramla, aunque Jerusalén fue el núcleo principal desde donde operaba el liderazgo del movimiento.
Cine y archivo: reconstruir la historia desde la mirada de las mujeres
Casi un siglo después, la cineasta palestina Mahasen Nasser-Eldin recupera este episodio fundacional en su película The Silent Protest: Jerusalem 1929 (2019). El film reconstruye aquel día en que, según los registros históricos, alrededor de 300 mujeres palestinas convergieron en Jerusalén para protestar en caravana contra el sesgo británico en el levantamiento del Buraq. Su manifestación fue silenciosa, pero su gesto resonó como una afirmación colectiva de ciudadanía, modernidad y resistencia femenina.
Mahasen Nasser-Eldin —nacida en Jerusalén, con una maestría en cine en Goldsmiths College (Londres) y otra en Estudios Árabes en Georgetown (Washington)— se ha especializado en reactivar memorias ocultas a través del cine de archivo y la reescritura visual de la historia. Su trabajo, entre la investigación histórica y la experimentación estética, busca devolver visibilidad a figuras marginadas, especialmente mujeres borradas de la narrativa nacional palestina.
En The Silent Protest, Nasser-Eldin combina fuentes de archivo con recreaciones visuales y narraciones poéticas para restituir presencia y agencia a las mujeres que protagonizaron aquel acto fundacional. La película no se limita a ilustrar un evento; lo revive, lo resignifica y lo reinscribe en el imaginario visual palestino. A través de la voz en off, las fotografías recuperadas y los fragmentos de documentos, el film se convierte en una suerte de contraarchivo feminista que desafía la invisibilización histórica.
La elección del silencio como forma de protesta —reproducida en el título del film— adquiere múltiples resonancias. Por un lado, refleja las restricciones impuestas por la autoridad colonial, que prohibió discursos y consignas. Por otro, el silencio se transforma en un lenguaje político, una estrategia de resistencia frente al poder imperial y patriarcal. Nasser-Eldin traduce ese silencio en imágenes: rostros, miradas, desplazamientos. La ausencia de sonido se vuelve elocuente; la quietud, una forma de insurgencia.
El film de Nasser-Eldin no solo reconstruye un momento histórico, sino que interroga la relación entre historia, género y memoria nacional. ¿Quién cuenta la historia del nacionalismo palestino? ¿Qué voces quedan fuera del relato heroico y masculino de la resistencia? Al centrar su atención en el Congreso de Mujeres Árabes de 1929, la directora ilumina la dimensión femenina del despertar político palestino y desmonta la noción de que las mujeres ocuparon un lugar marginal o “auxiliar” dentro de la lucha.
En este sentido, The Silent Protest funciona como una relectura feminista del archivo nacional. Las mujeres que en 1929 marcharon en automóviles, escribieron peticiones y negociaron con las autoridades británicas, lo hicieron desde una conciencia aguda de su papel histórico. Nasser-Eldin rescata esa agencia y la traduce en lenguaje cinematográfico: una historia contada desde las ausencias, donde las fotografías se animan, las cartas se leen en voz alta y las sombras del pasado adquieren cuerpo en el presente.
La directora logra, además, un diálogo entre el pasado colonial y el presente de ocupación. El silencioso desfile de automóviles en 1929 resuena con las actuales formas de resistencia cotidiana de las mujeres palestinas bajo la ocupación israelí. En ambos casos, la lucha se libra en el espacio público y simbólico, a través de la visibilidad, la memoria y el cuerpo.
El trabajo de Mahasen Nasser-Eldin revela cómo el cine puede funcionar como un espacio de reparación histórica y política. Al rescatar las voces y los gestos de las mujeres palestinas de 1929, el film cuestiona tanto las narrativas coloniales británicas como las masculinidades hegemónicas del nacionalismo. Su gesto cinematográfico es doble: arqueológico y emancipador.
El archivo, reescrito desde una mirada de mujer, deja de ser un depósito muerto y se convierte en un campo de disputa simbólica. En ese sentido, The Silent Protest: Jerusalem 1929 no solo recupera un episodio olvidado, sino que propone una metodología de resistencia visual: mirar hacia atrás para reconstruir el futuro.
Así, el eco del 26 de octubre de 1929 —el rugido silencioso de cientos de mujeres palestinas en caravana— resuena hoy como una genealogía de lucha feminista y anticolonial. La película de Nasser-Eldin devuelve voz, rostro y movimiento a esas mujeres que, en pleno mandato británico, se atrevieron a imaginar una nación libre y un lugar propio dentro de ella.



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