En mi estudio, la gente a menudo me pide que cubra una cicatriz con un tatuaje. Mi trabajo no es borrar la herida, eso es imposible. Es transformarla. Es tomar algo que nació del dolor y convertirlo en una marca de belleza, en una historia que eliges contar. Creo que el director Tarsem Singh entiende este proceso mejor que nadie. Su cine no cuenta historias; las cicatriza en la pantalla. Y su obra más dolorosa y hermosa, The Fall, es la prueba de que las imágenes más bellas a menudo nacen de los lugares más rotos.
La película es, en su superficie, un cuento de hadas contado por un hombre postrado en una cama de hospital, Roy, a una niña pequeña, Alexandria. Roy es un doble de acción que ha quedado paralítico, y su historia es un acto de manipulación: un cuento épico lleno de héroes y villanos que utiliza para ganarse la confianza de la niña y convencerla de que le robe morfina para poder suicidarse. Pero a medida que cuenta la historia, la imaginación pura de Alexandria empieza a infectar su narración oscura y cínica.
Y aquí es donde Tarsem, que viene del mundo de los videos musicales, desata su genio. El mundo del cuento no es un escenario de fantasía genérico. Es un lienzo vivo, compuesto por los paisajes más surrealistas y espectaculares de nuestro propio mundo, filmados sin un solo efecto digital. Vemos a un místico indio emerger de un árbol en llamas, a un experto en explosivos nadando con un elefante, a un bandido enmascarado vagando por la ciudad azul de Jodhpur. Cada fotograma es una pintura barroca, una composición tan abrumadoramente bella que duele.
La escena que, para mí, define su alma como artista es la boda roja. En el cuento de Roy, la novia del bandido enmascarado se casa con el villano. La ceremonia se celebra en un palacio de una blancura cegadora. Los sacerdotes, vestidos con túnicas rojas extravagantes que parecen obras de papiroflexia, realizan un ritual hipnótico. La música, la Séptima Sinfonía de Beethoven, es majestuosa, solemne. Y entonces, en medio de esta belleza casi sagrada, estalla la violencia. Los secuaces del villano masacran a los invitados. Y la sangre, de un rojo imposible, salpica la arquitectura blanca, la ropa, los rostros.
Tarsem filma esta masacre no como una escena de acción, sino como un ballet trágico. Todo es a cámara lenta. Los cuerpos caen con una gracia terrible. No hay gritos, solo la música de Beethoven que sigue sonando, indiferente a la carnicería. Esta es la firma de Tarsem: la yuxtaposición de una belleza sublime con un dolor insoportable. Es la prueba de que para él, la estética no es una decoración; es el lenguaje mismo de la emoción.
En el mundo real del hospital, Roy está perdiendo la esperanza, y su desesperación se filtra en el cuento, manchando la belleza con sangre. Pero incluso en su momento más oscuro, no puede evitar contarlo de una forma hermosa. Es la compulsión del artista. Es la necesidad de transformar el dolor en una imagen que te deje sin aliento.
The Fall es una película sobre por qué contamos historias. Las contamos para escapar, para manipular, para sanar. Y al final, la inocencia de Alexandria obliga a Roy a cambiar su final, a salvar a sus personajes, y en el proceso, a salvarse un poco a sí mismo. La cicatriz no se borra, pero la historia que se cuenta sobre ella puede cambiar. Y eso, para un director como Tarsem, y para una tatuadora como yo, es lo más cerca que estaremos de un milagro.




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