Cartografías invisibles y la clausura del Décimo Festival Mamut 2025, en Medellín 


“Today everyone wants to be a DJ. No body wants to dance”

¿Saben qué? ¿Me gusta mi nueva vida? No es tan nueva y no es una vida normal (No tienes que querer parecerte a la gente normal, dicen los Viva Suecia en su recién salido álbum).

Pero es una vida.

Es una vida de por-venir y lo que es mejor: una vida en presente, en presente como el cine, según Deleuze lo que pasa en el cine siempre pasa en presente y, agregaría yo, lo que pasa en el cine se queda en el cine.

Escribo esto recién se clausura el Festival de Cine Especulativo de Coocine en Santa Elena, Medellín, durante la esquina silenciosa de algún domingo del 2025 y no debería escribir en tono periodístico, ni siquiera literario. Debería escribir sobre aquel festival en formato abstracto, medio autista, medio intimista pues no me cabe una sola transparencia más en la retina, ni una sola imagen pixelada, ni un sólo golpe de efecto, ni una sola distorsión, ni una sola bella textura inflada desde el celuloide al video.

De algo se tenía que tratar el tema de especular, ¿no?. Llueve lentamente sobre la ciudad. Es la lluvia de octubre. Una lluvia macilenta. Una lluvia vetusta, de estado de conmoción interior, como en los corazones jóvenes. Una lluvia de no poder aferrarse a nada, una lluvia de dar la ilusión de poder aferrarse a algo y lo que es peor: a alguien. Una lluvia que trata sobre poder anclarse al vacío. Como Santa Elena, vaya. Están las puertas cerradas y la ventanas también, no será que nuestra gente está muerta, resuena una canción.

No obstante, esto va sobre un festival. Y digo que fue exitoso en lo personal porque nunca antes había hablado tanto sobre la vida en un festival cuando a los festivales uno va a hablar sobre cine (lo cual parezca que es lo mismo pero nada dista más de la realidad: cine y vida son dos asuntos absolutamente distintos).

A los festivales de cine, especialmente de repúblicas bananeras, la gente va es a posar, a entusiasmarse exageradamente por asuntos que no deberían entusiasmar, en resumidas cuentas, la gente va es a quedar bien con la peña. Pero que la gente se sincere filosóficamente sobre las historias personales, más bien poco, casi nada.

Abro la puerta de casa y doy gracias a Dios. De nuevo en casa, me digo. Ha sido un finde´ salvaje. Bienvenido a casa, buen hombre, me repito a mí mismo. Cancelo a Vetusta Morla en mis iPods. Su álbum Mapas no lo conocía pero lo puse pensando en que fui el único del taller que se quedó sin presentar su propuesta: una cartografía de las casas en que he vivido. Proyecto imposible de desarrollar en tres días. ´´Conjuro el presente en el retrovisor´´, oigo escuchar como última frase de Vetusta..

Sancho, Grok, La Puta Chanda, Snoopy, como le quieran llamar, sale a recibirme. Lo más parecido a una casa es un sujeto de cuatro patas boleándote la cola. Me resuenan las palabras de uno de mis interlocutores del día: ´´Por favor no vaya a hacer eso, no meta esa vieja a su casa, las mujeres joden mucho, te hacen la vida imposible, no sé qué hacer con la mía, ando un encarte tenaz’’. Raro, pienso. Nadie está contento con su situación sentimental a menos que lleve unos cuantos meses de enamoramiento. Pienso en las últimas chicas que han estado en esta casa, errores garrafales. Uno sigue fallando. Estamos condenados a errar. De nada sirven la experiencia acumulada.

Suena aun un pequeño radiecito que siempre le dejo prendido a Sancho y lo apago. El silencio, la parsimonia de la llovizna y las voces de mi vecino y su novia me suenan a gloria, (siempre están riéndose, siempre inofensivos, siempre domésticos a pesar de no vivir juntos). Agradezco por ellos. Todavía no he llegado a la plenitud zen de agradecer por mi otro vecino ni por nada que trate de darme lecciones de vida, pero hasta en este regreso agradezco por él y que, sobre todo, no se le escuche en noches como ésta.

El Festival. Un éxito. Habemus teatro en Santa Elena. Y en El Plan, allí donde vos lo habías intentado tanto. Debería ser comercial, pienso. Como los teatros Procinal y esas cosas. Los multiplex. Con rotación de programación periódica y que tales. Por demás, nada de butacas ni chichipatas sillas Rimax. Sendos sofás. Alfombra, proyector decente. Pantalla generosa. Pequeño, entrañable, acogedor. Gente joven estupenda, amigos de la casa, amigos entre ellos, bueno, por lo menos codependientes, sin kilometraje, pero bellas almas jóvenes con unas ganas victoriosas de vivir, de sentir el placer de estar vivos. De allí que, tal vez, por dicha causa se hayan inventado un festival que le haga homenaje a las formas que ves en tus glóbulos oculares cuando cierras los ojos. En resumidas cuentas, todo el festival se trató de eso, de cerrar los ojos y revisar qué hay allí, de no querer mirar el mundo, lo de afuera, lo de las noticias y todas esas chorradas. Ya se sabe que el arte se trata más de ocultar, sugerir, que de mostrar. Pero, ¿negar?

Abro Whatsapp. Ningún mensaje que valga la pena. Luego Instagram. Lucas Guingue de Bajotierra: “Qué bueno que fuiste anoche”.

Marica: nadie te escribe nada, para nada, pero te escribe uno de los poco ídolos que te quedan en la vida. Un man que está a un millón de años luz de cualquier persona que se atreva a empuñar una guitarra en esta ciudad. Lo agradezco de todo corazón. Al final las piezas del puzzle siempre caen en su justo lugar. La gente que es. No necesitás más. Fue una noche divina, viejo Lucas, le contesto. Y sí que lo fue. Una de aquellas noches. Noches out of pression. Todo el mundo bien, todo el mundo cool, con amigos, hablando de nada, hablando de todo, grandes chistes, malos chistes, muchas carcajadas, ni siquiera risas, carcajadas auténticas, nada de falsas relaciones públicas. Danza, mucha danza.

Pero mensajes de redes sociales no significan nada y eso lo saben mejor estos chicos que albergan una nostalgia por el 16 mm, el 35 mm, los dispositivos raros, juguetes, tecnologías para encontrarse sin haberse perdido.

Pobres criaturas, me digo. Da un poco de grimilla que estén tan asustados, tan regañados. Son los primeros en muchas generaciones que les ha tocado enfrentar una pandemia y un genocidio en vivo y en directo durante, quizás, sus años más tiernos. Así como nosotros enfrentamos bombas y sicariato marca Pablo Escobar, ellos no descubrirán las marcas del trauma hasta dentro un par de décadas o más. Por lo pronto tratan de estar lo más cerca los unos de los otros.

Como en todo festival, la gente habla de cine, comenta ires y venires de los conocidos mutuos.

Tampoco falta la ancianidad institucional expresada en alguna persona que se ha extraviado en su propio quehacer cinematográfico, intriga, trata de manipular, lagartea, fabrica énfasis, trata de subrayar lo que ya está subrayado, se sobreactúa, posa de juvenil, en últimas trata de aferrarse al cuento de su cuento. La típica persona del cine corrupta (existe la falsa creencia al interior de mucha masa de de que si sos de izquierda y metide en el “humanismo” no hacés torcidos), que se niega a admitir que existe un relevo generacional y que olvida de sus pequeñas estaciones que alguna vez hizo en el sistema de redes que la llevaron adonde está (o que por el contrario las recuerda muy bien). La gente que, en últimas, le mete tensión y drama a lo que es una bella tarde de sol en Santa Elena donde algunos vamos sólo a relajarnos y hacer contacto con la tierra, a tumbarnos en el pasto y dejar que la circulación de la sangre haga lo suyo, mientras pasa algún perro y te lame la cara.

La lectura final es que en todo festival de cine, este tipo de actitudes titiriteras son las que se imponen. Un regodeo de bajas pasiones que se roban el protagonismo por encima de otras conversaciones al margen, más susurradas, más de filosofía barata, de deseos de buen viaje, de agradecimientos por ser parte del camino, de workings in progress, de odios políticos enceguecidos, de melancolías confesadas, por adioses, por ciclos a cerrar, por la inutilidad en el asunto de volver a los lugares, por su utilidad, por deseos de buen viaje y buena mar. Ah, el amor, el amor, cómo pega de duro a esa edad. Y ¿de qué se trata el cine con mayúsculas, sino del amor?.

Y ¿tus mapas, tus cartografías?, me preguntan un par de chicas en diferentes momentos de la tarde. Bien gracias, les contesto. Al final, había resuelto reducir el proyecto de mapas a una docena de fotos de espacios claves en el Colombo Americano, recinto que alberga buena parte de mi historia tanto emocional como profesional. Sin embargo, la energía se tornó en otra cosa. Energía de espectador que no necesita tanto de figurar sino de sentarse con el trago en un rincón y sólo mirar. Ver el trabajo de los otros, recordar que la cosa empezó viendo y no tanto haciendo. Una energía de ir a cine, sentarse en cómodos sillones, comentar un par de cosas con la cinéfila del lado y celebrar. Celebrar la creatividad, más que el arte. Robarse acaso un par de ideas sobre tratamiento de la imagen en movimiento, pero no más.

De regreso a casa, me doy cuenta, capto, que pasar por esta vereda no es cualquier cosa. Te preguntas cómo hiciste para vivir en estos lugares donde no hay vida humana después de las 7 de la noche. Parás a los cinco minutos de viaje, te desvías un poco y notas que aquella casa, donde pasó casi todo, ha sido sepultada por feas y desorganizadas construcciones alrededor. No es cualquier cosa recorrer esta vereda. He aquí tu verdadero mapa, te dices. Aquí te divorciaste, aquí te volviste a enamorar, aquí enterraste una mascota, aquí hiciste una película, aquí te extraviaste en el monte, aquí dormiste en una cuneta por ponerte a beber con montañeros que no cuidan a nadie, aquí, aquí, aquí fuiste feliz.

Entonces, vuelve el tema recurrente de toda la tarde en dos o tres de tus conversaciones: ¿Vale la pena volver?

Mientras miras el desastre urbanístico, llamas a un amigo de medios. Medio famosillo. Uno que se la cree posando de que no la se la cree. Uno que vive a dos minutos de allí. Contesta la video llamada sólo para mostrarte su nueva novia. Te impresionas de las ironías de la vida. Su cabeza tiene la misma forma de la cabeza de Karol G, aquella superstar que él mismo odia arguyendo una razón del mismo orden, algo que uno no nota hasta que tiene un amigo muy comic: ´´No soporto a Karol G, tiene la cabeza deforme’’. Uf. En realidad a menudo soltamos unas perlas. Pero bueno, hay profesiones de profesiones y este man se gana la vida burlándose de los defectos de los demás, te dices al colgar.

Sigues, avanzas en medio del frío. De tanto esquivar huecos piensas que vos no te venís a vivir de nuevo a este lugar ni loco, ni porque te paguen y a pesar de que varios amigos campesinos te vienen ofreciendo sendas casas por 700 mil al mes. Una ganga.

Haces un par de estaciones más y te impresionas de todo lo que cambia el paisaje en 5 años. Para mal, obviamente. Juegos de la percepción, quizás. He aquí tus cartografía. Podrías sacar la cámara y tomar fotos. Pero tu batería mental ya anda en low. Ha sido un largo fin de semana. Demasiada vida en pocas horas.

Al llegar a la carretera principal te devuelves y vas por los desvíos que llevan a la casa de ella. Tu gran foto mental. La foto de tus últimos 5 años y que ahora por fin ha dejado de chorrear tinta y sangre por los bordes. Qué sangre, qué sangre. Es hora de los efectos, piensas, aunque ya no te cabe en la vista ni un fotograma retocado más.

Quizás un virado en sepia vendría bien. Algunos pelos adheridos a la patina del celuloide. Algún transfer de álbum familiar. Por esta calle la viste huirle a la lluvia la noche en que empezó todo. Apagas el motor frente a su casa. La mismas macetas bien cuidadas y floridas juegan con la luz del poste. Su esencia aun se refleja en aquella fachada. Una energía femenina, fashion. Delicadas cortinas. Debes agradecerle tanto a ese dolor. No parece que estuviera nadie allí. Las luces están apagadas y aun es temprano.

Parece que logró cambiarle el techo a la casa. Te alegras por ella. Tal vez deberías retornarle los frascos con los que te regalaba tal vez curry o quién sabe qué brebajes, ya ni lo recuerdas. Sólo recuerdas que te dijo: los frascos me los guardas, no te vas a quedar con ellos. Luego otra frase: “en el amor, todo se trata de cuidar”.

Un perro empieza a ladrar, sale de una de las lujosas fincas aledañas. Todo tan muerto, excepto el perro. Creo que es hora de partir. Enciendes el motor. Tal vez debería traerle los frascos, te dices. O quizás no. Aprietas el acelerador. Paras en el Silletero y sacas tus audífonos. Necesitas ponerle banda sonora a esta última foto. Quizás tu última foto de amor. El trozo de video que lo cambió todo. Tanto, tanto dolor. Tanto como nunca te habías imaginado que pudiera existir. Un dolor de esos que se había vuelto soma. Se te ocurre Mapas, el álbum de Vetusta´ que nunca habías escuchado excepto por un par de canciones.

Dónde estaría. Algo te dice que aun seguía viviendo allí.

Llegas a casa. No fue tan largo el viaje. Abres la puerta, apagas Spotify. Te sacas los auriculares. La radio, el perro, los vecinos.

¿Saben qué? Me gusta mi nueva vida. Me gusta harto.

Ha sido un largo fin de semana, especulando con el cine.

REDACCIÓN NEBLINA.

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