La función que nunca termino  

Siempre me gustó el cine. Desde niño, las salas oscuras me parecían templos donde los sueños y los miedos podían proyectarse en una misma pantalla. Pero aquella noche, en el viejo Cine Aurora, aprendí que algunas películas no terminan cuando se apagan las luces… sino cuando se apagan las almas.

Era un viernes de octubre, justo antes de Halloween. Mis amigos —Diego, Vale y Martín— me convencieron de ir a una maratón de terror que prometía proyectar “clásicos malditos del siglo XX”. El anuncio decía que serían películas que solo se habían mostrado una vez, en cines que cerraron poco después. Parecía un truco publicitario, pero la curiosidad nos ganó.

El Cine Aurora estaba en una esquina olvidada del centro, con un letrero desteñido y butacas cubiertas de polvo. Al entrar, un olor a humedad y palomitas rancias llenó el aire. El taquillero, un hombre mayor con una mirada perdida, nos vendió las entradas sin decir una palabra. Cuando le pregunté a qué hora terminaba la función, solo respondió:
—Depende de si el proyector aguanta.

Nos reímos, pensando que era parte del show.

La primera película empezó: La sonrisa del celuloide —un título que no habíamos oído jamás. El sonido crepitaba y la imagen parecía demasiado real, como si no fuera una simple filmación. La cámara seguía a una mujer que trabajaba en un cine vacío, limpiando los asientos mientras algo, o alguien, la observaba desde la cabina.

A los veinte minutos, la película se detuvo por un segundo. La pantalla parpadeó y, por un instante, la mujer miró directamente hacia nosotros. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Eso fue raro —susurró Vale.

Seguimos mirando. En la escena siguiente, la mujer escuchaba pasos detrás de ella y volteaba. Al hacerlo, el proyector del Cine Aurora empezó a hacer el mismo ruido metálico. Giré hacia atrás y vi una sombra moverse detrás del cristal de la cabina. No era el taquillero. Era alguien más, inmóvil, mirando hacia nosotros.

Diego gritó:
—¡Oye, basta del show!

Pero el proyector siguió girando. En la pantalla, la mujer se acercaba a una puerta entreabierta. Y en la sala real, la puerta lateral se abrió lentamente, con un chirrido idéntico. Nadie estaba ahí.

Martín encendió la linterna del celular, pero la luz titiló y se apagó. En ese momento, la película se detuvo. La imagen congelada mostraba una sala vacía, idéntica a la nuestra. En el fondo de la pantalla podía verse algo que parecía… nosotros. Cuatro figuras sentadas en la oscuridad, mirando hacia adelante.

El corazón me latía tan fuerte que apenas podía respirar.
De pronto, la cinta volvió a moverse, mostrando a las cuatro figuras levantándose, una por una, hasta que solo quedaba una: yo.

Las luces se encendieron de golpe. Mis amigos ya no estaban. Me levanté desesperado, gritando sus nombres. Corrí hacia la cabina de proyección. La puerta estaba entreabierta y olía a polvo quemado. Dentro, solo había una silla giratoria que todavía se movía lentamente.

Cuando bajé al lobby, el cine estaba vacío. No había taquillero, ni ruido, ni siquiera viento. Las puertas principales estaban cerradas por fuera. En la cartelera, alguien había pegado un nuevo afiche: Gracias por quedarse hasta el final. Función única.

Golpeé la puerta, pero nadie respondió. Saqué mi celular: sin señal. Volví a la sala. En la pantalla, la película seguía proyectándose. Esta vez, mostraba a un chico corriendo por los pasillos del Cine Aurora. Yo.

Y justo antes de que pudiera gritar, el proyector se detuvo. La luz se apagó. Todo quedó en silencio.

Desperté a la mañana siguiente, tirado en el suelo, con la puerta abierta y la luz del sol entrando por la ventana rota. Mis amigos nunca aparecieron. La policía dijo que el Cine Aurora llevaba cerrado más de diez años. Que no había ninguna función esa noche.

Nadie me creyó. Pero a veces, cuando paso por esa esquina, veo el letrero titilar un segundo. Y juro que puedo escuchar el sonido del proyector encendiéndose, como si alguien aún siguiera mirando la película.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

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