Vivimos en una sociedad de subjetividades cada vez más atomizadas. Cada uno tiene su propio diario, su propio noticiero y su propia radio, hechos a la medida de su algoritmo. El infinito océano de datos que volcamos -regalamos sería más justo- día a día en nuestros consumos digitales así lo permite. Aunque muchas veces la receta se parezca y veamos en distintas redes los mismos memes, curiosidades o chistes, desde lo informativo, lo que forma nuestro pensamiento político e intelectual es algo así como nuestro ADN: todos los humanos compartimos el 99,9% de nuestros genes, y es apenas el 0,1% el que nos hace diferentes, y define nuestra individualidad ya sea en nuestro color de ojos, de pelo o nuestra fragilidad frente a ciertas enfermedades. Así, también se conforma nuestra mirada frente a la realidad. No podemos ver un bien o un mal en conjunto, sino a través del prisma de nuestro contexto social, cultural y, creo que sobre todas las cosas, de nuestras redes sociales.
Así, los hechos pueden tener diversas lecturas. Un votante puede ver en la salud y la educación pública libre y gratuita un logro colectivo y otro puede sentirlo como un lastre. Lo mismo con el endeudamiento frente a ciertas potencias u organismos de financiamiento internacional, con la libertad de expresión, con el respeto por la diversidad, la inmigración, la distribución de la riqueza o lo que sea que esté en discusión, incluídos casos de corrupción, narcotráfico y otros delitos. Elegimos a quién creerle y formamos nuestra realidad desde la emoción más que desde el punto de vista racional e intelectual. Todo esto viene a cuento de que vi “Todos los hombres del Rey” (2006), un drama político protagonizado por Sean Penn, Jude Law, Kate Winslet, James Gandolfini, Mark Ruffalo, Patricia Clarkson y Anthony Hopkins, y adaptado para el cine y dirigido por Steven Zaillian, en base a la novela de Robert Penn Warren, ganadora del premio Pulitzer de 1946. Y me sorprendió el rechazo de la crítica a una película que me pareció muy buena. Y más me sorprendió ver que el político en el cual está inspirada, Huey “The Kingfish” Long, apodado El Mandamás, resultó ser una figura de doble filo para la opinión de los estadounidenses por su mirada política.
¿Cuánto de la mirada con respecto a la persona habrá en el juicio negativo hacia la película? Ante todo, entonces, deberíamos hablar acerca del personaje genialmente interpretado por Sean Penn, Willie Stark, que fue Huey Long en la vida real. Nacido en una familia de clase media, Long trabajaba como vendedor ambulante para costear sus estudios como abogado. En esa profesión se destacó por defender a los granjeros pobres y a los obreros. Apoyado por el partido demócrata, ganó las elecciones a Gobernador de Louisiana en 1928, y desde el poder enfrentó a los principales terratenientes y empresarios del estado movilizando a los sectores populares, a los que brindaba ayuda social con alimentos y dinero, construyendo rutas, escuelas y hospitales. "Cada hombre es un rey, pero ninguno tiene corona", era su lema y propuso que los ricos, a quienes llamaba “parásitos” debían pagar más impuestos. Para unos era un benefactor y un protector, para otros un tirano populista al que acusaban de corrupción y autoritarismo.

Luego, como senador, el programa de Huey Long fue “Compartamos nuestra riqueza”, un audaz proyecto redistributivo para la democracia estadounidense que proponía cobrarle a las grandes empresas del estado un 1% de impuestos que irían en aumento a partir del millón de dólares de ganancias. El objetivo, una vez más, era destinar esos fondos a las clases populares en proyectos sociales. Se enfrentó abiertamente a la Compañía Petrolera Standard Oil, a la que acusó de criminal, asesina doméstica, conspiradora y ladrona por haber provocado La Guerra del Chaco (1932-1935) y financiar al ejército boliviano para quedarse con el Chaco Paraguayo. "Estos criminales han ido allá y han alquilado a sus asesinos”, denunció. Desde la vereda de enfrente, lo acusaban de manipular jueces y políticos para poner gente de su confianza. Paradójicamente, Long se manifestaba abiertamente en contra del socialismo y de los sindicatos, en defensa del conservadurismo social de Louisiana. Sin dudas, un personaje excéntrico dentro de la política del país del norte y, como todos, con sus propias virtudes, defectos y contradicciones.

En la película esa dualidad está genialmente lograda. El espectador nunca termina de descifrar si Willie Stark es bueno o malo. El personaje, a pesar de sus matices, no tiene medias tintas y defiende sus ideas con mucha potencia y desbordante carisma, muchas veces al filo de la violencia. “Para un campesino no hay nada mejor que otro campesino”, suele repetir como un mantra existencial. “Sean es poderoso, es muy reflexivo y es carismático. Todas las cualidades que posee Willie Stark”, lo piropea el director. “Conozco a Steve Zaillian desde ‘El Juego del Halcón', que él mismo escribió. Es un hombre tremendamente comprometido y con un talento terrible. Estoy encantado de que me diera este papel”, retribuye el actor dos veces ganador del Oscar.

Otro rol clave es el de Jack Burden, el narrador principal de la historia interpretado por el actor británico Jude Law. Se trata de un periodista idealista que se enfrenta con la aristocracia a la cual pertenece, incluído su padrino el Juez Irwin (Antonhy Hopkins) y a los editores de su periódico. Su lugar también es ambiguo, porque si bien se une a Stark en su carrera política, nunca deja de sospechar de él con una mirada crítica hacia sus formas e ideas. Un conflicto sentimental cruzado termina desatando un triple enfrentamiento que desemboca en un final inesperado y brutal, donde hay traiciones y desengaños. “El papel de Jack Burden es muy interno. El libro permitía al lector entender sus pensamientos, pero es difícil hacer eso en una película. Necesitás un actor que pueda sugerir la personalidad interna del personaje. Jude era ideal para este personaje porque puede unir todo eso mediante su comportamiento físico", explicó el director. “Claramente, el reparto de esta película es lo máximo, Jude es con quien más interactué en pantalla y nunca he tenido una experiencia mejor con otro actor”, declaró Penn.

En esto concuerdo con el protagonista, el reparto es impecable y cada actor es perfecto para su rol. La adaptación del texto también está muy bien lograda. Vale la pena aclarar que es la segunda versión de la novela llevada al cine, la primera fue “El político”, de Robert Rossen, ganadora de tres Oscar en 1950, incluyendo Mejor Película. Steven Zaillian fue nominado al Oscar cinco veces por sus guiones: “Despertares”, “La lista de Schindler” ( ganador), “Pandillas de New York”, “El juego de la fortuna” y “El Irlandés”. Es llamativo, desde mi punto de vista, que las críticas de “Todos los hombres del Rey” no hayan sido buenas. Pero volviendo a la hipótesis del comienzo, cada mirada es única e irrepetible, y en su juicio hay mucha más información de parte de la emoción y el nervio que nos moviliza que de un análisis estricto y calculado. A fin de cuentas, es arte, y de lo único que un artista se debe sentir orgulloso, más allá de ofrecer emoción y belleza, es de alimentar el pensamiento colectivo con ideas que nos ayuden a repensarnos con espíritu crítico y disruptivo.



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