La noche que decidí ver la versión más reciente de IT (Eso) fue, sin saberlo, la puerta a una clase de terror que Hollywood jamás podría replicar. No era la primera película de miedo que veía, pero algo en la sonrisa de Pennywise, en su promesa de "todos flotan", se me había clavado en la mente de una forma particularmente desagradable.
Recuerdo la escena del desagüe, el globo rojo y esos ojos amarillos... Al terminar la película, intenté restarle importancia. Fui a la cocina, tomé un vaso de agua y volví a la tranquilidad aparente de mi sala. Pero el silencio que siguió no era normal; era un silencio pesado, de esos que te hacen consciente de cada diminuto sonido.
Apagué la televisión. La oscuridad me envolvió de inmediato. Y fue justo ahí, en ese instante de total quietud, que sucedió.
No fue un ruido fuerte ni un golpe. Fue algo mucho peor, algo íntimo y helado. Sentí un aliento frío justo detrás de mi oreja derecha, y una voz, que no era ni un susurro ni un grito, sino algo entrecortado y juguetón, perforó la calma:
— “¿A dónde vas tan rápido?...”
Salté del sillón con el corazón golpeándome las costillas como un tambor frenético. No había nadie. Revisé puertas, ventanas. Nada. Me convencí de que había sido mi propia mente, exhausta y sugestionada por el miedo.
Me acosté, aún tenso, tratando de conciliar el sueño. Apenas estaba cerrando los ojos cuando, esta vez, la voz volvió, más clara y aún más cerca, resonando directamente dentro de mi cabeza:
— “Flota. Es divertido, ¿verdad?...”
Era la voz de Pennywise, modulada con esa risita infantil y malvada. Me levanté como un resorte, sintiendo que la piel me ardía de pánico. Encendí todas las luces de la casa. Desde esa noche, la película dejó de ser ficción. Cada vez que el silencio se hace profundo o la luz parpadea, temo que esa voz regrese para recordarme que, para Pennywise, el miedo nunca termina, solo se hace más personal. Desde entonces, sé que el verdadero terror no está en la pantalla, sino en el eco que deja en tu propia oscuridad.
El susto inicial por las voces pasó, pero la paranoia se instaló como un inquilino permanente. Intenté volver a mi vida normal, trabajar, ver series... pero la paz ya no existía.
El terror dejó de ser auditivo para volverse visual, aunque de una manera fugaz y perturbadora. Cada vez que pasaba frente a un espejo, no veía al Pennywise completo, sino algo mucho más sutil y dañino:
En el rabillo del ojo, por una fracción de segundo, la esquina de mi boca parecía estirarse en una sonrisa demasiado amplia, una mueca que no era mía, acompañada por un fugaz destello de amarillo enfermizo en mis propios ojos.
Era como si el payaso no quisiera asustarme con su presencia física, sino convencerme de que él estaba operando a través de mí.
Una tarde, un amigo vino de visita y, mientras charlábamos de trivialidades, noté que él me miraba con una expresión extraña.
— "Oye," me dijo, arrugando la frente. “¿Estás bien? Estás muy... distraído.”
— "Sí, solo cansado," mentí, sintiendo un escalofrío.
— "No sé," insistió. “Por un momento, tu voz sonó diferente, un poco chillona. Y tenías esa expresión... como si te estuvieras burlando de algo que solo tú ves.”
En ese instante, me di cuenta de la terrible verdad: las voces en mi oído no eran solo un recordatorio. Eran un intento de posesión, una invitación silenciosa a flotar permanentemente. Y si mi amigo lo había notado, significaba que la línea entre mi realidad y la locura de Pennywise se había borrado por completo.
Ahora, cuando estoy solo, evito el silencio. Evito los espejos. Y si alguna vez escuchas que alguien susurra una risa extraña o notas que sus ojos brillan con un color incorrecto, por favor, no te acerques. Podría ser yo... o la sombra del payaso que ahora vive en mi.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.