Jay Kelly (2025): La memoria como artificio. 

Londres siempre parece estar filmándose a sí misma. Bajo la neblina del Támesis, la fila que se forma frente al Royal Festival Hall no tiene el nerviosismo de los estrenos, sino el entusiasmo de quienes van a presenciar algo que, con suerte, será recordado. Afuera, los carteles del BFI London Film Festival brillan con la obstinación de los faroles que insisten en iluminar una ciudad que no los necesita. Adentro, el murmullo es casi afectuoso: George Clooney y Adam Sandler comparten bromas entre los aplausos, flanqueados por Laura Dern, Greta Gerwig y el propio Noah Baumbach, que sonríe como quien sabe que estrena una película que no terminará de convencer a nadie, pero que, al menos, será discutida.

La proyección de Jay Kelly arranca con una frase que parece querer condensarlo todo: “All my memories are movies.” El problema es que la película no sabe bien qué hacer con esa idea. Lo que podría haber sido un ensayo melancólico sobre la imagen y la identidad, sobre cómo el cine moldea la memoria y viceversa, se convierte en un ejercicio torpe de autorreferencialidad. Hay belleza en los planos, sí; hay ternura en Clooney; hay humanidad en Sandler; pero hay también una dispersión estructural que transforma el viaje emocional en un itinerario turístico.

El protagonista —un actor veterano que atraviesa la inevitable crisis del espejo— es una proyección transparente del propio Clooney. Su Jay Kelly es un astro mundial que, tras la muerte de un viejo amigo y mentor, decide replantearse la vida. Lo que sigue es un viaje a Europa (léase: al Viejo Mundo, a la cultura, al pasado) siguiendo a su hija, acompañado de su mánager (Sandler) y su publicista (Laura Dern), con un homenaje a su trayectoria como destino final. El trayecto debería ser introspectivo, pero Baumbach y Emily Mortimer, coautora del guion, parecen más interesados en el comentario meta que en la exploración emocional.

El problema no es la idea, sino su ejecución. Jay Kelly tiene el andamiaje de una gran película sobre la fama y la autopercepción —algo así como una 8½ en clave estadounidense—, pero carece de su convicción formal. El guion está dividido en capítulos que ubican al personaje en distintos escenarios europeos, cada uno con su respectiva lección moral. La estructura, más que funcionar como un recorrido interior, frena el ritmo y encapsula la emoción en segmentos autónomos que no se comunican entre sí. El resultado es un filme que se observa con la distancia de quien hojea un álbum de fotos ajenas: cada imagen tiene encanto, pero el conjunto carece de pulso.

Y sin embargo, algo fascina en esa imperfección. Clooney, que desde hace años oscila entre la autoparodia y la nostalgia, encuentra aquí un papel diseñado para su propio mito. Es un actor que interpreta a un actor que intenta entender por qué ya no siente placer en actuar. Baumbach juega con esa transparencia: hay un punto en que Clooney no está interpretando, está citándose. Su encanto habitual —esa mezcla de ironía y tristeza que lo salvó incluso en sus películas más livianas— se transforma en una máscara más dentro del relato.

El personaje dice haber nacido en Kentucky, como el propio Clooney; y cuando recibe un homenaje en Italia, el público del Royal Festival Hall parece asistir a la ceremonia real, no a su recreación. Jay Kelly intenta aprovechar ese espejo entre ficción y biografía, pero donde otros cineastas encontrarían un abismo existencial, Baumbach encuentra un lugar común. Su película habla de la soledad de los ricos y famosos como si aún fuera una novedad, y lo hace con un aire de condescendencia que resulta difícil de ignorar.

Jay Kelly - Netflix

En contraste, Adam Sandler aparece como la verdadera alma del film. Su Ron, un mánager cansado de sostener a un hombre que ya no necesita ser sostenido, ofrece una sensibilidad mucho más terrenal. Sandler, que siempre se movió entre la comedia absurda y el drama ansioso, consigue acá una naturalidad conmovedora. Su interpretación no busca brillar: acompaña, modula, sostiene. En ese gesto discreto está el corazón de la película. Es irónico que, en una historia sobre el ocaso del estrellato, quien más brilla sea quien parece menos interesado en hacerlo.

Laura Dern, por su parte, cumple con eficacia, aunque su personaje —la publicista omnipresente y sensible— queda relegado a una subtrama romántica que no aporta demasiado. Baumbach, que alguna vez supo escribir personajes femeninos con filigrana (Frances Ha, The Meyerowitz Stories), acá los reduce a satélites emocionales de los hombres. Es una lástima, porque la tensión entre lo público y lo íntimo que atraviesa a Kelly también podría haberse explorado a través de ellas, pero el guion las usa como espejo, nunca como voz.

Lo más inquietante de Jay Kelly es su oscilación entre la confesión y la estrategia. Por momentos, parece que Baumbach quiere desnudar al sistema hollywoodense desde adentro: la industria que fabrica ídolos y luego los abandona, la crítica que eleva el sufrimiento del artista como un espectáculo más. Pero al mismo tiempo, la película se deja tentar por el propio artificio que critica. Cada encuadre del director de fotografía Linus Sandgren (ganador del Oscar por La La Land) parece diseñado para convertir el vacío en postal. Las luces doradas, los trenes franceses, los hoteles italianos: todo es hermoso, y todo es tan calculado que termina anulando la emoción.

Jay Kelly - Netflix

Baumbach siempre fue un director de precisión fina: sus guiones suelen ser relojes narrativos donde cada réplica tiene un eco y cada plano una función. Marriage Story lo confirmaba como un autor maduro, capaz de convertir una separación en una sinfonía sobre la empatía y el ego. Pero en Jay Kelly esa claridad se pierde entre el manierismo y la autoindulgencia. Donde Marriage Story respiraba, esta se atraganta. Donde aquella se abría a lo humano, esta se encierra en lo simbólico.

Hay secuencias que, individualmente, funcionan con fuerza: los flashbacks a los inicios de Kelly, filmados con un montaje que atraviesa puertas y trenes como si el pasado pudiera alcanzarse al cruzar un umbral; o la escena del homenaje en Italia, donde Clooney recibe un premio que parece pesarle más que su propia edad. Pero el conjunto no consigue cohesión. El montaje episódico convierte la experiencia en una sucesión de “momentos” —con citas, lágrimas y música de Nicholas Britell — que buscan profundidad donde solo hay reiteración.

Y ahí aparece otro dilema. Britell, compositor habitual de Baumbach, opta por un tono clásico, de cuerdas y piano, que nunca termina de integrarse con el tono visual. La música intenta imponer una solemnidad que la puesta en escena no necesita. Lo que en Marriage Story funcionaba como un contrapunto emocional, acá suena impostado, como si alguien hubiera querido recordarnos que estamos viendo un drama importante.

Jay Kelly - Netflix

La película también intenta —sin lograrlo— plantear una reflexión sobre la relación entre arte y memoria. La frase inicial, “All my memories are movies”, se repite varias veces, buscando instalar la idea de que el cine no solo representa la vida, sino que la reemplaza. Pero el guion nunca profundiza en esa dialéctica. El concepto queda flotando, sin análisis ni tensión. El resultado es una metáfora servida en bandeja, sin la densidad que Baumbach supo dar a sus mejores personajes.

En el fondo, Jay Kelly fracasa por exceso de lucidez. Todo está explicado, todo está pensado, nada está sentido. Y esa es la gran ironía: una película que quiere hablar sobre la imposibilidad de reconectar con la emoción termina siendo incapaz de generar una propia. Tal vez eso sea intencional —una especie de espejo autorreflexivo—, pero la sensación final no es de melancolía, sino de desconexión.

Cuando las luces del Royal Festival Hall se encienden, el público aplaude con educación. Clooney saluda, Sandler sonríe, Baumbach parece aliviado. Hay algo casi entrañable en esa tibieza: como si todos supieran que acaban de ver un intento noble, pero fallido, de capturar lo intangible. Jay Kelly quiere ser una elegía al cine como memoria y acaba siendo una postal sobre el cine como museo.

Jay Kelly - Netflix

Baumbach sigue siendo un autor interesante —rara avis en la industria norteamericana—, pero Jay Kelly evidencia una crisis de identidad: ya no se trata de un narrador que observa la vida a través del arte, sino de un artista que observa su propia carrera a través de un espejo empañado. Si Marriage Story era una película sobre el amor que se desgasta, Jay Kelly es una sobre la inspiración que se disuelve. Lo que queda es un eco, un reflejo, una película que no termina de ser ni confesión ni crítica, sino un intermedio incómodo entre ambas.

Al salir del Royal Festival Hall, la niebla de Londres ya no es cinematográfica, sino simplemente húmeda. Los paraguas se abren, los flashes se apagan, y el cartel del BFI vuelve a ser solo una luz más en la ciudad. Jay Kelly deja la sensación de haber asistido a un intento de gran cine que se perdió en su propio reflejo. Como su protagonista, se mira demasiado para poder ver algo.

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