Luis llevaba meses buscando un lugar tranquilo donde empezar de nuevo. Cuando encontró aquella vieja casa al borde del bosque, pensó que era una oportunidad perfecta: grande, barata y alejada del ruido de la ciudad. El agente inmobiliario evitó darle muchos detalles sobre los antiguos dueños, solo dijo que nadie había querido vivir allí por mucho tiempo. Luis no le dio importancia… hasta su primera noche.
El silencio era tan profundo que podía escuchar su respiración. A medianoche, el reloj de pared comenzó a moverse solo, aunque no tenía baterías. Las agujas se detuvieron en una hora exacta: 3:13 a.m.. Un minuto después, un susurro salió de las paredes:
—No estás solo…
Luis encendió todas las luces, pero no había nadie. Trató de dormir, convencido de que era el viento, aunque algo dentro de él sabía que no lo era.
Al día siguiente, mientras limpiaba el ático, encontró un baúl cubierto de polvo. De su interior venía un débil sonido metálico, un tic-tac irregular. Dentro había un reloj de bolsillo detenido, marcando también las 3:13. Junto al reloj, una fotografía vieja y desgastada mostraba a un niño pálido, de mirada vacía.
Esa noche, Luis soñó con el niño: estaba de pie al final de su cama, inmóvil, con los ojos completamente negros. Al despertar, la foto había cambiado: ahora, detrás del niño, se veía una sombra borrosa, casi humana.
Las noches siguientes, los ruidos aumentaron. Golpes en el pasillo, pasos en el techo, risas ahogadas. El reloj de pared marcaba siempre la misma hora, aunque Luis lo quitara de la pared. Intentó romper el reloj de bolsillo, pero al hacerlo, escuchó un grito que venía del ático.
Corrió a ver, y el baúl estaba abierto otra vez. Dentro, una nueva foto: Luis dormido en su cama, tomada desde el pasillo.
Aterrorizado, empacó sus cosas y trató de salir, pero la puerta principal estaba trabada. Las ventanas se cerraron solas. De las paredes comenzó a gotear un líquido oscuro, y las luces parpadeaban al ritmo del tic-tac.
Entonces lo escuchó otra vez, más claro que nunca:
—Ya vine por ti.
Luis cayó de rodillas. Frente a él apareció el niño, con la piel gris y los ojos vacíos. Lo tomó del brazo y el reloj de bolsillo empezó a girar solo, hasta que marcó las 3:14. Todo se volvió negro.
A la mañana siguiente, la policía encontró la casa vacía. Sobre la mesa había un reloj de bolsillo detenido en 3:13, y una nueva fotografía: el niño sonreía, pero ahora, a su lado, estaba Luis.
Cuando logró salir, al girar la cabeza vio al niño en el jardín, mirando cómo se alejaba… y sonriendo. Luis nunca recuperó sus maletas. Cada mañana, el reloj de bolsillo marcado en su cuerpo apareció sobre su almohada a las 3:13.
Luis se mudó a una vieja casa al borde del bosque, lejos de la ciudad. La habían dejado abandonada por años, y él creyó que era una ganga. Desde la primera noche, escuchó un leve susurro que venía de las paredes: “no estás solo”. Pensó que era el viento… pero luego el reloj de pared comenzó a marcar siempre las 3:13 a.m., sin importar si lo ajustaba o no. Esa hora lo despertaba, cada noche, con un eco de pasos en el pasillo. Un día, mientras revisaba el ático, encontró un baúl cubierto de polvo que emitía un tic-tac metálico. Lo abrió y halló un viejo reloj de bolsillo detenido, con una foto dentro: la imagen de un niño que lo miraba fijamente. Al día siguiente el niño del retrato apareció en su sueño, de pie al final de su cama, vestido de blanco y sin voz. Al despertar, la foto había cambiado: al lado del niño ahora había una figura borrosa, detrás de él. Luis pensó que lo había imaginado… hasta que el reloj de bolsillo volvió a marcar 3:13 a.m.


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