El Zumbido Blanco 

Había sido el farero del Cabo del Silencio durante catorce años. Al principio, el aislamiento era una bendición; solo el mar, las gaviotas y el pulso mecánico del enorme haz de luz, una metódica respiración artificial para el mundo. Pero hace unos tres meses, el mar se silenció. Las gaviotas se desvanecieron. Y en su lugar, nació el zumbido blanco.

No era un ruido, sino la ausencia constante de todo sonido reconocible, como si su cerebro hubiera sintonizado una frecuencia de estática pura e incesante. Era un velo sordo que envolvía cada momento, volviendo la soledad del faro en una tortura sofocante. La luz giratoria, su única compañera, se sentía ahora como un ojo paranoico que lo vigilaba.

Se revisó la maquinaria docenas de veces: el motor de diésel, el cableado, los engranajes. Todo estaba en perfecto estado. El ruido no venía del exterior. Venía de la cúpula ósea de su propia cabeza.

Una tarde de finales de octubre, el mar se tragó el sol y llegó la Niebla. No era la bruma marina habitual, densa y húmeda; esta era una masa lechosa y viscosa que escalaba la torre como un fantasma hambriento. Cuando la Niebla alcanzó el nivel de la linterna, envolviéndola en un abrazo frío y opaco, Elías sintió algo por primera vez en semanas: un cambio.

Dentro del zumbido, había un vacío.

Era una burbuja de silencio tan perfecta que dolía. Elías se agarró la cabeza, esperando que el dolor físico acallara el espectro auditivo. Se acercó al cristal curvo de la linterna. Afuera, la Niebla bailaba alrededor del potente haz de luz, y justo al borde, donde la luz se hacía tiniebla, vio la silueta.

Era una figura. Alta, delgada, inmóvil. Se alzaba sobre la estrecha pasarela exterior, donde solo deberían estar la barandilla de hierro oxidada y el vacío. No tenía rasgos definidos; era una costura oscura y vertical en la manta blanca de la Niebla. Una sombra demasiado sólida.

Elías retrocedió, su corazón latiendo con una furia sorda contra el zumbido. No era posible. La Niebla jugaba con la luz. Una ilusión óptica provocada por la falta de sueño y la estática cerebral.

Se quedó toda la noche vigilando. La figura no se movió. No miró. Solo se mantuvo erguida, silenciosa, absorbiendo.

Cuando el sol se alzó, la Niebla se evaporó, y la figura desapareció con ella. El zumbido regresó a su plena intensidad, devolviendo a Elías a su insoportable normalidad.

El patrón se estableció rápidamente. La Niebla llegaba, la figura aparecía, y el zumbido se atenuaba. Elías se dio cuenta de que la figura no solo estaba allí, sino que era la causa del alivio: estaba extrayendo el ruido, actuando como un sifón para el sonido blanco. Cada noche, la burbuja de silencio crecía a su alrededor.

La sexta noche fue la peor. Elías no había dormido. Sus ojos, inyectados en sangre, no dejaban de mirar el lugar en la Niebla donde sabía que estaba la figura. El zumbido era tan agudo que le hacía vibrar los dientes.

Cuando la Niebla llegó, la figura no se detuvo en el borde. Se acercó al cristal, a menos de medio metro de él.

Elías tuvo que taparse los oídos, no para ahogar el zumbido, sino para protegerse del silencio antinatural que emanaba de la silueta. Era un vacío que no solo eliminaba el sonido, sino que parecía corroer la materia misma de su pensamiento.

A través del cristal, Elías finalmente vio lo que no tenía rostro. La figura no era de carne ni sombra; parecía hecha de aire frío, una forma humana tejida con el vacío del cosmos. No tenía ojos, nariz ni boca, solo una superficie gris y perfectamente lisa. Pero la superficie era porosa, y Elías pudo ver algo dentro.

Vio el sonido.

Miles de millones de partículas blancas y microscópicas, el zumbido de tres meses, giraban dentro de ese cuerpo vacío, contenido. La figura no se estaba llevando el ruido, lo estaba recolectando, condensándolo. Y estaba casi llena.

Elías gritó, pero solo escuchó la presión del aire saliendo de sus pulmones contra el zumbido ensordecedor. Intentó correr, bajar los cien escalones de caracol, escapar del ojo del faro, pero sus piernas se negaron. Estaba hipnotizado por el vacío que prometía paz.

La figura levantó una mano —una extremidad delgada y perfectamente lisa— y la presionó suavemente contra el cristal. La presión no era física, sino sónica. El zumbido de Elías, la estática en su cerebro, se aceleró hasta convertirse en un grito, y luego, en un instante catastrófico, se invirtió.

El Faro del Silencio siempre había tenido un pestillo de seguridad para la escotilla de mantenimiento, asegurado con tres vueltas de llave. Elías, de pie frente al cristal, sintió su mano moverse hacia la cerradura. Ya no luchaba. Solo quería que terminara la música. Quería ser el último fragmento de sonido que la figura necesitaba para estar completa.

Escuchó el clic metálico del pestillo.

La Niebla entró en tromba, pero no era fría ni húmeda. Era el silencio, y era devastador. Cayó sobre él como una ola de plomo fundido, borrando el zumbido, borrando el pulso, borrando el mundo. Cuando el vacío lo envolvió, lo último que vio fue el faro en sí, la poderosa lente, que ya no emitía luz, sino una tenue y blanquecina niebla...

Y un débil, distante, pero ahora perfectamente audible zumbido.

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