La coronación que arruinó toda una década de televisión | Game of Thrones | Migue Calabria | Sentido Critico 

Durante muchos años, Game of Thrones fue más que una serie: fue un fenómeno cultural, un idioma común entre desconocidos, una cita obligada de los domingos a la noche que lograba lo imposible en tiempos de streaming, dispersión y falta de compromiso. Era la televisión que se veía en comunidad, con teorías, apuestas y memes que circulaban antes de que existiera el concepto de “spoiler alert” como advertencia social. Era la épica moderna en su máxima expresión: política, ambición, sangre, sexo y fuego.

Pero esa gloria, esa maquinaria narrativa casi perfecta, se derrumbó con un estruendo que todavía resuena en la memoria colectiva. Porque lo que empezó siendo una lección de guion y construcción de personajes terminó convertido en un ejemplo de cómo no cerrar una historia.

Lo doloroso no fue que la serie terminara mal, sino cómo lo hizo. La octava temporada comprimió una cantidad absurda de acontecimientos en apenas seis episodios, sacrificando desarrollo, la consistencia de su personajes pero principalmente coherencia narrativa en favor del espectáculo. La serie, que nos había acostumbrado a los matices y las consecuencias, decidió de repente que todo podía resolverse en una ráfaga de CGI, discursos apurados y decisiones sin sentido (al menos dentro de la lógica ya establecida por la serie)

- Daenerys, la liberadora de esclavos, la mujer que soportó el exilio, la humillación y la pérdida, terminó convertida en una villana caricaturesca sin transición emocional.

- Jon Snow, símbolo de la duda moral, del deber por encima del deseo, quedó reducido a un espectador resignado.

- Tyrion, alguna vez el personaje más lúcido de Westeros, terminó justificando decisiones absurdas y reducido a un simple peón más.

- Cersei Lannister, la gran antagonista, murió aplastada por unos ladrillos junto a su hermano, en la escena más anti-climática posible. La que tenía que ser la derrota más simbólica y contundente fue sin testigos y de una manera burda y torpe.

Pero el golpe de gracia llegó con la elección del nuevo rey. Porque entre tantos candidatos poderosos, carismáticos o sabios, el trono terminó en manos de Bran “el Roto”, un personaje que había pasado media serie ausente, deambulando por el mapa, hablando en acertijos místicos y sin una sola muestra real de verdadero liderazgo. Su coronación no fue una sorpresa, fue una broma interna mal ejecutada, casi una cachetada para quienes siguieron durante ocho temporadas las luchas políticas más intrincadas jamás vistas en la televisión.

Al cierre no le alcanzó con ser una de las peores decepciones de la historia de la televisión, fue más allá y traicionó el espíritu mismo de la serie. Por años había construido su prestigio sobre la imprevisibilidad, NADIE ESTABA A SALVO. Era costumbre escuchar a la gente decir “no te encariñes con nadie”. Pero ni la lógica ni la emoción sobrevivieron a su final..

Aun así, sería injusto olvidar lo que la serie logró: redefinir la televisión, elevar el nivel de producción, consagrar actores y abrir un universo que marcó una generación. Pero, como tantas dinastías de su historia, la serie fue víctima de su propio poder, de su prisa y de su soberbia.

Quizás el verdadero trono, el simbólico, quede vacío. Porque nadie quiere gobernar sobre las ruinas de lo que alguna vez fue una obra maestra

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