El generador ronca como un animal moribundo. En su luz parpadeante, Marisol une su último par de zapatos. Son tacones baratos, color rojo pasión. Los que soñó usar para su graduación. Ahora, a sus diecisiete años, solo son mercancía. “Van para Cúcuta,” dice su madre, Eva, sin levantar la vista de la máquina de coser. Su voz es una carcoma. “Con eso pagamos los antihipertensivos de la abuela.”
El drama en esta casa no es un huésped nuevo. Llegó hace años, se instaló en el sillón desfondado y se quedó. Se alimenta del silencio durante las cenas, que son arepas blancas y caraotas contadas. Se cuela en las miradas que Eva y Marisol se evitan. La abuela Yolanda es su epicentro, acostada en la habitación del fondo, luchando por cada respiro en la penumbra.
La comedia, amarga y absurda, llega con Tío Nicolás. Es un hombre derrotado que se vende como un triunfador. Llega los viernes con un derroche de energía falsa y planes estrambóticos. “¡Primo, tengo el contacto!” anuncia, abriendo la puerta como un vendaval. Hoy trae un saco de harina de maíz que consiguió “por izquierda”. “Es un negocio redondo. Lo cambiamos por medicinas.” El negocio se desinfla cuando Eva verifica la fecha de caducidad. Lleva dos años vencida. Nicolás se encoge de hombros, roba un par de arepas de la nevera y se marcha con la misma fanfarria con la que llegó. Es un alivio cuando se va.
La acción no es de película. No hay persecuciones espectaculares. Es la carrera contrarreloj y clandestina de Marisol por el centro de la ciudad. Es esquivar miradas, negociar con voceadores en las esquinas, cambiar los tacones rojos no por dinero, sino directamente por los fármacos que su abuela necesita. Es una guerrilla urbana donde el arma es el ingenio y el enemigo es el tiempo. Hoy, la misión es un frasco de Captopril. El contacto es un hombre con ojos de hielo que regenta una farmacia desabastecida. Él no quiere tacones. Quiere dólares. Marisol, con el corazón en la garganta, ofrece lo único que le queda: la cadena de oro de su primera comunión, la última reliquia de otra vida. El hombre la examina con desdén y acepta.
La victoria, pequeña y pirrica, huele a medicamento nuevo. Marisol regresa a casa con el frasco apretado en el puño, como un talismán. Pero el drama, ese huésped voraz, tenía guardado su golpe maestro.
No hay gritos. Solo un silencio demasiado denso que la envuelve al cruzar la puerta. Eva está de pie en el centro de la sala, inmóvil. La máquina de coser calla. En la habitación, la cama de la abuela Yolanda está vacía. Las sábanas, lavadas.
“Se fue hace una hora, mi amor,” dice su madre, y su voz no es más que un hilo roto. “No sufrió.”
Marisol mira el frasco de Captopril en su mano. Mira los tacones rojos, terminados y listos para un viaje que nunca harán. La luz del generador parpadea una última vez y se apaga, sumiendo la casa en una oscuridad total y definitiva. En la penumbra, solo se escucha el crujido del plástico del medicamento inútil, apretado con una fuerza que no puede sostener nada ya. Ni el sueño de unos zapatos, ni el aliento de una abuela, ni la última esperanza de una familia. La realidad, pura y desnuda, es la única cosa que no se ha ido con la luz.


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