La noche siempre tiene secretos, pero en esta ciudad, los secretos se pagan con sangre o con silencio.
La lluvia caía fina, deslizándose por los ventanales como si el cielo quisiera borrar los pecados de todos los que aún respiraban. Yo observaba las luces de neón reflejarse en los charcos del asfalto mientras encendía otro cigarrillo. Era una de esas noches en que los recuerdos se mezclan con el humo… y con el miedo.
Me llamo Diosa Prohibida. No siempre fue así, pero ese es el nombre que me dio la calle. Hace tiempo aprendí que en este mundo nadie te salva, solo negocian el precio de tu caída.
Esa noche, un mensaje llegó a mi teléfono: “Nos vemos en el bar del puerto. Medianoche. No faltes.”
No había remitente, pero reconocí el estilo de quien alguna vez me enseñó a desconfiar de todo: Él.
El bar del puerto era el lugar donde los tratos sucios se mezclaban con el olor del ron y los secretos. Entré con paso lento, dejando que el sonido de mis tacones marcara el ritmo del peligro. En una esquina, entre el humo y las sombras, estaba Alex, el detective que alguna vez prometió protegerme y terminó vendiéndome a mis enemigos.
—Creí que estabas muerta —dijo sin mirarme.
—A veces morir no es lo peor que puede pasar —respondí, tomando asiento frente a él.
Sacó una carpeta de su chaqueta y la empujó hacia mí. Dentro había fotos. En todas, mi rostro. Pero en una, aparecía con una mujer a la que juré no volver a ver.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
—Significa que alguien te está buscando. Y no para conversar.
El corazón me latía tan fuerte que casi tapaba el sonido de la música. Alex no era de los que avisaban por compasión. Si me estaba dando esa pista, era porque el infierno ya había tocado la puerta.
Me levanté para irme, pero su mano me detuvo.
—No te equivoques, Diosa. Esta vez no hay salida fácil.
Lo miré directo a los ojos. Había cansancio, culpa y un rastro de deseo. Ese hombre siempre fue una ruina con traje de héroe.
—Yo nunca busqué salidas, Alex. Solo aprendí a encender fuego en la oscuridad.
Salí del bar antes de que el amanecer me sorprendiera, sabiendo que las calles estaban llenas de ojos. Las farolas titilaban como si quisieran advertirme que alguien me seguía.
En el reflejo de una vitrina vi la silueta de un hombre. Alto, encapuchado. Me giré. Nada.
El sonido de un motor me hizo correr. Una moto negra pasó a toda velocidad, y algo cayó a mis pies: un sobre sellado con cera roja. Dentro, una sola frase:
“Tu pasado acaba de despertar.”
Esa noche no dormí. En este juego, el pasado no perdona, y la ciudad no olvida.
Encendí el último cigarrillo, observando cómo el humo dibujaba formas que parecían rostros. Afuera, la lluvia seguía cayendo.
Alguien golpeó la puerta tres veces.
Una pausa.
Dos golpes más.
Solo una persona conocía esa señal.
Y esta vez, no venía a salvarme.




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