A medio milímetro de ser real 

¿Alguna vez has sentido que el mundo se detiene un segundo, que todo sigue igual, pero algo, muy dentro, deja de encajar?
A mí me pasó una tarde.

Era el mismo café de siempre, ese rincón tibio en la esquina donde las sillas de madera crujen y el aire huele a pan que aún respira calor y a café recién molido. Afuera acababa de pasar la llovizna; el vidrio seguía húmedo, cubierto de pequeñas vetas por donde se escurría la luz de la calle, como si el paisaje estuviera a punto de deshacerse.

Desde mi mesa junto a la ventana podía ver la acera brillante, el reflejo del semáforo en los charcos, un perro callejero olfateando una bolsa vacía. Más allá, una mujer caminaba despacio, con los hombros vencidos y una bolsa que parecía más pesada que su cuerpo. Un hombre esperaba frente a la luz roja con esa mirada perdida de quien ha olvidado hacia dónde iba. Un niño arrastraba los pies y el fastidio, mientras su madre lo tiraba del brazo.

Y entonces la vi.

Una chica distinta a todo lo demás. Debía de ser universitaria: tenía ese aire de juventud que no se nota por los años, sino por la manera de mirar el mundo como si todavía pudiera moldearse. Su abrigo claro resaltaba en medio del gris, y entre la humedad, parecía brillar. No era solo hermosa, era incongruente: su presencia no encajaba en la escena. Era como si alguien la hubiera dibujado en otro plano y la hubiera dejado allí, por descuido.

La observé más de la cuenta. Ella levantó la vista un segundo, me miró o eso creí y luego sonrió. Fue apenas un gesto, pero bastó para que el aire del lugar cambiara.

Las voces del café comenzaron a confundirse; los ruidos se deformaron, como si alguien moviera el dial de una vieja radio buscando otra frecuencia. El reloj de la pared marcaba las 5:42.

Volví a mirar. Seguía igual.

El segundero respiraba, pero no avanzaba.

Todo se volvió espeso. El vapor del café, el olor del pan, incluso la luz, parecían suspendidos. Miré alrededor: tú seguías hablando, pero tus palabras llegaban con eco, como si vinieran de una conversación que ya habíamos tenido. Reí, por inercia, para no asustarme.

Entonces el mesonero se acercó, con esa sonrisa habitual que nunca sé si es amable o automática. Antes de que dijera algo, dejó frente a mí mi café con leche y el pan con mantequilla.

Lo de siempre susurró.

Pero ese día no había pedido nada.
Ni siquiera recordaba haber ido sola alguna vez.

Afuera, la vida continuaba en cámara lenta: el hombre seguía frente al semáforo, el perro ahora echado bajo el toldo, la mujer avanzaba sin llegar nunca a la esquina. Solo la chica se movía con otro ritmo. Caminó frente al vidrio y, por un instante, juraría que la lluvia volvió a caer.

El café se enfrió entre mis manos. La espuma formó un remolino perfecto, inmóvil. Supe entonces que algo, en algún punto entre lo real y lo que creemos que lo es, se había soltado.

Parpadeé. Ella ya no estaba.

Esa noche no dormí. El silencio no era de los que llenan la noche; era uno más hondo, como si el mundo entero contuviera la respiración. Esperé que todo volviera a su sitio, pero no pasó.

Desde entonces, cada vez que entro a un café y siento el olor del pan recién hecho o veo las gotas del vidrio dibujando caminos, me asalta la misma duda:

¿Y si la realidad no es un lugar, sino un recuerdo que seguimos repitiendo?
¿Y si ella no estaba afuera, sino en el borde de mi conciencia, recordándome que el mundo puede parpadear?

A veces pienso que la realidad no se rompe, solo se adelgaza.
Y uno sigue caminando sobre ella, sin notar que el tejido ya tiene un hilo suelto.

Quizás el mundo no cambió esa tarde en el café…
quizás fui yo quien dejó de pertenecer del todo.

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