El autobús la dejó en la esquina de la Calle Olvido a las 7:43 p.m., como todas las noches. Ana Moreno bajó, y el peso de su jornada en la lavandería se asentó sobre sus hombros, un manto húmedo de vapor y lejía. Tenía treinta y cuatro años, aunque sus ojos a veces parecían de cincuenta y su sonrisa de quince.
Era su rasgo distintivo: la sonrisa.
No importaba que el alquiler estuviera atrasado, que la cena fuera, de nuevo, pan con mantequilla, o que el silencio de su apartamento en el 4B fuera tan denso que casi ahogaba. Ana siempre sonreía.
Especialmente sonreía cuando llegaba a casa.
Se detuvo frente a la imponente mole de ladrillo rojo oscuro: el Edificio Carmesí. Era una reliquia de una época más opulenta, ahora descascarillado y hundiéndose sobre sí mismo, pero para Ana, era un refugio.
Porque Ana no estaba sola. Vivía con 23 personas.
Empujó la pesada puerta de roble y el olor familiar del vestíbulo la golpeó: cera vieja para madera, polvo y un leve toque metálico que siempre atribuía a las tuberías antiguas.
—Buenas noches, Don Arturo —dijo Ana, sonriendo al hombre mayor que pulía meticulosamente el pomo de latón de la puerta interior.
Don Arturo, del 3B, era el administrador no oficial del edificio. Siempre de traje, aunque fuera medianoche. Era estricto, pero justo. Él asintió, sin devolverle la sonrisa. —Señorita Moreno. Llega tarde. La cena se enfría.
—Solo soy yo, Don Arturo. No hay nadie que me espere.
—Tonterías. Todos la esperamos —replicó él, con una formalidad que a Ana le resultaba reconfortante—. Ahora, suba. Rocco ha estado en el sótano todo el día haciendo un ruido infernal. Si lo ve, dígale que el olor a ozono está subiendo por el conducto de la basura.
Ana asintió y se dirigió a las escaleras. Vio a la pequeña Lila, la niña del 1A, sentada en el primer rellano, dibujando con tiza en el suelo de mármol.
—Hola, Lila. ¿Qué dibujas hoy?
Lila, que rara vez hablaba, solo levantó la mirada. Sus ojos eran pozos oscuros. Señaló su dibujo: una figura humana, muy esquemática, con garabatos rojos saliendo de ella.
—Es un hombre roto —susurró Lila.
—Oh. Bueno, que tengas dulces sueños, cielo.
Ana subió, su sonrisa flaqueando solo un instante.
Su rutina era siempre la misma. Saludar a Isadora, la seductora mujer del Penthouse, que a veces fumaba en el pasillo con su bata de seda ("Cazando problemas, querida", le guiñaba un ojo); evitar a David, el "Académico" del 2C, que siempre intentaba explicarle la teoría de cuerdas; y saludar con la mano a Carlos, el músico del 3A, su vecino más cercano.
El Carmesí era un ecosistema perfecto. Un mundo en sí mismo. Nadie de fuera entraba. Nadie de dentro parecía necesitar salir. Eran una familia disfuncional y extraña, y Ana era el pegamento sonriente que los unía.
La primera grieta apareció un martes.
Fue sutil. Un tablón de anuncios en la entrada que Don Arturo mantenía impecable. Ana se detuvo a leerlo, algo que nunca hacía. Había un nuevo cartel. No era uno de los avisos escritos a mano por Arturo sobre la fontanería. Era un volante impreso:
"DESAPARECIDO. ¿HA VISTO A ESTE HOMBRE? JAVIER RÍOS. CARTERO."
La foto mostraba a un hombre joven y nervioso, el mismo que les traía las facturas. Ana frunció el ceño. Lo había visto la semana pasada, discutiendo con Rocco en la entrada. Rocco, el encargado de mantenimiento del sótano, era un hombre corpulento y volátil, cubierto de grasa y con un temperamento explosivo. Javier, el cartero, se había quejado de que el perro de Rocco (un animal que Ana jamás había visto, solo oído gruñir tras la puerta del sótano) había intentado morderlo.
Ana no le dio importancia. Hasta que el olor empezó.
El olor metálico en el vestíbulo se intensificó. Ya no eran las tuberías. Era un hedor dulce y cobrizo, como carne cruda dejada al sol.
Subió al tercer piso y llamó a la puerta de Carlos, el músico. Quería preguntarle si él también lo olía. No hubo respuesta. Volvió a llamar. Solo el silencio del edificio la observaba.
—¿Buscabas a alguien, chérie?
Ana se sobresaltó. Isadora estaba apoyada en el marco de la puerta del Penthouse, al final del pasillo. Llevaba un vestido rojo sangre.
—A Carlos. No contesta.
Isadora soltó una risa gutural. —El artista ha estado… indispuesto. Anoche tuvo una de sus crisis creativas. Mucho ruido. Golpes. Ya sabes cómo es.
—Pero, ¿está bien?
—Estará bien. Todos lo estamos, Ana. Siempre estamos bien —Isadora se acercó, su perfume a orquídeas mezclándose con el hedor del pasillo—. No te metas donde no te llaman. La curiosidad es mala para la piel.
Esa noche, Ana no pudo dormir. El olor era más fuerte. Y escuchó el incinerador del sótano. Rocco lo estaba usando a las 3 de la mañana.
Dos días después, el volante del cartero desapareció del tablón. En su lugar, había una nota de Don Arturo: "El problema de plomería del 2C ha sido resuelto".
Pero el apartamento 2C no era el de David, el académico. Era un apartamento que Ana siempre había creído vacío.
El miedo, una emoción que Ana solía disolver con su sonrisa, comenzó a solidificarse en su estómago. Decidió investigar.
Esperó a que el edificio estuviera en su punto más silencioso, la calma de las 4 de la tarde, cuando la mayoría de los residentes "trabajaban" en sus apartamentos. Bajó al segundo piso.
La puerta del 2C estaba cerrada. El olor que emanaba de debajo de la puerta era insoportable. Era el olor del vestíbulo, pero multiplicado por mil. Era el olor del dibujo de Lila.
Ana forzó la cerradura.
No supo cómo lo hizo. Su mano simplemente pareció saber qué hacer con la horquilla que sacó de su propio cabello. La cerradura hizo clic.
Abrió la puerta.
El apartamento no estaba vacío. Estaba lleno de bolsas de basura. Bolsas industriales, negras y selladas. Docenas de ellas, apiladas hasta el techo. Y estaban... goteando.
Un líquido oscuro y espeso se había filtrado de varias bolsas, manchando la alfombra.
Ana retrocedió, ahogando un grito. Chocó contra algo sólido.
—La basura debe permanecer en el sótano, Señorita Moreno.
Don Arturo estaba detrás de ella. Su rostro, normalmente pálido y formal, estaba contraído por una furia fría.
—Arturo... ¿qué es esto? ¿Qué hay en las bolsas?
—Asuntos del edificio —dijo él, secamente—. Cosas que deben ser contenidas.
—Es el cartero... —jadeó Ana—. ¡Javier!
—El cartero era un problema externo. Los problemas externos deben ser eliminados —dijo Arturo, con la calma de quien explica una factura de servicios.
—¿Eliminados? ¡Eso es...
—Silencio —la voz de Arturo era ahora un cuchillo—. Usted está alterada. Está rompiendo las reglas. El equilibrio del edificio es frágil.
—¡Voy a llamar a la policía! —gritó Ana, corriendo hacia el pasillo.
—¡Rocco! —gritó Arturo, no hacia el sótano, sino hacia el pasillo vacío.
De la nada, Rocco apareció al final de la escalera, bloqueando la salida. Llevaba su mono grasiento y sostenía una pesada llave inglesa.
—La señorita se siente mal —dijo Arturo—. Necesita que la acompañen a su cuarto.
—No... ¡No! —Ana miró a su alrededor, buscando ayuda—. ¡Isadora! ¡Carlos!
Rocco avanzó. Ana se giró y corrió escaleras arriba, hacia su propio apartamento.
Se encerró en el 4B, empujando su desvencijada cómoda contra la puerta. Estaba temblando. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una mueca de terror.
Esto no estaba pasando. Su familia. Sus vecinos. Eran monstruos.
La habían estado engañando.
Pasó horas acurrucada, escuchando. El edificio estaba mortalmente silencioso. ¿Estaban ahí fuera? ¿Esperándola?
El olor. El olor estaba en su apartamento ahora.
No venía de debajo de la puerta. Venía del armario.
Ana se arrastró lentamente hacia el armario empotrado. El olor a cobre era abrumador. Con dedos temblorosos, abrió la puerta.
Dentro, colgado de una percha, estaba el uniforme azul de un cartero. Estaba rígido de sangre seca.
Ana cayó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra el suelo. El mundo se oscureció.
...un recuerdo, como una película borrosa... ...la cocina de su apartamento... ...el cartero, Javier, está allí. No está repartiendo correo. Está gritando. "¡Sé lo que eres! ¡Te vi, en el callejón! ¡Te vi cambiar!"... ...Ana ríe. Pero no es su risa. Es la risa gutural de Isadora. "Nadie quiere saber, guapo. A la gente no le gustan los fenómenos"... ...la mano de Ana, pero no es su mano. Es la mano callosa y sucia de Rocco. Levanta un martillo... ...el sonido, húmedo y sordo. Una y otra vez... ...la voz de Don Arturo, pero saliendo de su propia garganta. "Desordenado. Muy desordenado. Hay que limpiar. Mantener el orden"...
Ana despertó en el suelo de su apartamento. El sol entraba a raudales. La cómoda seguía contra la puerta. El uniforme de cartero seguía en el armario.
Era real.
Se levantó, la cabeza le daba vueltas. El miedo había sido reemplazado por una extraña y fría calma. Tenía que salir. Tenía que encontrar a Carlos. Él era el único que parecía... normal.
Corrió hacia la puerta del 3A. Estaba entreabierta.
—¿Carlos?
Entró. El apartamento de Carlos estaba impecable. Demasiado impecable. No había partituras en el piano. No había tazas de café medio vacías. No había señales de vida.
—Se fue —dijo una vocecita.
Lila estaba sentada en el alféizar de la ventana de Carlos, balanceando las piernas.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—Anoche. Cuando estabas gritando —dijo Lila—. Don Arturo dijo que Carlos era una debilidad. Dijo que te hacía... inestable.
—¿Inestable?
—Carlos quería irse del edificio. Quería llevarte con él.
Un terror diferente, más profundo, se apoderó de Ana. —¿Dónde está, Lila? ¿Qué le hicieron a Carlos?
Lila señaló hacia el conducto de la basura en la esquina del pasillo.
—Todos terminan en el sótano. Rocco dice que el fuego lo arregla todo.
—No... no Carlos...
Ana corrió. No hacia la salida, sino hacia el sótano. Ya no le importaba Rocco ni Arturo.
La puerta del sótano estaba abierta. El calor del incinerador golpeaba como un horno. El sótano era un laberinto de tuberías y sombras. Y en el centro, junto a la boca abierta del incinerador, estaba Rocco. Sostenía un estuche de guitarra.
—¡Suéltalo! —gritó Ana.
Rocco se giró. Sus ojos estaban vacíos de todo menos de rabia. —Él quería lastimarnos. Quería entregarnos.
—¡Era nuestro amigo!
—No tenemos amigos —gruñó Rocco, y arrojó el estuche de la guitarra a las llamas.
Ana gritó. Fue un sonido animal, arrancado de sus entrañas. Se abalanzó sobre Rocco, golpeando su pecho.
Fue como golpear una pared de ladrillo. Rocco ni se inmutó. Simplemente la agarró por el cuello, levantándola del suelo.
—Tú eres el problema, Ana —siseó—. Siempre con tus preguntas. Siempre con tu estúpida sonrisa, tratando de fingir que no estamos aquí.
El aire se escapaba de los pulmones de Ana. Sus dedos arañaban las manos de Rocco. —Pero Don Arturo te necesita —continuó Rocco, con una mueca—. Dice que tú eres la que paga el alquiler. La "Anfitriona".
La soltó. Ana cayó al suelo, tosiendo y jadeando.
—Quédate en tu cuarto, Ana —dijo Rocco, dándole la espalda—. Deja el edificio en nuestras manos. Nosotros te mantendremos a salvo. Como siempre.
Ana se arrastró hacia atrás. Vio algo en el suelo, junto a un montón de cenizas. Era una tiza. Una tiza azul, como la que usaba Lila.
Y junto a ella, una horquilla. Como la que usó para abrir la puerta del 2C. Y junto a eso, una pitillera de seda. Como la de Isadora. Y una llave inglesa.
Ana miró sus propias manos. Estaban cubiertas de grasa, la misma grasa que siempre cubría a Rocco.
—¿Qué... qué es esto? —susurró.
—La verdad —dijo Don Arturo.
Estaba al pie de la escalera. A su lado, Isadora. Y Lila. Y todos los demás. Los 23. El académico, la cocinera, el gemelo silencioso, el niño asustado, el soldado. Todos estaban allí, alineados en la penumbra del sótano, observándola.
—¿Qué está pasando? —lloró Ana—. ¡Ustedes son reales! ¡Los veo!
—Por supuesto que somos reales, querida —dijo Isadora, encendiendo un cigarrillo—. Tan reales como tú.
—Somos las personas que viven dentro de ti —dijo Don Arturo, con paciencia—. Somos la familia que te mantiene funcional.
Ana negó con la cabeza, el pánico le cerraba la garganta. —No. No. Yo vivo en el 4B. Tú vives en el 3B. ¡Carlos vivía en el 3A!
—Nosotros somos el Edificio Carmesí, Ana —dijo Arturo—. Y tú eres la llave maestra.
—¿El cartero?
—Rocco se encargó de él —dijo Arturo—. Intentó hacerte daño. Vio a Isadora "salir" en un callejón cuando te acosaba. Vio el cambio. Era un riesgo.
—¿Y Carlos? —sollozó Ana.
—Carlos eras tú. La parte de ti que quería ser "normal". La parte que quería huir —la voz de Arturo era triste—. Era una amenaza para el sistema. Una personalidad suicida, si quieres. No podíamos permitir que nos destruyera a todos. Así que fue... reabsorbido.
—¿Reabsorbido?
—Quemado —dijo Rocco, desde el incinerador.
Ana se miró las manos sucias. El dolor en su garganta por el agarre de Rocco. El sabor a ceniza en su boca.
—¿Quién soy yo? —susurró.
—Tú eres Ana. La que sonríe —dijo Isadora—. La que va al trabajo aburrido y paga las facturas para que el edificio no se derrumbe.
—Tú eres la fachada —dijo Don Arturo—. La que nos permite existir en el mundo exterior sin que nos encierren.
—La que finge que todo está bien —susurró Lila, que ahora estaba a su lado, tomando su mano—. Pero nosotros somos los que hacemos el trabajo sucio.
Ana miró el círculo de rostros. Sus vecinos. Su familia. Sus asesinos. Sus protectores. Se levantó lentamente. El sótano ya no parecía aterrador. Parecía... familiar.
—El apartamento 2C —dijo Ana, la voz rota—. Las bolsas.
—El cartero —asintió Arturo—. Y otros. Los que se acercaron demasiado. El psicólogo de la clínica gratuita. El casero del edificio real que vino a desalojarte. Rocco es muy eficiente.
El edificio real.
Ana levantó la vista hacia la única ventana del sótano, una rendija sucia cerca del techo. Vio, no la calle, sino un reflejo distorsionado.
Vio una habitación acolchada.
El Edificio Carmesí no era de ladrillo. Era su mente. El sótano era el subconsciente. Y el incinerador... era donde desaparecían los recuerdos, y las personas.
Ana miró a Don Arturo, a Rocco, a Isadora. Los 23. Y por primera vez, no los vio como vecinos. Los vio como extensiones de sí misma.
—El equilibrio debe mantenerse —dijo Ana. Su voz era firme. Ya no era la voz asustada del 4B.
Don Arturo asintió, con una leve muestra de aprobación.
—¿Y ahora qué? —preguntó Ana.
—Ahora —dijo Isadora, pasando un brazo por sus hombros, guiándola fuera del sótano—, subimos al 4B, te lavas la cara, te pones un vestido bonito y sonríes. El mundo exterior debe seguir creyendo que estás sola.
Ana subió las escaleras, seguida por su séquito silencioso. Cuando llegó al vestíbulo, se detuvo ante el espejo deformado de la entrada.
Miró su reflejo. Vio su rostro cansado. Y luego, por una fracción de segundo, vio el rostro severo de Arturo. Luego, la mueca de Rocco. Luego, la belleza fría de Isadora. Luego, el miedo de Lila.
Finalmente, su propio rostro regresó. Ana Moreno se miró a los ojos. Y sonrió.



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