La buchaca 

Tercer domingo de octubre del año dos mil veinticinco, caminaba por la avenida 20 de noviembre del Centro Histórico en la atiborrada Ciudad de México, personas que iban y venían, donde casi siempre me molesta que no se respeten los sentidos peatonales, que la gente se pare en seco o que ocupen todo el ancho de las aceras; pero esta vez no me importó, caminaba recto y sereno. Tampoco me importaron las miradas incisivas. No podía evitar dejar de sonreír, tal como pasa después de tener buen sexo. Algunos exquisitos lo llaman dopamina.

Descendí lentamente hacia el subterráneo en la estación Pino Suárez e, inclusive, disfruté la compañía habitual del dolor punzante en mis rodillas y los rayos del sol de mediodía, pero que conste que no me escondía, aunque son como dagas. Justamente así, descendí al submundo de las drogas de mi ciudad, acompañado de un dolor que se fue acentuando con la disolución de una familia y de su lejanía. Fueron 10 años lo que me costó cavar mi fosa, donde a cada fumada, inhalada o trago, quemaba las páginas de mi biografía para darme calor en esos pasos subterráneos y oscuros. Aquellos donde el viento forma remolinos y yo, era primo-hermano de los conejos-ratones.

Me dispuse a almorzar en un pintoresco y ambulante puesto metálico de hamburguesas saliendo de la estación del metro Balderas, me sentía con ánimos de rememorar. El día previo, fue uno de aquellos los cuáles pensé que ya no lograría tener cuando el médico urgenciólogo — un par de meses atrás— me decía que tenían que detener mi corazón para después reanimarlo. Sin garantías.

Subí a una bicicleta después de diez años, di una vuelta a mi bloque de calles, se me acelero el corazón. Posteriormente fui a un billar, después de veinte años.El día de ayer, el par de llantas de las bicicletas y las bolas numeradas, rodaron lentas, como si dudaran y cuando la última bola cayó en la buchaca, no hubo aplausos ni testigos ¡Al fin le había atinado al hoyo correcto!

Me quedé un momento inmóvil, alcé la hoja, prendí el encendedor sobre su esquina y la deje arder sobre el cesto de basura, mientras exclamaba —Je, este si es el hoyo correcto— Algo volvía a arder dentro de mí. Pues soy un libro con marcas de plumillas, con ausencias como espacios, con páginas manchadas de chorros de café y de alcohol, con personajes redundantes, garabatos y párrafos blancuzcos. Recordé que, aunque el fuego consume, también abriga las fogatas donde se reúnen ancianos, lectores clandestinos y vagabundos, a contar historias y, aunque el papel se vuelve ceniza, hay frases que se resisten y se tatúan. Tomé la siguiente hoja y leí:

Créme brûlée

¿Soy quien emana
ese olor a fresas con crema,
o alguien encendió el incienso,
o se impregnó en esta chamarra
el rastro de las últimas crudas del año?

Quizá sea la mezcla:
rito y resaca,
dulzor y brasa.

Lo dirán mis manos mañana,
y esas costras de azúcar
que crujen al primer toque.

¿Algún día entenderé
qué todo olor es memoria?
La fruta que se pudre,
el incienso que se apaga,
la chamarra que guarda
marcas de la resaca,
como cicatrices dulces

en la lengua del fuego,
como brasas que insisten

en arder.

Tire el encendedor y guardé esta hoja en la bolsa interior de mi chamarra; ya que así, si volviera a caer, quedará constancia de que una día, en la tercera semana de octubre, almorcé tranquilo. Y si alguna vez me cuestiona el lector por qué quemé mi historia, diré que fue por el frío, porque sigo rodando o sencillamente porque sigo siendo Mountag.


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