Crítica en retrospectiva: V de venganza (V for Vendetta, James McTeigue, 2005) Spoilers

En un Reino Unido totalitario, un anarquista misterioso conocido solo por el apodo de V (Hugo Weaving) inicia una conspiración, con la ayuda de una joven llamada Evey (Natalie Portman), para derrocar al canciller Adam Sutler (John Hurt) y su régimen tiránico.

Es 1988, el mundo sigue divido entre los bloques capitalista y comunista, la posibilidad de una guerra nuclear todavía resuena en el imaginario colectivo y Margaret Thatcher, la primera ministra más famosa de Inglaterra, tiene poco tiempo de haber comenzado su tercer y último mandato. En este contexto, un joven escritor inglés llamado Alan Moore piensa que su país se volverá un Estado fascista y plasma sus temores en una novela gráfica titulada V de venganza, dibujada por el historietista David Lloyd; hasta en la introducción escribe que piensa salir pronto de Inglaterra junto a su familia. En la actualidad, Moore sigue viviendo en su patria, las sospechas que tenía no se cumplieron (ni se han cumplido aún) y V de venganza ya es una de las más grandes obras del noveno arte.

En realidad, aunque la historia de V de venganza no se asemeja mucho o casi nada al contexto histórico en el que se creó, tiene importantes paralelismos con la Alemania de Adolf Hitler, la Italia de Benito Mussolini, la Unión Soviética de Joseph Stalin o cualquier Estado auténticamente totalitario pasado, presente o futuro y de cualquier ideología. Y es que ―más allá de su trama ficticia acerca de un enmascarado en busca de venganza― es una interesante disección del totalitarismo, que sigue teniendo vigencia por sus acertados planteamientos, así como 1984, de George Orwell, libro con el que la novela gráfica y su adaptación cinematográfica homónima (V for Vendetta, James McTeigue, 2005) tienen a la vez varios puntos en común.

Como suele suceder con las adaptaciones de textos literarios, la película recortó la obra original y cambió algunos hechos y personajes. Y como suele suceder con los cómics de Moore que van al cine, este la detestó tanto que rechazó las regalías por la adaptación y pidió que su nombre se quitara de los créditos. Esto se debió a que, parafraseando al propio Moore, la película carecía de la esencia del libro, las palabras “fascismo” y “anarquía” ni siquiera son mencionadas y la historia era una suerte de parábola de los dos mandatos del expresidente George W. Bush.

Sin ánimos de contradecir al autor, el guion de las hermanas Lilly y Lana Wachowski no solo condensa muy bien la narración, sino que varios de los cambios que introdujeron fueron afortunados; la dirección del por aquel entonces debutante James McTeigue plasma con eficacia a la pantalla el libreto de las Wachowski y las imágenes distópicas de Lloyd; y la esencia de la historia de V sí está presente y se mantiene con fuerza veinte años después de su estreno. En una oportunidad, el crítico Quim Casas escribió algo en la misma línea: «pese a esa variación o traición, V de Vendetta, la película, reproduce muy bien una de las particularidades del cómic, su atmósfera de inseguridad e inquietud, esa sensación de que nadie está a salvo y todos son vigilados, así como pasajes concretos tratados visualmente con total fidelidad: el proceso que conduce a la protagonista a superar por fin sus miedos atávicos, por ejemplo. También la ambigüedad en torno al vengador V se respeta escrupulosamente […]»

La versión cinematográfica inicia el cinco de noviembre de 1605, justo en el momento en que Guy Fawkes, el rostro más conocido de la Conspiración de la Pólvora, es apresado antes de volar por los aires la Cámara de los Lores, sus miembros y al rey Jacobo I. De fondo escuchamos la voz en off de Evey Hammond que llega del futuro, hablando de Fawkes y, sobre todo, de las ideas que cambian el mundo. ¿Por qué se entremezclan el pasado y el futuro en el comienzo? Porque la realidad y la ficción política van de la mano en esta historia y, además, porque los recuerdos, las ideas y la venganza no prescriben.

Luego de esta introducción vemos en el presente en montaje alterno a los dos personajes principales, como una manera de señalar que sus caminos se entrecruzarán. De un lado está V, a quien le gusta la teatralidad, es culto, irónico, inmisericorde, rápido y fuerte; como iremos descubriendo V es un anarquista sin identidad conocida que está trastornado porque fue víctima de un experimento forzoso que le dio sus habilidades, pero le afectó la mente; y usa una máscara, peluca e indumentaria inspiradas en Fawkes para cubrir las quemaduras de su cuerpo y, más importante, como símbolo de la venganza que ha planeado por veinte años. Uno de los aspectos que lo hacen tan llamativo es su creencia en la violencia y en la muerte, y la ambigüedad de sus acciones, como intentar explotar una cadena televisiva; es un personaje con sus luces, pero también con sombras.

El actor James Purefoy fue la primera elección para interpretar a V, cosa que hizo por seis semanas, pero renunció en pleno rodaje por diferencias creativas. El sustituto fue el consagrado Hugo Weaving, cuyo elegante histrionismo e inconfundible voz eran idóneos para el personaje, hasta el punto que el traje completo ya no se puede pensar sin uno ni la otra, y contribuyó a hacer de V de venganza un hito de la cultura popular de los 2000.

Por otro lado, tenemos a Evey, que de pequeña pierde a su hermano por una misteriosa enfermedad (que sabremos, era un virus soltado deliberadamente) y sus padres, quienes eran activistas contra Sutler y fueron desaparecidos por la policía secreta. Tanto ella como su familia representan a las víctimas inocentes de todas las dictaduras, los evaporados, los asesinados y los que quedan solos. Evey trata de ser valiente, pero en verdad tiene miedo y le faltan fuerzas. Nadie puede culparla, ya que las tiranías tienen esa habilidad para traumatizar a las personas de por vida.

Si bien la historia principal es sobre V, el desarrollo de Evey también es relevante, aunque más para los espectadores que para la trama. ¿Qué significa esto? Si quitamos a la chica de la narración nuestro antihéroe se vengaría igual, es decir, ella no es indispensable para él, como pueden ser los ayudantes de otros personajes parecidos. Entonces, ¿por qué nos termina importando Evey y lo que le pasa? Porque el personaje funciona como un espejo para que los espectadores veamos reflejados en él nuestros miedos al sistema en que vive y, al hacerlo, podamos aprender una o dos cosas sobre nosotros. Más que hacer avanzar la trama, por tanto, Evey nos muestra y nos enseña; Natalie Portman hace un buen trabajo con ambas facetas de su personaje.

La larga tortura, el encierro y la ignominia a los que la somete V después de haber sido traicionado por ella, una lección dura y bastante cuestionable, hacen que su visión de la vida vaya cambiando; Evey no solo no lo delata, sino que deja de tener miedo. Así pues, en otra película su trama particular sería una pérdida de tiempo para la principal, pero en esta es necesaria no tanto para el desarrollo de la misma, sino para captar su sentido: las tiranías empiezan a desmoronarse cuando el ciudadano común pierde el miedo. La imagen de las fichas de dominó cayendo lo insinúa de manera efectista: una ficha sola puede iniciar el cambio, pero todas juntas lo consiguen.

Eric Finch (Stephen Rea), el inspector jefe de la policía, también representa esto y el despertar del hombre del partido que se va quitando el velo poco a poco para descubrir, no sin estupefacción, que ha vivido una mentira, forma parte de un sistema criminal y tiene la obligación moral de hacer algo para enmendarlo.

Toda la historia, así como partes del plano visual, beben de la historia política europea y la ficción distópica, como mencionamos. La subtrama del campo de concentración de Larkhill, en el que mueren muchas personas por los experimentos virales a las que son sometidas, recuerda a los experimentos médicos de Josef Mengele en Auschwitz. Asimismo, el autoatentado perpetrado por Fuego Nórdico (el partido ficticio de Sutler) que disemina el virus desarrollado en Larkhill en una escuela, el metro y una planta de agua, rememora el incendio del Reichstag efectuado por los Hitler y los nazis para justificar sus atrocidades venideras.

De igual forma, que veamos casi siempre el rostro iracundo de Sutler en una pantalla enorme es una alusión al Gran Hermano de la antedicha novela de Orwell. Igualmente, aunque Sutler no lo dice textualmente, se guía por el máximo principio orwelliano del Gran Hermano «La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza» al mantener a Inglaterra en una lucha constante inventada por él, temerosa y aislada. Es curioso que John Hurt, que resulta imponente solo con su rostro y voz, haya interpretado a Winston Smith en la segunda adaptación de 1984 (Michael Radford, 1984) y acá a su perfecto opuesto.

A pesar de sus amplias influencias y las sombras del personaje principal, V de venganza es una historia con una moraleja clara y sumamente pertinente, sobre todo en estos tiempos en que los autoritarismos se han multiplicado. Todo queda atado en la última escena en la que vemos a los londinenses, vivos o muertos, caminar hacia el Parlamento, presenciar su destrucción al ritmo del emocionante movimiento final de la Obertura 1812, de Tchaikovsky, y ver el nacimiento de una nueva era. Así pues, a pesar de la zona gris en que se mueve V, su plan era la única vía posible y la venganza que emprende contra Sutler y los responsables de su tragedia termina transformándose en un acto de justicia.

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