DESCONOCIDO
DESCONOCIDO
Autor/a: B.R.R.C.
Advertencia:
Este libro usa la ficción. Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
No hacemos apología al consumo de drogas, sexo o alcohol.
No hemos dañado animales. Los hechos son pura ficción.
Dedicatoria
Dedicado a cada una de las personas que forman parte, de cierto modo, de cada personaje.
Gracias por inspirar los hechos de esta ficción, condimentada con toques realistas.
Gracias a todos los que me impulsaron a escribir.
Gracias a todos los que me lean.
Prefacio
¿Te imaginas una noche de invierno, fría, lluviosa y húmeda, en lo más profundo de la ciudad? Tan alejada de todo, tan alejada de todos, sumergida en el silencio del desastre, en la inmensidad de la nada, con la mirada perdida en un tronco consumido en partes por polillas y el pasar de los días, astillado de tanto cortar leña sobre él, cubierto de moho y algo más.
En dirección a la derecha del tronco maltrecho yace inerte en el suelo un cuerpo, fraccionado en pedazos dispares. La cara aún es visible, sus ojos se ven atónitos, su boca entreabierta deja ver una dentadura casi perfecta que en algún momento tuvo una sonrisa encantadora, pero ahora que me veo mejor, estoy empapado, no solo en lluvia, sino...
En la sangre de mi mejor amigo, sosteniendo el arma homicida.
Biografía de autora
B.R.R.C. tiene 27 años y es una escritora apasionada por las historias que conectan con las emociones más profundas. Su pluma busca abrir puertas hacia mundos íntimos, invitando al lector a imaginar, sentir y descubrir.
DESCONOCIDO es el resultado de un año y medio de dedicación, esfuerzo y mucha pasión por contar historias que dejan huella. La “C” en su nombre de autora es un pequeño símbolo personal que representa ese impulso especial que la acompañó para dar forma y fuerza a su obra.
B.R.R.C. continúa explorando la escritura con el corazón abierto y la mente creativa, siempre buscando nuevas formas de llegar al alma de sus lectores.
B.R.R.C.
CAPITULO 1
BUENOS TIEMPOS
Nací en Argentina, tierra santa, madre de todos los climas y de la mejor vegetación, creadora primordial de los seres más empáticos y que por naturaleza tienden a ayudar al hijo de puta vestido de cordero en vez de mandarlo a laburar de algo normal y no dejar que te manguee por dejar tu auto estacionado en la vía pública. En fin, es un país hermoso, pero la gente deja mucho que desear.
Así y todo, un 12 de septiembre de 1997, mi madre me dio a luz. Dice que era un bebé precioso, con ojos azules, tez muy blanca y casi lampiño, pesando tres kilos y medio, entrando en un brazo y robando la mirada de todas las enfermeras. Debió ser hermoso, pero hoy, a la edad que tengo, puedo asegurar que mis ojos no son azules, que ya no quepo en un solo brazo y mucho menos peso tan poco. Pero sí sigo siendo blanco, lo demás depende de dónde lo mires.
Mamá siempre laburó, de lo que fuera. Podía faltarle todo a ella, pero a mí jamás. Eso hacía que nos mudáramos mucho, o por lo menos desde que tengo memoria así fue. Fui de escuela en escuela, siempre desde cero los dos. Mi padre, o mejor dicho “mi progenitor”, se había ido por cigarrillos hace mucho tiempo y ahí ya les dije básicamente todo. No lo conocí, pero por cómo sucedió todo debe ser una cucaracha resucitada con poca materia gris.
Mascotas nunca tuve. La sensación de tener que dejarlas cada vez que cambiábamos de lugar me estremecía el corazón, y como amo los animales, imagínate si iba a formar un vínculo con más de veinte criaturas para finalmente irme sin más. Así que me conformaba con las especies adiestradas de mis compañeros de colegio. Ahí descubrí dos cosas: la primera, que el colegio es una mierda, y la segunda, que los gatos me caen mal. Es cuestión de vibras, no lo tomen personal.
Terminé mis estudios en una escuela técnica. ¿Fue fácil? No, pero la culminé con gran éxito. Ya con 18 años tenía que trabajar, no podía recaer todo en una sola persona. Mamá ya había hecho bastante y me tocaba a mí poner el pecho.
Ahí es cuando conocí a Francisco, el carpintero de la ciudad. Un tipo alto, rubio, de tez muy pálida y ojos azules penetrantes, con un sentido del humor peculiar. Tenía el negocio desde hacía 30 años, ocupaba una manzana entera, dividido en dos sectores. Adelante estaba la oficina, donde se atendía a los clientes y se les cobraba. Detrás del inmenso mostrador se dejaba ver una puerta que daba paso a un cuartito pequeño con unos lockers donde el personal alojaba sus cosas. Contaba también con un anafe y una heladera mediana del año del pedo ubicada debajo de la única ventana que dejaba ingresar algo de aire.
Detrás estaba el depósito, edificado en el patio, lugar de puro cemento y ni un yuyo. Ahí se dejaban los materiales para luego armar los pedidos y despacharlos. Se ingresaba por la entrada de camiones, muy alejado del sector oficina, para mi gusto, bien diagramado.
Me cuenta entonces Francisco que era un negocio familiar, una tradición que debía perdurar en el tiempo, pero que ya estaba hinchado las bolas y quería dejar a alguien a cargo del imperio y así poder irse a la mierda con su mujer y controlar todo desde afuera. Me cuenta también que su hijo Felipe era un descerebrado adicto al porno y a los chistes negros de baja calidad, el cual claramente no podía encargarse de semejante mandato, al menos no por ahora.
Empecé a trabajar un doce de abril del 2016, a las nueve de la mañana. Ya estaba Francisco esperándome en la puerta de la carpintería con una sonrisa de oreja a oreja. Ahí tuve miedo por primera vez. Entramos a la oficina, donde ya estaba Pamela, la de “la buena atención al cliente”, una mujer hermosa por fuera pero horrible por dentro. Si la vi sonreír dos veces fue casualidad.
Pasé al cuartito detrás del mostrador y guardé mis cosas en uno de los lockers. Salimos de ahí e ingresamos al sector carga y descarga por el patio, hasta llegar al depósito donde a simple vista estaban muebles ya terminados, algunos a medio construir, tarimas apiladas, maderas ordenadamente acomodadas, elásticos y tantas otras cosas más. No te alcanzaba la vista para mirar todo lo que había ahí adentro.
Había un escritorio rebosado en papeles, carpetas, post-it, anotaciones en distintos colores, papeles remarcados, facturas pagas, cheques por cobrar, recibos de sueldos, talonarios, un teléfono fijo inalámbrico, la computadora de escritorio y lo que más me llamó la atención fue una agenda rosa chillón, revestida en un peluchito muy suave, con candado y toda la seguridad que un diario íntimo pudiera tener.
La miré un buen rato, se ve que Francisco se dio cuenta, entonces acota:
— ¿Qué pasó? ¿El rosa es tu color? —y se empezó a reír mientras preparaba unas tazas de café.
Apoyó sobre el escritorio las tazas haciendo espacio y me hizo un ademán para que me siente. Si tenía miedo, ahora estaba más cagado que nunca.
Me senté, él se sentó, abrió un cajón y sacó una cajita de habanos, la apoyó en la mesa, la abrió y sacó un porro del tamaño de su dedo meñique.
—¿Tenes fuego? —me preguntó. Saqué de la campera un encendedor barato y se lo pasé, a lo que me dijo:
—No se puede arrancar el día sin una buena seca —lo encendió mientras intentaba no quemarlo mal y me lo pasó.

CAPÍTULO 2
LA TÉCNICA
Mi primer porro lo fumé en el patio de la Técnica Nº 1, a mis quince años, sediento por probar cosas nuevas, por vivir experiencias diferentes. Además, tenía compañeros más grandes que yo, y eso hizo que un día me convidaran. Desde ese momento, no lo dejé más. Mamá sabe que fumo, pero en casa está prohibido; dice que te queman las neuronas y no quiere ser parte de mi destrucción mental. Yo siempre le digo que no se preocupe, que más pelotudo no puedo quedar. Ella se ríe y seguido me da una palmada en la espalda a modo de “¿qué decís, pendejo?”.
La escuela era inmensa. Me acuerdo que me sentí súper chiquito el primer día. Ya vergüenza no sentía, puesto que tenía cayos de tantas veces que la había sacado a relucir al cambiarme tan seguido de institución. Me adapté muy rápido, siempre me gustó aprender, y por fin disfrutaba las horas allí. No me sentía como un bicho raro, aunque sí me observaban, en especial quien después se convertiría en mi mejor amigo.
Fue el único que se acercó para comentarme más o menos cómo funcionaba ese lugar. Me hizo un tour, aunque la verdad prefería no conocer en profundidad la Técnica. Tenía recovecos por todos lados, miles de puertas que comunicaban distintos sitios. Podías salir y entrar por donde quisieras. Había poco personal; los preceptores hacían de porteros y profesores a veces, por lo que estaban súper ocupados con los casi 700 alumnos por turno que había.
La directora era una pobre mujer, con poca autoridad y un cargo que demandaba cierta rudeza. El vicedirector, en cambio, era más directo; no te dejaba pasar muchas cosas, pero ambos hacían un gran trabajo. Las paredes de los pasillos estaban atiborradas de afiches, carteles, dibujos y frases. También estaban los planos de evacuación. En cada paso había algo que decoraba esas paredes escaseadas de pintura, que rogaban un trato más digno. Los techos se caían a tal punto que veías las vigas que contenían el resto de revoque.
Las aulas eran normales, sosas y aburridas. Los profes eran variados: algunos impresentables y otros que daban su vida por enseñar. El Zoom era inmenso; allí hacíamos grandes actos y la formación en invierno, para no cagarnos de frío antes de ingresar a clases. Si estábamos en verano, se izaba la bandera afuera.
El lugar que más me fascinaba era el taller, lleno de máquinas, tornos, impresoras, soldadores, maderas, herramientas… ¡de todo! Un paraíso hecho realidad. Sin duda me gustaba mucho estar ahí. A veces me escabullía y me quedaba haciendo cositas, acomodando sobre todo; siempre me gustó tener todo bien ubicado.
El patio era un lugar mágico. A la semana de haber ingresado, Ricardo me tomó del brazo y, desaforado, me llevó tras un inmenso árbol justo ubicado detrás de la dirección.
—¿Tenes fuego, capo? —me dijo con total tranquilidad.
—Sí, tengo, pero no me llamo “capo”. Soy Bruce, mucho gusto, Ricardo —a todo esto, en ningún momento le había dicho cómo me llamaba; él me llevaba de acá para allá y yo era un NN.
—Bueno, ni un chiste te bancas —respondió entre risas—. ¿Me pasas el fuego, “Bruce”? —repitió con sarcasmo.
—Sí, claro, pero ¿para qué? —
Agarró mi fuego con una mueca de gracia y lo prendió. Prendió lo que sería mi primer porro escolar.

CAPÍTULO 3
RICARDO
Ricardo era un tipazo. Tímido en clase, pero en los recreos era terrible: fumaba en los baños, se rateaba, chamuyaba a todas las chicas; como dirían vulgarmente, “NO DEJABA TÍTERE CON CABEZA”. Inteligente, astuto, chistoso y amable, una mezcla de varias cosas, todo en una sola persona. Tenía el pelo largo y de un color muy parecido a un azul celeste.
Ricardo tenía dos años más que yo, había repetido primer año y, por su mala conducta en escuelas públicas, sus padres lo metieron a la Técnica. Su desempeño siempre se veía envuelto en escándalos. Con la esperanza de que acomodara la situación, tomaron esa decisión. El primer mes fue un caos; los padres se la pasaban en dirección, implementaban planes de contingencia por si la situación se agravaba. Había reuniones seguidas.
Ricardo deambulaba por la escuela sin un fin, corrompido por sus instintos más básicos. Él manifestaba un desastre inminente y jamás podías saber cuándo haría alguna de las suyas. Pero la realidad es que cuando me conoció un poco más, todo se calmó. Bajó mil cambios y dejó de portarse como un pelotudo. Aprobaba los exámenes, los profes le tenían aprecio, a las minas ya no les daba bola, dejó el pucho y se cortó el pelo, hasta lo dejó de su color natural, medio castaño. A dirección ya no lo llamaban, o si lo hacían era para felicitar su repentino cambio.
El pibe bardero que conocí fue cambiando poco a poco su actitud, mostrando ser un tipo serio. ¿Quién lo diría? Sus padres me amaban: Carolina y Anselmo, dos personas divinas, fotógrafos muy reconocidos de aves exóticas. Estaban trabajando en un viaje que los haría muy famosos. Les preguntaba todo acerca de su profesión, me resultaba fascinante.
Para ellos yo era como un hijo más. Incluso habían preparado, junto a Ricardo, un espacio más en su habitación para cuando yo me quedaba. Lo mismo en casa; mamá se encargó de hacerlo sentir a gusto. Nuestras familias se llevaban muy bien, hasta habían arreglado con mi madre para que nos cuidara mientras ellos estaban de viaje.
El 24 de julio fue el día más frío del año; hasta llegó a nevar en la ciudad. Todos los niños salían eufóricos a jugar con la pequeña capa de nieve que se había formado en las calles. Los padres tomaban mates en la orilla de la vereda viendo a sus hijos divertirse, mientras charlaban con los demás integrantes del vecindario.
Con Ricardo nos levantamos muy temprano para saludar a sus padres que viajaban. Desayunamos algo muy tranquilo y salieron como a las 8 am de la mañana al aeropuerto donde saldrían rumbo a su destino, ojo, con el transporte privado de la empresa.
Al irse, decidimos preparar el mate y quedarnos en la vereda, emponchados hasta el culo del frío que hacía, para contemplar el ambiente que se generaba entre las risas de los infantes y las charlas de los padres. Todo era maravilloso.
Ricardo cebaba unos mates de puta madre y yo me estaba por prender el mañanero. Lo encendí, se lo pasé a Ricardo y viceversa. Todo estaba de lujo… hasta que sonó el teléfono.
Eran alrededor de las 10 am. Ricardo me dio el equipo matero y entró a contestar el fijo mientras me cebaba un lavado. Ese día fue el último que vimos a Carolina y Anselmo.

CAPÍTULO 4
UN NUEVO MUNDO DE MADERA
El laburo en la carpintería era duro, mucho trabajo de fuerza, máquinas que cortaban con solo mirarlas y herramientas capaces de sacarte una extremidad si no sabías usarlas. Francisco me explicaba cada detalle del funcionamiento de todo, y sus demás empleados lo miraban asombrados de tanta paciencia. Siempre creí que veía en mí un hijo, el hijo que no pudo lograr que se interesara por el negocio, el hijo que no le había salido un boludo, y yo lo veía como el padre que jamás tuve.
Aprendí mucho, muchísimo, gracias a la técnica sabía varias cosas, por eso no me costaba tanto, y por eso Francisco tenía paciencia conmigo, porque no era un boludo más, era un pibe con ganas de progresar.
—Bruce, venite
un cachito a la oficina —me llamó.
El llamado del jefe solo podía significar una cosa.
—Voy —le respondí divertido.
La puerta de la oficina estaba abierta y al entrar la cerré. Francisco, de espaldas, me hizo una seña para sentarme. Con casi 20 años ya sabía que no estaba haciendo las cosas tan mal, y creía incluso tener mucho futuro en ese lugar. Todo esto lo pensaba mientras mi jefe hacía algo con sus manos a toda velocidad. Finalmente se volteó y, sosteniendo un gran cigarrillo de marihuana entre los dedos, me dijo:
—Mira Bruce, necesito saber si te Tomás esto en serio.
— ¿El trabajo? —pregunté.
—Y sí, pelotudo, ¿sino qué va a ser? —lo dijo socarronamente.
—Sí, sí, Francisco, me lo tomo muy en serio, me gusta mi empleo y aprendo mucho del oficio. —Yo estaba cagado en las patas.
— ¿Y qué querés hacer cuando crezcas? Digo, porque ya casi tenes 20 años, no vas a estar toda la vida de peón mío.
En ese momento mi cerebro se nubló, no salían las palabras. En realidad, no me había puesto a pensar en qué quería hacer. Solo sabía que debía ayudar en casa y eso era lo que me motivaba. Pero, ¿una profesión? ¿Yo? ¿Qué iba a hacer? Era verdad: no podía trabajar toda la vida para Francisco ni para nadie. La juventud se agota en algún punto, y acá, si pasas los treinta ya no servís para los empleadores.
—No sé, Fran, sinceramente no me lo puse a pensar —la duda me invadía, estaba descolocado, ¿acaso sería frustración?
Se ve que lo vio en mi cara porque, de estar frente a mí, pasó a rodear el escritorio para pararse detrás de mí con su mano en el hombro.
—Yo tampoco sabía qué quería hacer a tu edad, no está mal no tener las cosas claras, pero al menos debes buscar una pasión, algo que te incentive, que te motive, algo que te haga soñar. Esto es un trabajo de mierda, haces fuerza, te rompes la cadera, te lesionas por la mala postura y toda la mierda que le sigue.
Parecía comprometido con el discurso, se apartó de mí y puso el cigarro en sus labios, como esperando mágicamente una chispa que lo encendiera. Miraba concentrado un cuadro que había en la pared. No sé por qué no lo había notado antes, pero se veía una imagen muy alegre: un matrimonio feliz con un pequeño en brazos.
—Este de la foto soy yo, Bruce —dijo cortando el silencio— era feliz, ¿sabes? Tenía un propósito, tenía un sueño, quería luchar por algo, mi familia era hermosa.
— ¿Y qué pasó? —pregunté casi arrepintiéndome de lo que decía— perdón, no es de mi incumbencia —respondí avergonzado.
—Pasó la vida, Bruce, eso me pasó —continuó—. Por eso quiero que veas más allá de todo esto y te proyectes en un futuro donde tengas todo, donde seas feliz, donde te aferres a la idea de ser vos. Mírame a mí, no me va mal, tengo éxito, tengo un negocio, tengo una estructura, pero ¿de qué me sirve si estoy vacío? De nada.
Hizo una pausa, agarró un encendedor, pero antes de usarlo me miró unos segundos.
—Esto —señalando el cigarro— es lo que me pone en armonía. Y vos, vos sos un buen pibe, ¿sabes? Lo supe desde que te entrevisté aquel día. Tenes potencial y déjame decirte: vos vas a ser mejor que yo, grábatelo, Bruce. Quizás en el futuro nos crucemos y me lo recuerdes.

CAPÍTULO 6
MAMÁ
Carla Elizabeth Abatino, con apenas 18 años, quedó embarazada de mí, Bruce Milton Abatino. Laburó gran parte del embarazo en una rotisería de mala muerte, donde le pagaban dos pesos y medio, pero ella era feliz. Primero, porque mantenerse ocupada la hacía sentir fuerte. Y segundo, porque allí podía calmar los antojos que le venían de golpe.
Ramón, el jefe, no era un tipo malo, pero vivía bajo la pollera de Beatriz, su flamante esposa de 27 años. Él tenía 42 y una panza que le tapaba la vista a sus genitales. Siempre iba de traje, relojes carísimos y un bigote estilo mexicano que le quedaba más gracioso de lo que imaginaba — y lo sabía. Trabajaba en un lugar de comida rápida, pero vestía como si fuera dueño de todo.
Beatriz, según mi mamá, era una yegua de labios rojos y tetas plásticas. Siempre con faldas, vestidos y escotes que dejaban poco a la imaginación, de una manera indescriptible. A Ramón le chupaba un huevo lo que su mujer hacía. Sabía que cada día tenía que darle billetes a cambio de una buena cogida, como si fuera una prostituta con anillo de casamiento carísimo.
Mi mamá trabajó ahí hasta que ya no pudo más. El día que rompió bolsa, justamente Beatriz estaba de encargada del lugar.
—Beatriz, por favor, ¡ayúdame! —gritó desde la cocina. La tipa plástica fue a verla sin imaginar lo que se le venía encima.
— ¡Ay, la puta madre, Carla! Justo hoy te viene a pasar esto —dijo, con las manos en la cadera.
—Rompí bolsa —le respondió asustada.
—Sí, ya me di cuenta —contestó, sin un ápice de empatía.
— ¿Y ahora qué hacemos? Dios, no quiero que le pase nada al bebé —insistió mi mamá, presa del pánico.
Para sorpresa de mi vieja, Beatriz parecía saber mucho más de lo que aparentaba. Agarró unos delantales, los puso en el asiento del auto y la ayudó a subir al vehiculo. Cerró el local y llamó a Ramón.
—Ramón, me estoy yendo al hospital, la empleada rompió bolsa —dijo con voz firme—. ¿Tiene obra social?
La respuesta del otro lado no fue buena.
— ¿Está en negro? Pero vos sos un pelotudo, esto ya lo hablamos, Ramón —le recriminó.
La charla se alteró. De repente, un alarido de mi mamá por la contracción la obligó a colgar y salir disparada.
—Tranquila, Carlita. Agárrate bien y trata que el pibe no nazca acá —ordenó, prendiendo el motor y acelerando.
La tipa plástica la llamaba “Carlita”, como si fueran íntimas amigas.
—Toma este trapo blanco y sácalo por la ventana, así los pelotudos que van manejando ven que acá hay una emergencia y nos dejan pasar —le ordenó.
—No sabía qué me iba a hacer así —gritaba mi mamá por cada contracción que le sacudía el cuerpo.
—Y prepárate para lo peor —le avisó, casi con tono amigable—. Todavía falta que lo saques.
Al llegar al hospital, Beatriz estacionó como quiso y bajó a mi vieja, que ya no podía más.
—Dale, Carlita, ya casi llegamos, aguanta unos pasitos más.
Jamás la había visto tan bondadosa como aquel día, me dijo mi mamá.
Entraron al hospital, y Beatriz vociferó con autoridad:
— ¡Buenos días a todos! Tengo a una mujer con dilatación prominente, necesito silla de ruedas y médico ya.
Parecía que sabía lo que decía. Sin esperar, la llevaron directo a quirófano.
Tras media hora, Beatriz, cansada de dar vueltas en la sala de espera, tocó impaciente la puerta donde yo estaba naciendo. Un médico grande y fornido le pidió que esperara, que ya casi terminaban.
Cinco minutos después, una partera le entregó ropa de hospital para que se cambiara, porque la zona de pediatría tenía protocolos estrictos.
Al entrar, vio a mi mamá desvanecida, conmigo en su pecho mamando. Las enfermeras le contaron que la mujer que la había ayudado estuvo un rato observándonos, con una ternura que nadie esperaba. Me acarició, le dio un beso en la mejilla a mi vieja y desapareció sin más.
—Buenos días, mami —le dijo la enfermera apenas abrió los ojos—. ¿Cómo amanecimos? Todavía no le pusiste nombre al bebé, ¿ya pensaste en algo?
—Disculpe, enfermera —respondió mi mamá, casi molesta—. Dos cosas: primero, ¿puede hablar menos? Y segundo, la mujer que me trajo, Beatriz, ¿dónde está? Tengo que avisarle a mi jefe que estoy bien, no quiero perder el trabajo.
—Sí, estuvo aquí, pero se fue hace un rato —le dijo la enfermera—. Me pidió que le diera esto antes de irse.
Extendió una mano con un papel dorado, doblado con cuidado.
—Dijo que cuando esté lista, lo abra. Ahí encontrará las respuestas. Disculpe, debo atender a otra mamá. Otra enfermera volverá en unos minutos.
CAPITULO 7
La Decisión
No entendía por qué Francisco me hablaba así, pero notaba que había un algo de esperanza en su relato. Así que decidí sentarme a pensar en qué mierda iba a hacer con mi vida para tener un panorama más claro.
Debía buscar algo… pero ¿qué?
En casa estaba solo, mamá había salido a tomar mates con su mejor amiga, así que tenía tiempo para estar tranquilo. Me armé un cigarro —no fumaba de paquete— y me senté en mi árbol favorito, bajo el sol. El día estaba hermoso: no hacía ni mucho calor ni mucho frío, el cielo tenía muy pocas nubes y predominaba el azul en su máximo esplendor. Los pájaros acompañaban con sus cantares, y yo intentaba que apareciera una sola gran idea para no sentirme tan perdido.
Cerca de las siete de la tarde, regresó mamá. Al verme tirado en el sillón, pensativo, acercó una silla y se sentó junto a mí, acariciándome el pelo como cuando era chico.
— ¿Sabes qué es lo más duro de ser adulto? —me dijo con una voz muy dulce.
— ¿Evitar matar gente? —le contesté, haciéndome el gracioso.
—No, hijo de Dios —me dijo, dándome un leve correctivo en la frente—. Lo más duro es no bajar los brazos. Los adultos se rinden muy fácil, quieren todo muy rápido, y así no funciona esta vida.
— ¿Y cómo funciona, mamá?
—Bueno, con paciencia y perseverancia. Esto no es una peli, Bruce, es la vida real, y acá las cosas pasan si buscas que sucedan.
—Mamá, tengo casi 20 años y me siento más perdido que Colón buscando un continente.
—Colón era un pelotudo que no sabía qué carajo hacía, y mandó fruta para la corona española haciendo cagar a un montón de gente que estaba muy tranquila en su tierra. Y así nos dejó. Pero vos, vos no sos así. Tenes veinte años, hijo. Si a tu edad pretendes tener la vida resuelta, mi amor… ¿qué queda para los demás?
Sus palabras me daban cierta tranquilidad. Me transmitían confianza e inspiración para no darme por vencido, pero también me invitaban a buscar mi camino con calma, como si todo fuera a llegar cuando realmente tenga que llegar.
Parecía mentira: había estado todo el día bajo ese árbol buscando una solución, y de repente mamá se acercaba con su silla y ya sabía qué decirme. Como una especie de gurú o ángel guiador de caminos.
Me levanté del sillón, ella retiró sus manos de mi cabello. La miré unos segundos y, con una sonrisa, le dije:
—Mamá, vos sos todo lo que está bien. Gracias.
Ella se levantó y nos fundimos en un abrazo.
Esa noche no dormí mucho. Para cuando sonó el despertador, ya estaba despierto, contemplando las maderas del techo, buscando formas, distinguiendo los colores entre una y otra… en resumen: mirando la nada misma.
Me levanté, puse la pava, y mientras se calentaba el agua me metí a la ducha. Debí haber tardado una vida, porque cuando salí, mamá ya tenía todo el desayuno listo sobre la mesa.
—Buen día, mi amor —me dijo, extendiéndome el mate más perfecto del mundo.
—Buen día, ma. Tremenda pinta este mate… ¿estás tomando cursos para cebar? —le dije entre risas.
Me miró medio raro y después me mostró su hermoso dedo medio en señal de gesto familiar.
—Sentate, dale. Come algo antes de ir al trabajo, Mr. Payaso.
Esa mañana hablamos de nada en particular. Por un rato, me olvidé de mi gran preocupación: “mi futuro”.
Saludé a mamá con un beso en la mejilla y salí para el trabajo. Iba llegando muy justo y a Francisco las llegadas tarde no le gustaban, así que le metí pata.
Hacía demasiado calor. Llegué más que chivado. Ese día confirmé dos cosas: el desodorante me había abandonado varias cuadras atrás, y la próxima vez iba a traer una muda extra.
Al llegar, el portón ya estaba abierto y varios camiones estaban descargando materiales. Parecía ser una mañana agitada. Los empleados iban de acá para allá, en cuero y sudados. El sol daba de lleno en cada extremo del patio. Dejé mis cosas en los lockers y me puse a descargar con los demás.
Al cabo de dos horas habíamos terminado. Faltaba acomodar, pero entonces, dando un portazo, salió de la oficina Federico, el hijo de Francisco, y nos dejó a todos impactados por el estruendo.
—Ustedes son todas unas lacras. Todos le chupan el orto a mi papá. Esta empresa es mía. Váyanse haciendo a la idea de empezar a respetarme, manga de mierdas.
Nadie entendía nada. Nos mirábamos sin poder creer semejantes palabras. ¿Por qué? ¿Cuál era el motivo de semejante agresión? ¿Quién querría quedarse con el lugar? Y en todo caso, ¿eso no lo decidía el jefe?
— ¡Federico, cerrá el orto! —Gritó Francisco desde la puerta de la oficina—. ¿Quién mierda te crees que sos, mocoso? Ni lavarte el orto sabes, y venís a tratar así a los muchachos… A ver si te enteras de una cosita.
Cada palabra lo acercaba más y más a su hijo, que lo miraba absorto. Francisco dejó una pausa enorme. Ya casi encima de él, le dijo:
—Esta es mi empresa. Mía. ¿Quién es el titular de todo? Contame a ver.
—Vos, papá…
Y de un cachetazo le cortó la frase.
—La próxima vez que hables de mi empresa como si fuera tuya, acordate de esto. Y la próxima vez que te hagas el loco delante de mis empleados, pensalo dos veces. Porque, en todo caso, ellos son los que hacen que todo esto funcione. ¿Entendido?
—Sí…
— ¿Sí qué?
—Sí, papá. Entendido.
—Perfecto. Ya sabes por dónde irte.
Sin decir ni una sola palabra, Federico se retiró, habiendo pasado la vergüenza de su vida. A los pocos minutos, desapareció en su Volkswagen Gol, a una velocidad crucero, dejándonos a todos en un silencio incómodo.
—Disculpen este teatro —dijo Francisco, bajando el tono—. Mi hijo tiene las neuronas llenas de mierda.
—No pasa nada, jefe —contestamos al unísono, y nos pusimos en marcha.
— ¿Saben qué? Mejor hagan una pausa. Coman algo, tomen unos mates y relájense. Y después, pónganse gorras, por favor, y tomen agua. Los necesito más que nunca.
Ese día, Francisco estuvo encerrado en su oficina durante toda la jornada laboral.
CAPÍTULO 8
NOTICIAS
Durante varios días, lo único que hacíamos era ver noticias. Hacíamos zapping entre canales informativos y anotábamos cada dato interesante que encontrábamos en internet. La primera pregunta que buscamos fue:
“¿A cuántos metros de profundidad puede llegar un avión?”
Algunos aviones privados o comerciales pueden alcanzar hasta 42.000 pies de profundidad al caer en el mar.
Lo segundo que buscamos fue:
“¿Cuánta presión soporta el cuerpo humano bajo el agua?”
La inmersión segura para un nadador promedio es de seis metros.
Cada respuesta nos aterraba más. Nos alejaba de toda esperanza de vida.
No teníamos novedades. Íbamos y veníamos de un lado a otro: comisarías, hospitales... Nadie tenía información útil. Todos nos decían que estuviéramos tranquilos, que esos aviones llevaban suficientes paracaídas.
Llamábamos y llamábamos, pero los celulares seguían mudos.
Nada. Silencio.
Al llegar a casa, mamá tenía en una mano el teléfono y en la otra el control remoto. Delante de ella, la pantalla mostraba un mar inmenso. Abajo, en letras rojas y enormes:
“COSTA DE LOS CADÁVERES”
En una costa cercana se habían hallado pertenencias y varios cuerpos de pasajeros del vuelo 371 con destino a Tierra del Fuego.
Las imágenes habían sido captadas por el dron de un turista, que por accidente registró la escena. Una escena que nadie debería ver.
Rich se acercó al televisor, casi pegado a la pantalla. Empezó a murmurar cosas ininteligibles. Tenía los dientes apretados, los ojos desencajados y el puño apretado. Hasta que, de repente:
¡PUM!
Golpeó el televisor.
—RICH, NO —dijo mamá.
—Voy a pagarlo. Se los juro —respondió él, inmóvil, rígido, con los puños lastimados.
Lo peor había sido confirmado.
Después de semanas buscando respuestas, de hacernos preguntas estúpidas, de buscar información inútil...
Después de tanta angustia, una noticia insensible nos dijo que Caro y Salmo estaban muertos.
Ricardo miraba un punto fijo.
Millones de pensamientos le cruzaban por la cabeza. Ninguno bueno.
Rabia. Bronca.
Ni una sola lágrima cayó de sus ojos.
Desvió la vista, miró a mamá.
Después me miró a mí.
Me sonrió.
Se acercó.
Apretó mi mano.
Y un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—Bruce.
—Rich…
Con paso lento, pero firme, salió de casa.
Mamá solo observaba el televisor. Sin decir nada, caminó hacia la cocina en busca de una escoba y una pala para juntar los restos de la pantalla.
Mi cabeza giraba.
De un segundo a otro, todo se vuelve mierda.
Sentado en el sillón, solo podía revivir una y otra vez la escena.
Agarré el celular y tipié el título que recordaba: “Costa de los cadáveres.”
Miles de páginas hablaban del suceso.
Fotos.
Videos.
La declaración del turista que boludeaba con su dron y terminó encontrando más de lo que podía soportar.
Familiares llorando, aferrados a fotos y carteles, implorando por respuestas.
Pero todavía faltaba lo peor.
Nadie sabría nada hasta que se encontraran evidencias claras.
Intentarían reconstruir la escena.
Tendrían que analizar qué tan dañados estaban los cuerpos, hacer pruebas de ADN, reconocer prendas, valijas, accesorios, documentos...
Y tantas otras cosas más.
Mínimo llevaría un par de semanas más. Con suerte.
Me recosté en el sillón. Coloqué el teléfono sobre mi pecho, crucé las manos detrás de la cabeza y me quedé mirando el techo.
Entonces me di cuenta de algo.
Ricardo no me había escrito desde que se fue.
Debí escribirle.
Pero me detuve.
Quizás necesitaba Paz.
Abrumado, me retiré a mi habitación.
Saludé a mamá.
Ella estaba sentada en la mesa, con las manos sosteniéndole la mandíbula.
No decía nada.
Solo hacía muecas vacías.
LA TOTALIDAD DE LOS CUERPOS FUE RECUPERADA TRAS 72HS DE RASTRILLAJE MARÍTIMO.
LOS FORENSES REALIZARON PERICIAS SOBRE LAS VÍCTIMAS HALLADAS.
RESTOS HUMANOS Y PERTENENCIAS SIGUEN ARRIBANDO A LA COSTA.
LOS FAMILIARES CONSTRUYERON UN “LUGAR DE LA MEMORIA” DONDE DEJARON OBJETOS Y OFRENDAS EN SEÑAL DE UN ADIÓS ETERNO.

CAPÍTULO 9
EL FUNERAL
A diferencia de las películas trilladas, en este funeral el sol estaba cálido, la brisa un poco fresca, pero nada que no se aguantara con un poco de abrigo. Tenía el traje puesto y terminaba de lustrar los zapatos. Pensé que llovería… pero no. Una vez más, me dije: “Esto no es una peli.”
Mamá se estaba terminando de preparar. Lucía tan hermosa como siempre. Una lástima verla tan linda para un evento tan horrible. Me preguntaba cómo se debía sentir. Ella parecía ocultar cada emoción a la perfección, haciéndote creer que nada pasaba.
—Mamá, ¿estás lista? Ya casi es la hora.
—La verdad… no estoy lista para despedir a dos amigos, hijo. Pero la vida es inexplicable. Siempre pensé que se llevaba a las mejores personas, dejando cada vez más gente inmunda habitando este plano viviente.
Me preguntaba si Ricardo ya estaría ahí, pero antes de siquiera terminar el pensamiento, él me llamó.
—Bruce, ¿cómo van?
—Richard… acá vamos. Ya por salir. ¿Y por allá?
—Todo una farsa, boludo. Vinieron familiares que ni yo conocía, todos actuando como si les importara.
—Vos sabes cómo es esto… están al salto por un bizcocho.
—Sí, gente de mierda. Bueno, te espero. Bah… los espero.
—Dale, Rich. En quince estamos ahí.
Caminamos hasta la iglesia. El día estaba tan lindo que un taxi parecía innecesario. Afuera, una prole de gente esperaba para ingresar. Haciendo un esfuerzo, nos abrimos paso entre toda esa muchedumbre. Finalmente, llegamos a la entrada. Adentro, estaba solo Ricardo, sentado frente a sus difuntos padres. Vestía un traje negro impecable, zapatos de vestir pulidos —mejor que los míos— y un paraguas, como si esperara que lloviera en cualquier momento.
Nos acercamos, y al vernos, nos abrazó muy fuerte… demasiado.
—Gracias por haber venido —dijo con los ojos rojos de tanto llorar.
—Estamos acá para vos, siempre, ¿sí? —le dijo mamá, apretándole la mano.
—Sí, estamos acá para vos, Rich —reforcé.
—Gracias… Siéntense, por favor. Ya casi arrancamos.
—Pero… ¿toda la gente que está afuera? —pregunté sorprendido.
—Sí. Yo los eché. En cualquier momento se van. ¿Sabes lo que me preguntaron? ¿Querés que te cuente lo que me dijeron todos y cada uno de esos imbéciles?
Estaba furioso. Tenía más enojo que tristeza… o quizás era decepción. No lo sé. Quise responderle, pero él siguió descargando su bronca:
— ¿Podes creer? Me dijeron —chasqueó la lengua— que eso les había pasado por su “extraño trabajo” —hizo comillas con los dedos—. Que por qué no fueron mejor profesores o fotógrafos de personas, o de bebés. Que los aviones no son seguros, y bla bla. ¿¡A vos te parece!? ¡El día que entierro a mis viejos, un montón de extraños viene a darme cátedra sobre qué sí y qué no! ¿Vos lo podes creer?
No. Realmente no lo podía creer. Había que ser infeliz para decir algo así. Porque, si te tenes que morir, te morís. Como al destino se le ocurra. Ojalá pudiéramos decidir cómo abandonar este mundo.
No quise interrumpirlo. Él necesitaba descargarse. Aun así, no dijo nada más.
La ceremonia inició pasadas las doce del mediodía. Solo estábamos Ricardo, el cura, mamá y yo. Nadie más. Frente a nosotros estaban Carolina y Anselmo, pacíficamente acostados, llenos de maquillaje para tapar todo el trauma del accidente. A decir verdad, me sentía raro. Recordaba esa última mañana. Desayunamos tostadas con queso y mermelada. Carolina me había preparado un omelette porque sabía que me gustaba más lo salado que lo dulce. Aun así, también comí tostadas. Ese día… ojalá hubiera sabido que no volverían. Al menos habría intentado que no fueran a ese destino. O habría buscado la forma de alertarlos sin que pensaran que estaba loco. ¿Te imaginas? Un pibe diciéndote que vas a morir en un accidente. Ja. Cualquiera habría pensado que la marihuana de verdad nos había quemado las neuronas.
No sé cuánto estuve pensando o imaginando, pero cuando volví en mí, ya estábamos siguiendo la procesión hacia el cementerio.
Bajaron los cajones muy lentamente. Con mucho amor, el cura nos entregó una rosa a cada uno. Ricardo fue el primero.
—Mamá… papá… Espero que desde donde estén puedan guiarme. Espero que estén orgullosos de mí… —dijo, y arrojando la flor, entre llantos, pronunció su último adiós a quienes le habían dado la vida.
Al llegar mi turno, temblé. No quería decepcionar a nadie. Y siempre odié las despedidas.
—Caro… Salmo… jamás sabemos cuándo será el último día que estemos acá. Pero esa mañana, ese desayuno… realmente fui feliz. Gracias. Gracias por el tremendo amigo que me han dado. Gracias por haberme permitido ser parte de su familia. Prometo…
Y ahí fue cuando miré a Ricardo. Él me miraba, aguardando la última gran frase, con lágrimas que parecían no terminar. Mamá estaba a su lado. Ella no lloraba. Sostenía con total entereza la mano de Rich, y con un ademán, me impulsó a seguir. Intenté que la voz no se me cortara, pero no fue así:
—Prometo… te prometo, Ricardo… que jamás vas a estar solo.
La frase más imbécil la tuvo que haber dicho yo. Mi mamá mientras esperábamos el mejor de los discursos, ella simplemente arrojó con suavidad la flor. Luego, volteándose hacia Ricardo, le dijo:
—No te preocupes, mi amor. Ya me despedí de ellos desde que supe la noticia. Te amaron con cada parte de su ser. Y ahora, desde lo alto, estarán amándote mucho más.
Los tres nos abrazamos mientras bajaban los cajones. Y en ese momento, una calma inmensa transformó el brillante cielo azul en una inmensa nube gris, descargando todo su llanto sobre nosotros.
CAPÍTULO 10
BEATRIZ
Mi madre estuvo tres días en el hospital. Cuando le dieron el alta, Beatriz estaba ahí afuera, esperándonos. Tenía un ramo de flores tan grande que apenas se le veía la cara, y en la otra mano, un kit de bebé unisex, porque no sabía si era nena o varón.
Subimos al auto en silencio. Nadie dijo nada en todo el camino. Al llegar a casa, después de acostarme, quedaron ambas mujeres envueltas en la calma tensa del silencio.
—Estoy exhausta —dijo mamá, dejándose caer como una piedra en el sillón.
— ¿Qué tal el parto? —preguntó Beatriz, acercándose despacio, como si no supiera si era bienvenida.
—Bien. Tenías razón... lo peor fue sacarlo —respondió, y las dos estallaron en una risa que les aflojó el cuerpo.
Beatriz se sentó a su lado y le tomó las manos. Las manos de mamá, que ahora ya no temblaban.
—Carla, sé que debes estar preguntándote qué hago acá. O mejor dicho... por qué carajo te estaba esperando fuera del hospital.
—Sí, y también cómo sabías que me daban el alta hoy.
—Ja... tengo mis contactos —dijo con una sonrisa cómplice, guiñando un ojo.
—Mientras no sea ilegal, todo bien. ¿Mate?
— ¡Nada ilegal, lo juro! —Levantó la mano como si estuviera declarando en un juicio—. Y sí, obvio que tomo mate.
Mamá se levantó y puso la pava. Beatriz también se levantó y la siguió a la cocina.
—Cuando te vi con tu hijo en brazos me sacudiste el corazón, Carla. ¿Sabes? A mí los nenes no me gustan. Me incomodan, me sobran. Pero con vos... con vos fue distinto.
—Bruce. Se llama Bruce. —dijo mamá, con la voz suave pero segura.
—Entonces por eso el papelito —sonrió Beatriz—. Esa es la respuesta a por qué estoy acá.
Hizo una pausa. Como si estuviera eligiendo con pinzas cada palabra antes de decirla.
— ¿Tuviste que ingeniártelas sola? —le preguntó mamá, dándole espacio.
—Sí. Exacto. Eso me hizo ser fría. Lejana. Dura. Ramón es el único que sabe quién soy de verdad. Y ahora... bueno, me gustaría que vos también puedas ver esa parte de mí.
Carla la miró con atención. Beatriz tenía los ojos brillosos, llenos de una emoción que se le escapaba por las esquinas pero no terminaba de desbordar.
Esa tarde le contó todo.
Que su infancia había sido una trinchera. Que su mamá era una borracha perdida que coleccionaba hombres como si fueran ceniceros. Que su papá era un adicto al juego que un día desapareció, dejándoles deudas, vergüenza y nada más. Y que ella, harta de todo eso, decidió ser diferente.
Se fue de su casa antes de que la destruyera por completo. Empezó a trabajar limpiando casas. Juntó cada centavo con los dientes apretados. Se operó el cuerpo, porque creía que solo siendo otra se le abrirían las puertas que con su cara real nadie le iba a mostrar. Decía: “como te ven, te tratan”.
A los 25 conoció a Ramón. Fue a comprar un sánguche de milanesa a su rotisería en pleno síndrome premenstrual. Desde entonces, cada dos días encontraba una excusa para volver. Quedó flechada. Ese bigotón bruto la enamoró de pies a cabeza. Le dijo a Carla que durante años creyó que serían solo ellos dos, porque ella no quería hijos, y el gigante mucho menos. Pero después... algo cambió. Se dio cuenta de que no quería pasar ni un día más lejos de nosotros.
Beatriz confesó que sintió una necesidad visceral de formar parte de nuestras vidas. Que ese día, cuando me vio en brazos de mi madre, supo que ahí, en esa casa, estaba la familia que siempre le habían negado.
Y desde entonces, esa mujer que parecía de plástico, esa que se había disfrazado de dura para sobrevivir, se convirtió en una pieza clave de nuestras vidas. Se volvió mi madrina, la hermana sin sangre de mi vieja, y una de las personas más increíbles que jamás conocí... claro, después de mi mamá.
Ese día Beatriz encontró lo que nunca creyó posible: un lugar donde quedarse. Un hogar sin condiciones. Una familia real.
CAPÍTULO 11
LA RESPUESTA
Habían pasado algunos días desde el incidente en el trabajo. Francisco casi no salía de la oficina y Federico no volvió a aparecer por la carpintería. El laburo seguía siendo tan pesado como siempre, pero había cierto encanto en cada cosa que hacíamos. El grupo era bueno, nos organizábamos entre todos para hacerlo más llevadero. El desayuno era un azar: cada día uno traía algo y se compartía. El almuerzo casi siempre era un rejunte de lo que traíamos de casa. La merienda, solo mate. A veces el jefe se portaba y traía facturas o bizcochos, pero muy de vez en cuando. Muy.
Eran las doce del mediodía. Paramos a comer con los muchachos. El día estaba siendo agotador. Tomé un trago de agua y me dispuse a deleitar mi sándwich cuando, de golpe, Francisco salió de la oficina. Nos miró a todos, como buscando algo. Finalmente me clavó la mirada.
—Bruce, vení un segundo —dijo seco.
Me levanté. Fui.
—podes comer acá mientras hablamos —soltó, sin una pizca de emoción.
Al entrar, noté que la oficina había sufrido una especie de transformación. El escritorio, que solía ser un caos, estaba ordenado. Sobre él, solo quedaban algunas anotaciones, un par de recibos y la famosa agenda rosa chillona. El diario íntimo del jefe, le decía yo en joda por la pinta que tenía.
— ¿Qué pasó, Fran? —pregunté mientras masticaba el primer mordisco.
—De todo pasa, pibe. Pero no te llamé por eso.
— ¿Y entonces? —seguí comiendo.
—No hables con la boca llena, es desagradable. Además, escupís todo.
Tragué como pude. El pedazo de pan con fiambre pareció descender en cámara lenta. La garganta, seca. El pánico me recorría. Dejé mi almuerzo a un costado. Lo miré fijo.
—Te llamé porque llevo varios días dándole vueltas a un asunto. ¿Me pasas fuego? Sin eso no encuentro las palabras.
Se reclinó en la silla, encendió el encendedor y prendió un cigarro. No era tabaco. Era marihuana.
Jamás había fumado delante de él.
Dio una pitada larga y profunda. Cerró los ojos, se dejó llevar por la sensación. Al abrirlos, soltó una carcajada.
—Cambia esa cara de boludo. Toma, proba. Te va a gustar.
¿Qué hacía? Si aceptaba, podía ser una genial decisión o la peor de todas. Respiré hondo. Dejé que mi voz interior hablara por mí. Y lo más loco fue que no habló: actuó.
Mi mano, sin pedir permiso, se estiró para agarrar lo que Francisco me ofrecía. La decisión estaba tomada.
Tosí. Tosí como si no hubiera un mañana. Sentía que los pulmones se me salían por la boca, junto con el pedazo de sándwich que todavía me quedaba atascado.
—Toma un poco de agua —me dijo, acercándome un vaso.
—Sí, gracias —dije entre jadeos, y bebí como si me estuviera deshidratando.
— ¿Y? ¿Está buena? —su sonrisa era media, pero orgullosa.
—Sí… tenías razón. Nunca probé algo así. ¿Tenes más agua?
Me sentía un idiota. Un novato. Si tan solo actuara como un adulto... La humillación me trepaba por la espalda.
—Eh, espabila. Toser no te hace menos. Además, esta es una cosecha mía. Me halagas quedando así.
¿Me leía la mente? Me pregunté eso, y enseguida me respondí que no. Que era un flash mío. Del estado.
Lo miré fijo. Él también. Todavía tenía en la mano el cigarro volteador de culos. Se paró, me sirvió más agua, y al dejar el vaso sobre la mesa dijo:
—Te llamé por una razón, Bruce.
—Estoy despedido, ¿no? —la tristeza me invadió sin aviso. No entendía por qué. Las emociones se me soltaban solas, sin filtro.
—No. Estás muy lejos de la realidad, Bruce —hizo una pausa, dejo el vaso cerca mío y empezó a caminar por la oficina—. Te estuve observando. Estos dos años evalué tu forma de relacionarte con los demás, tu desempeño, tu honestidad. Todo.
¿Y qué carajo era eso? ¿A dónde quería llegar? Si no me iba a echar, ¿entonces qué?
Me incliné hacia adelante, cruzando los brazos, y solté lo que sentía:
—Fran... ¿a dónde vamos con todo esto? Si no estoy despedido, ¿entonces qué es?
—Toma —me dijo, y deslizó la agenda rosa chillona hasta dejarla justo frente a mí—. Abrila.
Era tan suave como me la imaginaba. La recorrí de extremo a extremo con los dedos. No era un diario íntimo. Era la fórmula secreta para llevar adelante la carpintería. La Biblia de la empresa.
Le eché una mirada rápida a la información, cerré el cuaderno de golpe. Ahora sí que no entendía un carajo.
— ¿Qué es esto, Francisco?
—Es lo que vas a necesitar para manejar la empresa.

CAPÍTULO 12
PROBLEMAS
Beatriz y mamá charlaban en el jardín mientras yo intentaba comunicarme con Ricardo. Llevaba días sin responder, mil mensajes, millones de llamadas, y ni una sola respuesta. Decidí llamarlo una vez más, pero como los demás intentos, fue un fracaso. Así que me alisté, saludé a mamá y a Bea, y me fui para su casa.
Ricardo vivía lejos, pero no tanto; su barrio estaba pegado al mío, apenas un puente separaba un sector del otro. Caminé las largas cuadras mientras recorría el barrio y me percaté de cuánto tiempo hacía que no iba a la casa de Rich. Siempre estaba ocupado o haciendo algo, o venía él a mi casa, y así me había mantenido alejado de ese recorrido sin darme cuenta.
—Pensar que antes venía más seguido— me dije en voz alta. Una señora que pasaba junto a mí con un changuito de compras me miró como si estuviera loco. Su cara de impresión me dio mucha gracia.
Después de una caminata extensa pero no tanto, llegué a destino.
Lo que vi me asombró. El patio estaba completamente abandonado, como si el tiempo lo hubiera olvidado. Las flores que solían adornarlo yacían marchitas, convertidas en un desorden de hojas secas y ramas rotas. Yuyos de casi medio metro de alto cubrían el camino de piedras, que antes era un sendero bien cuidado; ahora las piedras estaban dispersas, como si un huracán hubiera pasado y dejado todo patas para arriba.
La casa era el peor escenario posible: persianas bajadas y sucias, telarañas cubriendo postigos, puertas desvencijadas y los focos del porche apagados o fundidos. El timbre estaba arrancado de la puerta, dejando cables pelados con un par de hilos apenas envueltos en un trozo de cinta adhesiva amarillenta. Era como si el abandono hubiese tomado residencia fija ahí.
¿Desde hace cuánto mantenía Ricardo su casa así? ¿Por qué no me había pedido ayuda? Al final, ninguna de esas preguntas tenía respuesta.
Toqué la puerta y esperé. Al cabo de unos minutos, escuché pasos.
— ¿Quién es? —dijo una voz ronca que me costó reconocer.
— ¿Ricardo? —Dije incrédulo— ¿Sos vos?
Un silencio helado se apoderó del ambiente.
— ¿Ricardo? —insistí.
—Sí, ¿qué querés? —respondió con desdén.
— ¿Cómo que “qué quiero”, boludo? Te estuve llamando, mandándote mensajes, ¿está todo bien? Llevo días intentando comunicarme y no me contestas.
—Ándate. No quiero verte, ni a vos ni a nadie.
¿Qué mierda estaba pasando? Eso no era normal. ¿Era acaso un ente extraño que había poseído a mi amigo? La última vez que lo había visto estaba errático, pero no así.
—Ricardo, déjate de joder, ¿me estás haciendo un chiste? —le pregunté, esperando que todo fuera una broma macabra.
De repente, la puerta se abrió violentamente, golpeando la pared con un estrépito seco. El estado de mi amigo era deplorable. En apenas unas semanas había perdido por lo menos treinta kilos. Su piel parecía pegada a los huesos, su rostro estaba chupado y cubierto por una barba descontrolada; era un esqueleto viviente, pálido y con ojeras que parecían hundirse más con cada parpadeo. La ropa le quedaba enorme, colgando sin forma ni cuidado. Se acercó a mí, casi rozándome la nariz con la suya, y podía distinguir dos cosas: el olor penetrante a mugre que emanaba y la ira descontrolada en sus ojos. ¿Pero por qué tanta rabia?
— ¿Qué mierda querés? ¿Eh? ¿Cagarme más la vida? ¿Eso querés? ¿No te alcanzó con todo lo que hiciste? —apretaba los dientes con una fuerza que parecía hacer temblar el lugar.
—Pero, ¿por qué decís todo esto? Soy yo, tu amigo, Bruce.
—Ja. ¿Ahora te preocupo? Claro, pensás que porque mis viejos están muertos necesito protección. ¿Cómo dijiste en tu discurso de mierda en el funeral hace años? No, ¡YO NO TE NECESITO, ENTENDES?
Con furia lanzó un golpe certero contra la pared. Quedé paralizado, mirándolo fijamente.
—Para, cálmate —intenté contenerlo, o eso creía—.
—Vos cálmate, imbécil.
Al terminar la frase casi me da un puñetazo, si no me hubiera corrido justo a tiempo. Al esquivarlo, observé el interior de la casa. Todo era peor desde adentro. El caos reinaba absoluto, como si un huracán invisible hubiera destruido cada rincón. Restos de comida podrida cubrían el piso, el olor nauseabundo penetraba mi nariz y me nublaba el olfato.
La luz era escasa, apenas un foco de velador iluminaba de forma mortecina y amarillenta un rincón del living.
—Ricardo —le grité casi desesperado—, ¿me podes explicar qué mierda te pasa? La última vez que te vi estabas hecho un desastre, pero ¿esto qué es? Te destruiste, y quiero saber por qué. ¿Por qué dejas que tu casa se caiga a pedazos? ¿No te das cuenta dónde vivís? ¿No te das cuenta de cómo apestas? ¿Ni siquiera te miras al espejo?
Me miró durante unos largos segundos, como intentando reconocerme, pero finalmente volvió a tirarme otro golpe que esquivé con esfuerzo. Cansado de la situación, entré sin más en la casa. Ricardo no se movía, parecía congelado.
Sobre la mesa del living, donde antes compartíamos comidas, mates y largas charlas, ahora había un altar del desastre: frascos de medicamentos abiertos, vacíos, otros llenos, amontonados sin orden. Se leían nombres horribles: Amitriptilina, Zolpidem, Duloxetina, entre otros, todos para trastornos severos. Botellas de alcohol vacío y a medio llenar inundaban el piso como un pantano tóxico.
Seguí recorriendo el lugar, y en la mesita del living, cuidadosamente colocado, había una tarjeta de colectivo y una pequeña caja con bordes dorados. La curiosidad pudo más que yo y abrí la caja. Lo que encontré me dejó en shock: un polvo blanco cubría la mitad del recipiente. En un instante, comprendí todo.
Ricardo no solo estaba mezclando alcohol con pastillas, sino que también se había hundido en la cocaína.
El hedor, la suciedad, el descuido, el abandono… todo me revolvía el estómago. Estaba en la presencia de alguien que se había perdido a sí mismo.

CAPÍTULO 13
COMPROMISO
Las palabras de Francisco me dejaron helado. ¿Dónde estaba la cámara oculta?
— ¿Qué es esto, una joda para Video Match? —finalmente dije, incrédulo.
—No es ninguna broma, Bruce, te quiero como mano derecha.
—Pero llevo poco tiempo acá, tenes empleados con más antigüedad.
—Sí, pero ellos no tienen tu chispa.
— ¿Qué chispa, Fran? Yo laburo igual que ellos.
—No, vos tenes más cualidades, pensás en grande, me doy cuenta de tu potencial —hizo una pausa para prender un porro y siguió—. Ya está decidido, a menos que renuncies en este momento.
Mierda. Era una noticia increíble, la mejor de mi vida. Francisco me había elegido para llevar adelante su imperio. Quizás podríamos trabajar junto a Ricardo y así vernos más. ¡Qué locura!
—No renuncio ni en pedo —le dije, orgulloso, parándome firme.
—Entonces, ¿socios?
Estrechamos las manos y el trato quedó cerrado. Toda la semana estuvimos con papeleos; él era un tipo muy ordenado y le gustaba tener todo en regla. Al final, casi todo tenía mi nombre también. No solo era Fran, sino también Bruce.
Cuando le conté a mamá, saltaba de alegría. Pude ver todo el orgullo que sentía por mí, y eso me hacía feliz. Por fin tenía las ideas ordenadas, y la carpintería me encantaba.
A Ricardo también le conté, pero sentí quizás un poco de celos. Su respuesta fue seca, casi sin importarle:
—Podrías venir y trabajar con nosotros, Rich.
—Na, ese laburo es para bobos.
— ¿O sea que yo soy un bobo? Además, ¿qué tiene de malo? Armamos muebles, boludo, no es que choreamos o nos prostituimos.
—No me interesa tu propuesta, ¿así o más claro?
Desde esa respuesta, no le comenté nada más. Trabajar juntos… a la mierda, directo.
Mientras tanto, seguía trabajando normal, como uno más, pero siendo quien pagaba los sueldos. Francisco casi no venía; mayormente me ocupaba yo de todo o se lo delegaba a Pamela, la secretaria. Mis compañeros no se lo tomaron a mal; recuerdo que cuando les conté pensé que se venía lo peor y, al contrario, hubo hasta un asado con Fernet de festejo. Ese día terminamos todos ebrios, bailando y cantando clásicos del rock nacional, de esos que te mueven hasta las uñas de los pies.
Por fin sentía paz. Por fin sabía lo que quería hacer. Por fin estaba donde quería estar.
CAPÍTULO 14
ANTES DEL PROBLEMA
— ¡Hijo, vino Rich! —gritó mamá desde las escaleras.
Como siempre, nos juntábamos con Ricardo para charlar y ponernos al día. Con nuestras responsabilidades, el tiempo juntos era poco, pero lo aprovechábamos, o al menos eso creía yo.
—Amigo mío —le dije bajando con una sonrisa de oreja a oreja.
— ¡Hey, Bruce! —respondió, pero había algo raro en su voz, un tono apagado, distinto al de siempre—. ¿Pongo la pava?
—Sí, por favor —dije mientras preparaba el mate.
Pusimos el agua en el termo, saqué mi kit fumón y salimos al patio. En casa no se fumaba, y bajo mi árbol favorito estaba perfecto. Cebé el primer mate, estaba rico, pasé el segundo a Rich, di unas pitadas al cigarrillo herbal que había armado y se lo pasé.
— ¿Cómo estás, amigo? —le pregunté, mirándolo bien. Estaba más flaco.
—Bien, bien, todo fenomenal —dijo con un dejo de ironía—. Dejé de comer algunas cosas.
—Me alegro entonces. ¿El laburo? ¿Los estudios? ¿Dejaste la carrera? ¿Qué cosas dejaste de comer?
—El laburo bien, los estudios los dejé, la arquitectura me aburrió. Y sí, las harinas, me hinchaban la panza. Capaz te vendría bien a vos también.
O me decía gordo o algo peor.
— ¡Huy, boludo! Ya la tenías... —le dije, sin creer mucho.
Quizás el estrés de la carrera le estaba jugando en contra.
—No me importa —respondió seco.
Definitivamente estaba raro.
—Voy al baño, Bruce —dijo.
Asentí, pero algo no cerraba. Había llegado hace menos de diez minutos, ¿y ya se iba al baño? Caminé un poco por el patio, mientras pensaba, y noté que no era el mismo Rich. Le faltaban ganas, estaba apagado.
Estuvo casi treinta minutos en el baño. Salió completamente renovado, lleno de energía, ágil, como si hubiese tomado una droga. Se sentó a mi lado y me dio una palmada fuerte en la espalda.
—Me encanta tu casa, Bruce. Este árbol, wow, enorme, ¿eh? Los mates están buenísimos. Y tu mamá, está entrenando o qué... ¡un cuerpazo!
—Gracias, che. Es la misma casa desde que me conoces, el mismo árbol, solo que más grande. Los mates los hago con ganas, gracias por notarlo. Pero... ¿qué dijiste de mamá?
—Aja, que tu vieja está re buena.
—Bueno, banca —le dije, medio serio—, es mi vieja. Sé que fea no es, pero nunca te había escuchado hablar así.
—Y bueno, la gente cambia, Bruce.
Eso no me gustó ni un poco. Siempre me hablaron mal de mamá, pero Ricardo jamás había soltado nada así, jamás.
La tarde siguió “normal”. Tomamos unos tres termos de mate, charlamos horas, con pausas de media hora donde él se escapaba al baño. Miradas a mi vieja que me ponían nervioso, gestos raros que prendían alarmas internas.
Ricardo seguía yendo al baño.
—Dale, boludo, ¿qué te estás fabricando yendo tanto?
—Ya voy, tus mates me aflojaron todo —respondió.
—Ja, claro, tira la cadena, no quiero nada flotando —dije riendo, y me tiré en el sillón del living.
—Nada mejor que cagar —dijo él, saliendo del baño como un campeón.
—Bueno, bueno, la boquita —gritó mamá desde la cocina, preparando la cena.
Ricardo se frenó en seco, como si decodificara la orden.
—Che, sentate —le dije—, en cinco te acompaño a tu casa.
—No —dijo seco—, me voy solo, boludo. Soy un grandote, sé llegar.
—Claro, cierto, ya sos un tipo grande —le dije, y nos reímos.
Rich se fue y yo me quedé mirando cómo se alejaba. Algo me hacía ruido, pero supuse que no era gran cosa. Si bien hacía años había perdido a sus padres en un accidente, era normal que siguiera de duelo.
Al caer la noche decidí textear a Rich, siempre avisaba cuando llegaba, pero esta vez no lo hizo. Dos horas después me respondió: Llegué, sí, estaba con unos asuntos, por eso no avisé rápido.
Eran casi las diez, y él se había ido de mi casa tipo siete de la tarde. ¿Qué habría estado haciendo? ¿Una chica quizás? En fin, le dije que no pasaba nada, y no volvió a responder.
CAPÍTULO 15
INCENDIO
Llegué de la casa de Ricardo atónito. Estaba confundido, triste, también decepcionado. ¿En qué se había convertido la persona que durante tantos años me ofreció su amistad? ¿Qué lo llevó a terminar así? Yo podía perdonar muchas cosas, pero no el consumo de cocaína. No me pregunten por qué, pero detesto esa maldita droga que saca lo más vil del ser humano. Nubla el juicio y muestra la versión más detestable de nuestra especie.
Al llegar, mamá preparaba la cena, Beatriz ponía la mesa y Ramón, que ya había llegado, abría una botella de vino blanco dulce.
—Pibe, llegaste —me dijo Ramón, dándome un abrazo—. ¿Un vasito de vino? Tu cara me dice que te vendría muy bien —y lo remarcó con un “muy bien”.
—Sí, por favor, servime un poquito. ¿Ya comemos o me da tiempo a ducharme?
—Anda, pibe, anda. Tu mamá recién puso las pastas —me guiñó un ojo mientras se alejaba con una copa para ella y otra para Bea, que había estado escuchando todo.
La ducha fue exquisita. Necesitaba relajarme, parar de pensar en el día de locos que había vivido. Me sequé y me miré al espejo. Qué apariencia tan horrible. Nunca había estado tan triste. Me cambié y bajé. La mesa ya estaba lista y mi copa de vino me esperaba en la mano de Ramón. La tomé y la bebí de un saque.
—Pibe, no te veo bien.
—Qué buena vista tenes, che. ¿Me servís más, porfa? —le extendí la copa.
—Sí, claro. ¿Querés conversar? Traje algo de tu interés, pero que no se enteren las doñas, porque me matan.
De su bolsillo sacó una cajita metálica ultra chata. ¿Qué había adentro? La solución para aclarar mi cabeza.
—Es de mi cosecha. Bea sabe, pero se hace la boluda. Dice que me mata las neuronas y bla bla bla, así que medio me escondo para fumar.
—Mamá me dijo lo mismo. Por eso en casa no se fuma adentro.
—Claro. Bueno, ¿vamos al patio? Agarra la copa.
La noche estaba pesada. Anunciaban lluvia para la madrugada, y el olor a tierra mojada predominaba en el aire. Ramón prendió el cigarro natural y un aroma delicioso me conquistó el olfato.
—Uy, qué barulo tiene eso —le dije, como si fuera un amigo más.
—Sabes que podes contar conmigo, ¿no? Ya sé, soy un viejo, pero también fui joven, pibe.
Algo en él me hacía sentir conforme, relajado, como si nada de lo que había vivido ese día importara. Y no era por el tremendo porro que estábamos fumando: era Ramón, que inspiraba mucha paz.
—Seguro que eso fue lo que enamoró a Bea.
— ¿Qué cosa? —preguntó, interesado.
—La paz que transmitís.
La sonrisa que apareció en su rostro me confirmó que había dado justo en el clavo. O casi.
— ¿Y a vos qué te pasa? Te noto medio triste, ¿puede ser?
—Le diste justo —respondí, expulsando una buena bocanada de humo que me hizo toser—. Es Ricardo. No lo veo bien hace tiempo —seguí tosiendo.
—Bueno, convengamos que siempre fue distinto ese pibe... Pero va, dale, empezá por donde quieras. Contame qué te trae así —dijo, recostándose contra la pared.
—Ya no somos más amigos. O eso creo. No sé... Estoy confundido. Está muy raro. Me genera una sensación como si no lo conociera. Hasta miedo de que cometa alguna locura. Hoy... no lo vi bien.
—Pero si se conocen desde hace años, pibe. ¿Qué le pasó? Nunca se habían peleado ustedes.
—Sí... Siempre hay una primera vez, al parecer, ¿no? Bancame que voy a armarme un pucho y seguimos.
Al entrar, mamá y Bea estaban poniendo la fuente con las pastas.
—Ya comemos, hijo.
—Dale, ma. Ahí le aviso a Ramón.
Comimos. Estaba muy rico. Después de ayudar a levantar los platos, armé mi cigarro y salí al patio. Adentro, los adultos conversaban y tomaban más vino. Ramón contaba cómo había conocido a Bea, y mamá se descostillaba con los detalles.
El humo era espeso, lento, formando siluetas al azar. Sentía cómo descomprimía mi ansiedad y la aminoraba con un poco de nicotina.
En medio de esa calma, me pareció oír un ruido proveniente de la entrada de casa. Me acerqué, pero no había nada. Terminé el cigarrillo y entré. Cerré la puerta y, al levantar la vista, ahí estaba Ricardo.
Me miraba fijamente, con el rostro retorcido. Esbozaba una sonrisa perfectamente diabólica. Su nariz estaba cubierta del maldito polvo blanco.
Maldita mierda.
¿Qué carajo hacía en mi casa a estas horas? ¿Qué hacía yo? Toda mi familia estaba adentro y nadie parecía estar viendo lo mismo que yo.
—Bruuce, ¿por qué no me abrís así hablamos un poquito? Hoy te fuiste medio mal de casa... —En una mano sostenía un bidón que parecía contener nafta o algo similar. En la otra, un encendedor.
El miedo me invadió. Lo único que atiné a hacer fue cerrar la puerta con llave y mirar a mamá. Ella pareció notar que algo andaba mal, así que hizo una seña a Beatriz y a Ramón. Despacio, se fueron hacia la cocina.
Desde donde estaba, no se veía a los demás. Tranquilamente podía fingir que estaba solo.
—Ricardo, no deberías estar acá.
— ¿Ah no? Pero si somos amigos. Mira, traje una vela para prender... A vos, que tanto te gustan —dijo, señalando el bidón y el encendedor.
—Por favor, ándate...
Pero no. Se pegó aún más al vidrio de la puerta, empañándolo con su respiración.
—Abrime ya, hijo de puta.
—No, Ricardo. Tomátelas de mi casa.
Su rostro se tornó serio. Y, como si se tratara de un demente, al cabo de unos segundos empezó a reírse frenéticamente.
— ¿Querés que me vaya? —decía, casi esquizofrénico—. Me voy a ir cuando no haya quedado nada de esta puta casa.
Abrió el bidón, arrojó la tapa hacia quién sabe dónde y comenzó a rociar toda la entrada con ese líquido claramente inflamable.
—¿Pero qué haces? —le grité desde adentro. Él solo me miraba, con esa sonrisa retorcida.
Corrí hacia la cocina. Ya estaban llamando a la policía.
—Hijo, ¿qué carajo pasa?
— ¡Mamá, es Ricardo! ¡Se volvió demente! ¡Va a prender fuego toda la casa! ¡Tienen que salir ya!
Corrí hasta la puerta lateral, pero ya no veía al tipo que alguna vez fue mi amigo. Destrabé la puerta y salí.
Típico de película de terror: no me di cuenta de agarrar nada para defenderme. Rodeé la casa y ahí estaba, vertiendo lo último del bidón sobre la puerta principal.
—Rich, pará. ¿Qué estás haciendo? ¡Está toda mi familia adentro! ¿Te volviste loco?
— ¿Familia? ¿Loco? Ja... ¿La familia que vos sí tenes y yo no? Y lo de loco... es relativo, Bruce.
Mi cerebro entendió. Todo este tiempo: su comportamiento cambiante, las horas encerrado en el baño, los comentarios obscenos hacia mamá, la falta de respeto por nuestra amistad, su casa abandonada, el olor a suciedad... Ahora esto.
No solo se había vuelto loco por el consumo. Lo invadía la ira. El duelo. La soledad. La envidia. Había perdido a sus padres. Pero... ¿por qué lo volcaba contra mí? ¿Celos? ¿De qué?
—Ricardo, mi familia es tu familia. Ya lo sabes.
—No digas idioteces, ¿querés? Ellos jamás lo van a ser. ¿No te das cuenta? Me tratan como a un puto huérfano. “Ay sí, sientan lástima por el pelotudo de Ricardo…”
—No sienten lástima, Rich. Estás diciendo cualquiera.
— ¡No me trates como si fuera un estúpido! Estoy más lúcido que nunca.
Seguir hablando no me iba a llevar a nada. Ricardo ya no podía razonar. Todo lo que hiciera me conduciría a una catástrofe. Mientras pensaba, él se daba impunemente un pase de merca.
—Deja esa mierda —le dije, sin medir mis palabras.
—La voy a dejar cuando la consuma sobre vos, sorete.
Sacó el encendedor. Agachado, volvió a aspirar esa porquería, y al levantar la vista, con una sonrisa diabólica, lo encendió.
Y el fuego empezó.
CAPÍTULO 16
AMISTAD
Tener amigos no es soplar y hacer botellas. Implica una responsabilidad, un compromiso con el otro, lealtad y sinceridad. Tener una verdadera amistad es, prácticamente, dar la vida por alguien más... o bueno, tal vez no tanto, pero ustedes entienden la analogía.
Durante mis veinte años, solo pude formar un vínculo así con una sola persona. Con él conocí lo que era estar en las buenas y en las malas. Entendí que una gran amistad es como un hermano que no te dio la vida, pero sí el corazón.
Lo más importante con los amigos es cuando llega el momento de presentarlos a la familia. Ellos suelen tener ese radar que te dice “por ahí va” o “por ahí no”. En casa, el visto bueno fue rotundo. Cada vez que lo invitaba, lo trataban como a un rey. Y ojo, que en su casa pasaba lo mismo: sus padres me adoraban. Decían que era una buena influencia.
Teníamos un lugar en la casa del otro, siempre. Nuestros padres se juntaban a merendar, a comer, a hacer reuniones de domingo donde reinaba la frase: “cuando los adultos hablan, los pendejos se van a la pieza con la play”. Todo era una maravilla. Estaba viviendo una de las experiencias más lindas de mi vida, y tenía a mi lado un amigo de fierro.
Cuando me quedaba a dormir en su casa, hablábamos sobre cómo sería nuestro futuro. Nos imaginábamos con hijos, esposas, autos de alta gama y casas de ensueño. Queríamos una vida como la de nuestros padres. Pensábamos que ellos disfrutaban ser adultos... y quizás lo hacían, al menos a veces.
Con el tiempo, compartimos aún más cosas. De a poco, dejamos de lado la play y empezamos a tomar mates, a sentarnos al sol, a leer, charlar, mirar tele, dibujar, arreglar cosas. Aprendimos a disfrutar de lo simple.
¿Se acuerdan que les dije que en la amistad también hay que estar en las malas? Bueno, ¿qué pasa si, como sacado de una película, los padres de tu mejor amigo mueren en un accidente fatal? Ahí sí tenes que ponerte la camiseta del "al rescate, amigo", y quedarte, estoico, firme, a su lado.
No es fácil. Los traumas no lo son. Llevan tiempo, duelen, y si te descuidas, todo se va al carajo. Pero estoy en paz porque sé que jamás fallé. No sabía cómo ser un buen amigo, pero me convertí en uno. Todo fue por él.
Tal vez fue por eso que todo terminó así. Tal vez, en mi afán por no dejar que se sintiera mal, no le permití liberar sus emociones. Tal vez, al reprimirlas, se quebró por dentro.
Tal vez, y solo tal vez, mi amistad lo lastimó.
Tal vez nunca debí cruzarme en su camino. Tal vez nuestros padres nunca debieron conocerse. Tal vez todo sería distinto si su vida y la mía nunca se hubieran cruzado.
Tal vez, sin mí, Ricardo aún viviría.
CAPÍTULO 17
HUMO
El fuego rodeaba la casa por completo. Frente a mí, Ricardo seguía inmóvil, mirándome. Todavía sonreía.
Verlo solo aumentaba mis ganas de golpearlo, así que desvié la vista y corrí hacia la puerta lateral. Quería ver si mi familia había logrado salir, pero las llamas me cerraban el paso. Desde la ventana de mi pieza, escuché el grito desesperado de mi madre.
— ¡Ayuda, por favor!
— ¡Mamá! —grité—. Mamá, busca una salida, ¡está todo lleno de fuego!
— ¿Por dónde salimos, hijo?
—Pibe, podemos caminar por el techo, pero el fuego ya está agarrando todo —dijo Ramón desde adentro.
— ¿Y? ¿Qué se siente, hijo de puta? —Gritó Ricardo desde la entrada—. ¿Tenes miedo, sorete?
— ¡Cerrá el orto, imbécil! —Le grité con rabia—. ¡Todo esto es tú culpa! Yo no maté a tus padres, fue un accidente, ¡un accidente de avión! ¿Por qué nos castigas así?
El llanto me cortaba la voz. La impotencia me nublaba la vista. El fuego seguía devorándolo todo, y mi familia estaba atrapada.
—Esto no es un castigo, Bruce. Siempre tan ingenuo vos…
— ¿Entonces qué mierda es?
—Una pequeña cuota de igualdad, hermano.
Hijo de puta. Estaba completamente loco. Ya no me importaba nada de él. Lo único que quería era que mi familia saliera viva.
— ¡Mamá, subite al árbol! ¡Decile a Bea y a Ramón que se agarren!
¿Se acuerdan del árbol favorito de mi infancia? Bueno, ese árbol ahora era la única salvación.
Mi vieja se trepó como pudo al postigo y, desde ahí, se deslizó por la rama que casi tocaba el techo. Bea y Ramón hicieron lo mismo. Los tres quedaron abrazados al tronco. Gracias a Dios, era de buena madera.
— ¡No se bajen hasta que llegue la policía! ¿Los llamaron?
— ¡Sí, ya llamamos! —respondieron los tres al unísono.
— ¡Llamen a los bomberos también, pero ya!
Pero algo no cerraba. Me miraban con desesperación… y señalaban la casa.
Claro. Los celulares estaban adentro.
Mierda. Solo habían alcanzado a llamar a la policía. ¿Y si tardaban en llegar? ¿Qué hacía yo mientras tanto?
— ¿Dónde carajo está la lluvia? —grité al cielo.
—Jajaja, pobre Bruce… Implora por agua, qué patético —dijo Ricardo, rodeándome lentamente. Sacó su Porta Merca 3000 y aspiró todo el contenido.
— ¡Uhh! Ahora sí… ¡Siento la vitalidad!
Se abalanzó sobre mí. Me pegó con una fuerza brutal, desmedida.
— ¡Richard, por Dios, déjalo! ¡Lo vas a matar! —gritó mi mamá desde lo alto.
—Esa es la idea, mamá —dijo él con una sonrisa retorcida—. Sin él, al fin voy a tener la atención que merezco.
¿Atención? ¿De qué hablaba?
¿Todo esto era un plan para matarme? ¿Quería sacarme del medio? ¿Adueñarse de mi familia?
¿Qué clase de mente enferma pensaba así?
Tomé impulso y lo empujé. Cayó como una hoja… pero se levantó igual de rápido. Yo apenas podía mantenerme en pie. La vista se me nublaba, pero alcanzaba a distinguir formas.
Y entonces, como enviados del cielo, escuché las sirenas.
Un sonido salvador.
Me di vuelta… Ricardo ya no estaba. Había desaparecido.
CAPÍTULO 18
CASA
Mi casa quedaba alejada de casi toda la civilización del pueblo. Había sido una herencia de la familia de mi madre; al ser hija única, todo le correspondió a ella. Bueno, en realidad, “todo” era solo la casa. Cuando se la dieron, parecía un lugar embrujado: abandonado, descuidado, frío. Sangre, sudor y lágrimas le costó a mamá convertirla en un hogar.
Por suerte, no lo hizo completamente sola. Mi progenitor —a quien prefiero no nombrar— colaboró en los arreglos hasta el día que se enteró de que iba a ser padre. Ese mismo día, se mandó a mudar.
La casa tenía dos puertas. Una daba al frente, visible desde el caminito de entrada, pero era una simple fachada: esa puerta jamás se abría. La verdadera entrada estaba en el costado, justo al lado del árbol. Esa era la que usábamos siempre.
El patio era inmenso, lleno de plantas y con un árbol enorme que parecía tocar el cielo. Sus ramas eran tan largas que casi rozaban el techo, y una de ellas llegaba muy cerca de la ventana de mi habitación. Ese árbol fue muchas cosas en mi vida: escondite, refugio, confidente. También, como vimos hace poco, salvación.
Al entrar por la puerta lateral, lo primero que aparecía era el living. A la izquierda, un gran sillón que miraba hacia las ventanas del frente, justo al lado de una mesita baja repleta de adornos. Una alfombra enorme cubría casi todo el piso. En una esquina a la derecha, un velador alto y la vinoteca (obra de Ramón). A la izquierda, un mueble con adornos y encima, cuadros con fotos de la familia, dibujos, y un par de pinturas sin firma que mi mamá adoraba.
La escalera que llevaba a mi cuarto estaba pegada a la pared izquierda del living. Mi habitación era amplia, casi cuadrada, con un baño incluido y un entretecho al costado de la puerta donde mamá guardaba cosas del trabajo, además del escritorio con la compu que compartíamos.
Debajo de esa escalera, medio escondida, estaba la habitación de mamá. También con baño privado, claro, ella se había ganado su espacio.
Detrás del sillón, cerca de la puerta de la cocina y del cuarto de mamá, había una mesa de comedor de madera con cuatro sillas. En el centro, un florero con flores del jardín, que mamá cambiaba cada tanto según la estación. Esa ubicación no era casual: si alguien se asomaba por la puerta lateral, no podía vernos cenando. Mamá pensaba en todo.
La cocina estaba conectada al comedor por una puerta trasera. Ese era su lugar favorito. Tenía una mesada larga, una bacha doble, y muebles blancos que combinaban con las alacenas que daban toda la vuelta a la cocina. El horno estaba empotrado en la pared, una idea yanqui que a mamá siempre le había fascinado. La cocina eléctrica también era cosa suya. La heladera, blanca, tenía algunas manchas de óxido pero seguía funcionando como el primer día.
Desde la cocina, se accedía a un pequeño cuarto donde estaba el lavadero y el baño que usaban las visitas.
La casa era chica, sin lujos, pero tenía todo. Y más importante aún: tenía alma. Cada rincón era una creación de mamá. Bea también aportó lo suyo, sobre todo en la decoración del comedor. Ramón insistió con la vinoteca. Yo, apenas participé decorando mi cuarto.
En esa casa crecí. En esa casa viví. Compartí las mejores cosas: reuniones, pijamadas, risas, desayunos, meriendas, charlas eternas, siestas de domingo, baños largos, vino con mamá, comidas de invierno. Todo eso… ahora se disolvía frente a mis ojos.
Una llamarada roja y naranja envolvía los recuerdos, como si el pasado entero ardiera junto con las paredes.
Gran parte de mi vida estaba siendo consumida por llamas.

CAPÍTULO 20
OCULTOS
La casa refugio estaba muy bien equipada: tenía varias habitaciones, varios baños, un patio cubierto, una pileta, un living acogedor, una cocina pequeña, una heladera repleta de provisiones, platos, cubiertos, tazas, manteles, individuales, un televisor, películas, CDs de música, un tocadiscos con vinilos, un sillón bastante largo… y un perro, Dorian.
Al llegar, recorrimos todo el lugar. Era una planta baja muy completa, y Dorian nos seguía a todos lados; nos observaba desde los rincones, no ladró ni movió la cola, solo miraba.
Cada uno eligió su cuarto y ahí pasamos el resto de la madrugada. Yo me quedé en el sillón, pensando y mirando al perro. Siempre había querido una mascota, y me preguntaba qué se sentiría tener un animal propio, ese que sabes que nadie puede quitarte y por el que darías cada milímetro de tu vida.
Dorian parecía un adulto, había vivido muchas experiencias como esta, y transmitía mucha paz al mirarte. Sus ojos eran tranquilos y profundos; tenía una carta de presentación, un papel con varios años encima, que indicaba las funciones de el y explicaba de dónde venía.
“Mi nombre es Dorian, soy el guardián de esta residencia. Soy un perro de guía y acompañamiento, no soy de raza, soy simplemente auténtico.”
P.D.: Si ladro, es porque hay problemas.
Allí estaba toda la información necesaria. Dejé el papel donde estaba y me acerqué para acariciarlo. En su collar tenía escrito su nombre y un número al que llamar. Decía: “En caso de emergencia no use al perro, llame”. Pensé: ¿por qué carajos decía “no usar al perro”? Digo, ¿quién lo haría?
Caminé hasta la cocina y me serví un vaso de agua. Estaba muy cansado pero sueño no tenía. Bebí como si no hubiera tomado agua en años. Dorian me observaba. Busqué su tazón para ponerle agua, pero no tenía, así que usé un tupper que había. El perro bebió y se echó, aun me observaba. Quizás tenía hambre. Busqué en las alacenas algún indicio de alimento, pero no encontré nada. Realmente tampoco es que buscaba con mucho ánimo. Abrí la heladera: había bandejas de fiambre y pan lactal. Me hice un sándwich y otro para el perro. Comimos en el refugio oscuro de la noche. La inmensidad del silencio era pacífica. Tragué, me llené, o eso creía, y me recosté finalmente en el sillón, donde pasé el resto de la noche.
Al despertar, aún nadie se había levantado. Dorian me miraba cerca de la puerta del patio; definitivamente quería ir al baño. Al abrir, descubrí que en el patio estaba su recipiente de agua y comida, más unas cuantas bolsas de alimento balanceado. Observé el lugar: estaba lleno de plantas, un techo polarizado cubría el espacio, la vegetación era natural, no artificial, y Dorian tenía un lugar muy específico donde hacer sus necesidades. Recorrí el patio por el mini sendero y, al finalizar, llené el recipiente de agua y comida del perro, junté sus heces y entré a la casa. Cerré la puerta del patio, tiré la basura y me metí a duchar.
La ducha me dejó como nuevo. El baño era sofisticado, reluciente. Un espejo gigante mostraba el reflejo de una cara con ojeras y barba de un par de días. Me miré, me observé, toqué mi cara recorriendo cada parte de ella. La sensación era extraña; jamás me había dejado estar así. Me hubiera gustado encontrar una maquinita de afeitar.
Al salir, tenía puesta una toalla cubriendo mis partes y la ropa sucia en una mano. Di vueltas buscando un cuarto de lavado hasta que finalmente di con él. No era un lugar en sí, sino que me topé con el lavarropas automático, ubicado en un costado de la casa que, vaya a saber por qué. La manguera de desagote entraba en un pequeño orificio. Me acerqué para verlo más, pero estaba tan a presión que fue difícil saber a dónde iba. Era un modelo no tan antiguo. Metí mi ropa y lo dejé en lavado rápido.
Me sorprendía que aún nadie se había levantado. Revisé algunos armarios en los cuartos del refugio en busca de alguna prenda sin hacer mucho ruido. Lo que encontré era dos talles más grandes que yo, pero al menos tenía algo puesto y no una toalla.
Me había agarrado hambre, así que decidí desayunar. Puse la pava y le abrí a Dorian, colgué la toalla afuera y, buscando, resultó que en las alacenas había muchísima comida. Saqué un paquete de yerba, seguí revisando y encontré el mate y la bombilla. Preparé unas tostadas con dulce y encendí la tele. La hora del dispositivo marcaba las 8:30 a.m. Era demasiado temprano, pero mi cuota de sueño estaba saldada. Me senté con todo el desayuno y me dispuse a ver algunas noticias. Para mi sorpresa, no había canales de aire. Qué ingenuo, ¿por qué creía que sí? Apagué la tele y me cebé un buen mate. Fui hasta el lavarropas, saqué la ropa y la colgué fuera. Volví a la sala y probé un bocado de una de las tostadas.
Mi mente se disparó a aquella mañana en que había visto por última vez a Caro y a Salmo: esa charla, ese abrazo antes de subir al auto, el recuerdo de un buen amigo, gente en la nieve… Probé otro bocado y esta vez el recuerdo fue violento: llamas elevadas y una retorcida cara que creí haber conocido invadieron mi mente. Dejé a un costado la tostada, casi con una sensación de asco. Tragué lo que tenía en la boca y, rompiendo el silencio, el ruido del portero me tiró al piso.
Era el oficial Bargas. Estaba afuera de la residencia. Por suerte había cámaras, así se podía ver quién entraba y quién salía.
Me levanté y atendí el teléfono.
—Buen día, oficial.
—Buen día, muchacho. Quédate tranquilo, este lugar es seguro.
De nuevo con lo de “seguro”. Qué manía tenían con hacerte creer tonterías. El portón se abrió y Clemente ingresó caminando muy tranquilamente. Al cabo de unos segundos estaba en la puerta de entrada aguardando a que le abriera, mientras el portón se cerraba detrás de él.
Giré la llave y abrí.
—Con permiso, muchacho —el oficial ingresó y cerré nuevamente con la llave—. Seguido de eso, corrí ligeramente la ventana y observé si había alguien—. ¿El resto de la familia?
—Aún están durmiendo, oficial. Tome asiento, por favor. Estaba tomando mate, ¿quiere uno?
—Con gusto.
Clemente se sentó en el inmenso sillón y Dorian lo recibió efusivamente.
—Parece que le caes bien —le dije ingenuamente mientras cebaba el mate.
Me miró y esbozó una media sonrisa, claramente había dicho una idiotez.
—Dorian es mi perro —me dijo aún con la media sonrisa en su cara—. Debido a mi trabajo, no puedo dedicarle mucho tiempo; por eso está en este lugar. Sé que quienes vienen acá necesitan un alma pura que los contenga. La seguridad es una sensación, pero créeme, con este gran amigo fiel, se convierte en certeza.
—Creo que le agrado —le dije sin creérmelo del todo.
—Creo que sí, muchacho. Algo en él me dice que le caíste bien, ¿no es cierto, campeón? —Dorian movía la cola y festejaba como nunca. “Campeón” parecía sacar la alegría del can—. Bueno, antes del cuestionario, contame: ¿cómo pasaste la noche?
—Bien —las palabras no encontraban salida, Clemente tomaba el mate mientras sacaba una libreta y una birome.
—Perfecto, entonces empecemos. ¿Qué pasó antes del incendio?
—Salí a fumar un cigarrillo, habíamos terminado de comer —pero antes de poder seguir me interrumpió.
—Me refiero mucho antes, ¿qué pasó?
— ¿Qué tan antes?
—Tanto como puedas, para poder entender necesito que me cuentes todo.
¿Por dónde empezaba? Decidí relatar desde el día uno. Le conté los inicios en la técnica, le hablé de sus padres, de su profesión, de cómo era Rich antes de ser amigos, le hablé de nuestra amistad, de las cosas que habíamos vivido, le conté del accidente de sus padres, el gran detonante de todo esto según yo. Le hablé de las pastillas, del alcohol, de las drogas que él consumió, de cómo estaba su casa, de la apariencia de aquel ser, de cómo había hablado de mi madre. Le conté cada detalle. Le hablé de lo culpable que me sentía. La realidad es que Ricardo era una mala versión gracias a mi mal desempeño como amigo.
—No es tu culpa, eso lo sabes, ¿no? —Mirando su libreta se quedó un minuto en silencio—. Estuvimos investigando y los vecinos dicen que hacía varios meses presentaba comportamientos ermitaños e irracionales. Tuvo peleas con varios vecinos, le pegó a un abuelo, y reiteradas veces en un día llegaba un sujeto que le proveía drogas.
—Pero, ¿cómo decís esto? Digo, ¿los vecinos te dijeron? ¿O lo viste en las cámaras? —me levanté del sillón de un salto, agarrándome la cabeza; cada vez la historia se tornaba más y más descabellada.
—Ambos, muchacho. Las cámaras registraron muchas más cosas que no vienen al caso. Lo importante ahora es saber dónde está. A su casa aún no volvió. Tomamos una prenda de él para que los perros de rastreo intenten localizarlo, pero aún no hay indicios.
—Podría estar en cualquier parte, incluso a la vuelta de la esquina, esperando que te vayas para prender fuego todo.
—Para, cálmate —Clemente se levantó y, agarrándome por ambos brazos, me miró muy fijamente—. Sos un adulto, muchacho. Allá, en esas habitaciones, hay gente que corre peligro. Nadie lo conoce más que vos a este sujeto; nadie más que vos puede saber cómo funciona.
—Pero dejó de ser la persona que yo conocí —le dije casi en pánico.
—Sí, puede que ya no sea la versión que conociste, pero aún seguís siendo el que más sabe de él, así que cálmate y prepárate, porque lo que se viene pone en riesgo a todos. Lo que necesito ahora es que vos estés fresco y no lleno de rabia.
Sus palabras parecían un gran tirón de orejas, pero tenía razón. Estaba haciendo berrinche como un niño chico. Tenía que poner las bolas en remojo, calmarme, pensar y razonar.
Después de todo, había una parte certera: nadie conocía a Ricardo tanto como yo. Y esa era mi carta segura.

CAPÍTULO 22
PERSECUCIÓN
El camino de tierra estaba complicado, mis zapatillas habían perdido parte de la suela hace rato, así que se sentía como caminar descalzo. Me odiaba por no haberme puesto unas en mejor estado.
La transpiración me recorría y la humedad del día no ayudaba; la pesadez y la falta de agua se sentían. La lluvia amagaba, pero ni una gota caía, y el viento mantenía una calma inquebrantable.
Correr jamás me gustó, detestaba los deportes que alteraran mi ritmo cardíaco o peor, que me hicieran sudar y apestar a chivo. Definitivamente olía mal, pero esta vez mi vida dependía de que lo hiciera.
No tenía ni la más mínima idea de dónde estaba. El sendero era muy terroso, los pastizales altos, y a lo lejos se veían infinitas columnas de árboles cubriendo todo. Era la primera vez en mucho tiempo que salía al mundo exterior, pésimo momento para intentarlo hoy.
Pensaba en cómo estaría Dorian, si Clemente me buscaba o si alguien había sido alertado de que había salido del refugio, alguna alarma o señal que disparara.
Quizás algún vecino a lo lejos vio todo y corrió a buscar ayuda, o quizás nadie vio nada y la única ayuda tendría que buscarla yo solo.
Ya casi era de noche y la visibilidad bajaba. El riesgo era alto, pero aún estaba vivo.
A lo lejos distinguí lo que parecía un campo: grandes cultivos, vacas, caballos por doquier, y una casita con un granero muy cerca. Si en algún lado estaba la ayuda, era ahí.
A pocos metros de llegar, una piedra me golpeó la cabeza, dejándome un sangrado leve. Ya casi, maldita mierda, no podía dejarme vencer.
Las piedras volaban, cascotes, cascotitos y micro piedras, todas en mi dirección. Algunas impactaban, otras no; por suerte no me hicieron más que unos rasguños.
Estaba cerca de la casa cuando la otra zapatilla perdió la suela. Mis pies estaban casi en carne viva, el dolor intenso, pero más me dolería si me rendía ahora.
Al llegar, encontré un bebedero de caballos con algo de agua. Bebí sin importarme la suciedad y me sumergí por completo. La oscuridad me abrazaba y, sin darme cuenta, el victimario pasó cerca. Contuve la respiración unos segundos más y al salir no pude ver mucho.
Mis latidos parecían escucharse a kilómetros, la cabeza dolía, quizás por el piedrazo o por la adrenalina. Estaba empapado y el agua casi cristalina se había tornado roja y marron.
Sin hacer ruido busqué algo para defenderme.
—Salí, rata inmunda, salí de tu cochino escondite —esa voz, distorsionada y maliciosa, me buscaba desesperadamente.
—Dale, Bruce, vamos a tomar unos mates, ja. Te juro que ya te perdoné por lo de mis papis, cero rencores.
¿Qué mierda estaba diciendo? ¿Qué carajos tenía yo que ver con sus padres?
—Si te lo repito una vez más, de verdad que voy a tener que matarte, eh, aunque de todas formas iba a hacerlo.
Su tono era vivaz, estaba disfrutando esto, mientras yo buscaba sin éxito algo para defenderme. Tanteaba cada borde de la casita; el granero estaba un poco lejos.
—Me estás inflando los huevos, Bruce, me estás haciendo recalentar —y de un golpe hizo que algún animal lanzara un alarido—. Hay, pobre animal, vení Bruce, creo que lo lastimé un poco, ja.
Otro golpe, y un crujido estremecedor.
— ¿Cuántos golpes crees que resista antes de morir? —y pum, otro golpe, y otro más. El sonido era abrumador, ya no era solo hueso, había algo más—. Bueno, Bruce no quiso salvarte, pero tranquilo, pequeño animal de porquería, estás en un lugar mejor.
Un último golpe sonó. Hijo de puta, había perdido toda sensibilidad y yo seguía buscando algo en esa granja que parecía no tener nada útil.
Di vuelta al lugar, tanteando para no chocarme con nada. Sentí alfalfa, bolsas de maíz y alguna gallina caminando por ahí, pero ninguna herramienta que me sirviera.
En el medio pisé un huevo. Madre mía, la sensación viscosa y asquerosa era como una especie de crema, casi un pollito.
El silencio me incomodaba. No podía saber dónde estaba Ricardo. Dolorido por los golpes, los pies me mataban y la oscuridad era total. La luna amagaba a salir entre nubes cargadas de tormenta.
Al mirar el cielo, sentí cómo algo se aproximaba detrás de mí.
—Te encontré, hijo de puta.
CAPITULO 23
MIEDO
Dorian se levantó de su cucha, y aun gruñendo se paró justo delante de la ventana por la que veíamos la sombra acercarse, este ser que se aproximaba se detuvo, intentando deducir alguno de sus próximos movimientos me dirigí cautelosamente hacia el lugar que Clemente me había indicado que estaría el dispositivo en caso de emergencia, efectivamente, allí estaba, lo tome, y lo encendí, tenía muy poca batería, que nadie lo había cargado jamás?, mire a Dorian, él estaba quieto en el mismo lugar, el maldito celular tardaba mucho en prenderse, que cosa obsoleta habían dejado en caso de emergencia.
Dorian ladro, mierda, esto no era bueno, la figura seguía inmóvil allá afuera, el celular prendió, al fin!, me acerque a Dorian y marque el número, el tono sonaba, pero nadie atendía, carajo, el sujeto de afuera comenzó a acercarse de nuevo y Dorian volvió a ladrar, esta vez ya se había puesto en posición de ataque.
Corte y marque, asi estuve unas cuantas veces más hasta que por fin atendieron, el sudor comenzaba a brotar
- Cuál es el problema?- dijo una voz ronca del otro lado
- Mi nombre es Bruce, necesito que el oficial Clemente venga ya al refugio
- El oficial no ingresa a sus funciones hasta dentro de una hora, le sugiero esperar-
- Y yo te sugiero que te vayas a la mierda, pásame ya con el oficial, es urgente, o para que mierda ponen este número? – estallaba en ira y pánico a la vez, que mierda hacía, por donde carajos salía, agarraba un cuchillo y me defendía? Me escondía? Lloraba?, mierda
Afuera, este tipo que estaba a pocos metros de la puerta de entrada se frenó. De algún lado saco un arma y apunto hacia una de las ventanas.
“plum”, el disparo impacto en el vidrio frente a Dorian, pero claramente era blindado, Dorian ladraba aún más fuerte, y del otro lado del teléfono me habían puesto una musiquita de asesor que no me relajaba en absoluto.
- Bruce- dijo una vos del otro lado- Bruce que pasa?
Era Clemente, sentí alegría, pero rápidamente otro disparo la disipo
- Clemente, hay una persona disparando fuera de la casa- de fondo Dorian no dejaba de emitir sonidos
- Salí ya de ahí
- Pero cómo?? Solo hay una salida Clemente este tipo está ahí afuera- y plum otro disparo el vidrio se cliso
- Yo te voy a guiar, no todo es lo que parece
El estaba tranquilo, su tono daba paz, yo no podía ni siquiera imaginar lo que era tener paz de nuevo.
El vidrio al cuarto disparo exploto, tenía los minutos contados.
- Detrás del lavarropas, hay una pequeña puerta Bruce, esta te va a llevar a la parte trasera del terreno
- Mierda Clemente, no había otro lugar para poner una salida?
- Cállate y hacelo-
Su tono ahora era frio y cortante, ya no era un chiste, ahora, era de vida o muerte. El celular emitió un ruido, el aviso de poca batería me desconcertó
- Clemente, el celular se muere, está quedándose sin batería, no sé cuánto más pue..
Y como si el universo me odiara el celular se apagó, mierda, mierda, mierda.
No había tiempo que perder, corrí el lavarropas, las manos me sudaban y este se me resbalaba, finalmente lo logre, empecé a escuchar como los vidrios caían al piso, dando paso a la entrada de este ser.
Segundos y estaría dentro.
Detrás del lavarropas había un pequeño boquete, para mi sorpresa era verdad, nada era lo que parecía, nuevamente me costo debido al sudor y comenzamos a andar, el espacio era muy estrecho, no habíamos avanzado mucho cuando se escuchó como la casa era revuelta, cosas caían al piso, muebles, no había tiempo, tenía que salir de ahí ya!.
Dorian parecía conocer el túnel, así que lo seguí, no mire atrás ni para tomar impulso, el túnel estaba lleno de barro, y la suela de una de mis zapatillas amagaba a despegarse, por que traía puesto justo ese par? , no sé, no tenía tiempo para pensar boludeces me dije.
Al salir de allí, estaba cubierto de marrón, si me hubieran visto parecía cagado, Dorian salió corriendo a toda velocidad, intente seguirlo pero perdí su rastro, estaba casi oscureciendo y solo se veían pastizales, un camino y muchos árboles.
Y ahora, para dónde iba?

CAPITULO 24
ADRENALINA
Mi mente estaba en blanco, me encontraba completamente sorprendido, sin poder ver nítidamente, y sin un elemento de defensa, la boca la tenía seca, mi lengua intentaba humedecer la zona pero sin éxito, parecía que estaba en el mismísimo desierto, inmóvil, sin emitir sonidos esperaba el desenlace más cruel y cobarde.
- El cazador encontró a su presa, el animal de recién me dio menos problemas- dijo riendo esquizofrénicamente agitado
Detrás mío había una figura que ya no lograba reconocer, su vos era distinta, sus palabras eran otras, él no era el.
- Te haces el capo porque estoy de espaldas- le dije sin pensar, que imbécil, si él quisiera me volaba la cabeza sin mas
- No te confundas, yo no me hago, soy- riendo como demente cargo su arma- cuantas municiones te dedico che?, una por cada año de conocernos? Ja, no sé si traje tanto he
Que hacia? Si me movía no la contaba, si me giraba no la contaba, parecía un verdadero jaque mate.
Decidí que mientras mi final se acercara seguiría tanteando cuidadosamente las cosas a mi costado, carajo ni una pala de albañil, ni una cuchara sopera, nada había en ese maldito lugar, y los dueños donde carajos estaban?.
- Quédate quieto Bruce y decime tus últimas palabritas antes de morir?- lo dijo como acelerando el proceso
Pero entonces como si de un ángel se tratara el sonido de algo a toda velocidad se aproximaba, mi atacante se quedó inmóvil, escuchando atentamente, voltee muy levemente y lo vi, él no me estaba viendo directamente, sostenía su arma en dirección a mí pero su rostro se enfocaba hacia el costado, como descifrando de dónde provenía el sonido.
Su rostro de perfil se veía flaco, casi desnutrido, la piel ajada, y por el poco reflejo de luz muy pálida.
Esa fracción de tiempo me sirvió para alejarme, no demasiado pero lo suficiente para poder seguir buscando en otro lado, el pareció no darse cuenta y prosiguió con su misión
- Te dije que te quedes quieto imbécil – él estaba ahora gritando- pensé en mil formas de acabar con vos- hizo una pausa - el tiro en la cabeza me gusto bastante, digo, es una muerte rápida, no dolorosa, no agonizas, claro, siempre y cuando de justo en el blanco ja- hizo una pausa, de nuevo
Otra vez se escuchaban unos pasos a mucha velocidad
- en fin, tengo ganas de terminar con esto ya
Pero antes de siquiera poder disparar Dorian salto sobre el brazo que sostenía el arma mordiéndolo con tanta fuerza que hizo que la soltara
- Ah perro de mierda- y le asesto un golpe que lo hizo chillar pero no lo soltó, parecía que encajaba aún con más fuerza los dientes en la piel de él empujándolo contra una de las paredes.
Yo había podido salir de la zona de “blanco fácil”, agachado y gateando, patéticamente huyendo por mi vida
- Ah, tu perro de mierda, hijo de puta donde estas- Ricardo forcejeaba con el perro aun anclado a su brazo, estaba casi de sentado en el piso - te voy a matar hijo de puta, te voy a hacer sufrir- finalmente quien había sido una persona antes, con valla a saber que elemento le asesto un golpe a Dorian, y esta vez sí lo soltó, el can se sacudió como si de polvo se tratara y salió corriendo muy lejos
Recorriendo el otro extremo de la casa me topé con unos troncos cortados, “bingo” me dije por dentro, debía haber cerca algún elemento con el que habían cortado la madera
- Bruuuceee, donde estas he? Te escondiste de nuevo? Ja, las escondidas siempre me gustaron- los pasos de el se aproximaban a donde estaba yo- puedo oler tu miedo, Bruce, primero te mato a vos y después me cargo a tu hermosa mamita, que decís?
Estaba hablando de mi mama y sentía unas ganas tremendas de partirle la cara pero me contuve, Con la vista iba buscando más y más vestigios de madera, donde ponían estas personas los elementos de trabajo?
Me movía a ciegas, casi no se podía ver con claridad, intente agarrar uno de los troncos pero eran demasiado pesados, seguí caminando y sentí un filo cortarme el pie
- Ah mierda- dije en un grito de dolor- mierda mierda mierda-
- Tranquilo Bruce, te juro que no voy a hacerla sufrir cuando la encuentre, antes me divierto un ratito-hijo de puta, lo que salía de su repugnante boca me enfurecía aún más, mi juicio estaba casi por nublarse, el aun buscaba su arma acercándose a mi sin saberlo- esta vez no voy a tardar tanto en hacerte mierda, lo prometo-
Levante mi pie, por lo que pude tocar estaba húmedo, la sangre brotaba como agua, levante el objeto cortante y para mi sorpresa era un hacha, mi salvación había llegado.

CAPITULO 25
ADIOS
Dicen que cuando estas por morir los mejores recuerdos pasan por tu mente, dicen que revivís las mejores sensaciones, justo antes de estirar la pata, pero, que se siente cuando aún no te moriste y sentís que el final se acerca?, que se siente cuando quien era la mejor persona en tu vida se convierte en un monstruo que quiere destruirte? Que se siente no tener otra opción?, yo no sentía nada, la ira, la bronca, la decepción me estaban por obnubilar el juicio.
- Rata cobarde, mandas al perro para que te defienda- escupió y se escuchó una profunda inhalación- ah, sí probaras esto Bruce, te darías cuenta de la magia, ja, quizás si consumís aun podamos ser amigos-
Que cosas decía este chiflado, consumir droga nos haría amigos? que bajeza.
Con pasos un poco torpes Ricardo se puso justo a mi costado, él no podía verme, absorto por todo ese polvo blanco su razon no funcionaba, por lo que pase desapercibido.
- Hay dios mío – ajusto la corredera del arma- me estas aburriendo sabes? Se supone que tenías que morirte en ese incendio, pero no, el quería vivir- una pausa y otra inhalación más – ah, y no olvidemos que te busque, evite policías, me escondí, pase hambre y todo para qué? Para que te escapes valla a saber por dónde de esa casucha policial, ja, vez que sos una rata?
El no sabía por dónde había salido, aun no lo había descubierto, dio un par de pasos, un poco inestables, de su brazo chorreaba la sangre por la mordida de Dorian, el arma era movida de acá para allá, sin un punto fijo y sostenida por su mano no hábil.
El avanzo y yo retrocedí, con tanta mala suerte que tire algunos troncos cortados.
Ricardo volteo
- Ahí estas ratita –
- Rich, estas completamente sacado, no sabes lo que haces- aun intentaba hacer que entre en razón más allá de mi furia todavía tenía sentimientos hacia el
- Cállate pelotudo – él se reía a carcajadas como si fuera divertido
- Que mierda te causa tanta gracias Ricardo?
- Tu miedo me da gracia, resulta que sos un poquito débil he- su risa irónica acompañaba sus ademanes descoordinados
- No tengo miedo- mentía pero que me importaba
- Ah no?? Y si te digo que ya sé dónde está toda tu familia? No te da ni un poco de miedo?
Ricardo se acercó lentamente, dentro de su demencia sabía lo que hacía y yo aún luchaba por contenerme, de su bolsillo, medio forzado saco una foto que arrojo al piso, allí se podía ver a mi mama con Bea saliendo de alguna especie de mercado o algo así de dejaba ver
- Si te acercas más me voy a tener que defender Ricardo, déjate de joder- mis ojos apuntan a la foto, pero también a Ricardo, que hacía el con eso?
Con una sonrisa inmensa acerco una cajita a su nariz y vacío casi todo el contenido por sus fosas nasales, parecía caer por toda su cara, que asco me daba, que rabia me generaba escucharlo y verlo así
- Tranquilo, prometo que no te va a doler-
Apunto su arma, pero este no tenía pulso y el disparo me paso rozando, me moví hacia otro lado y pum, otro tiro, de nuevo me paso muy cerca
- Ricardo basta
- Ja, pero si estamos bailando o no?
Y otro disparo, este impacto justo en mi hombro, dejándome un dolor insoportable y un sangrado abundante, mis brazos no querían reaccionar aun así me aferre al hacha, la sensación de hormigueo recorría la zona
- Basta, te lo pido por favor, somos amigos Rich
- Amigos son los huevos y se chocan- dijo riendo inclinando su cuerpo tambaleante hacia atrás
Ricardo estaba perdiendo mucha sangra, Dorian lo había dañado muy severamente, quizás hasta había comprometido alguna vena, verlo así me generaba lastima, pero no podía demostrarlo, me moví un poco más, aún estaba rodeado de troncos cortados, Ricardo paso de estar riéndose a pararse derecho y mirarme, muy seriamente, apuntando su arma con manos temblorosas dijo
- Mi vida era una mierda hasta que vos apareciste con una vida perfecta para refregármelo en la cara y asi demostrarme que mi vida era una mierda gigantesca
- Que decís Ricardo- a pasos lentos y aprovechando la falta de luz me alejaba un poquito más de el, quizás lograría hacer tiempo hasta que la policía llegara-
- Mis papas no estaban nunca- dijo tragando saliva- y tu mama estuvo siempre- hizo una pausa y con un ademan se acercó el arma a su cara como pensando- ahora que lo veo todo más claro, tu mama me ponía cachondo sabes? Mi mama no era tan sexi.
Definitivamente el divagaba, me estaba haciendo enojar toda su bipolaridad errante, tantas veces que había ido a mi casa y ahora me entero como realmente nos veía, a mí me uso como un maldito juguete para pajearse por mi mama a escondidas, no emití ningún sonido me aferre aún más al hacha, evidentemente el tenia cosas que decir todavía
- Más de una vez me pregunte como seria sabes?
- Como seria que Ricardo, dale habla forro-le dije sin contener mis palabras
- Veo que te estas empezando a molestar, ja, no que éramos amigos Bruce?, los amigos hablan libremente, o no te acordes que hacíamos eso?
- Estas hablado de mi mama imbécil de mierda y deberías respetar a la tuya- mis dientes estaban demasiado apretados
- Hay pero si vos sabes bien que todos quieren con Carla, yo tendría mas derechos igual, la conozco más he ja, y mi mama, bueno, que en paz descanse no?- y de nuevo esa risa esquizo que me sacaba de quicio
- Te estas ganando todos los numero Ricardo
- Ja, y que sorteas boludito?- su risa parecía no terminar nunca
Los recuerdos de nuestra infancia brotaban con cada palabra que emitía, mi corazón bombeaba nostalgia y decepción, mis manos contenían una ira desmesurada, mi cuerpo temblaba en un shock de adrenalina y mis ojos cargaban con el llanto de una amistad que creía inquebrantable y que hoy le estaba diciendo adiós, un sollozo escapo de mis labios y Ricardo dentro de su discurso cargado de porno e insultos se detuvo para rebajarme una vez mas
- Estas llorando muñequita?, ja, viste que sos un débil de mierda?, lastima me das-
Apunto su arma, y esta vez el equilibrio pareció ser recuperado, no aparte la vista de el ni por un minuto.
Intentaba que las palabras salieran de mi pero mis cuerdas vocales parecían estar anudadas, el sudor caía como agua, y mi mente estaba colapsada, la cabeza me estallaba, los pensamientos nadaban en cólera, sentía que cada palabra que aquel ser emitía la detonaba un poco mas
- Antes de mandarte a ver a mis estúpidos padres, te pregunto, a Beatriz me la debería coger antes o después que a tu mama? Ah, no para, antes tengo que encargarme del gordito bigotón, ja, o mejor, lo ato así mira todo, para más placer, y después si, te lo mando para allá-
Un zumbido tapo mis oídos, uno de mis ojos había iniciado un leve tic, mi cabeza tenía vida propia, solo podía ver a Ricardo meterse los últimos vestigios de merca por su nariz mientras seguía diciéndome como tendría sexo con toda mi familia antes de terminar con ellos, su tono burlón, sus ademanes, la pistola apuntándome, su risa, su aliento, que respirara me generaba ira, todo me molestaba, el tiempo pareció ponerse en pausa y como si estuviera en cámara lenta, se reprodujeron sus palabras
- Voy a hacer que se traguen mi pija hasta que se mueran atragantadas- sacando su miembro viril del pantalón lo agito desmesuradamente
Una risa esquizofrénica hizo eco en todo el lugar, mis manos se levantaron con una inercia independiente, hacia arriba y de un golpe certero la mano de Ricardo que empuñaba el arma fue rebanada de un corte limpio cayendo al piso, sus ojos me miraban absortos, acaso el no creía que lo haría? Acaso el se sentía más fuerte que yo?.
Su risa se había detenido, yo miraba perplejo a este ser que chorreaba liquido rojo, dejando escapar un alarido Ricardo miraba la falta de su extremidad.
El plasma que brotaba de allí parecía no tener un fin.
Mi hombro pedía piedad, la bala aún estaba dentro y podía sentir con cada movimiento, mi remera empapada debía ser por la mezcla del sudor con la sangre de mi herida, Ricardo miraba su brazo, levantando la vista me miro, con su muñón al descubierto y su pene afuera comenzó a reírse mientras se cubría la cara de su propia sangra.
La escena era de película de terror psiquiátrica, mis ojos no podían creer lo que veían
- Todavía me las puedo coger a esas zorras, ja- sacudiendo su miembro erecto hizo un movimiento pélvico haciendo énfasis en sus palabras y con su única mano hábil intento agarrarlo para darle más potencia al movimiento
Deje de pensar, mi limite había sido alcanzado, comencé a asestarle golpe tras golpe seguido de gritos de ira, mientras Ricardo reía sin parar el filo del hacha se incrustaba en cada parte de él, sin parpadear, mis movimientos eran de pura inercia, golpe tras golpe, la sangre me salpicaba por todos lados, el hombro ya no me dolía y la cabeza menos, no recuerdo cuanto estuve sin parpadear, pero de seguro fue por varios minutos.
Ricardo cayó al piso semi desnudo, el hacha había roto piel y hueso sin asco, delante mío el tronco amurado al piso era recubierto con vestigios de todo su cuerpo, cuando me detuve, Ricardo aun esbozaba una sonrisa recubierta de sangre y en un último movimiento intento levantar su mano o lo que quedaba de ella en mi dirección pero se desplomo en una fracción de segundos. Recordé el sueño que había tenido, se parecía mucho a esta escena.
La llovizna comenzó y la luna logro salir de las enredadas nubes negras dejándome ver el cuerpo desmembrado ya casi sin vida de quien en algún momento feliz había sido mi compañero, adiós querido amigo, una de mis manos, aun sostenía el arma homicida, me deje caer al suelo de rodillas, la llovizna empapaba mi rostro, a lo lejos el sonido de las sirenas se empezó a aproximar.
Mirando al cielo cerré mis ojos, me dije “ahora están a salvo”.

CAPITULO 27
CULPABLE O INOCENTE?
Dentro de la ambulancia los paramédicos me curaban, tenía varias lesiones, algunas más profundas que otras, todas se sentían fatales, aun así los quejidos de dolor parecían salir de mi casi por inercia, lo único que lograba sentir era un ardor que se activaba por sectores. El verdadero dolor lo llevaba por dentro, la tristeza, la decepción, el remordimiento me invadía, acaso debía haberme defendido de otra manera?, acaso había otra posibilidad de salvarlo? De salvarnos?.
Delante mío dos policías de científica recubrían el cuerpo inerte de quien fue mi mejor amigo, y también, de quien quiso terminar con mi vida. El no solo me había perseguido por varios kilómetros, sino que también me disparo, no solo hizo eso, sino que luego de matarme, el pensaba seguir la cacería con mi familia, y no solo había hecho todo eso, sino que burdamente saco su estúpido pene para mostrarme qué? Que tan larga la tenía? Para mostrarme que el era más macho pecho peludo que yo? O para terminar de humillarse?.
Más policías seguían llegando a la escena, científica recogió el hacha y luego de meterlo en una bolsita tipo ziploc agarro la pistola que Ricardo tenia a centímetro de el, su mano rebanada aún estaba adosada a ella, también colocándola en otra bolsa pero mas grande, flashes de fotos iluminaban cada parte de la granja, delante mío sacaban una y otra y otra foto, a la pared, al pasto, al tronco, al cuerpo,, impactos de luz se reflejaban en cada rincón, hasta que un flash impacto justo en mi cara, a un par de metros visibilice a un sujeto, que se empecinaba en sacar una buena toma, era un periodista, mierda.
- He, he no podes estar acá, quien carajo dejo entrar a la prensa?- dijo Clemente- saquen a este tipo de aca ya!-
- Algo para decir oficial, algo para acotar sobre el asesinato? – gritaba el periodista
- No es asunto tuyo rata de información- le dijo al tipo que no dejaba de apretar el flash mientras se alejaba acompañado de otros efectivos
Con paso lento y calculador Clemente se iba acercando a mi.
- Que quilombo que es esto- dijo frotándose la frente
- Yo-yo-yo no-no-no… no quería… no quería..- las palabras no me salían, un nudo las mantenía presas
- Tranquilo, tranquilo. Ahora no tenes que decir nada.
Abrieron las puertas de la camioneta, terminaron de cerrar la bolsa y lo subieron. Unas palmadas al vehiculo indicarían que ya podían avanzar, las luces rojas de un motor en marcha se encendieron, humo gris era despedido por el caño de escape, las ruedas empezaron a girar y con cuidado fueron avanzando por el terreno, no aparte la vista ni por un segundo, a lo lejos, las luces rojas se hacían chiquititas, mis latidos entraron en aumento, mi cuerpo comenzó a temblar, mi ojos derramaban liquido sin control, la camioneta se alejó tanto que ya no podía verla, el pánico me invadió, Clemente le hizo una señal a uno de los paramédicos, intente levantarme de la ambulancia, pero algo me detuvo, sentí un pinchazo , alguien me decía “tranquilo, respira despacio, estamos ayudándote si?”.
Me desperté sudado, estaba desorientado, la vista no lograba enfocar, me moví lento, tanteando todo, algo tire en el intento de ponerme en pie, parecía vidrio o algún material flagil.
- Hey hey hey, para, me vas a romper todo-
- Sssss- que mierda me pasaba?- qu-qu-e.. m.e.. sta passsss….ando-
- Bruce, tranquilo, quédate quieto
- Nnnnnn…oooo…shhhhh-definitivamente algo me habían dado- qqqqq…ue…mmmeeee…. Di-di-dissss…ttttttteee-
- Yo?, nada, el enfermero si, estabas colapsando Bruce, te tuvieron que dar un tranquilizante-
- Un-un-un.. qqqqqq….ue?-
- Un tranquilizante, quédate sentado, son unos minutos la confusión-
Clemente, era su voz, mi cerebro estaba en cámara lenta, pero funcionaba, lento, pero seguro. Sentía la boca seca, la imperiosa necesidad de tomar agua me invadía
- Hey, aca te traje agua, abri la boca y chupa-
Qué horror me sentía completamente inútil tomando agua de un sorbete y encima con asistencia, parte de lo que injería se me chorreaba, aún estaba todo adormecido.
- Mas despacio Bruce, te va a hacer mal tomar de golpe-
- Mmmmmmm….mmmmmmm-
- Listo?- me dijo , intentando entenderme
Como pude asentí. Retiro la bombilla y apoyo el baso en algo que debía de ser una mesa. se puso de pie y por un instante se alejo, al regresar traía algo, el sonido de los vidrios siendo barridos me tranquilizo, lo que traía era algo para juntar el desastre que había hecho yo. Mientras Clemente juntaba mi desastre comenzó a decirme algunas cosas.
- Bueno, antes que nada, te traje a mi casa, cuando se te pase lo que te dieron vas a bañarte, quédate tranquilo que mientras te dormiste en la ambulancia colegas de científica juntaron evidencias de tu cuerpo. Los enfermeros sacaron fotos a cada una de tus lesiones, y la ropa que tenías te la sacamos para los peritos. Asentí si me entiendes-
Asentí.
- Después de bañarte, te vas a cambiar, y te vas a poner la muda de ropa que te deje en el baño, te pones gasas limpias en el pie y una vez que estés listo, bajas y comes algo, vas entendiendo?
Asentí.
- Bien, después de comer, venís conmigo a la comisaria, te tenemos que tomar declaraciones, para que te des una idea son casi las 9am, por lo que es de día.
Asentí.
- Prepárate Bruce- dejo el objeto que traía a un costado y en cuclillas profundizo- prepárate porque acá es donde empieza el camino difícil- tomo aire y prosiguió- ahora tenes que estar preparado, la gente dice muchas boludeces, y te lo digo por el simple hecho de que vas a tener que demostrar- hizo una pausa, como eligiendo las palabras- vas a tener que demostrar si sos culpable o inocente.
CAPITULO 28
PREGUNTAS
Clemente estaciono el auto en la comisaria, al bajar me encontré con que mi madre, Bea, Ramón y Francisco estaban esperándome, los cuatro hablaban muy seriamente con un tipo de melena amplia y contextura muy delgada y alta, en su mano traía una especia de portafolio, y vestía un traje que no tenía pinta de ser barato.
- Bruce- dijo mama abrazándome casi hasta dejarme sin aire
- Pibe, que julepe nos hiciste dar- me dijo Ramón, y revolvió mi pelo con la mano
- Pensé que me quedaba sin socio boludo- me dijo Fran
Yo reí, estaba contento de ver a mi familia, el tipo alto no me dirigió la palabra, y yo tampoco. Clemente saludo a todos incluido al tipo delgado, y todos juntos ingresamos a la estación, al entrar todos se me quedaron viendo quizás por las muletas que yo traía, pero uno de los policías leía el diario y al verme, con un poco de torpeza intento esconderlo, algo no andaba bien.
En el despacho de Clemente había dos personas más con unas iniciales desconocidas. Mama, Bea, Ramón y Fran se quedaron afuera esperándonos, el tipo alto y yo entramos.
- Rogelia chernov, detective de asesinatos-
- Juan jauregui, investigador criminal-
Ambos estrecharon mi mano
- Un gusto, mi nombre es Ricardo liverte, abogado del acusado.
No podía creer esto, el tipo delgado que en ese momento estaba al lado mío no solo que se llamaba igual que Rich sino que, era mi abogado, que carajos.
- Bien, tomen asiento por favor- dijo Clemente – café?
Todos asintieron, incluso yo. Mientras los cafés eran preparados y nos íbamos acomodando la conversación inicio.
- Bien, Esto debe ser aterrador para usted, señor Abatano. Pero quiero que sepa que estamos buscando la verdad, sin importar lo difícil que sea. Lo que necesitamos ahora es que nos diga lo que ocurrió.
- No, no es aterrador.es triste- dije si pensar
- Nosotros ya hemos hablado con el oficial Vargas, y nos interiorizo en la causa, actualmente las pruebas forenses se están recabando y podremos saber mas en detalle cuando estén listas, se han realzado pericias a los dispositivo celulares de ambos, estas son algunas de las pruebas-
De un sobre marrón saco tres impresiones, puso una al lado de la otra, eran tres fotos, en una aparecía yo ingresando a la patrulla el dia que incendio nuestra casa Ricardo, en la otra imagen se veía el refugio, y en la última, y la mas perturbadora, se veía a Beatriz y mama saliendo de hacer compras.
Era la misma foto que Ricardo me mostro.
Las fechas estaban colocadas del lado derecho de cada imagen, esa última foto había sido tomada un día antes de la muerte de el.
- Por qué me muestran esto?- se limitaron a mirarme- esta foto la tenía Ricardo, el la saco de su bolsillo y me la tiro?- ninguno respondió, en sus caras había tantas expresiones juntas que no podría decir cuál de todas era
No podía creerlo, ni ellos ni yo, las fotos fueron retiradas de la mesa y vueltas a guardar de donde salieron.
Resulta que me quedaba una cuestión, si él ya sabía dónde estaban ellos, porque no lo hizo?
- Si tu pregunta es por qué?- dijo Rogelia reclinándose hacia atrás– la respuesta es evidente, vos eras el primero
Carajo, mi cabeza era la primera de la lista.
- Mira Bruce, nosotros tenemos que tomarte declaración, hay una investigación en curso, y tenemos un problema- de un portafolio finamente lustrado el investigador saco un diario y lo extendió- este me parece que sos vos no?
Mis ojos se abrieron hasta el límite, en la portada se dejaba ver a un tipo con la vista perdida, la ropa completamente sucia y llena de sangre, rasgada por los daños, un par de enfermeros aparecían atrás del sujeto curándolo, en el cuadro siguiente una foto del cuerpo de Rich cubierta por la bolsa y una mancha roja se dejaba ver al rededor.
Levante la vista, mis ojos estaban desorbitados, Clemente apoyaba el café en el escritorio muy despacio mirándome, el título en mayúsculas
El Rostro de la Desesperación: Un Crimen Captado al Instante
Antes de poder leer el artículo el tipo delgado aparto de mí el diario
- Sabemos muy bien que no se puede mostrar esto si aún se lo tiene en la mira no?-
- Hum, claro, bueno, ahora, por favor, nos interesaría saber cómo llegamos a esto.
- Es que- la cabeza me daba patadas- fue todo muy rápido, el apareció en el refugio y..
- Que es el refugio?- interrumpió el investigador
- Una casa donde me resguardaron de Ricardo, allí estaría a salvo hasta que lo encontraran-
- Claro, pero resulta que el te encontró primero- acoto
- Si, parece que tenia todo planeado- un sentimiento de culpa me invadió
- Buce, si necesitas no responder algo podes- me dijo el abogado, yo asentí
- Como te escapaste, porque por las cámaras pudimos ver que el ingreso a este “refugio” como lo llamas-
- Había un agujero detrás del lavarropas
- Y como diste con el?- dijo intrigada la detective
- Llame a Clemente y el me dijo, no pude seguir mas instrucciones porque el celular se quedó sin batería-
- Bien- el investigador tomaba nota y me miraba- y después que paso?
Bebi café, ya estaba medio frio.
- Lo mas rápido que pude seguí por el túnel hecho, y recuerdo que tenía unas zapatillas muy gastadas, perdí las suelas mientras corría hacia esa granja abandonada
- No.- dijo la detective- no estaba abandonada, los dueños están de viaje y un cuidador estaba a cargo del lugar.
- Bueno, mi cliente eso no lo sabía- dijo el abogado con seriedad- y además, en todo caso, donde estaba este “cuidador”
Ambos resoplaron, no estaban obteniendo nada ni tampoco tenían todas las respuestas a nuestras preguntas.
Sentía la sensación de que intentaban culparme o hacerme ver como uno.
- Cuando corriste-dijo Clemente aclarando su voz- por donde fuiste?
- No conocía el lugar, era la primera vez que salía del refugio, estaba casi anocheciendo y realmente no sabía a donde iba.
- Claro, y en el camino que paso?- siguió la detective
- Estaba corriendo y sentí como me tiraba con algo, me parecía eran piedras o algo asi- con mi mano indique los lugares afectados- algunos golpes me dio, después llegue a la granja y me escondí, estaba bastante oscuro asi que no podía distinguir demasiado.
Ambos me miraban, Clemente apoyado contra la pared observaba todo, el abogado hacia una especie de jueguito anti estrés con los dedos mientras miraba a mis interrogantes.
- Podes seguir he- me dijo la detective con tono de orden
- Me escondí y escuchaba como el me buscaba, decía todo tipo de cosas e incluso mato a un animal- cargue aire y seguí- cuando escuche el golpe seco que le dio pensé “mierda voy a terminar igual”, estaba solo, no había comunicación, no sabía cuánto tardarían en llegar los policías, tampoco sabía dónde más meterme, pedí ayuda al llamar a Clemente, aguarde a que los policías lleguen, hice tiempo, la cuestión es- hice una pausa escogiendo bien las palabras- solo estábamos Ricardo y yo.
- Y que hiciste después?-el investigador preguntaba y anotaba
- Nada, me quede quieto, el apareció delante de mí, pero no me había visto, yo intentaba buscar algún elemento de defensa pero hice ruido y me vio, el tenía un arma, no podía simplemente usar mis palabras para disuadirlo, él estaba fuera de sí y me estaba apuntando, con una pistola que valla a saber de dónde la saco, y decía cosas, cosas obscenas, ahí es cuando..
- Cuando qué? sr Abatano- sus codos se apoyaron en el escritorio, la detective seguía reclinada
- Ahí es cuando apareció Dorian, el perro del refugio y le salto encima, mordió su brazo muy fuerte, hasta lo lastimo, creo que le pego o algo así y Dorian salió corriendo, ahí es donde aproveche y me aleje un poco más de Ricardo. Camine y encontré un hacha, la agarre y me aferre a ella
- Discúlpeme, pero hay inconsistencias en el relato, usted dice que salió por un agujero ubicado detrás de un lavarropas, empezó a correr y de repente el perro apareció como por arte de magia, no tiene mucho sentido no?- la detective me odiaba, además su risa simplona me ponía de los pelos
- Dorian salió conmigo, y lo perdí en el camino, me llamo la atención verlo ahí a mí también okey?, que quiere que le diga? luego de que lo mordiera no lo vi más detective, el simplemente salió corriendo, y menos mal, espero que el perro este bien.
- Ok siga- ahora los dos anotaban cosas
- Ricardo quedo en el piso un rato, tenía una latita de metal y ahí adentro estaba esa estúpida droga
- Droga?- Dijo el inspector
- Si, Ricardo tomaba cocaína, entre otras cosas, ese dia yo mismo vi como vaciaba el contenido en su nariz.
Por un minuto no dijeron nada, seguían tomando notas
- Que más tomaba su amigo?
- Por lo que vi la última vez , en su casa tomaba pastillas para diferentes cosas, como depresión ansiedad, tomaba alcohol
- Bien, por favor siga con lo que paso- dijo impaciente el investigador
- Cuando Ricardo se levantó, después de meterse por la nariz casi todo el contenido de la cajita, me apunto con el arma, pero por la mordida y el dolor del brazo el equilibro no lo tenía muy bien, me disparo unas cuantas veces y una bala me dio justo acá- señale mi hombro y lo descubrí para que pudieran ver el vendaje
- Y luego?
- Le dije que parara, que no tenia que llegar a eso
- Y paro?- la detective no dejaba de hacer preguntas estúpidas
- Me parece una pregunta un poco absurda- dijo el abogado
- Por favor sr Liverte, necesitamos que el responda-
- No, no se detuvo- respondí
- Y que paso después?- El investigador anotaba todo, incluso las preguntas que me hacia
- Le pedí que parara y lo único que hacía era insultarme, yo estaba colapsado, adolorido, estaba perdiendo sangre por el disparo, pero me aferre al hacha, en un momento me dijo que se cogería a mi familia y ahí es cuando le corte una mano
- Usted le rebano una mano?- dijo la detective despegándose del asiento
- Si, así es, el me quedo mirando, porque pensó que no lo haría, hasta yo me sorprendí de mi reacción, además, lejos de quedarse callado o en shock el tenía sus pantalones bajos, mostrando su , su, ni siquiera sé cómo decirlo - recordar me daba asco
- sr Abatano debe contarnos todo-
Me tome mi tiempo, con la cabeza gacha y las palabras cruzando sin cesar finalmente solté
- “Todavía me las puedo coger a esas zorras”-
- Que estás diciendo?- dijo el investigador parándose y corriendo hacia atrás la silla con violencia
Todos en la sala lo vieron, ni siquiera me moví.
- Eso es lo que el me dijo- mi vista estaba centrada en un punto, no parpadeaba, solo recordaba, me daba asco, revolvía mi estómago, era sentir que aún era el quien me lo decía- y ahí es cuando…- no pude seguir, la voz se partió, y mis cuerdas vocales se enredaron
Clemente me levanto de la silla y me saco del despacho, me llevo a una oficina lejos de allí y ahí me quede, solo, con la voz partida, el alma en pedazos, y un recuerdo con gusto a tragedia que se apoderaba de mí.
CAPITULO 29
RESPUESTAS
Solo, en una silla de plástico media gastada, con la sensación de que si te sentabas fuerte se partía a la mierda.
El cuarto tenía un escritorio destartalado color marrón oscuro, sillas amontonadas y apiladas invadían el lugar, detrás mío había un enorme mueble alargado repleto de papeles, carpetas y algunos libros, adelante mío había un pizarrón, y un poco más abajo estaba el fibron, me levante y camine hasta ahí, solo podía observar la inmensidad del rectángulo blanco impoluto. Un segundo después entro Francisco a la habitación.
- Bruce- me dijo abrazándome
Quede paralizado, el fibron en una mano, ese abrazo no esperado, una interrogación confusa, de qué lado estaba yo en todo esto? Fran se separó de mi
- He, estas acá?- me dijo dando un chasquido con su mano
- Si si, pero, qué haces conmigo? No se supone me dejaron aislado?- mire por la ventanita de la puerta pero nadie parecía estar buscando a un tipo alto y de ojos claros
- No boludo, te pusieron acá mientras deliberan que carajo hacen, que mierda que aca no se puede fumar- ambos reímos- decime, estas bien?
Encogí los hombros, y suspire
- Estar bien, hace tiempo que no, extraño mi rutina, mi trabajo, extraño mi casa, ya se, son todas pelotudeces, pero extraño mi vida Fran
- Lo pelotudo realmente es que vos quieras eso, digo, si tu vida fuera la de antes tendrías a Ricardo de nuevo y me parece eso no te sumaba, va, era un pibe raro, y aparentemente estaba chifladito- hizo una seña como de locura – ahora te tenes que enfocar en tu nueva vida, el trabajo esta, tu familia esta, la casa bueno, la arreglaremos o construimos una nueva, lo material se recupera Bruce, la vida no, y vos estas vivo.
- Mate a Ricardo Francisco- dije sin medir palabra
- No, te defendiste, porque si no el que hoy estaba en una bolsa eras vos, y el iba a estar suelto haciendo valla a saber que, no fue tu culpa, mírame, no fue tu culpa
Sus palabras, su firmeza, ese tono, tenían razón, no era mi culpa, Ricardo estaba enfermo, quizá yo valla tras las rejas, pero mi familia estaba bien, y eso era importante.
- Antes de irme- hizo una pausa dramática de las que tanto le gustan a el- te quería decir, que no seas boludo, confía en vos, sabes lo que paso, mira como estas, te dejo todo marcado este hijo de su madre, vos, sos la prueba de un sobreviviente Bruce, hacelo valer, te veo afuera!-
Haciendo un gesto de “hasta la vista baby” Fran se alejaba, dejando mi cabeza a mil revoluciones, detrás de él la puerta se cerraba, separándome una vez más del mundo.
Gire y centre mí vista en el pizzaron.
Comencé a escribir.
Anote todo y cada uno de los detalles que recordaba, anote días y horarios, señale colores , prendas y gestos, cuando finalice había conformado un texto un poco desprolijo pero legible, sentía que ahí estaban todas las respuestas.
Volví a mi silla en estado de derrumbe y lei aquello que estaba escrito. Puse todo, desde el dia que lo conocí hasta el dia en que murió, relate el accidente de sus padres, deje mi vivencia plasmada en cada palabra, lagrimas brotaban a medida que leia, mis puños se contraían de a ratos, y los mocos casi tocaban mis labios.
- Por qué Ricardo, por qué?- escapo de mis labios
Lágrimas, dolor y tristeza, impotencia, rabia y bronca, cerré mis ojos con toda la fuerza posible deseaba que todo fuera una pesadilla, esperaba despertarme con un mate de Rich, con alguno de sus chistes pedorros, recordaba cada tarde, en mi casa debajo del árbol, hablando de todo y de nada, pavas de mate eran consumidas en cada risa, salidas, experiencias, recuerdos. Sollozos era todo lo que escuchaba de mi en este momento, que vergüenza,
Al abrir mis ojos delante mío estaba Clemente, la detective y el investigador mirándome, sus caras reflejaban un panorama desolador, estaban viendo a un infeliz llorando por haber matado a su amigo, lamentándose por todo aquello que no pudo evitar, voltearon y vieron el pizarrón, todo aquello que no había podido decir, estaba plasmado en ese rectángulo que antes era blanco.
Claramente fue tomado como evidencia, ya que había muchos datos que no mencione. Me mantenía tranquilo saber que no tenía la intención de haber provocado todo eso, sino que fue un acto en defensa propia.
Varias pruebas arrojaron evidencia de que el verdadero loco no era yo, sino Ricardo, varios factores llevaron a los investigadores a concluir en que el consumo de estupefacientes en demasía y el alcohol desmedido provocaron una alteración mental al fallecido que lo volvían incapaz de pensar con lógica, sino mas bien, siguiendo un impulso que lo desvinculaba de la realidad.
En su cuerpo los forenses encontraron restos de cocaína, y presentaba signos severos de deterioro corporal, en pocas palabras, Ricardo estaba muriéndose por dentro, era cuestión de tiempo para que su cuerpo comenzara a fallar por causas propias.
La reconstrucción del cuerpo llevo un tiempo, debido a los cortes hechos con el hacha algunas de sus extremidades se encontraban unidas por pedazos de piel pero otras partes habían sido completamente cortadas.
Su rostro estaba intacto, por lo que determinaron que los cortes habían sido hechos sin premeditación, sino en un acto de defensa.
En uno de sus brazos encontraron una mordida profunda de un canino.
El arma de Ricardo tenia restos de sangre animal en la culata, y lo corroboraron con el cuerpo del cuadrúpedo encontrado, analizaron los disparos efectuados en las paredes y los compararon con la munición extraída de mi hombro, en recamara quedaba una sola munición más.
El hacha mostraba restos de madera, por lo que habían determinado que su uso inicial era para cortar leña, los restos de sangre coincidían con el ADN de Ricardo.
En mis prendas encontraron ADN de ambos, salpicaduras de sangre de Ricardo y mucho material genético mío. Detectaron restos de polvo y tierra, rasguños en las prendas y en mis zapatillas, también encontraron las suelas de mis zapatillas en el camino.
Dorian, también fue revisado, estaba un poco golpeado y con una renguera que duraría un par de días o quizás un mes.
Compararon la dentadura del can con la mordida en el brazo de Ricardo, y la coincidencia fue, exacta.
Luego de varios rastrillajes un objeto metálico llamo la atención de algunos investigadores. Fue metida en una bolsa y analizada.
Los resultados arrojaron que contaba con ADN de Rich, restos de cocaína y tierra.
En la etiqueta se podía ver dos iniciales R y B.
Sentado en las escaleras de la comisaria, con las muletas atravesando la escalera observaba el radiante día que hacía, fumando un cigarrillo, una mano tibia se apoyó en mi hombro, la mano de mi madre, una sonrisa reconfortante se extendía por su rostro.
Detrás de ella los pilares de mi vida, Bea con su sonrisa tranquila, Ramón con su bigote simpático y Fran, el tipo alto y de tez blanca, emitía una sonrisa de par en par, tenía algo en su mano esperando a ser prendido.
Sin decir una palabra, entendí que el camino de vuelta ya no era solo un destino, sino un regreso a todo lo que había perdido.
FIN….
Por ahora.


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