Hermano, no te rías, pero hay algo que todavía no logro entender. Te lo cuento porque me está dando vueltas en la cabeza, y necesito saber si estoy perdiendo la razón o si a ti te ha pasado algo parecido.
Todo comenzó una mañana cualquiera. Me desperté con una sensación extraña, como si el aire estuviera más pesado, más denso. Abrí los ojos y el techo parecía un poco más bajo, la luz que entraba por la ventana era distinta, más blanca, casi artificial. Me quedé quieto varios segundos tratando de entender qué era lo que me incomodaba, pero no encontraba una razón.
Cuando fui al baño, noté que el espejo tenía un leve temblor, como si el reflejo no estuviera completamente sincronizado conmigo. No era evidente, pero se sentía. Me miré a los ojos y tuve la sensación de que quien me observaba no era yo. Fue rápido, apenas un parpadeo, pero lo sentí tan real que me quedé inmóvil, con el cepillo de dientes en la mano.
Salí a la calle pensando que el aire fresco me despejaría. Todo parecía normal: la gente, el ruido, los carros. Pero había algo en la forma en que todos se movían que no me cuadraba. Era como si estuvieran actuando. Vi a una señora que saludó a su hijo con la misma sonrisa exacta que había visto la tarde anterior, en el mismo lugar, con la misma bolsa en la mano. Sentí un escalofrío.
Seguí caminando y el sonido de los pasos, de las conversaciones, del tráfico, empezó a parecerme repetitivo, como una pista que se reproduce una y otra vez. Intenté distraerme pidiendo un tinto. El vendedor me miró y, antes de que yo abriera la boca, me dijo:
—Lo de siempre, ¿verdad?
Yo nunca había estado allí.
Me quedé helado, pero igual tomé el café. El sabor era idéntico al de mis sueños. No sé si te ha pasado esa sensación de “ya viví esto”. Todo tenía esa textura familiar y a la vez falsa, como una simulación mal programada.
Pensé que necesitaba dormir más o que el estrés me estaba jugando malas pasadas. Pero entonces vi algo que me terminó de romper la cabeza: un gato negro cruzó la calle justo frente a mí, y segundos después, el mismo gato cruzó otra vez, con la misma velocidad, el mismo movimiento de cola, la misma mirada fugaz. Fue como un déjà vu dentro de otro déjà vu.
Regresé a casa apurado. Abrí la puerta y el olor del lugar me pareció ajeno. El reloj del comedor marcaba la misma hora exacta que cuando salí. Todo parecía congelado. Me senté en la mesa, respiré profundo y traté de recordar qué había hecho la noche anterior, pero no pude. Era como si mi memoria estuviera incompleta, llena de huecos.
Y ahora estoy aquí, contándotelo, con este café entre las manos, intentando convencerme de que fue sólo una coincidencia, una mala jugada de mi mente. Pero cuando levanté la vista hace un momento y te vi a ti, sentado frente a mí, con la misma camisa que llevabas en mi sueño anoche… te juro que sentí que el suelo se movía.
No sé si seguimos en la realidad, o si apenas estamos despertando.

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