No sé si alguna vez te ha pasado, pero hubo un día en que todo me pareció falso. No como una mentira evidente, sino como una historia demasiado bien escrita. Como si el mundo fuera una obra de teatro que había olvidado que yo estaba en el público. Y lo más inquietante fue que no ocurrió en medio de una crisis ni de un sueño extraño. Fue un martes cualquiera, mientras tomaba café.
Salí de casa con esa sensación de rutina que uno lleva como abrigo. El mismo camino, la misma gente, el mismo saludo al portero. Pero algo estaba... desajustado. No sabría decir qué exactamente. Era como si el aire tuviera una textura distinta, como si los colores estuvieran ligeramente desaturados. Caminé hasta la cafetería de siempre. La señora que me atiende, que suele bromear con mi obsesión por el café fuerte, no dijo nada. Me miró como si no me conociera. Me entregó el vaso sin palabras, sin sonrisa. Y ahí empezó todo.
Al salir, noté que las personas caminaban con una sincronía extraña. No era que todos se movieran igual, pero había un ritmo compartido, como si alguien hubiera coreografiado la ciudad. Me detuve en la esquina y observé. Nadie tropezaba, nadie se detenía a mirar el cielo, nadie parecía improvisar. Era como ver una simulación bien ejecutada, pero sin alma.
Volví a la oficina. Me senté frente a la computadora y abrí el archivo en el que estaba trabajando. Las palabras estaban ahí, pero no decían nada. Era como leer un texto que imitaba el lenguaje humano sin entenderlo. Miré a mi compañero de al lado. Tecleaba con intensidad, pero su pantalla estaba apagada. Lo observé, esperando que se diera cuenta. Nada. Seguía escribiendo como si todo estuviera bien.
Me levanté, fui al baño, me miré al espejo. Y por un segundo, no me reconocí. Era yo, claro, pero había algo en mi expresión que no cuadraba. Como si estuviera viendo una versión de mí que no era la original. Me acerqué más, me toqué la cara, y sentí que el reflejo tardaba un segundo en reaccionar. Fue mínimo, pero suficiente para que mi mente empezara a correr.
Decidí salir a caminar. Necesitaba aire. Pero mientras avanzaba por la avenida, me di cuenta de que los autos pasaban sin hacer ruido. No era silencio: era ausencia de sonido. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. Me detuve frente a una tienda. Los maniquíes parecían más vivos que las personas. Y ahí fue cuando lo pensé: ¿y si esto no es real? ¿Y si todo esto es una construcción, una mentira bien contada?
Me senté en una plaza. Vi a una niña jugando con una pelota. La pelota rebotó mal, como si la física estuviera rota. Y entonces, como si alguien hubiera apretado un botón, todo volvió a la normalidad. El sonido, la gente, el ritmo. Pero yo ya no era la misma. Algo se había roto en mi percepción.
Desde ese día, no volví a sentirlo igual. Cada vez que algo se comporta “extraño”, me pregunto si estoy viendo una grieta en la simulación. Como cuando el semáforo cambia sin lógica, o cuando escucho mi nombre en una conversación ajena sin explicación. Y aunque sé que suena loco, hay una parte de mí que no puede dejar de buscar esas grietas. Como si en algún momento, el telón se fuera a caer, y yo estuviera ahí para verlo.
Lo curioso es que no fue miedo lo que sentí. Fue una mezcla de asombro y desconfianza. Como si me hubieran dado acceso a una parte del código que no debía ver. A veces pienso que todos tenemos esos momentos, pero los ignoramos. Los llamamos “coincidencias”, “déjà vu”, “cosas raras”. Pero ¿y si no lo son? ¿Y si son pistas?
Desde entonces, empecé a escribir todo lo que me parece fuera de lugar. Tengo una libreta con fechas, lugares, detalles. No sé para qué lo hago. Tal vez para no sentirme sola en esta sospecha. Tal vez para que, si algún día todo se revela, yo pueda decir: “Lo sabía”.


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