Hola, mi nombre es Laura Montilla y, sí, soy suicida. Desde muy pequeña, las ideas recurrentes de la muerte me han perseguido como una sombra implacable. Siempre he ansiado saber qué hay más allá; el simple acto de dejar de respirar, de desconectar mi cerebro por completo de este mundo asfixiante.
Cuando apenas tenía seis años, la muerte dejó de ser una idea abstracta. Se materializó de la forma más brutal. Mi padre se quitó la vida en un viejo motel de mala muerte. Las noticias aún resuenan en mi memoria: lo encontraron solo en su habitación, sentado en una silla de madera frente a un espejo sin vida. Un tiro, preciso y final, en la boca, que salió por la parte de atrás de su cráneo. Dejó la pared empapada de sangre y masa encefálica por todos lados. Prestaba servicio en un cuerpo policial y usó su propia arma de reglamento. Al enterarme por mi madre de todo lo acontecido, mi mente infantil empezó a divagar en un laberinto de ideas de muerte. Yo solo quería irme con mi papá.
Tras la tragedia, nos mudamos con mi tía. Su casa era de dos pisos y recuerdo que siempre me subía al segundo, a la azotea, y escribía garabatos frenéticos en trozos de papel: "Quiero morir". Nadie me entendía. Como era una niña muy pequeña, pensaban que eran simples juegos; solo se reían de mí, sin comprender el abismo que ya se abría en mi alma.
La tristeza se convirtió en un nudo apretado en mi garganta. Crecí bajo el abuso constante de mis primos y el maltrato, físico y verbal, de mi madre y mi padrastro, que me tocaba sin piedad, arrancándome la inocencia. Más tarde, conocí a un chico, pensando ingenuamente que él me iba a salvar, que sería mi refugio. Pero después de un año, quedé embarazada. Pronto descubrí que él era solo otra cadena más, otra forma de tortura: me pegaba, me maltrataba y abusaba constantemente de mí. Mi embarazo fue un desastre; perdí a mi bebé. Me refugié entonces en las drogas, buscando la desconexión total, un olvido químico.
Un día, finalmente, toqué fondo. Estaba sola en mi habitación, la línea entre la realidad y la mentira ya borrosa. La inquietud me consumía, mis pensamientos, como enjambres de abejas venenosas, me invadían sin piedad. Una voz, fría y cortante, me gritaba al oído: “Corta. Tómate el veneno.”
Había algo dentro de mí que forcejeaba, que me frenaba, pero la decisión ya estaba tomada. Encendí un cigarrillo, la llama parpadeando débilmente en la penumbra, y mientras fumaba, empecé a tararear una canción de cuna, algo melancólico y roto. Apagué el cigarro. "Listo," susurré, "estoy lista para seguir." La voz en mi cabeza, sin embargo, era persistente, cruel, un eco implacable: “No sirves. El mundo estará mejor sin una basura como tú.”
Tomé el cuchillo. La hoja fría contra mi piel. Corté poco a poco mis venas, sintiendo cada punzada, cada rasguño en mis muñecas. Sentada en aquella habitación, aún puedo sentir la presión de la hoja, la sangre tibia brotando. Cada recuerdo amargo de mi vida –el padre muerto, los abusos, el abandono, el bebé perdido– era una cortada más, más extensa. Logré ver mis tendones, blancos y extraños, pero aún así, no paré. Seguí y seguí, obsesionada con la idea de acabar mi dolor, de silenciar las voces.
Agarré los sobres de veneno para ratas. Mis manos, ya débiles y temblorosas, destaparon los envoltorios. Eché el contenido, un polvo gris y arenoso, en una taza de café frío. Tomé sorbo por sorbo. Su sabor era repugnante, un químico amargo y terroso que quemaba mi garganta, pero solo podía pensar en morir para poder estar con mi padre.
Me puse de pie, tambaleante, y encendí otro cigarro, mi último ritual. De pronto, un coche llegó al estacionamiento. Era él, mi esposo. El corazón se me aceleró, no por miedo, sino por una furia fría que me encendió por dentro. Empecé a sudar profusamente. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué hago? Escondí los sobres vacíos del veneno y corrí a lavar la sangre de mis manos en el fregadero. El dolor era intenso, punzante, pero ya no sentía mi mano, solo un entumecimiento helado. Recogí todo para que él no se diera cuenta.
Él entró, tambaleándose, con el aliento a alcohol, se sentó pesadamente en la cama y gritó:
— ¡Muévete! ¡Tengo hambre!
Fue la primera vez que me llené de verdadero valor. Lo miré a los ojos, con la poca fuerza que me quedaba, y le dije, con una voz que no sabía que poseía, que era un maldito cerdo, que lo odiaba y le tenía asco. La rabia en sus ojos se encendió. Me tiró un golpe en la cara. Extrañamente, yo ya no sentía el impacto del dolor físico, solo un eco distante. Pero de pronto, un dolor más agudo e intenso me desgarró el estómago por dentro. Era el efecto del veneno.
Mientras caía al piso, convulsionando, él me siguió pateando el cuerpo. Se inclinó, me escupió en la cara, y sin una palabra más, se fue, dejándome allí, en el suelo, sola con el ardor del veneno, las voces en mi cabeza y el silencio ensordecedor de su partida.
Esto, sin embargo, solo es el comienzo de las crónicas de una suicida.


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