El miedo después de terminar una película de terror. 

A mí siempre me ha gustado ver películas de terror, ya sea de fantasmas o de terror psicológico, o incluso cuando son animadas. Pero no soporto ver esas películas que contienen sangre y desmembramiento explícito. Como la saga de Saw. Pero puedo soportar la saga de Destino Final debido a las muertes “accidentadas” (el 6 es una obra maestra).

¿Qué tiene que ver esto con lo que voy a contar? Casi nada. Pero sentí la necesidad de aclararlo antes de comenzar a contar mi historia.

Recuerdo que era un viernes a las siete de la noche. Ese fin de semana estaba sola en el departamento de mi edificio de diez pisos. A mi madre nunca le ha gustado las películas de terror, así que aproveché la soledad para ver la película en la enorme televisión de la sala. Recuerdo que estaba viendo una película con el estilo metraje encontrado, ese estilo cinematográfico en el que todo parece grabado con las cámaras de los protagonistas. Es mi favorito.

La película acaba y desde el sofá observo la hora en la pared. Me percato que ya pasó la hora de mi baño, así que apago la televisión y voy a mi habitación por mis cosas; mi pijama, mi toalla y otras cosas más. Al encerrarme en el baño, estaba a punto de abrir la llave cuando escucho un ruido afuera. Como si algo se hubiera caído de algún lugar. Curiosa, me asomo por la ventana para ver si algún vecino se le cayó algo por si las dudas —sin querer llevar mi imaginación a un accidente trágico—. Pero nada. Decido salir del baño y reviso todo el pequeño departamento en busca de algo fuera de lugar. Pero otra vez, nada. Extrañada, pienso que debió ser el vecino de arriba, pues los muros son delgados y es fácil escuchar lo que el vecino hace.

Con esa idea regreso al baño. Abro la llave y comienzo a ducharme. Y a los diez minutos escucho otro ruido. En esta ocasión es más clara: un portazo, en el departamento. Esperé unos segundos, queriendo escuchar a mis padres. Pero no escucho a nadie. El simple hecho de escuchar silencio me entra una pequeña espina de duda. Cierro la llave y salgo del baño envuelta en la toalla. Observo que no hay nadie, y eso me resulta más extraño. Después observo las puertas de las habitaciones, están cerradas y el solo ese hecho me daba cierto desconcierto de lo que puede haber del otro lado. Pero me armo de valor para atreverme en abrir la habitación de mis padres. Enciendo la luz y no encuentro nada fuera de lugar, e incluso reviso dentro del armario y debajo de la cama. Todo está en orden. Salgo y cierro la puerta de mis padres, y con más valor, entro a mi habitación para hacer lo mismo de revisar cada rincón. No encuentro nada, y eso no me tranquiliza. Más extrañada que antes, decido regresar al baño y continúo con mi ducha.

En ese momento intento buscar una explicación. Tal vez me confundí y sí resulta ser culpa de mis vecinos. Después de vivir en el mismo lugar durante muchos años te familiarizas con algunas cosas. La idea de un intruso no puede ser, pues vivo en un cuarto piso y que alguien haya entrado por la ventana es una estupidez. Y la entrada tiene doble candado.

Y entonces, otro portazo más fuerte me saca de duda. Asustada, salgo de la ducha y agarro el cuchillo que mi madre usó en la tarde para quitar el moho de la regadera como defensa personal. Salgo con ella del baño y una vez más me aseguro de que nada esté fuera de lugar. Llegó la hora de las habitaciones, y con toda la valentía del mundo… enciendo la luz del pasillo antes de abrir la puerta de mi oscura habitación. Vuelvo a revisar cada rincón y no encuentro nada. Después tocó el turno de la puerta de mis padres. El último lugar que esperaba que me diera ese respiro de alivio. Realmente esperaba no encontrarme nada… Pero cuando abrí la puerta me quedé paralizada al ver la bolsa de mi madre, que antes estaba guardado dentro del armario, ahora tirado en el suelo…

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