
A comienzos de 1977, Diane Keaton venía de encarnar a Annie Hall, el personaje que la convertiría en un ícono de la modernidad sentimental. Apenas unos meses después, sorprendió con su papel más oscuro y radical: Theresa Dunn, la maestra católica que de día enseña en una escuela para sordos y de noche busca hombres en los bares de Manhattan. Tras la reciente (triste y pronta) partida de Keaton que nos conmocionó a todos, vale la pena revisitar Looking for Mr. Goodbar, de Richard Brooks, una pieza incómoda, muy adelantada a su tiempo, que desafía tanto el moralismo como la hipocresía liberal de la época.

“No es que me sienta sola… soy sola”, dice Theresa en una de las líneas más recordadas. En esa frase se condensa la película entera: una exploración de la soledad como enfermedad social, pero también como elección, como resistencia, incluso como castigo.
Estrenada apenas un año después de Taxi Driver, la película comparte con el clásico de Scorsese la atmósfera febril de los setenta: una ciudad enferma, un retrato descarnado de la alienación y una crítica feroz al sueño americano. Si De Niro encarnaba la violencia masculina en su deriva más literal, Keaton representaba la otra cara del mismo malestar: una mujer que busca sentido en la noche, en el deseo y la transgresión.

Basada en la novela homónima de Judith Rossner, inspirada en el caso real de Roseann Quinn —una joven maestra asesinada a los 28 años por un amante ocasional—, Looking for Mr. Goodbar se mueve entre el thriller, el drama existencial y la crónica urbana. Brooks, el mismo director de Semilla de maldad y Gata sobre el tejado de zinc caliente, filma con una frialdad casi documental el itinerario de Theresa, una mujer partida entre la vocación de enseñar y la compulsión de autodestruirse.
Como ocurría en Taxi Driver, también aquí se respira esa soledad existencial que el guionista quiso que Scorsese hiciera visible: la sensación de deriva que se instala cuando el mundo cambia y uno ya no sabe dónde está parado. Richard Brooks, veterano del Hollywood clásico, capta con precisión ese desconcierto moral, ese tránsito de valores que los años setenta hicieron estallar.

El ritmo de En busca de Mr. Goodbar es intencionalmente disonante, ensoñado; los diálogos alternan la frescura del humor con la desesperación de la lucidez. El propio Brooks —que también firma el guion— se atreve con temas que todavía actuales: el moralismo, el feminismo, la sexualidad femenina como territorio político y, sobre todo, la culpa que persigue a quienes se atreven a desafiar las normas. En el plano íntimo, Theresa rechaza los afectos seguros y se lanza a la búsqueda de algo que ni ella misma puede nombrar. Su deseo —errático, peligroso, casi teológico— la conduce a un malestar que solo encuentra su resolución, o su condena, en el trágico final.
Brooks era, literalmente, un “viejo cineasta” cuando rodó esta película: había nacido en 1912 y, en 1977, tenía 65 años. Pero su mirada seguía siendo sorprendentemente lúcida. De origen ruso, el director —cuyo verdadero nombre era Ruben Sax— fue antes que nada un escritor, un hombre de palabra. En su tumba, elegida por su hijastra Tracy Granger, puede leerse: “Primero viene la palabra.” Una frase que lo define: más narrador que estilista, más moralista que moralizador.

A lo largo de su carrera fue un autor versátil y comprometido, con una profunda sensibilidad democrática. Looking for Mr. Goodbar condensa su interés por los conflictos sociales y psicológicos, pero también su habilidad para cruzar géneros —del drama al thriller, del retrato urbano a la tragedia moral— sin perder tensión ni precisión.
El film retrata con precisión y empatía a una joven formada en una familia católica rígida, bajo la autoridad de un padre severo, explosivo y sobreprotector. Son los años setenta: la liberación sexual ya ha sacudido las costumbres y la emancipación femenina parece avanzar con paso firme. Theresa reacciona contra esa educación patriarcal intentando afirmarse a través del deseo y de la independencia. No quiere tener hijos —el film revela más adelante por qué—, arrastra complejos de juventud y una primera relación con un hombre misógino que la dejó marcada. A partir de ahí, cree poder realizarse a través de una vida sexual sin ataduras, encadenando aventuras efímeras con hombres que, en su mayoría, no hacen más que confirmar el vacío que intenta llenar.

La película evita los moralismos fáciles. Si uno la mira desde un prisma conservador o incluso desde un feminismo dogmático, puede leer en ella una advertencia o una condena: las mujeres que se desvían del “camino correcto” acaban castigadas, o los hombres son todos unos miserables. Pero Brooks no elige ninguno de esos lados. Lo que muestra es una cultura fracturada entre extremos: de un lado, los valores familiares y religiosos aún dominantes; del otro, un mundo nocturno sin referencias ni sentido ético. En ese territorio sin brújula, Theresa —como tantos otros— no encuentra un lugar donde estar.
Su búsqueda de libertad está condicionada por heridas profundas: la educación recibida, un trauma infantil, la desigualdad estructural que pesa sobre las mujeres y una decepción amorosa que la descompone. Por eso su idea de placer y emancipación se vuelve una fuga. Brooks muestra que la independencia a toda costa no siempre conduce al bienestar, que el “vivir sin límites” puede ser tan destructivo como la represión. Theresa no se libera del peso del padre, sino que lo reproduce bajo otras formas. “Freedom... Tell me, girl, how do you get free of the terrible truth?”, le pregunta su padre en uno de los pocos momentos de lucidez.

Imposible hablar de En busca de Mr. Goodbar sin mencionar la actuación monumental de Diane Keaton, quizá la más intensa y arriesgada de su carrera. Ese mismo año brillaba en Annie Hall, pero aquí compone su reverso exacto: una mujer atrapada en el vértigo del deseo, sin ironía ni redención. Keaton sostiene la película entera sobre sus hombros, y el resultado depende casi por completo de su magnetismo y de esa fragilidad que nunca es debilidad.
Alrededor de ella, Brooks construye un retrato generacional donde cada personaje refleja una grieta distinta del tiempo. El guion, preciso y cruel, primero nos muestra a los secundarios bajo una luz amable, para luego revelar sus fracturas. Está el joven Richard Gere, enérgico y vanidoso, que encarna a un seductor violento, excombatiente de Vietnam, incapaz de sentir; William Atherton, el supuesto “buen partido” que esconde una neurosis latente; Tuesday Weld, magnífica como la hermana de Theresa, hundida en la vacuidad del matrimonio burgués; y Tom Berenger, perturbador, un hombre que reprime su homosexualidad en un entorno que la castiga.

Cada uno de ellos encarna un costado del caos moral de los setenta: una década marcada por el desencanto de Vietnam, el cinismo del Watergate y la resaca del movimiento hippie. La llamada “liberación sexual”, sugiere Brooks, fue también una mercancía cultural: una promesa de plenitud que el sistema supo absorber y devolver vacía. El film denuncia la misoginia, la violencia y la estupidez de ciertos comportamientos masculinos, resumidos en una frase brutal de una de los amantes de Theresa: “I just can’t stand a woman’s company right after I’ve fucked her.”

Hay, además, un detalle delicioso: cuando Theresa conoce a Tony en un bar, está leyendo El Padrino. Él le dice que vio la película, y ella —que fue Kay en El Padrino de Coppola— sonríe, como si la ficción se le devolviera en un gesto de ironía involuntaria. En busca de Mr. Goodbar se sostiene como una de las radiografías más lúcidas —y más injustamente olvidadas— del cine norteamericano de los setenta. Y hoy, tras la muerte de Diane Keaton, su mirada melancólica, perdida entre una copa y un cigarrillo, se vuelve aún más devastadora.
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