Capítulo 1: Los tres golpes
A las 3:17 a.m., alguien tocó la puerta.
Tres golpes secos.
No fuertes. No urgentes. Solo... decididos.
Como si quien estuviera al otro lado supiera que yo iba a abrir.
Me desperté con el corazón latiendo en la garganta. No por el sonido realmente la tormenta afuera rugía más fuerte que esos golpes, sino por lo que sentí justo después: un silencio absoluto. Ni el tic-tac del reloj. Ni el zumbido del refrigerador. Ni siquiera el crujido habitual de la vieja casa de mi abuela. Todo se detuvo. Como si el mundo contuviera la respiración.
Me senté en la cama, empapado en sudor. La lámpara de noche parpadeó una vez… y se apago.
La oscuridad me abrazó como una manta húmeda.
—¿Quién demonios toca a esta hora? —murmuré, más para convencerme de que era real.
Tomé la linterna del cajón y no funcionó.
El celular: sin señal con poca batería.
Perfecto.
Avancé por el pasillo, descalzo, sintiendo cada tabla de madera que se quejaba bajo mis pies. La casa olía a humedad, a encierro…
Cuando llegué a la puerta, los golpes se repitieron.
Tres. Exactamente iguales.
No más. No menos.
Tragué saliva.
Apoyé la mano en el picaporte. Estaba helado.
Lo giré.
La puerta se abrió.
No había nadie.
Solo una carta, perfectamente doblada, descansando sobre el tapete.
La tomé. El papel era grueso, amarillento, con bordes quemados.
La tinta parecía escrita con pluma.
Solo decía:
> “Esta noche, morirás.
> No por castigo.
> Por destino.”


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