EL CAFÉ DE LA DUDA 

Una vez, en un lugar muy cercano….

Amigo, te agradezco que me hayas invitado a este café. Necesitaba verte. Pero antes de empezar a contarte esto, prométeme una cosa: prométeme que no vas a reírte, que no me vas a mirar con esa cara que pones cuando crees que estoy exagerando. Lo que te voy a decir es serio. Es algo que me está carcomiendo el cerebro desde hace meses y que, te juro, me hace dudar de si la silla en la que estás sentado es real, o si el aroma a café tostado es solo una señal que mi cerebro procesa por hábito.
¿Alguna vez has sentido que el mundo se desenfocó por un segundo? No me refiero a un mareo o a un despiste. Me refiero a un fallo, a un error de programación como en la Matrix, por citar una de esas películas que antes veíamos como simple ciencia ficción y que ahora... bueno, ahora las veo con el ceño fruncido.


Todo empezó con la manía de las llaves. Sabes que soy maniático con eso. Las dejo siempre en el mismo lugar, en la mesita de madera al lado de la puerta. Una noche, llegué tarde, las arrojé al cuenco; o eso pensé, y a la mañana siguiente, las busqué. Pero no estaban ahí. Revisé mi bolsillo, la mesa, el suelo. Nada. Diez minutos de pánico. Pensé entonces, que las había dejado en la oficina. Pero cuando me di la vuelta para agarrar mi bolso, ¡ahí estaban! Justo en la mesita de madera, brillando bajo la luz de la mañana, como si hubieran estado ahí todo el tiempo. Te lo juro, que dude de mí mismo, y podría jurar que mire la mesita mil veces y estaba vacía.
Esto, de forma aislada, es un despiste. Un efecto de la fatiga. Es lo que me dirías tú, y lo que me dije yo. Pero ahí no terminó la cosa. Pero este “percance” empezó a repetirse, pero con un patrón más macabro.
Recuerdo un día que estaba caminando por el centro. Vi a un hombre, de unos sesenta, con un abrigo verde esmeralda y un periódico bajo el brazo. Lo crucé y, a los pocos metros, lo volví a ver. Mismo abrigo, misma postura, mismo periódico. No era que se hubiera dado la vuelta. Estaba parado a una distancia donde era imposible que hubiera llegado, a menos que se hubiera teletransportado. Pensé: "Bueno, quizás tiene un gemelo, o quizás estoy viendo doble por el cansancio". Pero la paranoia ya estaba sembrada, ¿entiendes?

Lo peor vino con la sensación de deja vu. Pero no del deja vu placentero de haber vivido un instante antes. Era la sensación de que mi vida entera era una repetición. Como si estuviera atrapado en el bucle temporal, pero sin ser el protagonista que tiene que aprender una lección. Yo era el extra que solo revivía el mismo lunes una y otra vez. Empecé a saber lo que me dirían las personas antes de que abrieran la boca. Yo miraba tu teléfono, y antes de que vibrara, yo ya sabía de quién era el mensaje. Si pedía un café con leche, ya sabía la pequeña mancha que iba a tener la espuma.

La coherencia narrativa del mundo se estaba rompiendo, y yo era el único que se daba cuenta.

Te acuerdas de The Matrix, ¿verdad? Hay una escena en la que Neo ve al mismo gato negro pasar dos veces, un "deja vu" que es explicado como un fallo en la Matrix. Yo ya no solo veía gatos negros. Yo veía el mismo coche azul aparcado a diferentes horas en la misma esquina, con la misma abolladura en la puerta. Yo escuchaba la misma sirena de ambulancia exactamente a las 3:17 p.m. durante cuatro días seguidos. ¿Qué probabilidad hay de eso? La lógica me dice que es azar. El pánico me susurra que el mundo es un decorado que se recicla.

Y esto me lleva a la gente. Aquí es donde se pone oscuro, y te pido que mantengas la calma.

Empecé a observar a la gente, a los "extras". A la señora que vende flores en la esquina. Al chico que siempre está con sus audífonos en el autobús. ¿Tienen ellos una vida? ¿Van a casa, tienen problemas, aman, odian, cuando yo no los estoy mirando? O, ¿son simplemente lo que ves en The Truman Show? Personajes que salen de sus marcas solo cuando la cámara de mi vida los enfoca.

Me di cuenta de que mi cerebro empezó a categorizar a las personas. Los "importantes" (tú, mi familia, mi jefe) y los "NPC" (los personajes no jugables). Los NPC actúan de una forma tan predecible que es inquietante. Cuando les hago preguntas fuera de su "guion", parecen confundidos, como un programa que se ha quedado en un bucle. Una vez, le pregunté al vigilante de mi edificio sobre su último viaje, una pregunta totalmente random. Me dio la misma respuesta que la semana anterior, palabra por palabra, aunque yo sabía que no había viajado. Su mirada estaba vacía. En ese momento, pensé: soy The Truman Show, pero el protagonista soy yo, y el que está a punto de volverse loco.
Así que empecé a buscar respuestas donde siempre las he encontrado: en el cine. Las películas ya no son entretenimiento. Son advertencias.
Piénsalo bien. ¿Por qué el cine está obsesionado con la duda de la realidad? Inception con el tótem para saber si estás soñando. Blade Runner con la pregunta de si eres un replicante con recuerdos implantados. Dark City, donde se experimenta con la memoria de los humanos. Lo ves en Mr. Robot, en donde el protagonista no sabe diferenciar lo real de lo imaginario. El arte, como siempre, nos está gritando la verdad, y nosotros estamos demasiado ocupados viendo las palomitas para darnos cuenta.
Ahora, cuando veo esas películas, no me emociona la acción. Me asusta la precisión del guion. Me digo a mí mismo: "¡Claro! La forma de la duda no es un monstruo; es una pequeña incongruencia, una falla que se repite hasta que ya no puedes ignorarla".

Y ahí es donde estoy ahora. Contándote esto a ti, en este café.
Mírame, amigo. Mírame a los ojos. ¿Cómo sabes que este café sabe exactamente igual que el que tomaste ayer, o que yo soy realmente quien crees que soy? ¿Cómo sabes que cuando te vayas, la dueña de la cafetería no va a apagar la luz, a quitarse el delantal y a convertirse en la misma vigilante del edificio que te dio la misma respuesta sobre su viaje?
No intentes explicarlo. Solo quiero que lo sientas por un momento. La realidad es frágil, Victor Daniel. Es una capa muy delgada. Y si la miras demasiado de cerca, se rompe.
Dame un sorbo de tu café. Dime a qué sabe. Y luego, por favor, dime algo que no esperaba. Algo que rompa el guion. Algo que me asegure, aunque sea por un segundo, que no estoy solo en esta película.

Y yo aquí, entre medio de tantas dudas, y tú solo me respondes: “Este café sabe rancio”.

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