Cuando el final mata la magia: películas que se derrumban en los últimos minutos 

Hay películas que me atrapan desde el primer segundo. Esas que te hacen olvidar el celular, que te sumergen en su historia y te hacen pensar: “esto va a ser increíble”. Pero entonces llega el final. Ese temido desenlace que puede convertir una gran experiencia en una decepción. Me ha pasado más veces de las que quisiera: salir del cine confundido, molesto o con la sensación de que me robaron una emoción que ya tenía ganada.


Un mal final no siempre es uno triste. A veces es justo lo contrario: un cierre incoherente, apresurado o complaciente. Siento que algunos guionistas pierden el valor de ser fieles a su historia, como si temieran decepcionar al público y terminan haciéndolo de otra forma. El final es el último sabor que deja una película, y cuando ese sabor es amargo por las razones equivocadas, cuesta digerirlo.


Todavía recuerdo la decepción que sentí con “Game of Thrones”. Aunque fue una serie, me dejó una lección enorme sobre cómo un mal cierre puede borrar años de brillante construcción. Algo parecido me pasó con “How I Met Your Mother”, que convirtió una historia de amor y crecimiento en un giro forzado. En el cine, me pasó con “Lucy” y su final casi abstracto, o con “The Mist”, que me dejó en silencio varios minutos después de los créditos, sin saber si admirarla o detestarla.


Creo que lo que más duele no es el final en sí, sino la traición emocional que sentimos. Como espectadores, hacemos un pacto con la historia. Le damos tiempo, emoción y fe. Queremos creer que todo tuvo sentido, que los personajes aprendieron algo, que los sacrificios valieron la pena. Cuando el final ignora esa promesa, no solo decepciona: rompe el lazo que habíamos construido con la película.


Sin embargo, no todos los finales polémicos arruinan la experiencia. Algunos, como los de “Inception” o “Shutter Island”, nos dejan pensando, discutiendo, buscando respuestas. Esos son los buenos finales abiertos: los que respetan la esencia de la historia, aunque no la expliquen toda. Pero cuando un cierre se siente como si lo hubieran escrito a última hora, sin alma ni coherencia, uno no puede evitar sentir que lo arruinaron todo.


Quizás lo que realmente buscamos al ver una película es sentir que el viaje valió la pena. Que, incluso si el final no es feliz, tenga sentido. Que cada minuto haya llevado a algo que emocione o deje una reflexión. Porque al final —y lo digo como alguien que ama el cine desde siempre— no hay nada más triste que ver cómo una historia brillante se apaga en sus últimos minutos.


Y sin embargo, sigo viendo películas con la misma ilusión. Tal vez porque, a pesar de los finales decepcionantes, siempre existe la esperanza de encontrar uno que lo haga todo valer la pena. Uno que te deje mirando los créditos con una sonrisa, en silencio, pensando: “así debía terminar”. Porque en el fondo, eso es lo que buscamos todos: un final que cierre el círculo, sin romper la magia.




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