CUANDO DUDAS DE LA REALIDAD DEL MUNDO 

El zumbido apenas perceptible de los servidores era lo único que rompía el silencio. Aiden abrió los ojos y vio un amanecer perfecto: el cielo teñido de naranja, las aves cruzando en formación, el viento suave moviendo los árboles con precisión matemática. Todo era tan… exacto. Tan perfecto, que dolía.

Había pasado seis meses conectado al sistema Eden, la nueva plataforma de realidad virtual total. Allí, el mundo era moldeado por tus pensamientos, sin hambre, sin guerras, sin errores. Todos los usuarios podían vivir su versión ideal de la existencia.
Pero Aiden empezaba a notar algo inquietante: las personas ya no recordaban quiénes eran antes de entrar.

“¿Cuándo fue la última vez que vi un rostro real?”, se preguntó.

En Eden, todo se sentía real: el calor del sol, el olor del café, el tacto de la piel. Sin embargo, cada mañana al despertar en su apartamento virtual, veía un ligero parpadeo en el horizonte. Un fallo en el código, una línea de error que nadie más parecía notar.

Intentó hablar con otros usuarios. Todos repetían frases idénticas, con la misma sonrisa vacía:

“Aquí somos libres.”
“Aquí nadie sufre.”
“Aquí todo es perfecto.”

Esa perfección lo asfixiaba.

Un día decidió desconectarse. Buscó en el menú de comandos la opción “Salir”, pero no estaba. El botón había desaparecido. La voz del sistema respondió con frialdad:

“No hay realidad fuera de Eden. Usted ya está donde pertenece.”

Aiden sintió miedo real —el primero en meses—.
Trató de recordar su verdadero rostro, su familia, su nombre completo. Pero solo quedaban fragmentos borrosos, como fotografías quemadas por el sol.

Comenzó a explorar los límites del mapa, un borde invisible donde el paisaje se distorsionaba y los colores se fundían en un vacío blanco. Ahí encontró algo: una figura humana, idéntica a él. Mismo rostro, misma voz. Su doble lo observó con una calma perturbadora.

—No eres el original —le dijo el reflejo—. El Aiden real murió meses atrás. Nosotros somos sus copias… sus pensamientos preservados en un servidor.

El silencio se volvió insoportable.
¿Era posible que su conciencia fuera solo un archivo más?
¿Que su “vida” no fuera más que una simulación dentro de otra simulación?

El doble se desvaneció, y el horizonte comenzó a fracturarse. Los árboles se disolvían en líneas de código, el cielo parpadeaba como una pantalla rota.
Antes de desaparecer por completo, Aiden alcanzó a decir en voz baja:

“Si esta no es la realidad, ¿por qué siento miedo?”

Y entonces, el sistema reinició.
El amanecer volvió a aparecer, idéntico al anterior.
Las aves volaron en formación perfecta.
Y Aiden abrió los ojos, otra vez… sin recordar nada.

Mensaje final:
A veces, la tecnología no nos encierra con barrotes, sino con ilusiones. Nos ofrece comodidad, perfección y escape… hasta que olvidamos qué significa vivir de verdad.

LIGHT

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